LA CUESTIÓN JUDÍA
Debido a su actual importancia, publicamos nuevamente estos textos, que datan de marzo de 2011.
I: EL JUDÍO SEGÚN LA TEOLOGÍA CATÓLICA
A) Los pueblos bíblicos
La Sagrada Escritura nos explica en el Génesis el origen de los pueblos cuando refiere la historia de Noé, salvado del diluvio:
La maldición sobre los descendientes de Can explica suficientemente la supresión en la historia de sus hijos; en el correr de los siglos no ejercen ninguna influencia histórica; son un pueblo inferior, disminuido, siempre a remolque de otros pueblos.
Sólo los descendientes de Sem y de Jafet ofrecen interés; los pueblos siguieron diversos caminos y crearon distintas civilizaciones; los dos hermanos conservaron en sus descendientes rasgos inconfundibles. Los arios y los semitas se perpetúan en sus generaciones con características imborrables.
B) El pueblo judío
Dios apartó para sí un pueblo que fuese su pueblo y en que se conservase intacta la Revelación primitiva que Dios había comunicado a los primeros padres de la humanidad.
A este pueblo Dios la da una ley escrita, la cual no salva de por sí, por una eficacia intrínseca, pero que es signo de Aquél en quien deben ser benditos todos los linajes de la tierra. Este pueblo queda santificado y consagrado a Dios no por ser tal pueblo, ni por venir del Padre Abraham sino por el Cristo, que debía salir de su seno.
Pero así como el paganismo es una infidelidad a la ley de naturaleza, del mismo modo el judaísmo es una infidelidad a la ley escrita. El gran pecado de los judíos consiste en que por adherirse al signo, a la figura, han perdido la substancia de la salud que es Cristo.
El primer carácter distintivo del pueblo judío, después que Cristo vino al mundo, es su anticristianismo: odian a Cristo como a un traidor salido de su raza. Le odian porque consideran que les ha decepcionado.
El segundo carácter distintivo del pueblo judío es su ambición por dominar el mundo. Ha invertido el mesianismo y quiere que las promesas que le fueron hechas, y que él ha entendido siempre en un sentido carnal, logren cumplimiento.
A los judíos les cabe, entonces, la misión de ser los disolventes de los pueblos cristianos, con la conciencia clara de que cuanto hagan por corromper a estos pueblos, apartándolos de Jesucristo y de todos los lazos tradicionales, es tarea preparatoria para su futura dominación.
El judío es un pueblo que obra el mal a sabiendas y a conciencia para destruir la obra de Cristo y entronizar al Anticristo. Es el pueblo ejecutor de los planes del diablo sobre el mundo.
Pueblos judaicos son hoy aquéllos que han caído bajo la dominación de los judíos.
C) Grandeza y miserias del pueblo judío
El judío no es como los demás pueblos: está hecho de pequeñez para llevar a través de los siglos el misterio de Dios grabado en su carne.
Es el pueblo teológico, que Dios crea para sí, porque Él lo selecciona del resto de la humanidad y porque a él le promete su bendición en forma tal que en él serán benditos todos los linajes de la tierra.
Israel es grande, y grande con grandeza teológica. Pero esta grandeza de Israel estriba en la fe que tiene Abraham en la promesa de Dios, y no en su descendencia puramente carnal.
El pueblo judío es el linaje santificado para significar y traernos en su carne al Esperado de las naciones. Es Cristo quien santifica al linaje judío y no el linaje judío quien santifica a Cristo.
De los judíos viene la Salud; pero la Salud incluso para los judíos. La Salvación no son los judíos ni es su padre Abraham; la Salvación es Cristo.
Lo que salva es la unión espiritual por la fe en Cristo. Todos los que se unen con Cristo forman la descendencia bienaventurada de Abraham y de los Patriarcas, y son el objeto de las divinas promesas. El pueblo judío puede lograr su salvación asemajándose a Abraham en la fe: creyendo en Cristo.
¡Ay de este pueblo forjado y santificado para traer la Salud, si cree que su carne es la Salud! Entonces, en nombre de su «Carne» crucificará a Aquél que constituía su grandeza. Y entonces este pueblo, hecho Grande por Aquél que sale de su linaje, se trocará en Miserable por el rechazo voluntario que hará de Cristo.
Este linaje escogido siempre tendrá superioridad sobre los otros linajes de la tierra: si acepta al Cristo, será lo principal, lo mejor de la Iglesia; si rechaza al Cristo, será también lo principal, lo peor en el reino de la iniquidad.
