SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
En aquel tiempo: Al ver Jesús las multitudes, subió a la montaña y, habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos. Entonces, abrió su boca, y se puso a enseñarles así: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán hartados. Bienaventurados los que tienen misericordia, porque para ellos habrá misericordia. Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando os insultaren, cuando os persiguieren, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros, por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos.”
Hoy celebramos, dentro del júbilo de una común solemnidad, la Fiesta de Todos los Santos; de aquellos cuya sociedad alegra los Cielos, cuyo patrocinio consuela a la tierra y con cuyos triunfos se corona la Iglesia.
Mañana, Dios mediante, haremos la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos que están en el Purgatorio, porque conviene que la Iglesia Militante, después de haber honrado e invocado con una fiesta general y solemne el patrocinio de la Iglesia Triunfante, acuda en alivio de la Iglesia Purgante con un universal y grandioso sufragio.
Esta introducción nos lleva a considerar brevemente lo que llamamos la Comunión de los Santos, la cual es una consecuencia de la doctrina sobre la Unidad de la Iglesia; porque la unidad de la vida divina que la anima hace que sea común a todos los miembros todo cuanto se ha encomendado a Ella.
Y así, son comunes a todos los miembros de la Iglesia:
Ante todo, las gracias que hacen a los hombres justos y amados de Dios, entre las cuales contamos especialmente dos:
a) la Comunión de Sacramentos, sobre todo el Bautismo, que es el Sacramento que nos une con Cristo, y la Sagrada Eucaristía, a la que conviene por excelencia el nombre de comunión, por ser su gracia sacramental propia la gracia unitiva; y de los frutos que estos producen, y que se comunica a los fieles de todo el mundo;
b) la Comunión de Méritos, esto es, que las obras que cada uno emprende piadosa y santamente, aprovechan a todos los fieles. Todo cuanto uno merece por las obras de virtud y santidad, pertenece a todos, pues la caridad, que no busca sus intereses, hace que a todos interese.
Pero de tantas y tan grandes mercedes y bienes que Dios concede a toda la Iglesia solamente gozan los que, haciendo una vida verdaderamente cristiana, son justos y amigos de Dios.
Por eso los miembros muertos, esto es, los hombres esclavos de sus culpas y apartados de la gracia de Dios, aunque no están privados del beneficio de ser aun miembros de este Cuerpo, como son miembros muertos, no participan del fruto espiritual que llega a los virtuosos y justos.
Bien es verdad que, por estar aún dentro de la Iglesia, son ayudados por los que viven espiritualmente para recobrar la gracia y vida que perdieron, y perciben algunos frutos de que sin duda alguna están privados los que se hallan fuera de la Iglesia.
Resumiendo, la Comunión de los Santos es la comunicación de bienes espirituales entre los fieles que están en gracia de Dios.
La palabra Comunión significa comunicación.
La palabra Santos significa los fieles que están en gracia de Dios.
Bienes espirituales son la gracia, oraciones y demás buenas obras.
Los fieles que están en gracia de Dios son miembros vivos de un mismo Cuerpo Místico, del cual es cabeza Nuestro Señor Jesucristo.
En un cuerpo la cabeza deja sentir su influencia en todos los miembros, y los bienes de uno son bienes de los demás.
La Comunión de los Santos se extiende también a las Iglesias Triunfante y Purgante.
Nosotros nos encomendamos a los Santos del Cielo y podemos aliviar a las Almas del Purgatorio.
Los Santos del Cielo ruegan a Dios por nosotros y por las Almas del Purgatorio.
Los que están en pecado mortal participan solamente de los bienes externos del Culto y de las plegarias de los justos para obtener el perdón.
+++
Regresando a la Solemnidad de hoy, sabemos que la Santa Iglesia ha instituido la Fiesta de Todos los Santos:
1º) para alabar y agradecer al Señor la merced que hizo a sus siervos, santificándolos en la tierra y coronándolos de gloria en el Cielo;
2º) para honrar en este día aun a los Santos de que no se hace fiesta particular durante el año;
3º) para procurarnos mayores gracias multiplicando los intercesores;
4º) para reparar en este día las faltas que en el transcurso del año hayamos cometido en las Fiestas particulares de los Santos;
5º) para excitarnos más a la virtud con los ejemplos de tantos Santos de toda edad, sexo y condición, y con la memoria de la recompensa que gozan en el Cielo.
+++
Se solemniza la Fiesta de Todos los Santos con tanto esplendor porque Ella abraza todas las otras Fiestas que en el año se celebran en honor de los Santos y porque es figura de la Fiesta Eterna de la Gloria.
Especialmente en este día ha de alentarnos a imitar a los Santos el considerar que Ellos eran tan débiles como nosotros y sujetos a las mismas pasiones; que, fortalecidos con la divina gracia, se hicieron santos por los medios que también nosotros podemos emplear, y que por los méritos de Jesucristo se nos ha prometido la misma gloria que ellos gozan en el Cielo.
