P. CERIANI: SERMÓN PARA EL VIGÉSIMO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

VIGÉSIMO DOMINGO DESPÚES DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo: Había en Cafarnaúm un señor de la corte, que tenía un hijo enfermo. Este tal, habiendo oído decir que Jesús venía de Judea a Galilea, fue a encontrarle, suplicándole que bajase desde Caná a Cafarnaúm a curar a su hijo que estaba muriéndose. Pero Jesús le respondió: Vosotros si no veis milagros y prodigios no creéis. Le instaba el de la corte: Ven, Señor, antes que muera mi hijo. Le dice Jesús: Anda, que tu hijo está bueno. Creyó aquel hombre a la palabra que Jesús le dijo, y se marchó. Yendo ya hacia su casa, le salieron al encuentro los criados, notificándole que su hijo estaba ya bueno. Les preguntó a qué hora había sentido mejoría. Y le respondieron: Ayer a las siete le dejó la fiebre. Reflexionó el padre que aquélla era la hora misma en que Jesús le dijo: Tu hijo está bueno; y así creyó él y toda su familia.

El Evangelio de este Vigésimo Domingo después de Pentecostés presenta a nuestra consideración la curación milagrosa del hijo de un reyezuelo de Cafarnaúm.

Para sacar mayores y mejores enseñanzas, es interesante y conveniente situar este hecho en su contexto y ambiente.

Pues bien, después del milagro en las Bodas de Caná, bajó Jesús a Cafarnaúm y permaneció allí algunos días. Estaba próxima la Pascua de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Allí tuvo lugar la primera purificación del Templo, creyeron muchos en su nombre viendo los milagros que hacía.

Entre el grupo de personas vivamente impresionadas, pero con fe imperfecta, se hallaba un tal Nicodemo. Con nombre sugestivamente simbólico (vencedor del pueblo), era un hombre muy principal en Israel, magistrado o príncipe de los judíos y, además, maestro o rabí, y formaba parte del Sanedrín. Admirado por los milagros que Cristo hacía, Nicodemo quiere escuchar la doctrina de aquel profeta. Para ello viene a visitarlo por la noche.

San Juan nos hace saber que, cuando el Señor supo que los fariseos estaban informados de que Él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan, abandonó la Judea y se volvió a Galilea.

Debía atravesar Samaria. Allí tuvo lugar la conversión de la samaritana Fotina, junto al pozo de Jacob; y, pasados dos días en Sicar, partió finalmente para Galilea, para entrar nuevamente en el país donde había pasado la mayor parte de su vida.

Se distingue este período de Jesús en la Galilea por su actividad extraordinaria en la predicación y en los multiplicados milagros que obra; elige a cuatro de sus Apóstoles, que definitivamente incorpora a su ministerio; obtiene un éxito clamoroso entre los galileos, si se exceptúa la ciudad de Nazaret; y traza las grandes líneas del reino de Dios, que va a fundar. No obstante, empiezan ya los celos de los fariseos a ponerle asechanzas.

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Con Jesús habían subido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua muchos de sus paisanos, los galileos. Allí pudieron admirar los prodigios obrados, especialmente la ruidosa expulsión de los mercaderes del Templo.

Lo maravilloso atrae a las multitudes; y cuando las maravillas llevan la marca de Dios, dan título de santidad a quien las obra. Por esto sería esperado el regreso de Jesús por sus vecinos, que le recibieron con entusiasmo, como a Cristo, o a lo menos como a profeta y varón santo.

Hay que destacar aquí la diferencia entre judíos, samaritanos y galileos en orden a la predicación de Jesús. Los primeros, judíos, rechazan a Jesús; los segundos, samaritanos, creen en Él por su sola doctrina y sin ver milagro alguno; los últimos, galileos, creen porque han visto los prodigios obrados en Jerusalén.

