TRES DEBERES PRÁCTICOS PARA CON EL NUESTRO
Mira: yo enviaré mi Ángel que te guíe y guarde,
y te introduzca en el lugar que te he preparado:
reverénciale y escucha su voz. (Éxod. 20, 24)
DEBEMOS RESPETARLES PORQUE LOS TENEMOS PRESENTE
Considerad que Dios, así como por el grande amor que nos tiene, y por el vivísimo deseo con que desea nuestra salvación, obliga a los Príncipes mismos de su corte, cuales son los Ángeles, a que estén siempre cerca de nosotros, a que nos amen , y a que nos protejan continuamente: Mandó Dios a sus Ángeles que cuiden de ti, y te guarden en cuantos pasos dieres: así quiere, dice San Bernardo, que también nosotros estemos estrechamente obligados a respetarles por su presencia , a corresponder con amor a su amor y a confiar en su protección.
Y en primer lugar, ¡qué respeto no nos debe merecer a cada uno de nosotros aquel nobilísimo Espíritu que tiene destinado Dios para nuestro Custodio, teniéndole siempre cerca de nosotros en cualquier lugar en que nos hallemos!
Los estudiantes se componen a la presencia de su maestro y los plebeyos a la de un gran príncipe; y vemos todos los días que procuran moderar su exterior, la lengua, las manos, la persona toda, aquellos que se hallan a la vista de algún personaje respetable por su dignidad o por sus méritos; mayormente si por razón del destino que ocupa, dependen de él sus más considerables intereses.
¡Cuánto, pues, nos debe contener la presencia incesante de aquel sublime Espíritu que tenemos siempre a nuestro lado, ocupado continuamente a favor nuestro para que no nos atrevamos a cosa alguna que pueda ofender sus purísimos ojos, y excitarlo a enojo!
No te atrevas a hacer presente él lo que no harías viéndolo yo, nos dice el citado San Bernardo. Teniendo siempre a la vista un personaje tan grande, siempre a nuestro lado, ¿nos atreveremos a dar una ojeada que no sea del todo honesta? ¿A proferir una palabra que no sea del todo decente? Con todo, ¡ay cuántas veces, haciendo como quien no sabe, o como quien no cree que tengamos presente un testigo tan respetable, por todos títulos digno sin duda de nuestra atención, damos rienda suelta a nuestros resentimientos y pasiones, sin reflexionar poco ni mucho ni los intereses de nuestra alma, ni el mérito de nuestro Tutelar!
Cuando el joven Tobías, concluido felizmente su viaje, oyó que Azarías , el que le había guiado en él, no era un hombre, como lo habían pensado hasta entonces él y su padre, sino un Ángel enviado del Cielo para que le acompañase en el viaje, quedaron los dos penetrados de un santo horror, de manera que perdida la palabra y llenos de turbación cayeron en tierra, casi como que estuviesen para espirar: Habiendo oído que él era el Arcángel Rafael, se turbaron, y temblando cayeron en tierra sobre su rostro: y esto siendo así que aquel joven ni en la ida, ni en la permanencia, ni en el regreso había hablado palabra ni hecho acción que hubiese podido ofender a su angélico guía, antes le había sido siempre obediente, siempre dócil a la menor insinuación de su voluntad.
¡Que sentimiento tan vivo no debería apoderarse de nosotros al reflexionar que todos los instantes de nuestra vida tenemos también un Ángel para guiarnos, y no obstante casi no hacemos otra cosa que ir descarriados, fuera de camino! Que porque no lo vemos con los ojos corporales, ¿merece por esto ser menos respetado? ¡Ah! El ser él invisible a nuestros ojos estando ciertos de que lo tenemos presente, esto mismo debería aumentar la confianza que debemos tener en él, y no disminuir nuestro respeto; así como un príncipe cuando anda de incógnito, no por eso merece menos ser reverenciado, antes bien gana el corazón por lo mismo que se hace más accesible a quien desee acercarse a él.
