P. CERIANI: SERMÓN PARA LA FIESTA DE CRISTO REY

FIESTA DE CRISTO REY

En aquel tiempo, dijo Pilatos a Jesús: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Dices tú eso de ti mismo, o te lo han dicho de mí otros? Replicó Pilatos: ¿Qué? ¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los Pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuese mi reino, mis gentes me habrían defendido para que no cayese en manos de los judíos; mas mi reino no es de aquí. Le replicó a esto Pilatos: ¿Con que tú eres Rey? Respondió Jesús: Así es como dices. Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz.

Hoy, último Domingo del mes de Octubre, se celebra la Fiesta de Cristo Rey, con la conmemoración del Vigesimosegundo Domingo después de Pentecostés.

Dados los momentos que vivimos, en que parece que Nuestro Señor no reina, es importante tener en cuenta que Jesucristo domina como Rey toda la historia de la humanidad; también el fin de los tiempos, y especialmente la época del Anticristo.

La fe católica, la cual confesamos en el Credo de Nicea, afirma con toda claridad respecto de Nuestro Salvador: Et iterum venturus es cum gloria judicare vivos et mortuos, cujus regni non erit finis.

Pero incluso antes de su regreso en gloria y majestad, ahora que está sentado a la diestra del Padre, Jesucristo ejerce su realeza sobre todos los acontecimientos de la historia.

El Apocalipsis lo enseña en símbolos grandiosos e incluso en declaraciones muy explícitas. San Juan nos muestra que Jesús, antes de su regreso en gloria y majestad, juzga y condena a los imperios perseguidores, a los secuaces de Satanás, a las organizaciones de mentiras y crueldad, establecidas por la contra-Iglesia y perfeccionadas de siglo en siglo.

Y cuando las tinieblas lleguen a tal extremo que, si esos días no fueran abreviados, ninguna carne se salvaría, en ese período del Anticristo, será todavía como Rey y Juez que el Señor intervendrá, a fin de que ese período pueda ser abreviado.

Hasta la Parusía es el tiempo de la salvación; y Cristo Rey todo lo ordena para hacer posible la santificación y la salvación eterna de los elegidos; de modo que, incluso cuando el Señor ejerce claramente su poder de reinar y de juzgar, la manifestación de su justicia sigue siendo parcial e incompleta, y el camino de la salvación siempre está abierto.

Pero llegará un día en que este camino estará cerrado para toda la humanidad. Será el final; ya no habrá lugar ni tiempo para la conversión. El número de los elegidos estará completo. La última hora habrá llegado para los descendientes de Adán y para la sucesión de generaciones. El Señor Jesús pondrá fin a toda la historia y al universo entero tal cual como lo conocemos…

El juicio de Jesucristo aclarará todas las cosas. El recurso a las mentiras y disfraces será imposible; caerán todas las caretas, y no habrá forma de fabricar ninguna de esas máscaras inventadas en la sociedad para ocultar los pecados y los vicios.

Teólogos, filósofos, científicos, políticos, artistas y periodistas, entre otros muchos embaucadores, serán puestos al descubierto… Las calumnias mejor tejidas caerán en pedazos; las glorias según el mundo serán hechas jirones y revelarán cuán engañosas eran, dejando al descubierto sus vergüenzas.

Pero también las santidades ocultas se harán transparentes…

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En la Sagrada Escritura tenemos dos Salmos que profetizan magistralmente estas verdades. Reflexionemos sobre ellos para nuestra edificación y para alcanzar luz y fortaleza para el combate que libramos al presente.

El Salmo 2 vaticina el triunfo del Mesías Rey. Dice así:

¿Por qué se amotinan las gentes, y las naciones traman vanos proyectos? Se han levantado los reyes de la tierra, y a una se confabulan los príncipes contra Yahvé y contra su Ungido. “Rompamos, dicen, sus coyundas, y arrojemos lejos de nosotros sus ataduras.”

El que habita en los cielos ríe, el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará: “Pues bien, soy Yo quien he constituido a mi Rey sobre Sion, mi santo monte.”

¡Yo promulgaré ese decreto de Yahvé! Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, Yo mismo te he engendrado en este día. Pídeme y te daré en herencia las naciones, y en posesión tuya los confines de la tierra. Con cetro de hierro los gobernarás, los harás pedazos como a un vaso de alfarero.”