Para celebrar, pues, dignamente la Fiesta de Todos los Santos debemos:
1º) alabar y glorificar al Señor por las mercedes que hizo a sus siervos y pedirle que asimismo nos las conceda a nosotros,
2º) honrar a todos los Santos como a amigos de Dios e invocar con más confianza su protección;
3º) proponer imitar sus ejemplos para ser un día participantes de la misma gloria.
+++
El joven Tobías decía entusiasmado a su esposa: ¡Somos hijos de Santos!
Tal vez se piense que en el día de Todos los Santos la Iglesia intenta simplemente glorificar solamente a aquellos a quienes la Iglesia ha decretado el honor de los altares. Este día sería, según eso, como una recapitulación anual del Martirologio Romano.
Y, en realidad, no es sólo eso. En efecto, el Papa Bonifacio IV, cuando en el año 610 purificó el antiguo Panteón en Roma, que le había sido cedido por el Emperador Focio, dedicó aquel templo a la Bienaventurada Virgen María y a todos los Mártires, e instituyó una Fiesta que se celebraría anualmente en su honor.
Pero, ya en el siglo siguiente, Gregorio III dedicó en la basílica de San Pedro un oratorio “a Nuestro Señor Jesucristo, a su Santa Madre, a los Santos Apóstoles, a todos los Santos Mártires y Confesores, a los Justos perfectos que reposan en toda la tierra”.
En fin, Gregorio IV extendió la celebración de la Fiesta de Todos los Santos a la Iglesia universal.
¿Qué quiere decir, pues, Todos los Santos?
Comúnmente, y en primer lugar, se quiere significar los héroes del cristianismo, los que una última y definitiva sentencia del Magisterio Infalible declara haber sido recibidos en la Iglesia triunfante, y cuyo culto está prescrito en la Iglesia militante universal.
Sin embargo, se puede sostener que la Iglesia, en la Solemnidad de Todos los Santos, va más allá. En el Cielo, además de los grandes vencedores, refulgentes de luz por su canonización o por la simple beatificación, hay multitud de almas, desconocidas en la tierra, pero beatificadas por la visión intuitiva, y su número sobrepasa a todos los cálculos humanos.
Esto nos lo testifica en el Apocalipsis el Apóstol San Juan, que había visto su gloria: gran multitud, que nadie puede numerar. Y estos elegidos eran de todas las gentes, tribus, pueblos y lenguas.
Aquí volvemos a encontrar la idea de familia: Somos hijos de los Santos.
En aquella gloriosa falange hay antepasados nuestros, incluso conocidos próximos.
Elevando en estos días los ojos y el alma al Cielo, podemos ver con la mente a muchos de aquellos que hemos amado, y todavía otros más que, a través de una serie de generaciones, han sembrado en la descendencia familiar aquella fe que nosotros queremos transmitir.
¡Qué fuerza y qué consuelo pensar que ellos, al abandonar esta tierra, no nos han olvidado; que nos aman siempre con la misma ternura, pero con una clarividencia incomparablemente mayor para conocer nuestras necesidades y para poder satisfacerlas; y que desde el Cielo su bendición descenderá, como un invisible rayo de gracia!
Es cierto que no podemos tener la certeza absoluta de su glorificación definitiva: ¡hace falta ser tan puros antes de ser admitidos a contemplar para siempre y sin velos a aquel Dios!
Pero, al menos, podemos, sin vana presunción, apoyándonos con firme confianza en las promesas divinas hechas a la fe y a las obras de una vida verdaderamente cristiana, buscarles en el lugar de la suprema purificación: el Purgatorio.
Así experimentaremos una serena alegría en el pensamiento de que aquellos seres queridos están ya seguros de su eterna salvación y preservados del pecado, de las ocasiones de pecado, de las angustias, de las enfermedades y de todas las miserias de aquí abajo.
Después, considerando las penas con las cuales terminan ellos por ser liberados de sus manchas, nuestro devoto afecto nos hará prestar oído a sus voces queridas que invocan nuestro sufragio.
Y entonces comprenderemos por qué, si el gozo de la Fiesta de Todos los Santos se prolonga en la Sagrada Liturgia durante una Octava, la oración por la Iglesia Purgante continúa todo el mes de noviembre, dedicado de modo especial a tan piadoso sufragio.
Así pues, si buscamos la protección de los Santos que están en el Cielo, no dejemos de socorrer con la oración, con la limosna y, sobre todo, con el Santo Sacrificio de la Misa, a aquellos de nuestros seres queridos y a todos los que se encuentran todavía en el Purgatorio, para que, a su vez, como piadosamente se cree, intercedan por vosotros y, admitidos pronto a la fuente de toda gracia, puedan dirigir sus plegarias benéficas sobre nosotros.
+++
¿Qué decir ahora de los santos de la tercera Iglesia, es decir, de los que militan todavía sobre la tierra? Reconozcamos que los hay, y que nosotros podemos, si queremos, ser de su número.
Según el sentido etimológico y más amplio de la palabra, la santidad es el estado de una persona o de una cosa reputada inviolable y sagrada.
En más alto sentido, el Señor decía en el Antiguo Testamento a los hijos de su pueblo: “sed santos, como Yo soy santo”. Y uniendo al precepto la ayuda necesaria para cumplirlo, añadía: “Yo soy vuestro Señor, que os santifico”.