¡Ah! Que el tumulto mismo de las pasiones desregladas, que me quita la vista de mi Dios, a cuya presencia estoy siempre, él mismo hace que tampoco dirija los ojos de mi consideración a Vos, siempre a mi presente, nobilísimo y amabilísimo Tutelar mío. ¡Ea! Alcanzadme del Señor, vuestro Dios y mío, entre otras gracias la de acordarme que os tengo presente en todo lugar y en todo tiempo, para que así en todo tiempo y en todo lugar sepa tributaros aquel obsequio y aquel respeto que por tantos títulos os debo.
DEBEMOS AMARLES PORQUE NOS AMAN
Considerad qué sentimientos tan tiernos y amorosos no debe excitar en nosotros el amor incesante que nos tiene nuestro Ángel.
Nosotros ciertamente, si no tenemos un corazón de piedra, no podemos dejar de concebir y manifestar los sentimientos más tiernos de agradecimiento, si alguna vez llega a nuestra noticia que un personaje poderoso en la corte manejó, sin que nosotros lo supiésemos, nuestros intereses delante del príncipe, y promovió con empeño nuestras ventajas, pareciéndonos que no hay ni lengua, ni afectos, ni otro medio capaz de corresponder a tanto amor.
Pero ¿Qué es todo esto si se compara con nuestro caso? Apenas venimos a la luz del mundo, cuando nada conocíamos y nada de nadie esperábamos, nuestro amante Custodio velaba ya continuamente alrededor de nosotros, y dirigía fervorosas súplicas al Señor para que librase nuestra vida de tantos peligros que la amenazaban en aquella tierna edad; enfermedades, estaciones del año, frío o calor, poco cuidado, y quizá perversidad de las mismas madres y amas. Nuestro buen Ángel, cual valiente guerrero, se oponía al ejército de tantos desastres, y clamaba con voz fuerte y llena de autoridad, bien que nosotros no la oíamos, con aquellas palabras de San Juan en el Apocalipsis: No queráis dañar, no queráis dañar.
Así como íbamos creciendo en edad , crecía también el celo y cuidado de nuestro Custodio; y luego que comenzó a rayar en nosotros el lumen del divino rostro impreso en nuestra alma, esto es, el uso de razón, dirigió su principal cuidado a entablar en nosotros un género de vida mucho más sublime, la vida sobrenatural y de la gracia, y se ocupó todo en dirigir nuestros pasos por el camino de la salvación, y en procurar que emprendiésemos un tenor de vida cristiana; se ocupó en dirigir nuestros pasos al camino de la paz; y en ello se ocupa.
¡Cuántas luces nos alcanza de Dios a este fin! ¡Cuántas inspiraciones para hacernos abrazar el bien y huir el mal! Estas son siempre las insinuaciones incesantes de nuestro buen Ángel en la edad más tierna y en la más florida adolescencia, y en los años maduros: apártate del mal, y obra el bien.
¡Ojalá no hubiésemos nosotros cerrado los ojos para no ver tanta luz, ni endurecido el oído para no escuchar tantas llamadas! Pero al saber y experimentar continuamente su beneficencia, a pesar de tantas y tan graves ingratitudes, si no tenemos un corazón de tigre, ¡oh cuánto mayor y más afectuoso no debe ser nuestro amor para con nuestros tan constantes y dignos protectores!
Moisés se mereció siempre el amor de aquel pueblo protervo a quien por disposición de Dios guiaba por el desierto, por el gran cuidado que tenía de él continuamente; y se lo mereció sobre todo entonces cuando justamente indignado el Señor contra aquel pueblo, porque con horrible felonía entre fiestas y cánticos sacrílegos se había atrevido a tributar incienso al becerro de oro, estaba a punto de hacer en él una general matanza. Déjame, para que se encienda mi furor contra ellos; así habló con su confidente Conductor el Altísimo. Pero se contuvo a las violentas súplicas del buen Moisés, que le hizo presente el amargo insulto que le harían los de Egipto, blasfemándole y diciendo que como falto de poder para cumplir la palabra que había dado de introducir aquel pueblo a la tierra de promisión, los hacía morir todos en el camino: No suceda, os pido, que digan los egipcios que los habéis conducido astutamente al desierto para matarlos en los montes y borrarlos de la cara de la tierra.
