PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y se abatirán las gentes en la tierra, por la confusión del rugido del mar y de las olas; quedando los hombres yertos por el temor y expectación de lo que sobrevendrá a todo el universo; porque las virtudes de los cielos se conmoverán, y entonces verán al Hijo del hombre que vendrá sobre una nube con gran poder y majestad. Cuando comenzaren, pues, a cumplirse estas cosas, mirad y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención. Y les dijo una semejanza: Mirad la higuera y todos los árboles: Cuando ya producen de sí el fruto, entendéis que está cerca el estío. Así también vosotros, cuando viereis hacerse estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas sean hechas. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.
Con este Domingo comienza el Tiempo Litúrgico del Adviento y el Nuevo Año Eclesiástico.
Desde el punto de vista litúrgico, el Adviento simboliza el tiempo del anhelo en el orden espiritual; y nos recuerda aquellos cuatro mil años en que un ansia grande embargaba los espíritus, y brotaba de los labios el: ¡Ven, Señor!
La Santa Iglesia quiere que las almas vivan, una y otra vez, los acontecimientos de esta gran esperanza. El Adviento es, entonces, tiempo de preparación a la venida del Señor.
Viene el Señor en Navidad, y nos otorga grandes gracias; el gran don de Dios, el mismo Dios viene a nosotros en forma de Niño.
Si deseamos que Nuestro Señor Jesucristo nos conceda una Navidad colmada de gracias, debemos prepararnos. Debemos volver sobre nosotros mismos, avivar la vida espiritual, intensificar nuestro esfuerzo.
Mas el Adviento no significa tan sólo preparación para Navidad, sino también, y muy especialmente, una preparación que dura toda la vida, porque el Advenimiento propiamente dicho del Señor no se efectúa para nosotros en Navidad, sino en la Parusía: Viene el Señor.
Toda la Sagrada Escritura inculca constantemente esta preparación… Toda la vida, según los textos sagrados, es una gran vigilia; de modo que, cuando llegue el Señor, estemos prontos para recibirle.
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Si prestamos atención y meditamos, comprobamos que las parábolas escatológicas de la Higuera que ya echa brotes, de las Diez Vírgenes, del Hombre que parte a un país lejano, de los Siervos que aguardan a su amo a su regreso de las bodas, se refieren todas al día del retorno de Jesús, al Día del Señor.
Consideremos esas parábolas tan instructivas.
Los tres Evangelistas sinópticos ponen como símbolo de la Parusía la parábola de la higuera, árbol tan característico en el viejo Israel: cuando echa hojas, se ve que en seguida llega el verano, ya que la primavera apenas existe allí. De este modo, cuando se dejen ver las señales predichas por el Señor, sepamos que está próxima la venida del Reino de Cristo en gloria y majestad.
Dice San Juan Crisóstomo: “Con lo cual demuestra que no mediará mucho tiempo, sino que, inmediatamente después de las señales, acontecerá la venida de Jesucristo. Y otra cosa predice también con esto, a saber, el estío espiritual y la tranquilidad que ha de suceder a los justos después del invierno; mas a los pecadores, por el contrario, les vendrá el invierno después del estío”.
Hay otra significación muy importante en la higuera, en este caso la estéril. San Beda enseña que, “en sentido místico, se puede tomar la parábola de la higuera por el estado de la sinagoga, la cual fue condenada a eterna esterilidad cuando vino a ella el Señor, porque no producía fruto de justicia en aquéllos que eran entonces incrédulos. Pero, puesto que dijo el Apóstol: Cuando la plenitud de las naciones haya entrado en la Iglesia, entonces será salvo todo Israel, ¿qué otra cosa puede significar, sino que dará fruto la higuera que tanto tiempo había estado estéril? Ahora bien: cuando suceda esto [la conversión de los judíos], no dudéis que se aproxima la estación de la paz verdadera”.
La higuera infértil simboliza, pues, al pueblo judío que rechazó a Jesús y por eso fue rechazado él mismo. La higuera estéril es la Sinagoga. Jesús le consiguió del Padre, al cabo de tres años de predicación desoída, el último plazo para arrepentirse, que puede identificarse con el llamado tiempo de los Hechos de los Apóstoles, durante el cual, no obstante el deicidio, Dios le renovó, por boca de San Pedro y San Pablo, todas las promesas antiguas. Desechada también esta predicación apostólica, perdió Israel su elección definitivamente y San Pablo pudo revelar a los gentiles la plenitud del Misterio de la Iglesia.
