
Pena ¡Qué pena tengo contigo, Jesús! ¡Ay qué amarga pena! ¡Yo volviéndote la espalda y Tú esperando a mi puerta! Yo entre mundanas pasiones presumiendo de miserias, de aljibes rotos y secos, de lastres y de cadenas… ¡Ay, cuántas veces me has visto con mi enquistada conciencia encaminarme al absurdo de un horizonte de piedras! ¡Y cuántas más, evadiendo la gloria de Tus promesas he preferido ignorarte y edificar sobre arena! ¡Qué pena tengo contigo Jesús! Porque la hora llega de sacar cuentas y mi alma frente a Tu balanza tiembla. ¡Perdón! porque mis desplantes Te duelen como si nuevas espinas sobre tu carne te clavara mi indolencia. Mas hoy, sumiso al llamado de Tu gracia –rostro en tierra– llora mi alma compungida ante Tu magnificencia. Por eso dejando a un lado lo que Tú no consideras indispensable en mi vida ¡te entrego mi vida entera! ¡Qué pena tengo contigo Jesús! ¡Pero pasa! ¡Entra! ¡Que abierta de par en par te aguarda mi humilde puerta!
