CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
Evangelio de la Primera Misa: En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “En verdad, en verdad os aseguro que llega la hora, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre tiene la vida en sí mismo, del mismo modo ha dado también al Hijo el tener la vida en sí mismo, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No os asombréis: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas; los que hayan hecho el bien, resucitarán para la vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio”.
Evangelio de la Segunda Misa: En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió. La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna y que yo lo resucite en el último día”.
Evangelio de la Tercera Misa: En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” Jesús les respondió: “Les aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida”.
La Sagrada Liturgia une estrechamente la solemne Festividad de Todos los Santos a la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos.
Como hemos visto ayer, esta relación pone en singular relieve el dogma consolador de la Comunión de los Santos; es decir, del vínculo espiritual que une íntimamente con Dios Nuestro Señor y entre sí a todas las almas que viven en estado de gracia.
Estas almas están divididas en tres grupos:
1°) las unas, coronadas ya en el Cielo, que forman la Iglesia Triunfante;
2°) otras, que se encuentran detenidas en el Purgatorio para su plena y definitiva purificación, y que constituyen la Iglesia Purgante;
3°) en fin, las que peregrinan aún sobre la tierra, y que componen la Iglesia Militante.
Después de la Fiesta de Todos los Santos hace la Iglesia Conmemoración de todos los Fieles Difuntos que están en el Purgatorio porque conviene que la Iglesia Militante, después de haber honrado e invocado con una fiesta general y solemne el patrocinio de la Iglesia Triunfante, acuda en alivio de la Iglesia Purgante con un general y solemne sufragio; esto quiere decir que hemos de aplicar nuestros sufragios, no sólo por las almas de nuestros padres, amigos y bienhechores, sino también por todas las otras que están en el Purgatorio.
Como ya sabemos, podemos aliviar a las Almas de los Fieles Difuntos con oraciones, limosnas y con todas las demás obras buenas, pero sobre todo con el Santo Sacrificio de la Misa.
De la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos hemos de sacar como fruto:
1º) pensar que también nosotros hemos de morir presto y presentarnos al tribunal de Dios para darle cuenta de toda nuestra vida;
2º) concebir un gran horror al pecado, considerando cuán rigurosamente lo castiga Dios en la otra vida, y satisfacer en ésta a la justicia divina con obras de penitencia por los pecados cometidos.
Tengamos en cuenta que la Santa Iglesia otorga Indulgencias especiales durante los primeros ocho días del mes de noviembre, y lo consagra todo entero a rogar por las Almas de los Fieles Difuntos.
Tres motivos importantes nos deben mover a interesarnos por estas Benditas Almas:
1º) Ante todo, porque son Almas necesitadísimas de nuestra misericordia y de nuestros sufragios;
2º) Luego, porque un día nos tocará, lo más probable, encontrarnos en el Purgatorio (si así nos lo concede la bondad de Dios), razón por la cual nos interesa enormemente cuál es el estado de estas Almas y cómo las trata Dios.
3º) Finalmente, porque muy a menudo imaginamos el Purgatorio como el lugar de la justicia inflexible de Dios, cuando, en realidad es, al contrario, una invención de la misericordia divina; aunque se trate de una misericordia en la que el hombre ya no puede merecer y debe reparar por todos los pecados de su vida.
Respecto de este último punto, tengamos en cuenta que la misericordia divina se manifiesta allí:
1°) En el amor que las tres divinas Personas tienen a esas Benditas Almas;
2°) En el amor y conformidad que esas Almas tienen para con Dios.
La misericordia de Dios para con esas Almas se manifiesta ante todo en la predilección que la divina Providencia manifestó para con ellas. El Señor se las eligió de tal manera que les concedió la gracia de la perseverancia final, y se las adquirió para siempre: son Almas definitivamente salvadas.
Y por eso, ahora en el Purgatorio, la Santísima Trinidad mira a cada una de estas Almas sufrientes con un inmenso amor:
Dios Padre las contempla resplandecientes de la Sangre de su Hijo, precio único y preciosísimo de su salvación, y las mira y ama infinitamente en su Hijo crucificado y glorioso.
Dios Hijo se alegra de verlas sumergidas en la voluntad de su Padre, en un consentimiento total al amor del Padre.
Dios Espíritu Santo realiza en ellas los últimos toques del trabajo de santificación y perfeccionamiento sobrenatural, a través de la dolorosa purificación a que las somete: las mira con una infinita complacencia, y se derrama abundantemente en ellas con sus dones y gracias.
En definitiva, las Almas del Purgatorio son hijas queridísimas de la Misericordia divina: están destinadas a ser las joyas eternas de la Jerusalén celestial.
El segundo efecto de la misericordia de Dios con las Almas del Purgatorio es el don de una intensa y perfecta vida espiritual, cual no podríamos imaginarla en esta tierra, salvo en los Santos más grandes. Y es que, a diferencia de nosotros:
Su fe no es como la nuestra, vacilante y frágil, que se deja tan fácilmente seducir por las creaturas: esas Almas se encuentran fijas en Dios, sólo lo miran y consideran a Él, y su fe llega, a través de las pruebas del Purgatorio, a los mayores desprendimientos y renuncias de sí.
Su esperanza es firmísima: saben que se han salvado para siempre, que ciertamente poseerán el Cielo, y que ya no pueden perder a Dios por el pecado.
Y su caridad es ardentísima, hasta el punto de convertirse en la principal actitud de esas Almas, por la que son purificadas: suspiran por Dios, lo aman como su todo, y con todas las energías de su ser.
