P. CERIANI: SERMÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DE EPIFANÍA

VIGESIMOQUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

SEXTO SOBRANTE DE EPIFANÍA

Les propuso esta otra parábola: “El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo. Es el más pequeño de todos los granos, pero cuando ha crecido es más grande que las legumbres, y viene a ser un árbol, de modo que los pájaros del cielo llegan a anidar en sus ramas.”

Otra parábola les dijo: “El reino de los cielos es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó.”

Todo esto, lo decía Jesús a las multitudes en parábolas, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo que había sido dicho por medio del profeta: “Abriré mis labios en parábolas; narraré cosas escondidas desde la fundación del mundo.”

Por la misma razón que el Domingo pasado, la Santa Liturgia toma hoy los textos del Sexto Domingo de Epifanía, sobrante al comenzar la Septuagésima.

Y una vez más, el Evangelio presenta a nuestra consideración y meditación Parábolas de Nuestro Señor, que nos habla muchas veces en el Evangelio del Reino de los Cielos y nos lo representa bajo diferentes figuras, por medio de ese género literario tan propio de Él.

Dos Parábolas que han de ser separadas en su exégesis y, especialmente, en su aplicación.

De hecho, desde el principio, la Iglesia fue tan pequeña como un grano de mostaza, sembrada por Nuestro Señor y por los Apóstoles en Judea, en primer lugar, y a continuación por toda la tierra, en medio de contradicciones y persecuciones. Pero este grano de mostaza germinó, creció y se convirtió en un enorme árbol donde las aves del cielo, es decir los fieles y almas generosas, vinieron en tropel para descansar y alimentarse, hasta que puedan volar hacia el Cielo.

La levadura es una pequeña cantidad de pasta amarga que, mezclada con la masa para hacer el pan, tiene la propiedad de levantar, hinchar y fermentar; haciendo más ligero y más sabroso el pan.

Tomada en este sentido, su efecto es bueno y saludable. Pero, en el sentido moral, la levadura significa la acción malsana e indeseable que el pecado lleva a cabo en nuestra alma o en la sociedad.

Es en ese sentido que Nuestro Señor dijo a sus discípulos: Cuidaos del fermento de los fariseos…; y que San Pablo exhortó: Expurgaos del viejo fermento, para que seáis una nueva masa.

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Ordinariamente esta Parábola es interpretada de modo que la levadura representa el poder y la influencia del Evangelio, que va penetrando en el mundo hasta dejarlo completamente leudado en la santidad. Creen ver con esta parábola una prueba evangélica del completo dominio espiritual, al que ha de llegar la Iglesia en la presente edad.

Sin embargo, la palabra levadura tiene, invariablemente, un sentido malo, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Para San Pablo, la levadura equivale a malicia y maldad. Y Nuestro Señor Jesucristo caracterizó a la mala doctrina como levadura. En efecto, dice el Evangelio: Los discípulos, al ir a la otra orilla, habían olvidado de llevar panes. Y Jesús les dijo: “Mirad y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.” Ellos dentro de sí discurrían diciendo: “Es que no hemos traído panes”. Mas Jesús lo conoció y dijo: “Hombres de poca fe; ¿qué andáis discurriendo dentro de vosotros mismos que no tenéis panes? ¿Cómo no entendéis que no de los panes os quería hablar al deciros: ‘Guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos’?” Entonces, comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.

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Esta levadura se presenta en tres formas: fariseísmo, saduceísmo y herodianismo.

Fariseo equivale a separado o segregado; porque et fariseo hacía profesión de no contaminarse, ni en el orden doctrinal ni en el práctico, con nada que no fuese absolutamente judío, y, entre lo judío, que no fuese del todo conforme a las tradiciones más puras de los mayores.

Pero el espíritu farisaico vino con el tiempo a degenerar en forma tal que se ha hecho el prototipo de la falsía, del orgullo, de la religión y piedad deformada, de la insidia, del formalismo estrecho y abrumador, con ese espíritu de ghetto que los caracterizaba y que hacía que les importase salvarse ellos y no los demás.

La levadura de los fariseos significaba la mala doctrina de los formalismos y prácticas exteriores. El capítulo XXIII de San Mateo resume todas las condenas de Nuestro Señor contra ellos, incluyendo los famosos ocho Ayes, entre los cuales figuran:

“Ay de vosotros, escribas y fariseos, que devoráis las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones… Ay de vosotros porque andáis girando por mar y tierra, a trueque de convertir un gentil; y después de convertido lo hacéis digno del infierno dos veces más que vosotros ¡Ay de vosotros que pagáis diezmos de la hierbabuena y del eneldo y del comino y habéis abandonado las cosas más esenciales de la ley: la justicia, la misericordia y la fe…”

Los saduceos eran los adversarios políticos y religiosos de los fariseos. Su origen se debe a un espíritu de transacción y de acomodación con otros pueblos en todo aquello que no fuese inconciliable con la constitución fundamental del pueblo de Dios. En los tiempos de decadencia del poder judío y de intervención extranjera en los negocios de la nación, se inclinaban del lado de las autoridades civiles para tenerlas propicias. Tenían a su lado a la gente rica y poderosa, mal avenida con las impertinencias legales del fariseísmo. Su influencia era debida a su preponderancia en el orden jerárquico y económico del país.

