PADRE LEONARDO CASTELLANI: HOMENAJE EN EL 124° ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO

16 de noviembre de 1899

APOSTILLAS POLÍTICAS BIEN ACTUALES

Catorce textos resumidos, unos breves, otros más extensos; publicados algunos en revistas, como Cabildo, Dinámica Social, Jauja; otros compendiados en Decíamos ayer; finalmente aquellos tomados de libros del Padre, Las parábolas de Cristo, Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Las ideas de mi tío el cura, San Agustín y nosotros.

En cuanto a la fecha, van de 1944 a 1969.

Algunas conjeturas, se han cumplido casi proféticamente.

Otras, como eran condicionales, ni se han verificado ni se podrán plasmar.

Sin embargo, todos estos textos tienen una actualidad prodigiosa.

No son para leer de un tirón, sino para reflexionar tranquilamente.

Aconsejamos guardarlos e ir meditándolos, dejándose sorprender por la inspirada y esclarecida oportunidad que tienen.

He aquí los títulos:

HACIA LA HISPANIDAD

SUPER – ESTADO

A MODO DE PRÓLOGO (Decíamos Ayer

VISIÓN RELIGIOSA DE LA CRISIS ACTUAL

UNA RELIGIÓN Y UNA MORAL DE REPUESTO

LA DESTRUCCIÓN DE LA TRADICIÓN

PARÁBOLA DE LA PUERTA DE LA POLIS

ELEGÍA EN UN DESIERTO

¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?

PRIMERO POLÍTICA

UNA ACTIVIDAD NOBLE

PARA CONSTRUIR UNA NACIÓN

LA RESTAURACIÓN SERÁ RELIGIOSA O NO SERÁ

HABLA EL VIGÍA

Los publicaremos en tres entregas, comenzando hoy mismo.

HACIA LA HISPANIDAD

(Cabildo Nº 555 – 23/4/1944)

La reforma tuvo tres etapas:

1º) En la primera, el estado de malestar y anquilosamiento de la Iglesia Medieval revienta con ocasión de la rebelión de Lutero en una lucha religiosa intestina. Las naciones europeas se dividen en dos partes ortodoxia y herejía.

2º) La segunda etapa la constituye la lucha armada entre los dos fragmen­tos de la antigua Cristiandad, que termina prácticamente con el triunfo de los protestantes; triunfo económico y político, adueñándose las naciones del Norte de las nuevas fuerzas económicas y técnicas, despertadas a costa de grandes destrucciones morales, fuerzas que invadían el mundo con ímpetu irresistible.

3º) La tercera etapa ve florecer dos fenómenos contrarios comenzados en la segunda, y en cuyo fondo se puede ver la acción del espíritu judío, liberado del ghetto:

a) la degeneración interna del protestantismo, que engendra mons­truos peores que él mismo, pero libera enérgicas minorías católicas.

b) la infumación lenta del espíritu protestante en los países católicos, con el nombre de liberalismo, respaldado por el prestigio de las naciones heréticas, que siembra en los católicos una división sutil, la cual con el tiempo se había de revelar inconciliable.

La actual división del mundo, en el fondo no es sólo política, sino más bien religiosa.

SUPER – ESTADO

(Decíamos Ayer – 7/9/1944)

El rigor y la crueldad de las modernas guerras totales hacen gemir al mundo por un substituto de la antigua Cristiandad, especie de federación natural y religiosa de la Europa Medieval, rota definitivamente por la llamada Reforma.

Pero esta nueva cristiandad, que se nos quiere imponer en nombre de la diosa protestante Democracia, tiene todas las apariencias de una Contra-Cristiandad, es decir, se parece a su madre, la pseudo-Reforma.

