Conservando los restos
DOMINGO SEXTO DESPUÉS DE EPIFANÍA
Las parábolas del Grano y de la Levadura se refieren a la Iglesia y pertenecen a una serie de doce parábolas que llenan el capítulo XIII de San Mateo y son llamadas el Sermón del Lago, predicado probablemente cosa de seis meses a un año después del Sermón del Monte; aunque es más que probable que Cristo haya repetido estas parábolas en diferentes ocasiones; sueltas, como las traen Marcos y Lucas.
Pero estas parábolas tienen un tema común: semejanzas del Reino de Dios, o sea, características de la Iglesia que se estaba formando; y se cierran con una observación sobre el hablar en parábolas, que ya hemos visto. “Y así les hablaba a ellos en parábolas, y sin parábolas no les decía nada; y muchos no entendían. Para que se cumpla lo que dijo el Profeta [David]: ”Desataré mi boca en semejanzas. Revelaré lo que es arcano desde el Origen”.
David no habla del Mesías sino de sí mismo en el Psalmo LXXII; pero David es una figura del Cristo. En realidad, habla como poeta y lo que dice se aplica a todos los –verdaderos– poetas; y por ende eminentemente a Cristo.
El hablar por semejanzas era típico de la literatura –o mejor dicho de la poesía– hebrea, como de todo el Oriente. Hoy conocemos mejor este genero; conocemos totalmente las leyes del llamado estilo oral –uno de los estadios de la evolución de la expresión humana– gracias a la preciosa obrita técnica del investigador Marcel Jousse.
No era el caso de los exégetas antiguos ni de los del Renacimiento. En otro lugar he indicado que éstos yerran a veces en la interpretación, cayendo en dos extremos viciosos, a causa de su ignorancia del género; pues aprisionados por los esquemas de la retórica grecolatina, los unos miran a las parábolas como si fuesen alegorías o emblemas y los otros como si fuesen novelitas mal hechas. En realidad, las parábolas pertenecen al género símbolo, la más antigua y natural de las maneras de expresión poética de la humanidad; lo que llamo Giambattista Vico “la lingua degli erói”.
Así pues, los Santos Padres antiguos descomponen las parábolas en todos sus elementos constitutivos hasta los menores detalles, como en un análisis químico, y quieren dar un significado concreto a cada uno de ellos; el cual en ocasiones no puede ser sino arbitrario y aun estrafalario, cayendo así en el “alegorismo” que S. S. Pío XII desrrecomienda en su Encíclica Divino Afflante Spiritu.
Proceden como un maestro de heráldica: “Gules significa la paz, sinople significa la astucia, la orla de oro significa parentesco con la casa real, el león rampante en campo de gules significa casa noble que crece, los dos calderos significa comarca de olivares…”; y así sucesivamente hasta dar a todo el escudo de armas un significado concreto… y convencional.
Así, por ejemplo, esta sencillísima parábola de la Levadura, que tiene cuatro líneas, hace decir a la exégesis antigua: “El Fermento es Cristo, la harina es la Humanidad, las tres medidas de harina significan la fe, la esperanza y la caridad, la mujer significa la Sabiduría”; y después se ponen a discutir muy formales por qué Cristo dijo: “tres satos de harina”, que es un ”jehi” (que son 59 kilos) cantidad desmesurada para una horneada, y aun para tres horneadas y tres mujeres. Pero resulta ahora que la “sabiduría” no es femenino, sino masculino en arameo: no es mujer, es varón. Otra discusión.
La “mujer” significa simplemente que en Palestina quienes horneaban eran las mujeres. El rasgo desmesurado es una cosa general en las parábolas de Cristo, y ya hemos explicado el porqué. La parábola ha de tomarse en su conjunto como un símbolo; en este caso, de la sociedad religiosa que Cristo estaba en tren de fundar.
Los rasgos particulares tienen por objeto diseñar simplemente y traer a la memoria vívidamente una cosa conocida de todos, para significar con ella una cosa invisible; en este caso, misteriosa y futura: la Iglesia. Un pintor actual que pinta un cuadro simbólico de la Paz, por ejemplo, pone allí una cosa concreta que en su conjunto significa la paz; pero cada uno de los rasgos separados de tal cosa concreta, no es necesario tenga un significado especial.