Doctrinalmente representaban un cierto laxismo respecto a las minuciosas prescripciones de escribas y fariseos. Paulatinamente llegaron a la negación de dogmas fundamentales de la religión misma como la Providencia, la existencia de los Ángeles, el libre albedrío y la inmortalidad del alma. Por ello han sido considerados como los racionalistas de su tiempo, aunque mejor se dirían deístas o materialistas. Hoy en día vendría a ser un calvinismo, expresión depurada de ese saduceísmo brutal que existía en tiempos de Nuestro Señor, y que forma parte de la mentalidad judía.

La levadura de los saduceos representaba el espíritu escéptico, puramente temporal, del hombre inflado frente a todo lo sobrenatural y a las Escrituras. Durante una disputa, Jesús los despachó con esta sentencia: “Erráis, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios”.

Se ignora a punto fijo lo que representaban los herodianos en fuerza, doctrina y tendencias, en el orden político o religioso. Lo más probable es que se tratara de un partido político, adicto a la dinastía de los Herodes porque viesen en ella la única manera de salvaguardar la independencia de la nación contra las tendencias absorbentes de los romanos, o bien por natural simpatía a la causa de una evolución del judaísmo hacia una civilización helenista o romana.

Lo concreto es que dialectizaban la obra de Jesucristo: “¿Hay que pagar el tributo al César?”… Se lo cuestionaron los herodianos, porque no querían la dominación romana, y entonces dialectizaban a Nuestro Señor con los problemas de este mundo, y Jesús, la Sabiduría Infinita, manda “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es Dios”.

La levadura de los herodianos constituía el espíritu mundano que contemporiza la religión con las normas del mundo, arrastrando a los creyentes a los negocios temporales.

Dios mediante, mañana será publicado, una vez más, el trabajo del Padre Raúl Sánchez Abelenda: El Opus Dei: ¿un Fariseísmo, un Saduceísmo, un Herodianismo? Recomiendo vivamente su lectura.

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Ahora bien, no hay ni un texto en las Escrituras en el que el símbolo de la levadura tenga un buen sentido.

La parábola de la levadura no puede, pues, simbolizar el desarrollo y la penetración del Evangelio en las masas del mundo, mediante la labor de la Iglesia, sino que simboliza la infiltración de la corrupción entre los cristianos.

Precisamente se enseña esto en las parábolas del sembrador, de la cizaña y de la red; cada una de las cuales ilustra, indiscutiblemente, que la maldad ha de continuar y crecer entre los cristianos hasta la consumación de la presente edad.

Como dije el domingo pasado, se nos inculca, de un modo terminante, que, no sólo el mundo no mejorará poco a poco, sino que, por el contrario, el misterio de iniquidad irá obrando, de más en más, en el seno mismo de la Cristiandad.

La verdadera doctrina, el alimento de los hijos del Reino, por la sutil actividad de Satanás, será mezclada, de un modo lento y progresivo, con la falsa y corruptora ideología de los hijos del maligno, representada en la cizaña y la levadura.

El misterio de iniquidad va en aumento. La levadura de los fariseos, saduceos y herodianos va infiltrando la masa cristiana. Presenciamos tiempos peligrosos, y vendrán aún mayores y peores.

Este hecho, bien triste y desagradable de consignar, es el contenido del misericordioso y alarmante aviso de las parábolas con que Jesús quiso prevenir a todos los que creen en Él, para que se guarden de la levadura añeja, como que son panes ázimos de la sinceridad y verdad.

El mundo entero yace en el maligno. La predicación de la palabra de Dios, mediante la cual el Espíritu Santo arguye al mundo de pecado, de justicia y de juicio, jamás puede ser agradable al mundo, por cuanto su espíritu es diametralmente opuesto al Espíritu de Dios.

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Nuestro Señor dice: la levadura, que una mujer tomó y escondió…

San Juan Crisóstomo y otros comentadores hacen notar que no se dice simplemente que “puso”, sino que lo hizo en forma que quedara oculta.

La mayoría de las traducciones utilizan los verbos meter y mezclar, mitigando la fuerza del simbolismo que ciertamente quiso darle Nuestro Señor a la levadura, que es el de malicia, significando místicamente vicio y astucia.

Porque la levadura de fariseos, saduceos y herodianos mataba las almas, Jesucristo mandaba a los suyos cuidarse de ellos.

Monseñor Straubinger publicó en su momento un artículo sobre el simbolismo de la levadura.