***

A MODO DE PRÓLOGO

(Decíamos Ayer – 24/2/1945)

El filósofo, como el médico, no tiene remedio para todas las enfermedades… A veces, todo lo que puede dar como solución es oponerse a las falsas soluciones… Puede, con el pensamiento, poner obstáculos para retardar una catástrofe; pero en muchos casos no puede sino prever la catástrofe; y a veces debe callarse la boca, y lo van a castigar encima…

Nos han atado al carro de los que hoy edifican una babélica y falaz Paz Universal, basada no en Dios y su Iglesia, sino en las solas fuerzas del Hombre descristianizado. La pagaremos nosotros los débiles esa paz, tanto si se consigue como si no se consigue. Y por desgracia para el mundo, es posible que se consiga.

En la presente edad no será la Iglesia, mediante un triunfo del espíritu del Evangelio, sino Satanás, mediante un triunfo del espíritu apostático, quien ha de llegar a la pacificación total (aunque perversa, aparente y breve) y a un Reino que abarcará todas las naciones; pues el Reino mesiánico de Cristo será precedido del reino apóstata del Anticristo.

La respuesta del teólogo es que, si lo único que uno puede hacer en un momento dado es malo, dañoso o perverso, no hay que hacer nada y marcharse del lugar que uno ocupa antes de violar la ley moral, aunque sea por omisión.

— Yo no puedo hacer más. Ninguno está obligado a hacer más de lo que puede.

— Pero todo hombre está obligado a PODER LO QUE DEBE.

Lo cierto es que las grandes marejadas de la tormenta del Occidente han alcanzado a la Argentina y la han encontrado impreparada. La oleada de esta guerra le ha roto el mástil con la bandera, la ha desmantelado a bordo y ha dañado la obra muerta.

Cuando pasa una desgracia así, uno debe acudir a salvar lo que queda y a reparar lo perdido, si es posible. Y en último caso, salvar la vida, si el barco no es posible.

Salvar la vida en el presente caso, significa la salvación en sentido religioso: salvar su conciencia. Porque no os engañéis, la contienda en que actualmente se debate el mundo es, en el fondo, religiosa.

Conozcamos pues la situación de una buena vez: el Estado, que en el mundo moderno tiende a separarse de la Nación (pese a todas sus proclamaciones de democracia) y a convertirse dentro de ella en un organismo parasitario, nido de tiranías, ha dejado en la Argentina de ser católico, aunque cuando le venga en gana haga política clerical, que es la falsificación de una política católica.

Y la prueba de que ha dejado de ser católico es que no se guía ya por los principios elementales de la moral católica en la producción de los actos más solemnes y trascendentales de su función rectora; como es eminentemente una declaración de guerra.

Mis amigos, mientras quede algo por salvar; con calma, con paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar el alma.

¿Qué me importa a mí de vuestros cines, de vuestros teatros, de vuestras fiestas, de vuestros homenajes, de vuestras revistas, de vuestros diarios, de vuestras radios, de vuestras milongas, de vuestras universidades, de vuestros negocios, de vuestras politiquerías, de vuestros amores, de vuestros discursos, oh rumiantes de diarios, empachados de cine y ebrios de palabrerías? Dentro de pocos años os espero en el Cementerio.

Es muy posible que bajo la presión de las plagas que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación del catolicismo que aludí más arriba, la contextura de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que dentro de poco no haya nada que hacer, para un verdadero cristiano, en el orden de la cosa pública.

Ahora, la voz de orden es atenerse al mensaje esencial del cristianismo: huir del mundo, creer en Cristo, hacer todo el bien que se pueda, desapegarse de las cosas criadas, guardarse de los falsos profetas, recordar la muerte. En una palabra, dar con la vida testimonio de la Verdad y desear la vuelta de Cristo.

En medio de este batifondo, tenemos que hacer nuestra salvación cuidadosamente.

Los primeros cristianos no soñaban con reformar el sistema judicial del Imperio Romano, sino con todas sus fuerzas en ser capaces de enfrentarse a las fieras; y en contemplar con horror en el emperador Nerón el monstruoso poder del diablo sobre el hombre.

