PADRE LEONARDO CASTELLANI: EXÉGETA Y PREDICADOR

Conservando los restos

DOMINGO DECIMOCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En la curación del paralítico de Cafarnaúm, verificada en Galilea, en el fin del primer año, hace Cristo la primera afirmación implícita de su Divinidad; no es extraño que este suceso lo relaten los tres Sinópticos, resumido Mateo (IX, 1) y con más pormenores Marcos y Lucas. Es muy importante.

¿Por qué hizo una afirmación solamente implícita? Es obvio que así había de ser. Cristo no podía subirse a una cátedra y proclamar. “Miradme: yo soy Dios.” Lo hubiesen tenido por loco y nadie lo hubiese creído; y lo que es peor, algunos lo hubiesen creído… mal.

La mitología pagana estaba llena de dioses que bajaban disfrazados a la tierra para sus hazanas no muy pulcras: para seducir mujeres o vengarse de sus enemigos, que eran los milagros que hacían Júpiter, Juno o Apolo. Los gentiles narraban eso; y los hebreos luchaban contra eso.

Por eso, quizá, se asustó un poco el idólatra Pilato –no lo bastante– cuando los acusadores de Cristo le gritaron: “Éste dice que es Hijo de Dios.”

En los Actos de los Apóstoles leemos que a Pablo y a Bernabé los quisieron adorar como dioses los habitantes de Listra en Licaonia después del milagro del hombre cojo. Salió el sacerdote de Júpiter con un toro para hacerles un sacrificio, de lo cual se indignaron grandemente los dos judíos; a los cuales los habitantes de esa pequeña ciudad griega tomaron por Júpiter y Mercurio: por Júpiter a Bernabé, que era grandote; y por Mercurio a San Pablo, que llevaba la palabra.

Así pues, si Cristo hubiera dicho rotundamente desde el principio que era Dios, lo hubiesen tenido por idólatra y pagano. Tenía que revelar un misterio absoluto, algo increíble e incomprensible; y por eso su revelación tenía que ser progresiva y cauta; como dice muy bien Grandmaison, “pedagógica”.

Después de la primera Pascua, que celebró en Jerusalén en marzo del ano 30 –de nuestra cronología: 36 o 37 en realidad de verdad– y de unos ocho meses que pasó en Judea, se trasladó Jesús a Galilea después de la muerte del Bautista (a esto llaman la “Primera Misión Galilea”), por Caná, Nazareth, Cafarnaúm, y después por toda la comarca que rodea el Lago de Genesareth.

En Cafarnaúm, sobre el Lago, tuvo lugar este milagro, así como otros muchos; era para Cristo la hermosa ciudad ribereña una especie de centro de operaciones. Allí se habían trasladado su madre y sus parientes, vendido el pequeño taller de San José.

Multitud de gente de todas partes le seguían; entre ellos muchos fariseos, cuya hostilidad ya se había despertado; y probablemente estaba en la casa de uno de ellos, invitado a comer; pues dice Lucas que estaba aquello lleno de “doctores de la ley”.

Algunos fariseos invitaban a comer a Cristo, lo cual está muy bien. Pero no siempre con buena intención: era rutina, curiosidad o malicia, más bien que amistad.

La muchedumbre se apiñaba de tal manera delante de la casa, que tapaba la puerta; y los buenos vecinos que querían hacer curar a un paralítico, traído en una camilla, no podían entrar. En vez de decir: “no hay nada que hacer”, y marcharse con su carga viva, dieron vuelta a la casa, subieron por el gallinero a la terraza, levantaron el techo –es posible que haya habido allí una abertura o trampa– y descolgaron al muerto con camilla y todo por medio de cuerdas –digo, al muerto de miedo– plantándolo delante del Taumaturgo; con lo cual se frotaron las manos y dijeron. “Hemos cumplido.”

No le debe haber hecho mucha gracia al dueño de la casa. Confianzudos se pueden llamar éstos realmente. Muestra la excitación que rodeaba por entonces la persona de Cristo. La comarca pastoril y campesina estaba como fuera de sí.

“Ánimo, hijo, te perdono tus pecados.” No esperaban oír eso. Un sobresalto corrió por la comarca, quizás gestos de asombro o murmullos.

“¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?”, dijo Cristo volviéndose a los circunstantes. En efecto, pensaban: “Este blasfema. Nadie puede perdonar pecados sino Dios.” No pensaban mal en eso último, porque es verdad; pero hacían mal en juzgar ligeramente blasfemo a un hombre santo.

“¿Qué es más fácil decir: Te perdono tus pecados, o decir: Levántate y anda?”. Decirlo es igualmente fácil; la cuestión es hacerlo.

“Pues bien, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados [se volvió al inválido y dijo], tú levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Así lo hizo el favorecido, el cual pacatamente, en vez de salir corriendo, se llevó su sofácama a cuestas, como le mandaron: porque hoy día los muebles están caros.

Los que casi salieron corriendo fueron los de afuera al verlo: “Llenos de temor decían: hemos visto lo increíble.”

Esa afirmación nunca se había dado sobre la tierra: “yo puedo perdonar los pecados”. Jamás los hebreos habían soñado –ni ningún otro pueblo del mundo a osadas– que un hombre pudiese condonar las deudas del hombre con Dios; porque en realidad nadie puede, sino el Hijo del Hombre, y a quien Él quisiere delegarlo. Este milagro es el preludio de la institución del sacramento de la Confesión.