De aquí que haya que distinguir entre los verdaderos israelitas, prefigurados en Isaac, y son los que imitaron la fe en Dios de Abraham; y los israelitas que descienden de Abraham por la carne sin imitar su fe, y éstos están prefigurados en Ismael.
Y según la enseñanza de San Pablo (Gál. 4:29), así como entonces el que había nacido según la carne perseguía al nacido según el espíritu, así sucede también ahora, quedando expresada la necesidad teológica de que la Sinagoga persiga a la Iglesia.
Dios no extermina al judaísmo carnalizado. Este pueblo, marcado con el sello de Dios, debe andar errante por el mundo llevando en su carne el testimonio de Cristo en el misterio de la iniquidad.
D) Conclusiones teológicas
1ª) Existe una superioridad y preeminencia del judío sobre el gentil (Rom. 2:9-10, 3:1-2 y 11:28-29). Pero la superioridad que Dios ha adjudicado al judío le viene de la fe y no de la carne (Gál. 3:6)
El pueblo judío, cuyo destino fue traernos a Cristo, tropezó con Cristo. Hay un gran misterio con respecto a los judíos, y es que parte de ese pueblo ha sido reprobado para que pudieran ser salvos los pueblos gentiles (Rom. 9:30-33; Is. 28:16; Rom. 11:8-10).
Después de Cristo no hay para los descendientes de Abraham sino dos caminos: o ser cristianos o ser judíos. El que a sabiendas no se convierte sinceramente al cristianismo, es judío con todas las perversidades satánicas de la raza estigmatizada.
2ª) El judaísmo es un enemigo declarado y activo de todos los pueblos en general, y de modo especial de los pueblos cristianos. Esta enemistad es teológica, dispuesta por Dios.
La tensión judío-gentiles termina dentro del cristianismo, no con término temporal, sino suprahistórico (Gál. 3:26-28).
3ª) El mundo ha quedado entregado a dos fuerzas opuestas: la judía y la cristiana. Todo lo que no sea de Cristo y para Cristo se hace en favor del judaísmo. De aquí que la descristianización del mundo corra paralelamente con su judaización.
Si los pueblos paganos quieren ser grandes con la grandeza carnal, podrán serlo; pero lo serán como sirvientes del judaísmo, porque los judíos tienen la superioridad en el dominio de lo carnal.
El Cristianismo no se realiza de una vez, sino que se cumple progresivamente en el proceso histórico. Las tensiones han de existir para que se cumpla el proceso de evangelización de los pueblos.
La reprobación de parte de Israel es permitida hasta que la plenitud de las naciones entre en la Iglesia (Rom. 11:25-26).
4ª) Mientras parte de Israel sea reprobada y los gentiles convertidos, se ha de suscitar una envidia de los judíos contra los gentiles convertidos (Rom. 10:19, 11:14).
Esta ira y envidia de que habla San Pablo es la que provoca las persecuciones contra la Iglesia y los cristianos (I Tes. 2:15; Gál. 4:29).
La única defensa y protección de los pueblos paganos para no caer en la esclavitud judaica es la vida cristiana.
5ª) Los cristianos, que no deben odiar a los judíos, que no deben perseguirlos ni impedirles vivir, ni perturbarlos en el cumplimiento de sus leyes y costumbres, han de precaverse, no obstante, contra la peligrosidad judaica.
El judío no puede estar regido por el derecho común de los cristianos; debe estar regido por un derecho de excepción que tome las debidas y adecuadas precauciones contra la peligrosidad teológica de esta raza.
El judío ha de vivir en medio de los cristianos como testigo ciego de la verdad cristiana y como acicate que nos obligue a permanecer fieles a Jesucristo. Ni se lo debe exterminar, ni se lo debe frecuentar.
6ª) En la vida errante y despreciable del judío hay que descubrir el misterio cristiano: el judío había llenado de oprobios al Justo; estos oprobios se han encontrado después, como castigo y pena de talión, en la vida del pueblo judío.
7ª) En el correr de la historia, a pesar de la reprobación de parte de Israel, algunos judíos serán salvados (Rom. 11:14).
8ª) También Israel se convertirá (Rom. 11:12, 15 y 25-27; II Cor. 3:15-16; Salmos 147 y 126; Is. 59:20; Jer. 31:10-12, 16-17 y 33; Ez. 37:1; Os. 3:4-5; Mal. 3:2-3; Mt. 23:37-39; Lc. 13:34-35, 21:24).
Los judíos se convertirán al filo de la historia: su conversión pondrá término al desarrollo de la historia.