Nosotros ¡cuántas veces no hemos pecado, rebelándonos contra Dios y contra nuestro amorosísimo Tutelar para seguir nuestros depravados caprichos! Entonces indignado con razón Dios contra nosotros, justamente quería fulminar la sentencia de muerte eterna; pero se interpuso nuestro amable Custodio, y habló a favor nuestro a pesar de nuestra ingratitud; y recordando al Señor la fiesta infernal que hubiesen hecho los demonios, enemigos de su gloria y de nuestras almas, como si hubiesen tenido ellos más fuerza para perdernos que Él para salvarnos, con sus poderosos ruegos desarmó su ira, y nos alcanzó tiempo y gracia para reconocer nuestros extravíos y detestarlos.
¡Ay de nosotros de no haber mediado nuestro Ángel! ¡Infelices! estaríamos ardiendo ya entre aquellas llamas inextinguibles, sin esperanza alguna de alivio, o de que se acabasen. Pero si vos tenéis la dicha de no haber perdido jamás la inocencia, ¿a quién debéis está feliz suerte, cosa tan rara, de mantener hasta ahora la primera gracia, que recibisteis con el Bautismo? ¿Á quien sino a vuestro Ángel, que con su maravillosa y apreciable conducta os preservó de tantos peligros que nos rodean a todos, y hoy día os mantiene en pie entre tantos resbaladeros, os mantiene ileso entre tantas llamas?
Quedadle pues reconocido; y entre sentimientos de una afectuosa gratitud protestad que Él es el que libró vuestra alma de la muerte, enjugó las lágrimas de vuestros ojos, salvó vuestros pies del precipicio. Y al mismo tiempo, a un Custodio que tanto os ama y procura vuestro bien, uníosle estrechamente, tratadlo, con frecuencia repetidle las gracias, amadle y reamadle, siempre con más tierno y fuerte amor; pues que finalmente si aquel halló el arte de atar los ánimos, como bien se dice, que introdujo el uso de hacer beneficios, ¡ah! ¿qué ataduras tan fuertes para unir todos nuestros afectos al buen Ángel nuestro custodio no han de ser los beneficios sin número, en el orden de la naturaleza y en el de la gracia, que recibimos de Él en todo tiempo?
¡Amabilísimo Tutelar mío!, debería yo sin duda, así lo reconozco, ocuparme en alabaros y bendeciros noche y día, no sólo por razón de vuestros excelsos méritos, sino también a causa de las ventajas tan considerables que a mí mismo me resultan; y con todo ¡cuán pocas veces lo hago!; y aun estas pocas ¡con qué afecto tan lánguido y tan tibio! No puedo reflexionar descuido tan sensible sin la más grande y viva confusión. ¡Ea, Ángel mío! haced que de aquí en adelante, penetrado de un vivo sentimiento de gratitud, consagre a Vos para siempre un tierno amor y obsequios fervorosos y reconocidos.
DEBEMOS CONFIAR EN ELLOS, PUES QUE NOS PROTEGEN
Considerad que, pagando vos a vuestro gran Tutelar amor con amor, podréis prometeros cualquier favor de su patrocinio. Él es un protector a quien no falta para ayudaros en cualquier ocurrencia que se ofrezca, ni poder, ni saber, ni voluntad.
En cuanto al poder: un solo Ángel, dice el Angélico, bastaría para regir toda la gran máquina del universo; y verdaderamente por medio de Ellos se obran en él efectos que sobrepujan las fuerzas de la naturaleza. La velocidad con que se mueven, supera largamente todo nuestro pensamiento; y por esto son representados con alas: Voló a mí uno de los Serafines, leemos en Isaías. San Jerónimo explicando aquellas palabras del Apocalipsis, siguen al Cordero por doquiera que vaya, llega a afirmar con hipérbole que en cierta manera están presentes en todo lugar: tanta es la rapidez con que de lo más alto del Cielo bajan a lo más profundo de la tierra, y de un extremo del mundo se transfieren al extremo opuesto.