Ahora, pues, oh reyes, comprended; instruíos, vosotros que gobernáis la tierra. Sed siervos de Yahvé con temor y alabadle temblando, besad sus pies, antes que se irrite y vosotros erréis el camino, pues su ira se encenderá pronto. ¡Dichoso quien haya hecho de Él su refugio!

El salmista comienza presentando una insurrección general de todos los pueblos contra el Ungido de Yahvé: Se confabulan los príncipes

Concuerda este pasaje con Apocalipsis XIX, 19: Y vi a la bestia, y a los reyes de la tierra, y sus ejércitos, reunidos para dar la batalla contra Aquel que montaba el caballo y contra su ejército.

La conjuración, si bien se inició en Israel contra el cetro de Jesús, ha continuado desde entonces contra sus discípulos; y sólo en los últimos tiempos asumirá plenamente la forma aquí anunciada; es decir, la apostasía de las naciones, que será seguida del triunfo definitivo del divino Rey, que el final de este Salmo nos promete.

Dios, que está en los cielos, se ríe de ellos y da el decreto de la entronización solemne de su Mesías. Bajo este título se le da el dominio absoluto del universo y, en consecuencia, se invita a los reyes de la tierra que vuelvan a la cordura y se plieguen a la autoridad de su representante en la tierra; de lo contrario, tendrán que sufrir los rigores de su justicia implacable.

En tono dramático, el salmista presenta a los poderes de la tierra confabulados para oponerse a los designios mesiánicos del propio Dios, el cual ha determinado poner un representante suyo en la tierra. Esta insurrección es totalmente insensata, ya que no podrán contender contra la omnipotencia del que ha decretado establecer a su Ungido en la tierra.

Los imperios se suceden, y en realidad son meros instrumentos de la justicia divina para preparar el advenimiento de los tiempos futuros, en los que triunfarán la justicia y la equidad, bajo la égida de un Príncipe al que se le llama «Admirable Consejero, Dios fuerte, Príncipe de paz».

En su visión de la Estatua, el Profeta Daniel habla de una sucesión de imperios que se oponen a la implantación del Reino de los Santos.

El salmista abarca en su perspectiva las insurrecciones periódicas que todos los reinos de la tierra organizan contra el establecimiento de los designios mesiánicos de Dios sobre su pueblo, y particularmente su mente se dirige al momento solemne en que se decide la inauguración de los tiempos mesiánicos. Llegado el momento previsto en el Salmo 109, el Padre lanzará este anuncio amenazante en respuesta a la rebeldía de los poderosos.

El Salmo 109 predice, pues, el triunfo de Cristo Rey y Sacerdote. Dice así:

Oráculo de Yahvé a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies”.

El cetro de tu poder lo entregará Yahvé diciéndote: “Desde Sion impera en medio de tus enemigos”.

Tuya será la autoridad en el día de tu poderío, en los resplandores de la santidad; te engendró del seno antes del lucero. Yahvé lo juró y no se arrepentirá: “Tú eres Sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec”.

Mi Señor está a la diestra de Yahvé. En el día de su ira destrozará a los reyes. Juzgará las naciones, amontonará cadáveres, aplastará la cabeza de un gran país. Beberá del torrente en el camino; por eso erguirá la cabeza.

El mismo Señor Jesucristo prueba con este Salmo a los judíos la divinidad de su Persona y que el Padre le reservaba el asiento a su diestra glorificándolo como Hombre; y destaca sus derechos como Mesías Rey, que Israel desconoció cuando Él vino y los suyos no lo recibieron.

Estos derechos los ejercerá cuando el Padre ponga a todos sus enemigos bajo sus pies para “reunirlo todo en Cristo, las cosas del cielo y las de la tierra” y someterlo todo a Él, en el día de su glorificación final, porque “al presente no vemos todavía sujetas a Él todas las cosas”.

El Mesías es aquí proclamado Hijo de Dios y Sacerdote para siempre. En el salmo 2 se habla del Mesías como lugarteniente de Yahvé; aquí se le presenta, además, como Sacerdote, reuniendo así las dos potestades: la civil y la religiosa, que tradicionalmente estaban disociadas.