La oposición de judíos y gentiles es una categoría histórica que ilumina todo el misterio de Cristo y de su redención del universo; de modo que cuando termine dicha oposición terminará también la historia.
La conversión de los judíos es un hecho propiamente escatológico porque ha de poner fin a un factor (la tensión judíos-gentiles) que hace marchar la historia.
9ª) La historia marcha hacia la escatología, en que habrá una perfecta unidad en Cristo, un solo pueblo, donde no hay judío ni gentil.
En la Iglesia, que es Cristo prolongado, termina toda división, de tal suerte que cuando esté la Iglesia totalmente edificada acabará también la historia.
II: LOS JUDÍOS EN EL MISTERIO DE LA HISTORIA
La historia se mueve al servicio del Cuerpo Místico de Cristo; no tiene otra razón de ser que explayar el tiempo que se necesita para que los pueblos abracen la fe cristiana.
La predicación del Evangelio está trabada y como frenada por una tensión fundamental que proviene del odio del judío contra la evangelización de los gentiles.
Éste es el papel del pueblo judío: sembrar la corrupción y la ruina de los pueblos, sobre todo de los cristianos.
Por eso, cuando la Iglesia tuvo fuerza en lo temporal se opuso a la entrada de los judíos en los pueblos cristianos.
Los judíos, desde el ghetto, maquinaban de mil maneras diversas para perder a los pueblos cristianos.
Disponían de dos armas poderosas: el conocimiento dialéctico de la Palabra de Dios, que les daba la ciencia rabínica y con el podían forjar toda clase de herejías; y el poder del oro con qué corromper las costumbres.
Cuando el fervor cristiano se enfrió y los pueblos se paganizaron, la sociedad abrió sus puertas a los judíos. La Revolución Francesa, que señala la muerte de la sociedad cristiana, introduce en su seno a los judíos; desde allí dentro logran corromper cada vez más profundamente a los pueblos cristianos: con el liberalismo, el socialismo y el comunismo disuelven todas las instituciones naturales y sobrenaturales que había consolidado el cristianismo.
Entonces, la estructura de la naciones cristianas se rompe; los pueblos ya no se proponen objetivos misionales ni empresas políticas, sino que se transforman en conglomerados de individuos movidos por el bienestar puramente económico, el cual, a su vez, no pueden alcanzar sino en dependencia y al servicio de los judíos, que se convierten en amos de la riqueza mundial.
La tensión judío-gentil, que ha establecido Dios en el seno de las naciones, se acrecienta a medida que éstas se alejan de Jesucristo:
– si las naciones no quieren caer bajo la dominación del judío, tienen que someterse al yugo suave de la ley de Cristo;
– si rechazan al reinado social de Jesucristo, habrán de caer necesariamente bajo la dominación judaica.
La Europa, otrora cristiana, que debió continuar siendo el portaestandarte del Evangelio a todos los pueblos del universo, ahora judaizada, lleva la explotación y la ruina a los pueblos paganos, creando allí obstáculos insuperables a la predicación del Evangelio.
Hoy, al menos por ahora y, al parecer, en cierto modo de manera definitiva, los pueblos cristianos, como poder de fuerza política, han sido erradicados de la tierra. Todo ello coincide con el eclipse de la Cristiandad.
Ahora bien, si la Cristiandad ha desaparecido de la tierra, quiere ello decir que entramos en el reinado del Anticristo y en su preparación próxima, en la cual no tendrán actuación relevante sino los pueblos paganos y el pueblo judío.
Mientras los judíos levantan el Estado Judío de Israel con Jerusalén como ciudad madre, no descuidan los programas de la diáspora. Por encima del sionismo, que se concentra en Israel, y de la diáspora, cuyo centro lo mismo puede ser Nueva York que Londres o Basilea, se halla un poder más alto que comanda las maniobras de una y otra fuerza judía.
Los judíos infiltrados en todos los pueblos y dueños de la cultura, de la economía y de la política de todas la naciones han de trabajar en hacer más férrea su dominación por una parte y, por otra, en aprovecharse de las riquezas que estos pueblos producen para el acrecentamiento del Estado de Israel.
Aquí cobra la importancia la sinarquía, que es el movimiento de proyección universal manejado por los judíos para ejercer una especie de liderazgo sobre los negocios económicos y políticos de los pueblos.
Sinarquía, del griego sym (con) y arqué (principio, iniciación) significa cogobierno o gobierno equilibrado, porque en él se realiza un cierto equilibrio de los poderes y tendencias del mundo.