Ni con juicio oral, ni con el juicio político, ni con la Suprema Corte van a curar nada, mientras los argentinos de hoy seamos lo que somos, esencialmente descangallados, mientras perdure el desorden y el histerismo actual y la gran maquinaria invisible de ese desorden y ese histerismo, vigilada celosamente por el Ángel de las Tinieblas.

Pero eso sí, que no pongan sobre esa maquinaria, ni sobre lo que es puramente terreno, que todo es mortal y contaminado, ni a la Persona de Cristo, ni su Nombre, ni su Corazón, ni la imagen inviolable de la Mujer que fue su Madre. Con esto sí que no hay reconciliación. Contra esto hay guerra perpetua. Mientras yo tenga vida, mi función es luchar contra el error religioso, la mentira en el plano de lo sacro y el Padre de la Mentira. Sin eso, no puedo salvar mi alma, ni me es lícito dormir, ni comer siquiera.

Yo no sé de cierto si estamos o no cerca del fin del siglo. Pero lo sospecho. Y lo deseo. El fin del siglo es el retorno de Cristo. Para ver el retorno de Cristo vale la pena pagar la entrada.

Cristo anunció que esa entrada no sería barata. Pero que valía la pena.

Veni, Domine Jesu

VISIÓN RELIGIOSA DE LA CRISIS ACTUAL

(Dinámica Social Nº 13-14 – 9-10/1951)

“HAY QUE TRABAJAR COMO SI EL MUNDO HUBIERA DE DURAR SIEMPRE; PERO HAY QUE SABER QUE EL MUNDO NO VA A DURAR SIEMPRE”.

Esta actitud aparentemente contradictoria o imposible ha sido siempre la consigna de los espíritus religiosos en todas las grandes crisis de la historia, desde la Epístola a los de Tesalónica de San Pablo hasta la actitud práctica de los creyentes actuales, un Belloc, por ejemplo.

Los dos términos parecen inconciliables; y lo serían si no fuera por el misterioso catalítico que es la fe. Mas el valor pragmático de la actitud apocalyptica puede apreciarse aun fuera de la fe, por un positivista de talento, por ejemplo.

Por eso no hemos vacilado en publicar, y eso con no pocos esfuerzos y riesgos, en medio de la incertidumbre y el dolor de esta hora, un ensayo sobre el Apocalipsis que la superficialidad de alguno calificará, sin duda, de “pesimista”.

Es pesimismo constructivo.

Esta misma actitud práctica fue la de San Vicente Ferrer, la de Pedro Oliva, la de todos los profetas; como buenos médicos, huelen la muerte, pero siguen medicando.

Morituri te salutant.

Es la actitud paradojal de la fe. La fe asegura al cristiano que este aión, este ciclo de la Creación tiene su fin; que el fin será precedido por una tremenda agonía y seguido de una espléndida reconstrucción; o en palabras religiosas que “Cristo vuelve un día a poner a sus enemigos de escabel de sus pies y a tomar posesión efectiva del Reino de los Cielos trasladado a la tierra…”.

Así lo dice el Texto: yo no soy solo responsable de esta enormidad.

Por una paradoja de psicología profunda esta literatura «pesimista» ha sostenido el optimismo constructivo del Cristianismo.

En las épocas en que la Iglesia ha vivido en el temblor y en la predicación osada de la “inminente Parusía” es cuando ha construido ingentes catedrales y acabado empresas desesperantes; en los tiempos de San Pablo, de San Agustín, de Gregorio el Magno, de Hildebrando, de Joaquín de Fiore, de Odón de Cluny, de Vicente Ferrer. Se puede decir que la espera del Fin del Mundo, que una arbitraria leyenda circunscribe al Año Mil, ha estado presente casi sin interrupción en la conciencia cristiana de todo el Medio Evo; y el Medio Evo construyó esta civilización occidental, que todos dicen que hoy periclita y que los masones defienden.

Esta imagen aceptada de las catástrofes apocalypticas sirvió a los pueblos fieles para superar las catástrofes actuales; lo cual es, en el fondo, lógico, o por mejor decir psicológico. Un clavo saca a otro clavo. Es la misma acción “catártica de la tragedia” que nos enseñó Aristóteles.

Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia, que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo, llegan a un punto que excede a su poder de medicación y aun a su poder de comprensión —como es el caso en nuestros días—, sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo para seguir trabajando, que no es otro que el que expresó el poeta:

“Sólo el que ya nada espera será un terrible optimista – y aquel que lo ha dado todo no teme a ningún ladrón”.

Cuando parece que los cimientos del mundo ceden y se descompagina totalmente la estructura íntegra —como pasó, por ejemplo, en el siglo XIV—, entonces el sabio lee el Apocalypsis y dice: “Todo esto está previsto y mucho más. ¡Atentos! Pero después de esto viene la victoria definitiva. El mundo debe morir. Aunque de muchas enfermedades ha curado ya, una enfermedad será la última. Mas el alma del mundo, como la del hombre, no es una cosa mortal”.

Esta publicación nuestra no es una revista de teología sino de ciencia y filosofía social; sin embargo, no está fuera de ella —al contrario— la consideración de la visión religiosa de la crisis actual, que es uno de los motores más poderosos —el primer motor incluso— del movimiento político y económico. Si el hombre no tiene una idea de adónde va, no se mueve; o si se sigue moviendo, llega un momento en que su motus deja de ser humano y se vuelve una convulsión.

Perdido en las masas occidentales en gran parte el fermento de la verdad cristiana, y peor aún, falsificado en parte y convertido en fermentum phariseorum, el pensamiento moderno y el hombre de hoy ha disociado e invertido los dos términos de la consigna cristiana; y dos posiciones heterodoxas y entre sí opuestas, una eufórica y otra agorera, dominan hoy vastamente el aire del tiempo:

1ª – Sabemos que el mundo no puede acabar.

2ª – Todo es inútil, no se puede hacer absortamente nada.

Estas dos posiciones puede encontrarlas el lector en su vecindad y aun en su familia, y quizá incluso en sí mismo, alternándose en modo pendular en las horas agitadas o foscas. Ejemplificarlas en la actual literatura social o filosófica es fácil.

El ocaso de Occidente ha dado tema y título a un gran libro de filosofía y profecía, de la escuela de Vico: Spengler documentó con erudición portentosa el estado de ánimo tesalonicense: nuestra civilización ha llegado al fin de su ciclo, al agotamiento senil y al cáncer, contra el cual no hay nada.

La misma posición mantienen filósofos tan talentosos como Rene Guénon, Luis Klages, Benedetto Croce y otros menores. Describen con colores sombríos la crisis de Occidente, lo desahucian fríos e implacables, y señalan la caquexia total de las fuerzas conservativas y vitales, incluso de las fuerzas religiosas.

El melancólico final de Las dos fuentes de la moral y la religión, del gran Bergson…, es un papel de médico que se equivoca y extiende el certificado de defunción en vez de la receta que intentaba.

La otra posición, de euforia desatinada y pueril, es más frecuente, como que es más cobarde: es el espejismo del Progreso Indefinido del siglo pasado, prolongado y ampliado, desmesuradamente, hoy día en un Toynbee, un Wells, un Bernard Shaw… El mundo ha vivido ya centenas de millones de años y por lo tanto seguirá viviendo centenares de centurias de siglos.

Ninguno de los dos términos se puede saber; pero ellos lo afirman con fuerza de dogma.

Por tanto, todo esto que nos pasa no puede ser más que una gripe, que necesariamente sanará y eso para dejar al organismo más sano, robusto y maravilloso que antes, en los esplendores edénicos de la “era atómica”. Estos no son dolores de agonía sino de parto, dicen.

El Superhombre está al nacer, junto con la Superfederación de las naciones del orbe en una sola, y la palingenesia total del Universo visible, por obra de la Ciencia Moderna.