Sentarlo a su diestra como Hombre, equivale a otorgar a su Humanidad santísima la misma gloria que como Verbo tuvo eternamente y que Él había pedido antes de la Pasión.

Hasta que Yo ponga…: Esto es, hasta que llegue la hora en que el Padre resuelva decretar el triunfo definitivo del divino Hijo, participando de la soberanía sobre su pueblo y sobre las naciones.

San Pablo enseñará más tarde: Porque es necesario que Él reine “hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies”. Porque “todas las cosas las sometió bajo sus pies”. Y cuando le hayan sido sometidos todas las cosas, entonces el mismo Hijo también se someterá al que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.

Esta soberanía y realeza quedan explicitadas en el hecho de someter a sus enemigos, poniéndolos como escabel de sus pies, es decir, con dominio absoluto.

Según Santo Tomás, después de haber triunfado completamente de todos sus enemigos, Jesucristo cambiará esta manera de reinar, en otra más sublime y más espiritual.

Tuya será la autoridad en el día de tu poderío, en los resplandores de la santidad…, el Salmo es esencialmente un elogio de Cristo, y destaca de este modo el resplandor de su aspecto el día de su venida en gloria, como lo mostró en la Transfiguración.

Completando el oráculo anterior, se anuncia luego una nueva dignidad para el Lugarteniente de Yahvé: Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.

San Pablo, en la Epístola a los Hebreos, es el gran intérprete de este Salmo, al que dedica casi íntegramente seis capítulos, citándolo constantemente para armonizarlo con el Salmo 2.

En el día de su ira, esto es, de “la ira del Cordero”, según el Apocalipsis. Este juicio, en el cual no se alude a la suerte de los justos, es descrito con los caracteres de una batalla terrible, donde el Mesías obtiene un triunfo deslumbrante. Como en el Salmo 2:

Destrozará a los reyes…

Juzgará a los gentiles

Amontonará cadáveres

Aplastará la cabeza de un gran país… Así literalmente y en singular, refiriéndose al Anticristo.

Beberá del torrente en el camino; por eso erguirá la cabeza… El Héroe divino, como los guerreros de Gedeón, apenas beberá un sorbo de agua al pasar, no dándose tregua ni retirándose a descansar hasta el completo aniquilamiento de los enemigos. Entonces, cuando no existan ya los que dijeron como en la parábola: “No queremos que éste reine sobre nosotros”, lo veremos a nuestro amable Rey, que tiene “un Nombre sobre todo nombre”, levantar triunfante para siempre la sagrada Cabeza que nosotros coronamos de espinas.

El día de la venida del Señor será el día de su gloria.

Durante su vida apareció desprovisto de su augusta aureola. Toda su majestad quedó escondida debajo de los velos de su humanidad, nadie se dio cuenta de los destellos de su divinidad y terminó sus días en el abatimiento de una cruz.

Verdaderamente se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo.

Pero todos estos actos de humildad no pasaban inadvertidos al Cielo. El Padre recibió gran gloria por el anonadamiento del Hijo. Por eso Dios le exaltó…, a fin de que toda lengua confiese que Nuestro Señor Jesucristo posee la gloria de Dios Padre.

El día del Señor será el día de la manifestación de esa su gloria.

¡Qué gozo tan grande será aquél para nosotros, los que amamos a Jesús!

Contemplarle en la brillantez de su resplandor eterno, vestido del ropaje de la inmortalidad, aureolado por la luz indeficiente de su Divinidad…

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El día de la venida del Señor será el día de su triunfo.

Apenas apareció en la tierra, hubo de esconderse, cual impotente niño, para escapar de las iras de un rey inicuo, y se refugió en Egipto. Más tarde pasó por la ignominia de ser llevado como malhechor a un despeñadero. En el huerto de los Olivos las turbas se apoderaron de su augusta Persona. En el calabozo fue objeto de burlas e irrisiones sin cuento. Se sentó en el banquillo de los reos. Una multitud enloquecida pedía su sangre. Un rey sin dignidad le despreció como loco. Un gobernador sin conciencia dictó su sentencia de muerte. Soldados y esbirros desalmados rasgaron sus carnes benditísimas con crueles azotes, y sus sienes con punzantes espinas. Llevado a son de trompeta como un facineroso por las calles de Jerusalén, todos los pueblos allí representados supieron que se le crucificaba por haberse arrogado el título de rey. Y sobre el Calvario, clavado en una cruz, agonizó, por fin, entre burlas y escarnios como vencido y aplastado por sus enemigos.