Los hebreos celebraban cada año la fiesta de la Expiación “el día diez del séptimo mes”, que ellos llaman Etaním o Tishri. Mataban un novillo por el Pecado y un carnero en Holocausto, o sea en adoración de Dios; y tomando un macho cabrío, Aarón (el sacerdote) le gritaba en voz alta sus pecados y los pecados del pueblo, cargándoselos al pobre “cabrón emisario”. Después un hombre lo llevaba al desierto y lo abandonaba con una patada; y a la vuelta tenía que cambiarse los vestidos, quemarlos y lavarse el cuerpo.

El rito, tal como está en el Levítico, XVI, es terrible, lleno de sangre y fuego: el sacerdote debía hundir sus manos en la sangre del novillo y untar con ella por todo los dos cuernos del altar; y los restos quemarlos todos, hasta los excrementos.

El pueblo empeoró el rito, no llevando el chivo emisario al desierto, sino a un precipicio; y precipitándolo con grandes insultos y alaridos. Todo esto para significar el apesgamiento del pecado, su asquerosidad, y una especie de rudo arrepentimiento. Pero si los pecados así acusados “quedaban perdonados” o no eso nadie lo podía decir, fuera de Dios.

Entre los romanos se llamaba culpa al pecado grave y peccatum a cualquier tropiezo que fuese, por ejemplo pecar contra la gramática: peccare significa en latín “tropezar”: pede cadera.

Sólo los hebreos y los cristianos vieron el pecado en relación con Dios. Entre los paganos se pecaba contra el hombre, contra la sociedad, en último caso contra el Destino o Fatum, no contra Dios… ¿contra qué Dios, señor mío, si los dioses de ellos era más inicuos y corrompidos que los hombres?

Pero el pecado es tan temible porque es una relación con Dios; va contra el autor del orden universal; y lo que es peor, del orden sobrenatural o adopción divina, que ya hemos explicado. Herimos a Dios: “contristamos al Espíritu Santo en nosotros”.

El pecado es el objeto de la religión, porque es la primera relación y la más universal, del hombre con Dios. El primer nombre nuestro con respecto a Dios es pecador. El decir “yo no tengo ningún conflicto con Dios” es declararse hombre irreligioso. La peor herejía de nuestros tiempos es la supresión –supuesta– del pecado.

Ahí tienen una obra célebre en nuestros tiempos, la novela de ochocientas páginas, De aquí a la Eternidad, de James Jones, que escandalizó a Norteamérica y de la cual hicieron una cinta. Es un gran fresco muy verídico y minucioso del ejército norteamericano en tiempo de paz, en Hawai, antes del desastre de Pearl-Harbour: “our brave boys”. Un montón de hombres sometidos a una disciplina rígida: bravos, sufridos, altivos, estoicos: una sociedad pagana. Allí se ha suprimido el pecado contra Dios: se peca contra el Reglamento, o contra el Camarada, o contra el Superior, o contra la Patria. Se ha echado fuera el pecado cristiano; y por tanto todo el Cristianismo. El Pecado retorna en forma de verdadero horror, que sobrecarga el alma: hizo bien el intendente de Buenos Aires al prohibir hace poco su traducción. No se puede dar una idea sin leer el enorme libro de lo que es eso.

El indiferentismo religioso dice: Uno se pueda salvar fuera de la Iglesia, primero. Luego dice: Todas las religiones son buenas. Después dice: Todas las religiones son mulas: que es justamente la conclusión de James Jones hacia el final de su encuesta. Finalmente dice: No hay pecado; y en este grado el indiferentismo es la cumbre de la irreligiosidad. Suprimid el pecado, la religión queda eliminada por la base.

El hombre que está en pecado es un paralítico. Jesucristo escogió bien su ejemplo. Ni siquiera puede ir por sus propios pies a los pies del Salvador para ser salvado. Hay que agarrarlo entre cuatro, llevarlo en andas, alzarlo y romper un techo; y descargarlo con una cabria.

“Y viendo la fe de ellos” –dice el Evangelio– se enterneció Jesús. Es necesario para eso una enorme fe, principio del perdón de los pecados.

Ni por la sangre de cabrones y burros – Y la aspersión de cenizas de la vaca – Realizada la Redención Eterna – Entró de una vez en el Santuario. Pero Cristo, ungido Pontífice de los futuros Bienes – Para siempre entró en un tabernáculo mejor y perfecto – No hecho de manos de hombres, no de la creación ésta. Porque si la sangre de cabrones y novillos – Y la aspersión de las cenizas de la vaca Purifica a los inmundos – Con la pureza de la carne. Cuánto más la sangre de Cristo – Ofrecido él mismo a sí mismo por el Espíritu Eterno -Inmaculado a Dios – Purificará nuestras conciencias de las obras muertas – ¡para servir al Dios vivo! Por esto es Mediador de la Nueva Alianza – Por su muerte – Para redención de las culpas hechas bajo la Otra Alianza – Que reciban los que han sido llamados – Las Promesas de la Alianza Eterna” (San Pablo, Epístola a los Hebreos, IX, 11).