En cuanto al saber, es este tan grande, que por eso se llaman puras mentes y simples inteligencias, por aquella sabiduría y por aquella íntima y clarísima noticia que tienen de todo lo criado. Para mejor entender esto, en cuanto hace a nuestro propósito, reflexionad cuán grande es el saber de los malignos espíritus, ocupados enteramente a dañarnos y seducirnos; pero ¡cuánto mayor debe ser el de los buenos Santos Ángeles, destinados por Dios a dirigirnos y guardarnos! Para que mejor cumplan con este destino les comunica Él aquella alta noticia, que se niega a todos los demás, de los secretos de nuestro corazón, y de cuanto se halla más recóndito en nuestra mente. Así pues como en el Cielo, según la opinión del Angélico, ven los Bienaventurados en el divino Verbo como un espejo tersísimo de lo que pasa en este mundo, aquello que tiene alguna relación con ellos; por ejemplo, un padre los designios y las obras de sus hijos, un fundador de alguna religión las de sus religiosos; así los Ángeles nuestros custodios mirando a Dios, ven claramente lo que tiene relación con las personas que están encomendadas a su custodia.
Unos Espíritus pues nobilísimos que tanto pueden y tanto saben, enviados de Dios mismo para guardarnos y defendernos, ¡oh cuánta confianza nos deben inspirar continuamente, a cada paso que damos durante nuestra peregrinación sobre la tierra! mayormente si atendemos que no sólo pueden y saben promover nuestras ventajas, sino que también lo desean ardientemente.
A ello les obliga el honor del Altísimo, de quien son fieles ministros; a ello el valor de nuestras almas, que ellos conocen plenamente; a ello la rabia misma de los enemigos infernales, a los cuales la antigua derrota que sufrieron de mano de los Ángeles buenos, les sirve de un estímulo vivísimo a que procuren con odio insaciable quitarles sus compañeros, y poblar de ellos los abismos.
¡Ah! bendita para siempre aquella amorosa providencia que a utilidad nuestra hace que sus Ángeles sean veloces como los vientos, y sus ministros activos como fuego abrasador, por aquella excelsa virtud e inflamada caridad que tienen y muestran a nuestro favor.
¡Ah! ¿Y por qué pues no nos valemos absolutamente de un fuego tan activo y tan puro? ¿Por qué no avivamos la confianza que nos deben merecer unos Príncipes del empíreo tan poderosos, que por expresa disposición del Señor su Dios y nuestro están siempre a nuestro alrededor, y arden en un vivo amor para con nosotros, y procuran nuestras más sólidas e importantes ventajas?
¡Oh mi celestial Guía!, si para merecer vuestros excelsos favores y las gracias más señaladas exigís de mi justamente que confié en gran manera en Vos, encended, os pido, encended Vos mismo en este mi frío corazón esta bienaventurada confianza en vuestro gran patrocinio. Haced que fortalecido yo con ella, no tema al infierno aunque todo entero venga a embestirme: Aunque se acampen contra mi ejércitos, no por eso temblará mi corazón; que no tema aunque me viese con la muerte o la gola, recordándome de vuestra amable presencia y de vuestra poderosa protección. Si caminase por medio de la sombra de la muerte, no temeré ninguna desgracia, porque Vos estáis conmigo. Y porque tanto más vivamente podré confiar en Vos cuanto más dócil sea a vuestros consejos y pronto a seguir vuestras pisadas, por lo mismo con vuestras luces celestiales tened abiertos os pido los ojos de mi alma, para que no duerma jamás el sueño de la muerte. Así imitando en alguna parte la pureza inexplicable de mi conductor, seré con su ayuda inmaculado con Él, y me guardaré de mi iniquidad.
PRÁCTICAS DE SANTA FAMILIARIDAD CON EL SANTO ÁNGEL
Si tenemos cerca de nosotros a un amigo, cosa justa es que de cuando en cuando nos volvamos a él, le hablemos con respetuosa confianza, y le tratemos como amigo.