Es el programa para el gobierno mundial ideado por el famoso ocultista Saint Ives d’Alveydre, conducido por los Bilderberders y que envuelve todos los problemas de la humanidad, tanto del plano biológico como económico, político, cultural y religioso.
III: LA CUESTIÓN JUDÍA
A: Planteo del problema
Hay judíos buenos y judíos malos; y nadie puede distinguirlos: judíos buenos y judíos malos forman todos un conjunto histórico y étnico, una especie de «corpus mysticum» al revés, que constituye para los católicos lo que se llama «la cuestión judía».
La primera reflexión sobre el «hecho judío» es que es un «hecho».
El hecho o «cuestión judía» consiste en que el judío no tiene patria.
Es contradictorio que un judío tenga verdaderamente patria. Patria significa «las cosas paternas», las cosas que nos dejaron nuestros padres. Comporta un apego exclusivo y arbitrario a un orden concreto realizado, a ciertas costumbres, lengua, trato, casa, tierra; comporta una cautividad a algo corpóreo de que el judío se zafa. La patria no es incorpórea, es una cosa «carnal».
La patria del judío es incarnal e incorpórea: ella no es otra cosa que la religión.
B) Dos aspectos del problema
La cuestión judía ofrece dos aspectos, intrínsecamente unidos: el político-social y el espiritual-religioso.
1º) Desde el punto de vista político-social el problema se plantea debido a la dispersión del pueblo judío en medio de los pueblos paganos y cristianos, puesto que la masa del pueblo israelita queda separada, reservada, en virtud misma del decreto providencial que hace de él el testigo del Gólgota.
Porque esta es la realidad, se debe esperar de los judíos una cosa muy distinta a un apego al bien común de la civilización occidental.
La actitud típicamente judía es la de intentar reformar a fondo los ambientes en que se sienten mal; y se sienten mal en todos los ambientes. Es la tragedia de Israel.
Además, un pueblo por esencia mesiánico, desde el momento que rehúsa el verdadero Mesías, jugará fatalmente en el mundo un rol de subversión; y ésto en razón de una necesidad que hace de la esperanza mesiánica, traspuesta al plano natural y aplicada en falso, el fermento más activo de revolución.
De ahí la necesidad evidente de una lucha de salud pública contra las sociedades secretas judeo-masónicas y contra la finanza cosmopolita. De ahí la necesidad de cierto número de medidas generales de preservación.
2º) Desde el punto de vista espiritual-religioso el problema concierne a la vocación del pueblo judío, y, en ese sentido, por muy antisemita que pueda ser desde el otro punto de vista, un católico debe guardarse de todo odio y de todo desprecio para con la raza judía en sí misma considerada.
Tanto como debe denunciar y combatir a los judíos depravados que llevan adelante la Revolución Anticristiana, tanto debe guardarse de cerrar la puerta del Reino ante la buena voluntad de los verdaderos israelitas. La caridad hacia éstos no debe obstaculizar la justicia debida a los otros, y viceversa.
He ahí un caso eminente en que el católico debe unir en la integración de la vida cristiana lo que no es fácil, dos virtudes aparentemente opuestas: la justa defensa de los intereses de la Iglesia y la caridad por todo hombre, incluso los enemigos de la Iglesia.
C) Solución del problema
1º) Tres soluciones posibles
El «hecho judío» considerado políticamente no sufre más que tres soluciones, y la historia está como testigo:
1ª) o dominan ellos;
2ª) o son oprimidos;
3ª) o su estado social es regulado racional y cristianamente por una legislación especial.
Las dos primeras soluciones son las más fáciles, naturalmente. Basta dejar hacer, dejar pasar, aplicar la fórmula del gobierno liberal (un gobierno liberal se diferencia de un gobierno absoluto, no en ser menos absoluto, sino en ser menos gobierno). La tercera solución necesita un gobernante; no se hace sola.
El antisemitismo es una animalidad: es en su principio una especie de reflejo instintivo que debe ser superado. Pero el filosemitismo es peor.
La solución liberal del llamado problema judío consiste en negar el problema; el liberal cree con tenacidad dogmática en la Fraternidad Universal y Laica, en la Fraternidad al margen de la Santidad, en la Hermandad de todos estos hijos de tantas madres prescindiendo del Padre Celeste, y sin ninguna necesidad del Padre Celeste.
2º) La solución cristiana
La solución integral y perfecta de este problema es sumamente difícil para el cristiano, que debe conciliar la caridad para todos con la necesaria energía en la defensa de su vida y de lo que es más caro que su propia vida.