Son los tres estadios o actitudes del pensamiento humano con respecto a la doctrina de Cristo: creer por la sola autoridad de Dios que enseña, como los samaritanos; por la luz y fuerza del milagro que acompaña la predicación, como los galileos; y rechazar la doctrina, aunque esté fundada en la autoridad de Dios y lleve la marca sobrenatural del milagro, como los judíos.

Lo primero es lo más perfecto, lo más seguro, lo más agradable a Dios, cuya autoridad se coloca sobre las exigencias de nuestra pobre razón.

Lo segundo basta en el orden personal, si bien es menos perfecto; aunque en orden al apostolado conviene conocer las humanas razones que motivan nuestra fe.

Lo tercero es injurioso a Dios, porque es agravio a su autoridad y menosprecio de su poder, puesto al servicio de la verdad.

En concreto, fue creciendo la fama de Jesús. La buena disposición de los galileos es aprovechada por el Señor para sembrar la semilla de la divina palabra; el lugar más oportuno era la sinagoga de los lugares que visitaba, donde se congregaba el pueblo, especialmente en los oficios.

El Evangelista nos da el tema de la predicación de Jesús: Predicando el Evangelio del reino de Dios, es decir, la Buena Nueva, el anuncio de la divina verdad que ha de ser la semilla del reino de Dios en la tierra.

Y da las razones de la prédica, diciendo: Pues que el tiempo se ha cumplido… Es la razón principal: las cosas viejas han caducado ya; llegó el tiempo señalado por Dios desde toda la eternidad, anunciado por los profetas y esperado por ellos mismos.

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En este contexto, San Juan introduce el milagro que narra el Evangelio de hoy: Vino, pues, otra vez a Caná de Galilea, en donde había hecho el agua vino. Y había en Cafarnaúm un áulico del rey, cuyo hijo estaba enfermo.

La noticia de la venida de Jesús a la Galilea había corrido, llegando hasta la región marítima de Tiberíades. En la ciudad de Cafarnaúm, adonde se dirigió Jesús después del primer milagro hecho en Caná, y desde donde con los suyos había subido a Jerusalén para la Pascua, vivía un hombre principal, que ejercía alto cargo, civil o militar, en la corte de Herodes Antipas. Tenía este áulico un hijo único enfermo, jovencito aún.

La fama de Jesús era ya extraordinaria. El afligido padre, sabiendo que Jesús regresó de la Judea a la Galilea, corre personalmente a su encuentro, salvando los 30 kilómetros de distancia y 800 metros de altitud que separan a Cafarnaúm de Caná; se presenta a Jesús y le ruega con mucha instancia que baje a Cafarnaúm; el caso es gravísimo, porque el hijo está en trance de muerte.

Creía, pero pensaba que no era posible a Jesús obrar la curación sin su presencia personal y una imposición de manos.

Jesús, sin desoír la súplica del padre, va antes que todo a curar la dolencia espiritual de la incredulidad, de él y de los circunstantes, dándole una respuesta en la apariencia desabrida: Si no viereis milagros y prodigios, no creéis.

¿Qué diferencia hay entre señales y prodigios?

La señal, se diferencia del milagro en que éste es con la suspensión de las leyes de la naturaleza (como abrir los ojos a un ciego, resucitar un muerto), y la señal no, como evangelizar a los pobres. Los prodigios son los que acontecen fuera de la expectación general, y señales los que, además, enseñan o significan algo.

La respuesta de Jesús no deja de extrañar… ¿Por qué increpó así Cristo al reyezuelo y, en su persona, a otros, pues habló en plural?

Estos recibieron bien a Jesús, a su regreso de la Pascua, porque habían podido ver los milagros realizados en la gran ciudad. Con todo, Jesús les reprende, con ocasión de la petición que le hace el oficial regio de Cafarnaúm.

Esta reflexión de Cristo no era dirigida directa y exclusivamente a este funcionario real, sino que tiene una perspectiva mucho mayor. Con ocasión de la petición de este reyezuelo, Cristo hace esta reflexión, dirigida al judaísmo contemporáneo.