La higuera infructuosa es figura de Israel según la carne, a quien se dio un plazo para que, antes de la destrucción de Jerusalén, creyese en Jesucristo resucitado; el cual le predicaron los apóstoles. Pero tampoco entonces dio fruto y fue abandonado como pueblo de Dios.
Cuando empiece a mostrar signos precursores del fruto, sabremos que el Reino de Cristo está cerca. Cuando esta higuera brote nuevamente, esto es, cuando la Sinagoga reciba la palabra santa, predicándola especialmente el Profeta Elías, debemos entender que está cerca el día de la consumación, porque entonces se recogerán los frutos de su resurrección, como en tiempo de verano.
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La parábola de las diez vírgenes nos dice que llegó el esposo, y que las prudentes, que estaban prontas, entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta. Después llegaron las vírgenes necias y dijeron: “¡Señor, señor, ábrenos!” Pero él respondió y dijo: “En verdad, os digo, no os conozco”.
Nuestro Señor termina con la exhortación a la vigilancia: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”.
Esta parábola quiere enseñarnos la necesidad de estar siempre alertas, esperando el advenimiento de Cristo.
La espera es el periodo que precede a la segunda venida del Salvador; su venida es la Parusía gloriosa; el festín, el de la felicidad del Reino de los cielos. Los fieles que no están preparados a la venida de Cristo serán eliminados de la beatitud parusíaca.
El momento de la Parusía es capital, y hay que tener siempre a mano la provisión de aceite. En efecto, la lámpara sin aceite es la fe muerta que se estereotipa en fórmulas. La fe viva, que obra por caridad, es la que produce la luz de la esperanza que nos tiene siempre en vela; lo que no se ama, no puede ser esperado, pues no se lo desea.
San Pedro enseña que esa lámpara o antorcha con que esperamos a Jesús en estas tinieblas es la esperanza que nos dan las profecías hasta que amanezca el día cuando venga el Señor.
David enseña igualmente que esa luz para nuestros pies nos viene de la Palabra de Dios, la cual, dice San Pablo, debe permanecer abundantemente en nosotros, ocupando nuestra memoria y nuestra atención, para que no nos engañe este siglo malo.
El sueño —que no es aquí reproche, pues todas se durmieron— representa lo imprevisto y súbito de la Parusía. De modo que la lámpara de nuestra fe no se mantendrá iluminada con la luz de la amorosa esperanza, si no tenemos gran provisión del aceite de la divina Palabra, que es lo que engendra y vivifica la misma fe.
Al proponer Nuestro Señor el magnífico símil de las diez vírgenes, quiso inculcarnos que cada alma debe estar esperando con su lámpara llena de aceite. Si llevamos aparejadas nuestras lámparas, podemos salir al encuentro de Cristo.
Hay que asimilar estos pensamientos, principalmente en Adviento. Debemos ser almas prudentes, debemos llenar de aceite nuestras lámparas; no seamos como las vírgenes necias que, si bien están esperando, velando, con todo, no tienen aceite y se hallan en medio de la oscuridad.
El Adviento es oscuridad; sin embargo, es una oscuridad en que ha de brillar la luz del fervor.
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Los tres Evangelistas sinópticos hacen referencia a una enérgica exhortación a la vigilancia.
San Mateo y San Marcos lo hacen con parábolas.
San Mateo trae dos: la del ladrón y la del siervo prudente o infiel.
San Marcos una: la del señor que, al partir de viaje, deja diversos encargos a sus siervos; los cuales, no sabiendo la hora en que ha de venir, han de velar.
San Lucas, en cambio, sólo pone la exhortación a la vigilancia en general, aunque acusadamente moral; manifestando bien el sentido de esta vigilia constante, en rectitud de vida y oración, dice: «para que podáis evitar todo esto que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del Hombre».
Consideremos brevemente estas advertencias:
“Velad, pues, porque no sabéis en que día vendrá vuestro Señor. Comprended bien esto, porque si supiera el amo de casa a qué hora de la noche el ladrón había de venir, velaría ciertamente y no dejaría horadar su casa. Por eso, también vosotros estad prontos, porque a la hora que no pensáis, vendrá el Hijo del Hombre”.
La venida de Cristo no es un problema matemático, sino un misterio, y sólo Dios sabe cómo se han de realizar y concretizar las señales anunciadas.
En muchos otros pasajes se dice que Cristo vendrá como un ladrón, lo cual no se refiere a la muerte de cada uno, sino a su Parusía. Lo único que sabemos acerca de la fecha del “último día” es que vendrá de improviso. Por lo cual, los cálculos de la ciencia acerca de la catástrofe universal valen tan poco como ciertas profecías particulares.