Sin embargo, las líneas generales de la solución están dadas desde hace siglos por la Iglesia; y solamente por haberlas despreciado y flagrantemente quebrantado, el mundo de hoy se ha traído tantos enredos y ha complicado las cosas en forma que parecen insolubles.
La Iglesia:
– por una parte ha mandado que los judíos no tengan esclavos cristianos y que vivan netamente separados de los cristianos;
– y por otra parte ha prohibido que se mate, se maltrate o se despoje a los judíos por el hecho de ser tales.
a) Separación
Los judíos deben vivir separados y distinguidos de los cristianos. Ninguna injusticia hay en esto, sino ayudarlos a cumplir con su ley. Ni siquiera a ellos les conviene ser hombre sin ley. Y la ley de Moisés prescribe formalmente a los judíos separarse de los otros pueblos y distinguirse de ellos hasta por el vestido.
No es herir la igualdad dar a los judíos una legislación especial, desde que son un pueblo especial, como ellos mismos confiesan y proclaman. La igualdad de ley consiste en tratar igualmente las cosas iguales y desigualmente las cosas desiguales.
Cuando esta verdadera igualdad el Príncipe no sabe hacerla, por la fuerza de las cosas la hacen o intentan hacerla los súbditos de por sí, generalmente con gran imperfección y grandísimas injusticias.
El igualitarismo liberal lastima la igualdad verdadera: lo que consigue es privilegiar injustamente a los judíos sobre los cristianos, desde el momento que ellos permanecen abroquelados en el seno de la libre y confiada sociedad cristiana, como una secta o mafia, y desembargados del duro trabajo y costo de «hacer patria», que incumbe a todo hombre que tiene raíz en la tierra.
Si un judío quiere dejar la ley del Talmud y pasarse a la de Cristo, está espléndido. Pero si quiere tener dos fueros distintos y apelar al que le conviene, entonces está muy mal, y es un tramposo, lo cual no le conviene a nadie.
Analizando más profundamente, la explicación del por qué los judíos han de vivir separados es teológica. Los Santos Evangelios han dejado solemnemente consagrada con sus crónicas una profecía de Jesucristo en que amenaza a su pueblo recalcitrante con la destrucción de Jerusalén y su dispersión por todas las naciones hasta el fin del mundo.
Esta profecía no es más que la concreción asombrosamente detallada de una sorda amenaza que recorre todo el Antiguo Testamento y resuena claramente en el capítulo IX de la Profecía de Daniel, a la cual alude Jesucristo literalmente.
Desde aquellas palabras hasta hoy, el mundo ha presenciado el espectáculo de un pueblo desparramado en medio de los otros pueblos, que no consigue ni asimilarse a los otros ni separarse de ellos para reunirse en una nación distinta.
La profecía de la dispersión de los judíos tiene su contraparte en la profecía de su rejunción, precursora del fin del mundo. La Iglesia ha tenido siempre en cuenta la conversión final de los judíos, que parece requerir como condición su rejuntamiento previo en un estado nacional judío.
La extraña historia de este pueblo parece un drama que está entrando en su quinto acto:
1º) elección conyugal por parte de Dios.
2º) infidelidad y apostasía al rechazar al Mesías.
3º) cautividad entre las naciones.
4º) falso intento de impía liberación proporcionada por el liberalismo.
5º) compulsión violenta por parte de las naciones a que sean de una vez un pueblo; lo cual no pueden sin volverse a su Dios, y sin mirar hacia Aquél a quien traspasaron.
b) Condena del antisemitismo racial
El antisemitismo racial es el odio ciego al judío por el hecho de ser judío.
Sin necesidad que lo condene la Iglesia, el antisemitismo racial es abominable, y lo curioso es que también es natural (en el hombre caído, todo lo natural que no se vuelve sobrenatural es abominable, sobre todo cuando está más cerca del polo animal que del polo racional).
Paradojalmente, el antisemita cristiano no se percata que, a veces, está odiando al judío por una razón religiosa, por la marca divina que hay en él, aunque sea la marca de la justicia divina. O sea que su odio de natural deviene diabólico.
Ésta es la gran dificultad de este problema: que no podemos tratar a Caín como él trató a Abel, pero tampoco podemos reconocerlo como hermano.
Dada esa desgracia suya de que no creen en Cristo, ¿qué más puede hacer la sociedad cristiana por ellos que soportarlos cautelosamente y ofrecerles conversión generosa? Soportarlos, porque somos cristianos; cautelosamente, porque son anticristos; conversión, porque fueron la viña y han de ser en los últimos días la guardia vieja del Cristo.