Los exégetas del Renacimiento vieron que el alegorismo no marchaba; y que las parábolas debían tener un significado literal único, pretendido por Cristo, y sobre el cual no podía caber discusión. Eso fue un progreso, porque es efectivamente así.
Pero, sin embargo, intrigados de los pormenores a veces raros, introdujeron que en las parábolas había “rasgos ornamentales”; es decir, adornos en el fondo inútiles.
Maldonado, explicando la parábola del Convite Regio y topando con la frase del Rey: “Los pollos ya están muertos, los becerros están adobados”, dice que eso es un “rasgo ornamental superfluo”, lo cual viene a querer decir, si bien se mira, que Maldonado la hubiese hecho mejor de haber sido el autor él.
Pero un buen artista elimina todo lo superfluo: en una obra maestra no sobra una sola palabra. Esa frase trivial del Rey pertenece al conjunto del símbolo, como parte de él, pero parte no separable; y el Rey la dice para significar que el Convite ha de llevarse a cabo; y eso, pronto. Pregunten a un hacendado si se puede aplazar una “yerra de convite”.
Así pues, estas dos brevísimas parábolas señalan a la sociedad religiosa que Cristo estaba en tren de fundar; y salen de antemano al encuentro de los protestantes, que pretenden que Cristo nunca pensó en fundar una sociedad visible; y de los racionalistas de la escuela esjatológica (Weiss, Júelicher, Loisy) que pretenden Cristo creyó que la Parusía (o fin de este mundo) estaba inmediatamente próximo.
Las dos parábolas en efecto suponen no una próxima catástrofe y reconstrucción instantánea del mundo, sino un lapso de tiempo y un crecimiento lento, aunque sorprendente –y si se quiere, maravilloso– de una sociedad visible, como un árbol que da sombra y en cuyas ramas cantan los pájaros.
“Mirad el grano de mostaza que es la menor de todas las semillas [”el alpiste es más chico y el nabo peor todavía”, le hubiese argüido un agricultor criollo] y sin embargo cuando crece se convierte en un árbol frondoso [”en un arbusto de la altura de un hombre en España; y en el Oriente un poco mayor”] más grande que el otro monte [”que el otro monte chico”] en donde vienen las aves del cielo a hacer sus nidos” (“donde vienen a posarse”, dice el texto griego).
Maldonado, olvidado un momento de su repudio al alegorismo, no puede contenerse de decir que ”las aves del cielo” son los príncipes cristianos” (cumplimiento a Felipe II; que si hubiese conocido a los príncipes de ahora no le hubiese pasado por la testa) o si hubiese conocido más de cerca a Felipe II. ¡Aves del cielo, sí! Pajarones de la tierra…
Cristo, como ven, desmesura sus medidas, juega un poco con la botánica, y no pretende sentar plaza de naturalista riguroso. Su pensamiento es que aquel grupito de hombres que lo rodeaba, insignificante hasta lo invisible en un rincón del enorme Imperio, se iba a agigantar paulatinamente hasta cubrir con su sombra al mundo. “Porque el Reino de los cielos es semejante a un agricultor que tomó una semilla y la echó en la tierra, y se fue. Y pasaron los días y pasaron las noches, y vino el invierno y vino la lluvia y la semilla brotó. Y pasaron las estaciones y pasaron los años y el granito se hizo yema, y brote, y brizna y tallo y ramas y hojas, hasta que se volvió el árbol más grande, y dio flores y frutos; y a su sombra descansaron los viandantes, y en sus ramas cantaron los pájaros…”. Esta es una variante de esta misma parábola, que está en otro lugar: Mateo, IV, 26.
El crecimiento de la Iglesia en el mundo es un milagro: “Un milagro moral”, dice el Concilio Vaticano. La divinidad de la Iglesia puede ser probada por la misma existencia de la Iglesia –con tal que ella se vea con ojos morales– no obstante que los lógicos dicen que ninguna cosa puede probarse por sí misma sin cometer circulo vicioso o petición de principio, que son sofismas.