Esta idea, o imagen o mito está en el ambiente, y tropieza uno con ella en todas partes; implícita o explícita, aplicada o pura, en forma de argumento o de espectáculo, con las variaciones más sublimes o más idiotas, la gran Esperanza del Mundo Moderno trasparece hasta en las revistas de Vigil y las historietas yanquis en que los niños argentinos aprenden… ¡religión!, quizá más que en los manuales salesianos de las escuelas. Efectivamente, esta imagen de la UNIDAD, es decir, de la UN y de la UNESCO, tiene ya vigencia religiosa.

Tiene ya incluso su gran teorizante religioso, su teólogo o profeta: el P. Teilhard de Chardin, reputado hombre de ciencia parisino, de las Academias de Ciencia de París y Londres, colaborador de Études y Révue des Questions Scientifiques, un gran nombre y una gran pluma, indudablemente.

En una veintena de opúsculos, sin imprimatur eclesiástico, ni de su orden, mimeografiados algunos en China o Japón, que corren mucho por Francia, España, Italia, y no son desconocidos en nuestro país, el antropólogo descubridor del Homo pekinensis diseña una teología nueva, brillante y seductora, que bien se puede denominar un neocatolicismo… ¿Neo-catolicismo? Sí, señor: neocatolicismo antropolátrico.

No es de esta revista su estudio, ni podríamos exponerlo bien en reducido espacio.

Baste decir que partiendo de la Evolución Creadora, de Bergson, dando como probado y cierto el evolucionismo darwinista y moviéndose en la esfera del pensamiento teológico llamado modernista (naturalización total de lo divino, error de Baius), construye una vasta e inflamada dogmática nueva bajo la cascara de los dogmas antiguos, con una elocuencia y un patetismo de profeta, como si realmente estuviera poseído del “Espíritu de la Tierra” —como él dice— que por otro nombre fue llamado el Eros Cosmogónico y también ¿por qué no? El Príncipe de este Mundo.

El punto focal de su especulación no es otro que esa unificación triunfal del Universo, a la cual corren, según él, las naciones infaliblemente bajo la atracción formidable de un “Cristo Universal” que absorbe hacia sí al Universo inmanentemente, ya que está encarnado en él desde su creación y es su propio élan vital; del cual “Cristo Universal” el Cristo histórico llamado Jesús de Nazareth ha sido un avatar, una manifestación, una fugaz epifanía visible.

Qué forma concreta tomará ese “Cristo Universal” o Alma del Mundo, que está sumergido en la creación y constituye su vida, no nos lo dice el hierofante, pero de lo que está seguro es de la gran fusión de los pueblos en uno y del advenimiento natural de la Restauración Ecuménica.

El entusiasmo, el patetismo y el ímpetu religioso con que el alma de Teilhard de Chardin anima esta síntesis esencial de todas las heterodoxias modernas, y aun antiguas, es cosa notabilísima. Enferma leerlo, pero ilustra muchísimo a un teólogo, por lo menos.

Todo lo que es internacional es de esencia religiosa. Por instinto el hombre odia o teme al extranjero y su razón no supera los límites de su “idioma” (de su clan, tribu, nación o raza) sino bajo la presión del sentimiento religioso: tesis que Bergson dejó establecida con toda precisión en Les Deux Sources.

Decir esto es decir que todo lo que hoy día es internacional, o es católico o es judaico. Son las dos únicas religiones universales. La masonería es una invención judaica, el islamismo es una herejía judaica.

La unión de las naciones en grandes grupos, primero; y después en un solo Imperio mundial, sueño potente y gran movimiento del mundo de hoy, no puede hacerse, por ende, sino por Cristo o contra Cristo. Lo que sólo puede hacer Dios —y que hará al final, según creemos, conforme está prometido— el mundo moderno febrilmente intenta construirlo sin Dios, apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la supresión pretendida de la familia y de las patrias.

Mas nosotros defenderemos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino de no ser vencidos. Es decir, sabiendo que si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad, y entonces el acabamiento es prenda de resurrección.