No podemos matarlos, ni dejar que nos maten; no tenemos más remedio que convertirlos y, en el entretanto, aislarlos, con paciencia y prudencia.
«Respecto del Evangelio, ellos son enemigos para vuestro bien, pero respecto de la elección, son amados a causa de los padres, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rom. XI: 28-29).
«Por lo demás, ya que viven entre nosotros y no debemos serles ni malignos ni contrarios a su salud, vida o riquezas, observemos el modo por la Iglesia establecido, que no es nada oscuro, antes del todo obvio, de cómo nos habremos de haber con ellos a la vez cauta y humanamente» (San Agobardo de Lión, + 841).
La única solución del problema judío es dar en cada nación a la comunidad judía un estatuto legal propio, con que el Estado Cristiano salvaguarde sus esencias, y la minoría judía defienda del Estado su perfil racial en lo que tiene de propio, de bueno e incluso de excelente. Con decir ésto, ¿qué hemos dicho sino que la cuestión judía es insoluble dentro del liberalismo político?
Pero, al decir que el judío es un problema teológico, que no es totalmente solucionable por medidas civiles, mucho menos si son persecutorias o injustas, no significa que el gobernante cristiano se debe cruzar de brazos ante la confusión actual. Al contrario, la solución posible fue hallada por la Cristiandad. Esencialmente consistía en tres puntos:
1º) separación religiosa, social y jurídica (amigos y hasta parientes en Adán, Abraham y Cristo, pero cada uno es su casa y en su ley; parientes y trastos viejos, pocos y lejos).
Que no se metan con la religión católica.
Que no tengan puestos de comando.
Que no denieguen su religión y raza, y digan claramente que son verdaderos israelitas en obras y palabras.
è Estatuto legal.
2º) prohibición de tener esclavos y discípulos cristianos, ni siquiera con otro nombre (proletarios, accionistas, rábulas, repórteres famélicos)
è Corporatismo cristiano.
3º) celo por convertirlos a la fe.
Los judíos son peligrosos en la sociedad cristiana; pero una sociedad verdaderamente cristiana jamás necesitó matarlos, ni insultarlos, ni vejarlos, ni temerlos. Su deber es soportarlos, regirlos, darles ejemplo y, si puede, convertirlos. Aunque es históricamente cierto que en general el judío es inasimilable.
En resumen: odio irrefrenable a la insensatez y al liberalismo.
Al romperse por la Reforma la Cristiandad Europea, las naciones perdieron la solución del problema judío y oscilaron sucesivamente hacia los dos extremos:
– los protestantes fueron más bien antisemitas: los reyes protestantes persiguieron a los judíos.
– la Revolución Francesa es filosemita: los gobernantes liberales les destrancaron los ghettos y los introdujeron al interior del estado nacional cristiano, es decir, les permitieron prácticamente tener esclavos cristianos (los obreros del agro y la industria, la masa bestializada son verdaderos esclavos del amo judío; esclavos de la peor especie, porque no saben que lo son y porque ni siquiera pueden reaccionar contra el tirano que está muy lejos).
3º) Peligro del judaísmo actual
El judío fue siempre peligroso y trabajoso. El judío actual es más peligro aún, debido a varias causas propias de nuestra época, entre las cuales recordemos las siguientes:
1ª) La existencia de un verdadero nacionalismo judío, apoyado en el sionismo, diferente de la religión judaica.
2ª) El internacionalismo financiero de muchos judíos (que es uno de los principales creadores del actual capitalismo), sumamente temible en sus métodos y en su espíritu satánicamente anticristiano.
3ª) La particular acción corrosiva de la mente judía, a la cual el liberalismo dio piedra libre; mente educada en la sutileza, el sofisma, el mito, el análisis destructivo, la confusión de los géneros y solevada de una especie de oscura violencia mística o tenacidad religiosa, incluso en los judíos ateos, como Freud, Heine, Marx, Reinach, Bloch, Einstein.
No hay en el mundo contemporáneo una sola empresa de disgregación sistemática que no cuente entre sus principales propulsores con nombres judíos. En general, toda actividad en que se haga dinero a poca costa, a cualquier costo y en breve plazo, cuenta con hombres judíos entre sus más devotos colaboradores.
¡Ahora no nos toca más luchar contra la usura, la intriga y la pócima; he aquí la universidad abierta, he aquí la alta finanza, la política, el gran periodismo, Heine, Rothschild, Freud, Marx, Trotsky, he aquí las armas nuevas: cheque, cátedra y linotipo!
