PEDRO SÁNCHEZ RUIZ: NACIMIENTO, GRANDEZA, DECADENCIA Y RUINA DE LA NACIÓN MEJICANA

Resumen realizado por JAFG de los capítulos que tratan sobre

LA CRISTIANDAD Y EL IMPERIO ESPAÑOL

La civilización cristiana y la Cristiandad

La Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana salvó los valores de la cultura y civilización greco-romana de la invasión de los bárbaros. Bajo su dirección nació y se desarrolló la Civilización Cristiana: una civilización con un justo equilibrio entre los progresos moral, material e intelectual de las sociedades; una sociedad única que ayuda al hombre a alcanzar sus fines temporales sin menoscabo de su fin eterno.

La Civilización Cristiana se concretó en esa maravillosa realidad llamada la Cristiandad: una comunidad de naciones diversas y distantes entre sí, pero que, unidas por una misma fe, descansaba sobre dos sólidos pilares: el Pontificado y el Imperio.

La mutua armonía e independencia de esos pilares y la soberanía de cada cual respecto de sus propios fines, garantizaban un orden justo y estable. Había un reconocimiento unánime en cuanto a la jerarquía de valores: la supremacía de lo espiritual y eterno sobre lo material y temporal.

La Edad Media enmarcó el máximo esplendor de la Cristiandad. Sin ser perfecto, este período destaca porque en él se aspiraba y se estaba en buen camino para alcanzar la plenitud de la perfección humanamente posible.

Al cumplir con el mandato divino de evangelizar, la Iglesia Católica pasó a ser el principal agente en la obra de civilización, no engañando a los pueblos prometiendo la felicidad en este mundo, sino enseñando siempre que esta vida es una etapa de lucha, de prueba y de expiación, urgiendo la necesidad de la Fe y de las buenas obras para alcanzar la felicidad eterna.

Entre tantísimas obras admirables, la Iglesia se distinguió en la educación e instrucción de la niñez y de la juventud. Fueron los monasterios los lugares donde se conservaban y se escribían los libros y de ellos surgieron colegios y universidades, así como escuelas agrícolas y de artes y oficios.

Aunque había grandes pecadores, florecía y abundaba la santidad. Nunca como en esa Edad Media teocentrista se ha tenido tanta preocupación por la elevación integral del hombre.

Con el llamado Renacimiento humanista se inició la decadencia, al querer colocar al hombre en el lugar que sólo a Dios corresponde.

El Imperio Español

El Imperio Español fue un conjunto de reinos vinculados por la Religión y gobernados por la Monarquía. En él se prolongó la Cristiandad como expresión del orden social cristiano, misma que fue llevada a los reinos de ultramar.

Estos reinos ultramarinos eran esencialmente iguales entre sí y con respecto a los otros reinos europeos. Eran gobernados por leyes que respondían a sus propias necesidades. Con el tiempo alcanzaron a ser verdaderas naciones animadas del mismo espíritu que la metrópoli.

Los habitantes de esos reinos eran ciudadanos españoles y tenían jurídicamente el mismo rango que los españoles peninsulares. Es verdad que se reportaron algunos abusos, pero estos fueron más bien la excepción y siempre fueron un delito; los enemigos se encargarían de exagerarlos y difundirlos en lo que se conoce como la Leyenda Negra, que es sólo eso: una leyenda.

El esplendor del Imperio Español y de la Monarquía Católica principia con los Reyes Católicos, y con Felipe II la casa de Austria se identificó con los habitantes de todo el imperio.

En esa Católica Monarquía, la ley no era la expresión caprichosa de la voluntad soberana del pueblo, sino una ordenación de la razón dada para el bien común y promulgada por la autoridad legítima.

El Estado sólo tenía función política. Sin confusión entre órdenes diversos, la Religión -dogma y moral- era inseparable del derecho y del gobierno.