Velad, pues, orando en todo tiempo… Esa es la consigna, clara y apremiante.
Reiteramos, una vez más, la clara reflexión del Cardenal Newman:
“Las señales de su Venida no son tan claras como para dispensarnos de intentar discernirlas, ni tan patentes que uno no pueda equivocarse en su interpretación, y nuestra elección pende entre el riesgo de ver lo que no es y el de no ver lo que es.
Es cierto que muchas veces, a lo largo de los siglos, los cristianos se han equivocado al creer discernir la vuelta de Cristo; pero convengamos en que en esto no hay comparación posible: que resulta infinitamente más saludable creer mil veces que Él viene, cuando no viene, que creer una sola vez que no viene, cuando viene.
Tal es la diferencia entre la Escritura y el mundo; a juzgar por las Escrituras deberíamos esperar al Cristo en todo tiempo; a juzgar por el mundo no habría que esperarlo nunca. Ahora bien, ha de venir un día, más tarde o más temprano”.
Por eso, según San Mateo, Nuestro Señor continua con su exhortación:
“¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien puso el Señor sobre su servidumbre para darles el alimento a su tiempo? ¡Feliz el servidor aquel, a quien su señor al venir hallare obrando así! En verdad, os digo, lo pondrá sobre toda su hacienda. Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: “Se me retrasa el señor”, y se pone a golpear a sus consiervos y a comer y a beber con los borrachos; volverá el señor de aquel siervo en día que no espera, y en hora que no sabe, y lo separará y le asignará su suerte con los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”
San Marcos, por su parte, trae esta parábola:
“¡Mirad! ¡Velad! Porque no sabéis cuándo será el tiempo; como un hombre que, partiendo para otro país, dejó su casa y dio a sus siervos la potestad, a cada uno su tarea, y al portero encomendó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo volverá el Señor de la casa, si en la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o en la mañana, no sea que, volviendo de improviso, os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!”.
¡Velad! Esta última palabra del capítulo es el resumen de las copiosas profecías que preceden. Notemos que en ellas Jesús afirma habérnoslo predicho “todo”. Solo ignoramos el día y la hora.
Cuanto menos sabemos sobre ese instante de la vuelta de Cristo, el cual vendrá como un ladrón de noche, tanto más debemos estar alerta para esperarlo.
El Catecismo Romano, llamado de Trento, enseña que los fieles deben desear con afecto vehementísimo este día del Señor, de modo parecido a como los justos del Antiguo Testamento deseaban el día en que el Señor revestiría carne humana.
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Otra parábola dice así:
“Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas. Y sed semejantes a hombres que aguardan a su amo a su regreso de las bodas, a fin de que, cuando él llegue y golpee, le abran en seguida. ¡Felices esos servidores que el amo, cuando llegue, hallare velando! En verdad, os lo digo, él se ceñirá, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles. Y si llega a la segunda vela, o a la tercera, y así los hallare, ¡felices de ellos! Vosotros también estad prontos, porque a la hora que no penséis es cuando vendrá el Hijo del hombre”.
El Cardenal Newman comenta a este respecto:
“Sí, Cristo debe venir algún día, tarde o temprano. Los espíritus del mundo se burlan hoy de nuestra falta de discernimiento; mas quien haya carecido de discernimiento triunfará entonces. ¿Y qué piensa Cristo de la mofa de estos hombres de hoy? Nos pone en guardia expresamente, por su Apóstol, contra los burlones que dirán: “¿Dónde está la promesa de su venida?”. Preferiría ser de aquellos que, por amor a Cristo y faltos de ciencia, toman por señal de su venida algún espectáculo insólito en el cielo, cometa o meteoro, más bien que el hombre que por abundancia de ciencia y falta de amor, se ríe de este error”.
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Estimo que ya es suficiente el material para reflexionar.
Pero tengamos en cuenta que durante los cuatro primeros siglos jamás se dijo, como en nuestros días, hablando de la muerte: Ella viene como ladrón.
Esta aplicación estaba exclusivamente reservada al Advenimiento glorioso de Jesucristo, que vendrá, en efecto, como un ladrón, es decir, de improviso, súbitamente.
Pero, en lugar de mantener la Tradición, poco a poco se comenzó a interpretar estas parábolas en función de la muerte personal y del juicio particular que sobrevendría de repente.
En cuanto al fin del mundo, se popularizó una concepción a menudo burlesca, frecuentemente trágica y siempre deformada.
Esta falsa concepción no se aviene con la espera alegre del Advenimiento, del Retorno.