IV: ANTISEMITISMOS
Entendemos por antisemitismo la legítima defensa de la Fe, de la Iglesia y de la Cristiandad centra el semitismo farisaico y talmúdico.
A) Distinciones necesarias
Para comprender bien lo que decimos es necesario hacer una distinción respecto al pueblo judío: «Israel» puede entenderse en dos sentidos:
a) El «Israel espiritual», pueblo de Dios del Antiguo Testamento hasta el tiempo de Nuestro Señor Jesucristo. Su misión era preparar la venida del Mesías, en quién hallaría su perfeccionamiento. De este Israel es continuación la Iglesia de Jesucristo, única heredera legítima y exclusiva de su patrimonio y misión sagradas.
b) El «Israel carnal», que materializó la promesa de Dios y la noción misma del Mesías y que prevaricó, rechazándolo en su primera Venida.
En este Israel carnal podemos distinguir, a su vez, otras dos realidades:
1ª) El pueblo judío a partir de Cristo, pueblo llamado a la conversión, como todos los pueblos, pero con más urgencia y con una dilección particular a causa de su patrimonio único, y con mayor cuidado a causa de su rebelión y patrimonio actual.
2ª) El judaísmo talmúdico, la religión actual de los judíos, aquella que no sólo ha rechazado al Mesías y cometido el deicidio, sino que persigue a la Iglesia como a usurpadora de su patrimonio sagrado.
B) Semitismo y Antisemitismos
Está establecido históricamente que el antisemitismo es la consecuencia y no la causa del racismo judío.
El antisemitismo es anterior a Cristo, es un hecho universal y constante que responde a esa tendencia, a esa autosegregación, al menos relativa, inherente al judaísmo y que es la condición misma de su supervivencia.
El racismo judío anterior a Cristo era religioso y, por lo tanto, legítimo; las persecuciones antisemitas de entonces merecían condenación y hacían mártires.
Pero el racismo judío posterior a Cristo, desprovisto de toda legitimidad religiosa, no es más que la agresión contra la paz universal, y, por lo tanto, no todas las reacciones que provoca merecen condenación.
En todas sus empresas conquistadoras y revolucionarias, los judíos han empleado una táctica inconfundible para engañar a los pueblos: la utilización de conceptos abstractos y vagos, juegos de palabras de significado elástico, que pueden entenderse de manera equívoca y aplicarse de diferentes modos. Aparecen, por ejemplo, los conceptos de igualdad, libertad, fraternidad y, sobre todo, el de antisemitismo, de enorme elasticidad.
La engañosa maniobra puede sintetizarse en dos pasos:
1º) Lograr la condenación del antisemitismo por medio de hábiles campañas y de presiones de todo género; insistentes, coordinadas y enérgicas; ejercidas por fuerzas sociales controladas por el judaísmo o ejecutadas por medio de sus agentes secretos introducidos en las instituciones cristianas.
Dando al antisemitismo un significado inicial que lo representa como una discriminación racial o como un simple odio al pueblo judío, obtienen que los dirigentes religiosos y políticos vayan uno tras otro condenando el antisemitismo de modo general, sin entrar en detalles sobre lo que realmente condenan y dejando impreciso y vago el objeto de la censura, permitiendo a los judíos la interpretación y clarificación.
De este modo, introducen la confusión en la opinión pública, presentando sólo dos opciones: o condenar a los judíos por el hecho de serlo, o aceptarlos sin distinciones.
2º) Después que han logrado dicha condenación en el sentido dialéctico buscado, dan al término antisemitismo un significado muy distinto. Entonces, serán antisemitas:
a) los que defienden a sus países de las agresiones del judaísmo;
b) los que critican y combaten la acción disolvente de las fuerzas judaicas que destruyen la familia cristiana y degeneran a la juventud con la difusión de falsas doctrinas y de toda clase de vicios;
c) los que censuran o combaten el odio y la discriminación racial que los judíos se creen con derecho a ejercer en contra de los cristianos;
d) los que denuncian los delitos y crímenes cometidos por los judíos contra los cristianos, musulmanes o demás gentiles y piden el merecido castigo;
e) los que desenmascaran al judaísmo como dirigente de los movimientos subversivos, pidiendo que se adopten las medidas para impedir su acción disolvente en el seno de la sociedad;
f) los que se oponen a la acción judía tendiente a destruir la Santa Iglesia y la Civilización Cristiana.