La institución del Virreinato permitía a los reyes gobernar el imperio sin que ninguno de los reinos perdiera su identidad propia. En el Imperio Español se crearon los siguientes virreinatos: Aragón, Cataluña, Valencia, Navarra, Cerdeña, Sicilia, Nápoles, Nueva España, Perú, Nueva Granada y Buenos Aires. Unidades independientes entre sí y con el mismo nivel.

Para el gobierno de los reinos ultramarinos, el Rey era auxiliado por el Consejo Real y Supremo de las Indias, equivalente al Consejo de Castilla. El Virrey ejercía la autoridad en nombre del Rey, pero tenía que contar con la Audiencia, que era independiente de aquel y con las autoridades locales y municipales.

Tan importante como la autoridad real, era la de los vecinos organizados en municipios. La monarquía dirigía la política general, pero el municipio administraba, dirigía y coordinaba toda la acción social.

Indudablemente hubo errores en el gobierno de los reinos de ultramar, pero fueron sólo eso. Sin duda se cometieron abusos, pero no estaban legalizados ni institucionalizados y generalmente eran sólo los inevitables, dadas las circunstancias y las condiciones inherentes a la naturaleza humana, e imposibles a la vez, de ser impedidos por la Monarquía o por la Iglesia.

La Revolución

La Revolución es la rebeldía elevada a principio y derecho indiscutible. Es la guerra implacable contra la Religión, contra la legítima autoridad y contra todos los fundamentos e instituciones de la sociedad libre y ordenada.

La Revolución aprovecha para sus fines la condición de la naturaleza humana caída, pero a la vez fomenta las malas pasiones, los vicios, las miserias y debilidades del hombre para inclinarlo y obligarlo a cooperar con ella.

Atacando inicialmente a la Iglesia Católica mediante la inspiración o apoyo solapado de las herejías, la Revolución procedió también a envenenar las mentes y a excitar la tendencia de la naturaleza humana caída al orgullo, para desplazar a Dios y degradar la parte más noble del hombre.

El centro y eje de toda actividad humana ya no sería Dios, sino el hombre divinizado. Así la Revolución rechazó toda sujeción del hombre a la autoridad religiosa.

Como para la Revolución, Dios, la Religión que establece unos principios eternos e inmutables, y la Moral, de la que se derivan los sanos usos y costumbres personales y sociales que deben inspirar y fundamentar la legislación y los actos del gobierno, sólo son conceptos subjetivos que pertenecen al interior del hombre, no pueden imponerse jurídicamente ni tomarse como principios, bases o normas para la constitución y gobernación del Estado.

Así pues, la Revolución no reconoce diferencia intrínseca entre la verdad y el error, entre el bien y el mal; ergo sus manifestaciones sólo pueden ser reguladas por una ley cambiante sujeta a la voluntad soberana del pueblo representada por la mayoría, sin limitaciones por el derecho natural y divino ni por las exigencias del bien común. Así se llega al absolutismo del Estado democrático o liberal burgués o socialista o comunista.

La destrucción del Imperio

La Edad Media teocentrista y la civilización cristiana que durante aquella alcanzó su máximo esplendor, se prolongó en el Imperio Español presentando un formidable obstáculo al avance de la Revolución.

El Imperio crecía y prosperaba, pero -siendo el brazo armado de la Cristiandad-, se desgastaba constantemente en su guerra contra las potencias al servicio de la Revolución. Y fue así que en los reinados de Felipe III y Felipe IV, se llegó a la decadencia política, militar y económica del Imperio. Pero -felizmente-, prevalecieron los principios fundamentales que presidieron su creación.

No fueron inútiles, pues, esas guerras y ese desgaste: el turco fue vencido decisivamente en Lepanto; se contuvo el avance del protestantismo y se dio un elocuente testimonio de la supremacía de los valores del espíritu: la Religión, la Cristiandad y el honor fueron en el imperio, valores superiores a los egoístas intereses nacionales o dinásticos, que la prosperidad material y que la vida misma.