Esta vida espiritual es tan perfecta, que produce en ellas una conformidad perfectísima con la voluntad divina: su abandono en Dios es perfecto, y produce en ellas un ordenamiento de todos sus anhelos, de todos sus afectos, de todos sus deseos.
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San Francisco de Sales enseña que de la meditación del Purgatorio podemos sacar más motivos de consuelo que de temor; porque la mayor parte de los que temen tanto el Purgatorio, lo temen porque sólo miran a su interés y por amor de sí mismos, más que por los intereses de Dios.
Y agrega que esto nace porque en los pulpitos suelen ponderarse sólo las penas de aquel lugar, y no las felicidades y la paz que gozan las Benditas Almas detenidas en él.
Es cierto que los tormentos son tan grandes que no pueden compararse con ellos los dolores más extremados de esta vida; pero también lo es que los consuelos interiores son allí tales, que no hay prosperidad ni contento en la tierra que pueda igualarse con ellos.
Entre dichos gozos el Santo Doctor cita los siguientes:
1°) las Almas están allí en una continua unión con Dios.
2°) Ellas están perfectamente sujetas y resignadas a la voluntad divina; o por mejor decir, su voluntad está de tal modo transformada en la de Dios, que no pueden querer sino aquello mismo que Dios quiere; de manera que, si se les franquease el Paraíso, se precipitarían en el infierno, antes de presentarse delante de Dios con las reliquias de las manchas que todavía tuviesen.
3°) Ellas se purifican allí voluntaria y amorosamente, porque ése es el beneplácito de Dios.
4°) Ellas quieren estar allí en aquella manera misma que es del agrado de Dios, y por todo el tiempo que Dios quisiere.
5°) Ellas son impecables; y así no pueden sentir el menor movimiento de impaciencia, ni cometer la menor imperfección.
6°) Aman a Dios más que a sí mismas y más que a todas las cosas, pero con un amor cumplido, puro y desinteresado.
7°) Ellas reciben allí los consuelos de los Ángeles.
8°) Están seguras de su salvación eterna, con una esperanza tan firme, que no es capaz de confundirse en su espera.
9°) Su amargura, aunque amarguísima, está en medio de una profundísima paz.
10°) Si padecen una especie de infierno en los dolores, están en un Paraíso en cuanto a la dulzura que derrama en su corazón la caridad; caridad más fuerte que la muerte, y más poderosa que el infierno.
11°) ¡Estado dichoso!, más apetecible que temible; pues aquellas llamas son llamas de luz y caridad.
12°) Estado, sin embargo de todo esto, temible; pues se les retarda el fin de toda consumación, que consiste en ver a Dios y amarle, y absortas en esta vista y este amor, alabarle y glorificarle por toda la duración de la eternidad.
Acerca de esto aconsejaba mucho la lectura del admirable Tratado del Purgatorio, que escribió Santa Catalina de Génova.
Pero, si esto es así, se replicará: ¿por qué se recomienda tanto el rogar, a Dios por las Almas del Purgatorio?
Es porque, no obstante las ventajas referidas, el estado aquellas Almas es muy doloroso y verdaderamente digno toda nuestra compasión; y porque además de esto, se retarda a Dios la gloria y alabanza que Ellas le han de dar cuando lleguen al Cielo.
Estos dos motivos nos deben obligar a procurarles con empeño una pronta libertad por medio de nuestras oraciones, ayunos, limosnas y toda suerte de buenas obras; y especialmente por la ofrenda del Santo Sacrificio de la Misa.
Muchas son las lecciones que nos dan las Almas del Purgatorio. No olvidemos que, si Ellas están en ese lugar de purificación, es por no haber cumplido obligaciones que también nos incumben a nosotros.
Y primero es corresponder al amor que Dios nos tiene. Si tantas veces ofendemos a Dios, es porque no somos conscientes, por nuestra culpa, ni del amor que Dios nos tiene, ni de la majestad inmensa de Dios, a quien toda culpa ultraja.
Por eso, otra lección que nos dan las Almas del Purgatorio es comprender la gravedad del pecado, incluso en sus manifestaciones más pequeñas, pecados veniales, pues por esas faltas expían allí con tan terribles castigos: infidelidades a la gracia, descuidos y negligencias voluntarias, faltas cometidas por apego a las creaturas, ausencia de la debida vigilancia.
Una tercera lección: las Almas del Purgatorio nos están estimulando a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas, como lo hacen ahora Ellas que se dan cuenta que Dios lo es todo, y lo demás no es nada.
Cuarta lección: el amor de la cruz y de los sufrimientos, que nosotros evitamos tan cuidadosamente. ¡Qué gracia nos hará Dios aceptándonos en el Purgatorio, permitiéndonos en él sufrir algo por Él, ya que tan cobardes habremos sido para sufrir algo en esta vida!
Quinta lección: obligación en que estamos de socorrer a estas pobres Almas.
Santo Tomás dice que la práctica de las obras de misericordia se regula en función de dos principios:
– el primero, la unión de un alma con Dios;
– el segundo, la necesidad a que esta alma se encuentra expuesta.
Pues bien, las Almas del Purgatorio, que reúnen las dos condiciones, son las más dignas de nuestra misericordia, de nuestra ayuda, de nuestros sufragios.
Pidamos a las Almas del Purgatorio la gracia de aprender todas estas lecciones, para que, pensando frecuentemente en Ellas en esta vida, y practicando para con Ellas una misericordia generosa, recibamos del Señor el mismo trato cuando nos toque estar en ese lugar de purificación.