Es que, tal vez, la fe de los galileos no pasaba de la corteza; se rendían a la evidencia de los hechos, y prorrumpían en públicas manifestaciones de admiración y entusiasmo; pero no humillaban sus inteligencias ante la verdad que el mismo Jesús les predicaba y que confirmaba con tales prodigios.

Cristo no censura el valor apologético del milagro, que Él utiliza en ocasiones precisamente para probar su misión. Lo que censura aquí es la avidez de los prodigios, propia de los galileos y su fe débil y flaca, la cual no acepta recibir el Evangelio si no ve de continuo nuevos signos.

La fe pertenece al pensamiento y a la voluntad, y estas facultades no se rinden sin una correspondencia a la gracia de Dios.

¡Cuántos son los que, a través de los siglos, admiraron a Jesús, su doctrina y sus obras, la fuerza civilizadora de su religión, la ciencia y el arte que han brotado del pensamiento de Jesús, y no creyeron en Él!

El milagro es un motivo de credibilidad, que puede ser desatendido por el hombre protervo de pensamiento y corazón.

Había realizado ya el Señor no pocos milagros, tal vez en la misma Cafarnaúm; tenían el testimonio del Bautista; conocían la santidad de su doctrina; les movía interiormente con su gracia…; y, con todo, quieren aún más y más estupendos milagros.

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Abrumado el régulo por la pena del hijo enfermo, no se detiene a considerar las palabras de Jesús, y le insta la curación del hijo: Señor, baja antes que muera mi hijo.

Aquí se ve la opinión que tenía formada de Cristo este hombre. Piensa que no puede curar al enfermo a distancia. Es débil la fe del régulo: todavía cree en la necesidad de la presencia personal de Jesús; quiere que el milagro se haga en seguida, antes que muera el hijo, no creyendo por ello que, incluso muerto, pueda resucitarlo; con lo cual daba a entender que no creía a Jesús capaz de resucitar al niño, si le dejaba morir.

Poco talento muestra el que juzga que Dios se tiene que acomodar a las leyes que Él mismo estableció… y menos aún si pretende que se acomode a las razones humanas…

¡Tan hechos estamos al modo de proceder de la naturaleza, que aun lo sobrenatural que pedimos a Dios lo queremos al modo de la naturaleza!

No corre tanta prisa la fe… Dice el Profeta Isaías (XXVIII, 16): El que creyere no se apresure. Semejante a esto es aquello de los Apóstoles en la barca, cuando despertaron al Maestro y exclamaron: ¡Señor!, sálvanos que perecemos, como quien piensa que, en caso de perecer, Cristo no podría volverlos a la vida; no menos que lo considerado por Marta y María, que antes de morir Lázaro esperaban que, por muy enfermo que estuviese, Cristo podría sanarle; pero, después de muerto, no parece que tenían mucha fe en que Cristo pudiera traerle de nuevo a la vida.

Nunca viene tarde el auxilio de Dios, porque, por muy perdido que esté un negocio, Él lo puede rehacer, si conviene para el bien espiritual del beneficiado. Es lo que San Pablo alaba tanto en la fe de Abraham, que ofreció a Isaac cuando fue puesto a prueba, pensando que incluso de entre los muertos podría Dios resucitarle.

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Con todo, el reyezuelo llama «Señor» a Jesús, con gran reverencia. Jesús no desperdició este principio de fe, y obró el milagro a distancia; y le dijo: Ve, que tu hijo vive.

Es un hebraísmo, por el cual se da a entender que el que se ha curado ha escapado de un riesgo inminente e inevitable.

Antes de que Cristo profiriese estas palabras, el joven seguía grave y a punto de morir; en cuanto las pronunció, quedó sano. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz…, un acto interno de la voluntad de Jesús obra la salud perfecta del enfermo.