En el Nuevo Testamento, ser santo significa haber sido consagrado a Dios con el Bautismo y conservar el estado de gracia.
Esta vida sobrenatural, toda interior, es la única que, a los ojos del Señor y de los Ángeles, divide a los hombres en dos clases profundamente diferentes: los unos privados de la gracia santificante, los otros elevados hasta aquella misteriosa pero real participación de la vida divina.
Por eso, los primeros cristianos, en muchos pasajes del Nuevo Testamento, son designados con el nombre de Santos. Así, por ejemplo, San Pablo escribía a los fieles de Éfeso: “Sois conciudadanos de los Santos, y miembros de la familia de Dios”, y rogaba a los de Roma que subvinieran a las necesidades de los Santos.
Estos Santos de la tierra tienen también sus méritos, que pueden superar a los de otros hombres y a los de las Almas purgantes.
Pero la Santa Madre Iglesia sabe bien que los méritos de los vivos son precarios, y que, si algunos de sus hijos son desde ahora en este mundo poderosos abogados de sus hermanos, tienen también ellos, como todos los que militan todavía aquí abajo, una continua necesidad de intercesión.
Por eso concluye así su oración en la Festividad de Todos los Santos: ¡Concédenos, oh Señor, la deseada abundancia de tu propiciación, gracias a un número multiplicado de intercesores!.
Somos hijos de los Santos… Persuadidos de que nuestra vida puede y debe ser una vida santa, es decir, inviolablemente unida a Dios por la gracia, si queremos, las tentaciones y las seducciones no tendrán poder alguno contra nosotros.
Conservaremos este estado de gracia con la vigilancia, la lucha, la penitencia, la oración…Unidos a Dios, seremos santos…
+++
Recordemos la enseñanza de San Juan Crisóstomo:
“El que admira con religiosa caridad los méritos de los Santos y celebra con frecuentes alabanzas las virtudes de los Justos, debe esforzarse en imitar su santidad de vida y su justicia; porque si se complace en el mérito de algún Santo, ha de complacerse, a semejanza suya, en consagrarse fielmente al servicio de Dios.
Debe, pues, o bien imitarle, si le alaba, o abstenerse de alabarle, si renuncia a su imitación; de suerte que el que alaba a otro se haga digno de alabanza, y el que admira los méritos de los Santos se haga admirar por la santidad de su vida.
Porque, si amamos a las almas justas y fieles por su justicia y su fe, pensemos que podemos nosotros llegar a ser lo que ellas son, si practicamos lo que ellas practicaron.
No ha de ser difícil imitar sus acciones. Tengamos en cuenta que los primeros Santos no contaban al obrar con ningún modelo anterior a ellos; no podían, por consiguiente, imitar a los demás; y con todo se ofrecen a nuestra imitación como dechados de virtudes; aprovechándonos, pues, nosotros de sus ejemplos, es como Jesucristo es glorificado sin cesar en la Santa Iglesia en la persona de sus servidores.
Así vemos que, ya desde el principio del mundo, el inocente Abel sufrió la muerte, Enoc fue arrebatado de esta tierra por haber tenido la dicha de agradar a Dios, Noé fue hallado justo, Abrahán probado y reconocido fiel, Moisés se distinguió por su mansedumbre. Jesús fue casto, David bondadoso, Elías agradable al Señor, Daniel piadoso, y los tres compañeros alcanzaron la palma de la victoria.
Los Apóstoles, discípulos de Cristo, fueron constituidos maestros de los creyentes; instruidos por ellos, lucharon los valerosísimos Confesores, vencieron los Mártires consumados en la perfección, y forman legión los cristianos que no cesan continuamente de rechazar al diablo con las armas de Dios.
Semejantes por sus virtudes, aunque diferenciándose por sus combates, son todos ellos gloriosos por sus triunfos.
Por donde tú, oh cristiano, te manifestarías como un soldado delicado en exceso si pensaras vencer sin lucha o triunfar sin combate.
Despliega, pues, tus fuerzas, pelea valerosamente; lucha con denuedo en la presente refriega. Piensa que estás ligado por un pacto, por unas condiciones, a una milicia; piensa en el pacto con que te obligaste, en las condiciones a que te sometiste, en la milicia en que te incorporaste”.
+++
Termino con unas palabras de San Beda en Venerable:
“Que la esperanza de obtener el galardón de las obras saludables nos atraiga; estemos prontos a luchar de buen grado, y corramos todos por el estadio de la justicia, puesto que Dios y su Cristo nos contemplan.
Y ya que hemos empezado a hacernos superiores al mundo y al siglo, vigilemos para que ningún deseo de las cosas terrenas retarde nuestra carrera.
Si al llegar el último día nos encuentra libres de todas estas cosas, corriendo velozmente por el estadio de las buenas obras, el Señor no podrá menos que recompensar nuestros méritos.
El mismo que dará como premio del sufrimiento una corona purpúrea a los que habrán sido vencedores en la persecución, dará también una corona blanca a los que lo habrán sido en la paz”.