Nos dice que, aparentemente, hay unanimidad respecto de su sentido, tanto entre los exégetas antiguos como entre los modernos.

Pero se pregunta: ¿no es posible que en esta misteriosa parábola se encierre un sentido más profundo de lo que comúnmente se le atribuye? ¿Tal vez un sentido que se funda en el simbolismo antiguo oriental de la levadura?

¿Y cuál era el simbolismo antiguo de la levadura, tal como lo conocían los hebreos en tiempos de Cristo y cómo lo entendían los oyentes de la parábola? ¿Como un efecto bueno o como uno malo?

En el segundo caso, la parábola de la levadura, como la de la cizaña, refleja los peligros que asechan al Reino de Dios: la astucia de los enemigos que se infiltran en el mismo e intentan depravarlo espiritualmente.

Monseñor Straubinger analiza los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento que ya hemos visto más arriba y saca las pertinentes conclusiones:

No sólo Jesucristo tomó la levadura como símbolo de la mala doctrina, sino que los Apóstoles, al darse cuenta que el Señor hablaba de la levadura espiritual, inmediatamente, y sin esperar explicaciones sobre el simbolismo, lo entendieron como figura de una cosa mala.

Esto quiere decir que este concepto (levadura igual a mala doctrina) era corriente en Israel.

Tanto los Apóstoles, como el pueblo en general, entienden el simbolismo en un sentido negativo y Nuestro Señor no hace nada para cambiarles el parecer, supuesto el caso que fuera otra la enseñanza que Él quiso inculcar.

Todo esto quiere decir que la Parábola de la Levadura es probablemente gemela de la parábola de la cizaña que se cuenta en el mismo capítulo, y presenta, como ésta, una profecía del peligro al cual está expuesto el Reino de Dios a causa de su contacto con el mundo.

Así como en la Parábola de la Cizaña el campo es el mundo, del mismo modo en la Parábola de la Levadura lo es la masa, y lo que en aquélla hace el enemigo que vino de noche y sembró la cizaña en medio del trigo, esto mismo hace en ésta la mujer que oculta un poco de levadura en la masa para corromperla.

En esta explicación el abscondit conserva su verdadero significado sin que haya que darle una nota atenuante que le quite la fuerza.

El paralelismo entre las dos Parábolas es sorprendente, y tiene la ventaja de dar a la de la Levadura más realidad, pues todos sabemos que el fermento del espíritu de este mundo ha penetrado profundísimamente en la sociedad cristiana y que las masas de hoy, simbolizadas por la masa de la Parábola, han sido fermentadas por ella completamente.

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Penetrados de esta doctrina que Jesús nos enseña y que los Apóstoles confirman con suma claridad, no tenemos ninguna necesidad de desmentir los muchos escándalos que, como manifestaciones de la obra del inicuo, existieron y vendrán con mayor abundancia.

Jesús dijo que era necesario que ocurriesen escándalos.

La manera como Satanás zarandea y atribula la simiente de la mujer, es justamente la manifestación del misterio de iniquidad que va obrando desde el principio.

Se nos advierte que no nos escandalicemos ni asustemos por esto.

La larga lista de escándalos confirma lo que Jesús y los Apóstoles anunciaron de antemano.

Buscar una Iglesia en la que no obre la iniquidad de los hijos del Maligno y no ocurran escándalos, es buscar una congregación donde todos los convidados fuesen elegidos.

Jesucristo instituyó su Iglesia para perpetuar a través de la presente edad su Misión Divina, a fin de congregar de entre las naciones un pueblo consagrado a su Nombre.

En este plan, Jesús no puede fallar, no ha fallado y no fallará, por más que fallen los hombres, y por más que se esfuerce Satanás.

¡Más aún! El misterio de iniquidad que se manifiesta dentro de la Iglesia en la levadura de la ideología mundana de muchos y en la inmensa muchedumbre de cizaña, está al servicio de Cristo que, mediante su Espíritu Santo, realiza infaliblemente su Plan y no perderá ninguno de los que el Padre le ha dado.

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Por el contrario, es de temer que los que toman la levadura como símbolo de la virtud interna del Evangelio, nunca lleguen a ver el cumplimiento total de su interpretación, porque el espíritu corruptor (el fermento farisaico, saduceo y herodiano) del mundo cunde cada vez más entre los pueblos cristianos, y este fenómeno no dejará de existir, pues el mismo Señor predijo la apostasía en masa, y San Pablo lo confirmó.

Las parábolas de la cizaña y de la levadura representan, pues, el misterio de la paulatina secularización y descristianización, y ambas son una ilustración de la actividad destructora de los falsos profetas y doctores en medio de la grey de Cristo.

Con estas consideraciones, nos adentramos en el tema del Evangelio del último Domingo del Año Litúrgico que, Dios mediante, comentaremos la semana próxima.