Analizando más en profundidad, podemos comprobar que hay varias clases de semitismo: el económico, el social, el político, el moral, el religioso, y, en fin, el racial.
Como hay diferentes formas de semitismo, existen también diversas maneras de defenderse y oponerse a ellos:
Es lícito defenderse y oponerse al semitismo económico: contra la dura e intolerable dictadura del dinero ejercida por la banca internacional que quiere someter al mundo.
Es lícito defenderse y oponerse al semitismo social: contra los revolucionarios que desde diferentes puestos ponen en duda la verdad conocida, rebajan lo elevado, ensucian lo limpio y puro, lapidan lo apreciado y respetado, destruyen lo construido.
Es lícito defenderse y oponerse al semitismo político: contra los que por diversos medios provocan, fomentan y propagan la revolución anticristiana para llegar a la instauración del sionismo internacional.
Es lícito defenderse y oponerse al semitismo moral: contra los amorales en la política y los inmorales en las costumbres, cuyo fin es la demolición de los pueblos cristianos.
Es lícito defenderse y oponerse al semitismo religioso: contra los que afirman la relatividad de la religión, aunque no admitirán otra más que la suya talmúdica cuando sean los amos del mundo.
Todos estos semitismos, fomentados por la judería internacional, son ilícitos. Por lo tanto, oponerse a ellos, defenderse de su malicia, no puede ser condenado por ninguna autoridad legítima.
El antisemitismo racista, que condena al judío como si por sólo serlo, por su sangre y raza, estuviera fatalmente inclinado al mal, este antisemitismo racista es anticristiano, y con ello está todo dicho.
Pero, agreguemos:
* El antisemitismo racista tiene algo de zoológico: es una reacción instintiva. Ya se sabe que en el hombre lo instintivo es natural, pero puede ser bueno o malo según esté o no contenido dentro del orden de la recta razón.
* El antisemitismo racial es un mero reflejo biológico-social, como lo prueba la historia. En el fondo, la reacción occidental de recelo al «judío colectivo» no es ni buena ni mala, es una cosa como el hambre, el vértigo o el deseo sexual. Es más bien mala, porque en el animal racional es malo lo que es puramente animal; y si no es frenada se vuelve rápidamente mala y, sobretodo, terriblemente estúpida.
* El recelo al extraño es natural en el viviente; brota solito en los pueblos en que los judíos, por su multitud o su organización o su malignidad, empiezan a subrayar su inevitable posición de masa inasimilable.
Si este reflejo se convierte en odio ciego, o se coagula en sistemas simplones, cuando no injustos, el resultado es el furor insensato, que nunca soluciona nada.
* El antisemitismo animal, racial, el condenado por la Iglesia, no es lícito, pero es necesario en el sentido que es inevitable, imposible de impedir, cuando la infiltración judía llega a tal punto que la situación se hace insostenible: dondequiera exista la cuestión judía se dará el antisemitismo, puesto que es uno de sus lados.
* El antisemitismo racial es un reflejo defensivo que se produce en los malos cristianos de un país cristiano al surgir en él la cuestión judía.
* La razón profunda del fracaso antisemita racial es que ataca al judaísmo con armas judías o que pretenden ser más judías que las propias armas de los judíos; y es de balde, nadie puede ser más judío que un judío.
Sólo las armas cristianas (empezando por aquellas que San Pablo dice en Efesios VI: 10, a saber, la justicia, la paz, la fe, la palabra de Dios y la oración) son buenas a reducir la protervia judía, sin negar las otras armas que son propias de la prudencia y de la sabiduría políticas.
* El mismo análisis lingüístico del apodo es revelador:
El prefijo «anti» lleva implícito en sí una imagen de pataleo: el que patalea tiene razón de impacientarse o no la tiene; pero es evidente que el pataleo ni es acción, ni es pensamiento, ni es solución de nada, aunque puede ser el principio de una acción, útil o inútil.
La voz «semitismo», aplicada al israelita, tiene ese carácter de generalización excesiva, de pensar simplista, ese instinto de designar las cosas a bulto, o sea por aquello que tienen de más grueso o palpable, que es propio de las mentes ineducadas.
* A los judíos en cuanto judíos no es lícito maltratarlos; hay judíos buenos, y potencialmente todos son buenos, en cuanto seres humanos; en cuanto personas, todos son una cosa buena.

interesante…el problema es …¿que pasa con los miles de millones de islamicos budistas ateos gnosticos sintoistas deistas etc? ¿estan fuera de este bipolarismo?