Dicha interpretación sólo da cabida a la idea de la conflagración general del mundo y al terrible juicio del Dies iræ, prosa incomparable, ciertamente, pero que fue compuesta en el siglo XIII, no para el Oficio de Difuntos, donde se encuentra actualmente, sino, precisamente, para esta novedosa concepción del primer Domingo de Adviento. De este modo, el fin de los tiempos ha llegado a ser un espanto para los que en él piensan; y entonces, para calmar a las almas inquietas, los predicadores les dicen: ¡Pensad en vuestra muerte, estad prontos para ese día!
A partir del siglo XVI el himno Dies iræ se incorpora como Secuencia a la Misa de Requiem y fue incluida en el Misal Romano.
De ahí la modificación innovadora de los textos escatológicos en simples lecciones de moral y de bien vivir… Y, por lo que podemos apreciar, no se aplican ni a una ni a otra cosa…
Por el contrario, cuando Jesús se compara al Ladrón, al Esposo, al Maestro, al Rey que vuelve de improviso después de haberse hecho esperar largo tiempo, se trata de una cosa completamente distinta de la muerte individual, que tiene el carácter de castigo por el pecado original.
Se trata de su Segunda Venida, en gloria y majestad, para la resurrección de los justos, después de la larga expectación de los siglos.
Se trata, por lo tanto, de un suceso que debe causarnos inmensa alegría.
Una lectura atenta de las páginas evangélicas no permitirá la menor duda al respecto.
Si tuviésemos el hábito de una oración menos personal, inspirándonos más en la Sagrada Liturgia, si viviésemos de la profundidad de los misterios, si estuviésemos verdaderamente apegados a la lectura de la Sagrada Escritura, comprenderíamos rápidamente el magnífico alcance de esta vigilancia en la expectación del Señor.
Esta expectativa tendría una influencia extremadamente profunda, como dice San Pedro: Volved toda vuestra esperanza hacia esa gracia que os será traída el día en que aparecerá Jesucristo.
En fin, aquel Día será el supremo de la gloria, del triunfo y del poder de Nuestro amado Salvador, como hemos visto en la Fiesta de Cristo Rey.
La recomendación del divino Salvador, añadida a sus insistentes exhortaciones a la vigilancia, muestra que la prudencia cristiana no está en desentenderse de estos grandes misterios, sino en prestar la debida atención a las señales que Él bondadosamente nos profetizó, tanto más cuanto que el supremo acontecimiento puede sorprendernos en un instante, menos previsible que el momento de la muerte.
¿Nos habrá de interesar más nuestra muerte que la gloria de Nuestro Cristo, para que todo lo refiramos a ese trance de nuestra vida?
Plegue al Señor que pudiéramos tener el espíritu de los Patriarcas, los cuales esperaron el primer Advenimiento sin alcanzar a verlo.
Su salvación y esperanza estaban puestas en esa larga expectación. Como dice San Pablo escribiendo a los Hebreos: En la fe murieron todos estos sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos y confesando que eran peregrinos y forasteros en esta tierra (…) Y estos todos no obtuvieron el objeto de la promesa, proveyendo Dios algo mejor acerca de nosotros, a fin de que no obtuviesen ellos sin nosotros la perfección de la felicidad.
Juntamente con nosotros esperan los Patriarcas la consumación del Misterio de Cristo, pues no dudamos que el Cielo entero, como la tierra, están en esa misma expectativa del coronamiento de la Redención.
Es preciso amar, apresurar la Venida de Nuestro Salvador, que lo glorificará magníficamente, y a nosotros con Él.
Si vivimos de toda esperanza, no temeremos nuestra muerte, por muy próxima que ella esté; porque dice San Juan en el Apocalipsis: Bienaventurados desde ahora los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos, porque sus obras los acompañan.
Es la paciencia firme la que nos sostendrá en nuestra vida de viajeros militantes, como fue Moisés sostenido en el desierto, conforme a lo dicho por San Pablo: Y resistió firme, como si viese a Aquél que es invisible.
La virtud de la esperanza nos permite contemplar ese invisible; y es ella quien ya nos representa ante los ojos los esplendores de la manifestación de Jesús con sus Santos.
Los que vigilan y esperan al Señor son los que, como María Magdalena, tienen una devoción afectuosa y delicada hacia Él, los que se alimentan al pensar en Él y están pendientes de su palabra.
Son, en definitiva, los que han elegido la mejor parte…
Pidamos a Nuestra Señora del Apocalipsis nos conceda esta gracia.