Viendo que el reyezuelo tiene escasa fe, que piensa no poder Cristo curar al enfermo a distancia, el Señor no quiere ir a la casa, aunque se lo pide. Más aún, tanto menos quiere ir cuanto más se lo ruega… ¿Por qué? Para descartar de que, yendo a allá, se confirmase el reyezuelo en su pobre opinión de que sólo presente Cristo podía curar al enfermo.

Es decir: hace crecer la fe del rogador, no condescendiendo con él.

Al revés sucedió con el centurión, que le pedía que a distancia curase a su siervo; quería Jesús ir y tocar y ver al enfermo, para premiar la fe del romano.

Dios corrige nuestras peticiones; y no concede siempre lo que pedimos, sino lo que conoce Él que es más provechoso para nosotros.

La palabra del Señor no sólo cura al enfermo, sino que tiene virtud para doblegar al asentimiento de la mente del régulo, que cree: Creyó el hombre a la palabra que Jesús le dijo, y se fue.

La súplica del régulo a favor de su hijo es oída; primero, por la misericordia de Jesús, cuyas entrañas se conmovieron ante la apremiante oración de un padre afligido; pero no contribuye poco al éxito de la plegaria la forma reverente y sentidísima de la misma. Se humilla el régulo, y clama con toda su fuerza desde lo íntimo de su corazón; apremia a Jesús en nombre de su «hijito», como dice el griego.

Y Jesús premia el fervor del padre, aun tratándose de una petición de orden temporal.

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Dejó el cortesano la ciudad de Caná con la emoción que es de suponer. Por el camino le salieron al encuentro sus criados, que le dieron buenas nuevas de la salud del enfermo, diciéndole que su hijo vivía.

Su primera palabra fue para preguntarles la hora en que se había iniciado la mejoría.

Pero, si creyó, ¿cómo pregunta a los siervos la hora en que mejoró el hijo, como si quisiera explorar la verdad de lo que Cristo le había dicho?

La pregunta formulada a los siervos no fue para adquirir fe, sino para acrecentarla y congratularse consigo mismo de haber creído; es decir, preguntó, no porque dudara de la palabra de Jesús, sino porque no sabía si interpretarla en el sentido de una promesa de que el hijo no moriría, o en el de una curación instantánea.

La conversación del padre con Jesús había tenido lugar a la una del mediodía; era la hora precisa en que desapareció la fiebre del enfermo.

Admiremos la omnipotencia de Jesús y su doble efecto, sobre la salud del hijo enfermo y sobre el alma del padre, más gravemente enferma…

Un solo acto de la voluntad de Jesús obra, a distancia, la completa curación de un enfermo en trance de muerte. El estupor del padre, al conocer la coincidencia de la hora de la curación con la hora en que él hablaba a Jesús en Cana, fue tal, que vio claramente en ello la mano de Dios, quien sólo puede obrar estos prodigios.

La fuerza del milagro y la gratitud por el favor recibido inclinaron el pensamiento y la voluntad del padre, que creyó.

En este hecho aparece claramente que Jesús obra el milagro con un fin de apología y proselitismo: es una forma, acomodada al modo de ser humano, de implantar el Reino de Dios; hace el milagro, que se puede comprobar, para lograr los efectos espirituales, invisibles, pero intentados por Jesús antes que el mismo milagro.

Entendió entonces el padre que la sola voluntad de Jesús había completamente sanado a su hijo a distancia, y creyó que era en verdad el Mesías.

Ya desde el principio había creído; pero todavía se robusteció más su fe desde aquel momento; porque aun la fe verdadera y perfecta puede crecer y perfeccionarse.

Y esto influyó en toda su familia, que siguió el ejemplo de la fe del padre.

Nosotros, por nuestra parte, pidamos con la Oración Secreta de esta Misa: Os rogamos, Señor, que estos misterios nos sean remedio celestial, y purifiquen de toda suerte de vicios nuestros corazones.

Y prestemos atención a la exhortación de San Pablo: Procurad andar con gran circunspección, no como necios, sino como prudentes; recobrando en cierto modo el tiempo perdido, porque los días de nuestra vida son malos.