Dejando a los teólogos la discusión de cómo prueba, hasta dónde prueba y para quiénes prueba –véase Kirkegor– lo cierto es que esa semilla que un hombre sembró en las riberas del Lago y en un espacio de tierra equivalente a la provincia de Jujuy, produjo en el mundo efectos que ninguna otra semilla ha podido producir, y se volvió literalmente “el mayor de todos los árboles”, a semejanza de aquel guijarro que arrojado desde la cumbre “sin mano” dio en la estatua de pies de barro y la derribó; y se convirtió en una montaña que cubrió toda la tierra (Daniel).
El profeta Daniel se refiere al mismo milagro moral; y lo compara a un rodado que se desprende de una cima y se viene abajo arrastrando otros a su paso, de modo que, al llegar al llano, aquello se ha convertido en un alud enorme.
Ya unos 30 años después de la muerte de Cristo, San Pablo podía decir que “el nombre cristiano era conocido en toda la tierra”, es decir, en todo el Imperio. Y hoy día el Evangelio ha sido prácticamente predicado en todo el mundo.
El historiador Gibbons, pesado discípulo de Voltaire, pretende que el crecimiento repentino del Cristianismo se debe a causas naturales; y enumera allí siete causas; y yo le podría enumerar otras siete, y aun setenta veces siete.
El novelista James Jones, ameno discípulo de Gibbons, pretende que el Cristianismo ha muerto y está a punto de nacer una nueva religión; y puede que tenga razón por desgracia, en esto último.
Dice en su novela best-seller, From here to eternity, que así como el Cristianismo se desgajó del judaísmo; así luego del Cristianismo se desgajó el mahometanismo, que también creció maravillosamente; y después se desgajó el protestantismo; y de éste se desgajaron innumerables nuevas religiones, de una de las cuales se desgajará la Otra, la que él prenuncia y cuyas bases las constituyen las 900 páginas de su novela…
Mas ninguna de las otras religiones tuvo el nacimiento, crecimiento y vigencia de la Iglesia Católica; ninguna nació de una semilla pequeñísima –de la nada prácticamente hablando– y se hizo árbol; todas ellas se desgajaron efectivamente, como ramas de un árbol que se quiebran; y se empezaron a marchitar en seguida. No hay comparación posible, a no ser para un miope.
No es lo mismo ir a imponer la humildad, la castidad y la caridad al monstruoso Imperio Romano en nombre de un Ajusticiado, oh James Jones, que apoderarse de los bienes de los monasterios y después romper con Roma para no devolverlos, ya que ése es el ejemplo que te gusta: Enrique VIII.
La única pequeña diferencia que hay entre la propagación del Evangelio de Cristo y la propagación de tus diversas herejías, es que las herejías se propagaron con crímenes: ya es algo. El Evangelio ha sido la revolución más grande que ha habido en todos los siglos; y la única revolución que triunfó sin derramar más sangre que la suya.
Pero no fue una revolución violenta: su acción no fue física sino química, igual que la del fermento.
La acción física es la política y la fuerza de las armas; la acción química es la persuasión y la transformación lenta. Siempre que la Iglesia ha cambiado la acción química por la acción física, o se ha apoyado demasiado en la acción física –que siempre existe en parte, incluso en las combinaciones químicas– le ha ido mal y le ha costado muy caro. San Pablo hizo mucho más por el Cristianismo que el Emperador Constantino; Santa Teresa hizo mucho más que Felipe II; y la Inquisición Española realizó la unidad religiosa en España –la cual es un gran bien de orden político– pero le dejó en herencia la más espantosa de las guerras civiles.
Hay que aprender esto. Si no aprendemos, es porque no queremos. Pero la tentación constante del hombre –y la ley del fariseo– es sustituir la acción física a la química porque es más fácil: obligar en vez de persuadir. A esto le llamó Bergson “el decaigo de la mística en política”. No hay duda que a veces hay que obligar, incluso en religión; pero en el fino fondo de la religión está, y no puede menos de estar, la persuasión.
Semejante es el Reino de los Cielos a un fermento… Semejante es el Reino de los Cielos a una semillita… Semejante es el Reino de los Cielos a un árbol…
Cosas tranquilas y vivientes.