Pero la muerte de Cristo fue su victoria. A cambio de tanto desacato, el Padre le coronó en el Cielo como Rey de los siglos.

El día del juicio universal sus enemigos reconocerán su triunfo, y plañirán todas las tribus de la tierra.

Mas los elegidos saltarán de gozo y clamarán con voces de júbilo: Digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir la virtud, y dignidad, y sabiduría, y fortaleza, y honor. A Él sea dado el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

¡Oh, Cristo vencedor!, esperamos aclamarte un día en compañía de los elegidos. Confírmanos en el número de los tuyos, de tal modo que el día de tu triunfo sea el día de nuestra victoria…

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El día de la venida del Señor será el día de la plenitud de su poder.

Los enemigos de Cristo continúan hoy coaligados contra su reino.

El Señor ha determinado que no se arranque del mundo la cizaña antes de que llegue el momento de la siega. Ese día será cuando se dejará oír aquella voz terrible: Echa ya tu hoz, y siega, porque venida es la hora de segar, puesto que está seca la mies de la tierra. Y una vez quede separada la cizaña del trigo, la Iglesia, el Reino de Cristo se verá libre de la opresión de sus enemigos.

Hasta ese momento, a la humillación y a las tribulaciones estará sujeta esta Esposa inmaculada.

Pero, a partir de entonces, la paz la inundará, puesto que habrán sido aniquilados sus enemigos y arrojados al profundo de los abismos. Y desaparecerán asimismo del seno de la Iglesia cuantos afeaban su imagen purísima; porque también los cristianos indignos serán echados como gavillas de cizaña a la hoguera.

Y Cristo reinará plenamente en su Reino, ya que nada se escapará a su dominio.

Y en las almas de los elegidos ya no habrá lugar para el mal, ni existirá ningún rincón sometido a Satanás. No habrá luchas en las conciencias; no sentiremos dificultades en la práctica del bien; todo será paz, gozo en el Espíritu Santo.

Entonces podremos clamar con toda verdad: Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera.

Por fin se cumplirá aquella profecía del Apocalipsis: “El séptimo ángel sonó la trompeta; y se oyeron grandes voces en el cielo que decían: El reino de este mundo ha venido a ser reino de nuestro Señor y de su Cristo; y destruido ya el pecado, reinará por los siglos de los siglos. Amén. Y los veinticuatro ancianos que delante de Dios se sientan en sus tronos, se postraron sobre sus rostros y adoraban a Dios, diciendo: “Te agradecemos, Señor Dios Todopoderoso, que eres y que eras, por cuanto has asumido tu gran poder y has empezado a reinar. Se habían airado las naciones, pero vino la ira tuya y el tiempo para juzgar a los muertos y para dar galardón a tus siervos, los profetas, y a los santos y a los que temen tu Nombre, pequeños y grandes, y para perder a los que perdieron la tierra.”.

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Por lo tanto, vemos que necesariamente hay que admitir que Nuestro Señor Jesucristo conserva y ejerce su prerrogativa de Rey Supremo.

De otro modo, le quitamos toda la gravedad a la salvación que Él ha adquirido mediante su Pasión y muerte; rechazamos al Hijo de Dios encarnado, que nos ha redimido por el Sacrificio de la Cruz…

Si Jesucristo no conserva y ejerce su atributo de Rey, sería una sin razón la acción salvadora que el Señor continúa por medio de la Doctrina y de los Sacramentos de su Iglesia, en particular por el Santo Sacrificio de la Misa.

Mientras se desarrolla el tiempo de la salvación, Él lo ejerce de formas diversas, invisibles y visibles.

En la Parusía, ejercerá su prerrogativa de Rey en medio de una atmósfera de gran poder y majestad.

Se manifestará a todos, y lo escucharemos pronunciar la sentencia divinamente justa e irrevocable.

Será por toda la eternidad que la dictaminará, ya sea el inefable Venite, benedicti, ya sea el temible Discedite a me…, nescio vos