Nuestros Ángeles, como muchas veces se ha dicho, están continuamente cerca de nosotros; y por lo mismo, familiarizaos con ellos, hermanos míos, dice San Bernardo, y frecuentadlos pensando en ellos a menudo, y dirigiéndoles devotas oraciones; y para que penséis en vuestro Custodio, avivad también a menudo la fe de su presencia, creyendo que está con vos en cualquier parte en que os halláis.
Los Ángeles andan con nosotros, dice San Agustín; con nosotros entran y salen, observando atentamente si son piadosas y honestas nuestras conversaciones. Santa Francisca Romana veía siempre delante el suyo, con las manos cruzadas sobre el pecho y con los ojos hacia el Cielo; pero siempre que ella cometía alguna falta, aunque ligera, corría Él a taparse la cara con las manos como por vergüenza, y a veces le volvía las espaldas.
El avivar esta fe será un estímulo eficaz que os excitará a acudir a Él con súplicas afectuosas y llenas de confianza.
Cuando conversáis con otros, avivad también la fe de que allí hay tantos Ángeles cuantos sois los que os halláis reunidos, y acostumbraos a venerarlos. Si estuvieseis a la presencia de grandes señores íntimos del soberano, no os descuidaríais sin duda de obsequiarles, y mucho menos caeríais en la bajeza y grosería de prorrumpir en gestos o palabras que no fuesen decentes. Así pues cuando tratamos unos con otros, hemos de procurar no ofender a los Ángeles, dice a este propósito San Bernardo.
Esta misma fe de la presencia de los Ángeles avivadla aún mucho más cuando os halláis en la iglesia, procurando por lo mismo estar allí con modestia y devoción. Es una sentencia común la de San Jerónimo que opina que cada templo, por ser casa de Dios, tiene un Ángel tutelar. Así también se tiene por cierto que lo tiene cada altar, por ser tan sagrado, que en él se ofrece el divino Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo; y se infiere de aquellas palabras que en el Canon de la Misa dirige el sacerdote al Señor: Manda que estas cosas sean llevadas a tu sublime altar por manos de tu santo Ángel; en cuyo nombre quieren se exprese el Ángel del altar en que se celebra.
Lo confirma San Pablo, exigiendo que estemos con tanta modestia en las iglesias, principalmente las mujeres, por respeto a los Ángeles que hay en ellas; los cuales son tantos, que San Juan Crisóstomo, según refiere San Nilo, veía en todo tiempo que llenaban la iglesia, pero principalmente cuando se ofrecía el incruento Sacrificio.
Ejemplo
Un grande ejemplo de respeto, de amor y de confianza para con su Ángel custodio dio un noble joven llamado Falco; y en correspondencia experimentó que le dispensaba Él un patrocinio que no sé de qué tenía más, si de amable o si de portentoso.
Comenzó ya de pequeñito a profesar un grande amor a su Ángel tutelar; y creciendo con la edad la devoción y el fervor, se obligó con voto a no decir mentira alguna, pues que hubiera contristado a su Tutelar; y cumplía con toda puntualidad esta promesa. Sucedió con el tiempo que topó, no sé cómo, con un sujeto, y comenzaron a trabar una fuerte pendencia, y pasando de las palabras a las obras, como suele suceder en tales casos, con más coraje que seso embistió a su contrario, y lo dejó allí muerto.
El lugar era solitario, nadie vio el lance; y por lo mismo, creyéndose seguro de no caer en manos de la justicia, continuaba a presentarse en público como antes. Pero pasados algunos días comenzó a correr la voz en el pueblo de que Falco podía haber sido el autor de aquel homicidio. Fue arrestado; y le preguntó el juez, a falta de testigos y pruebas, si verdaderamente él había cometido aquel asesinato. ¡Qué aprieto el de Falco en aquella ocasión! ¡Qué angustias! Si niega, ofende al Ángel; si confiesa, le va pena de la vida. Pero formó luego la resolución: Mejor, dijo, será morir, que faltar a la palabra que tengo dada a mi Ángel.
Confesó, pues, sencillamente lo que había sucedido. De nada le sirvió su cándida confesión, mayormente porque instaba fuertemente la parentela del difunto, y lo llevaron al suplicio. Se presentó animoso en el cadalso, encomendándose con todo el fervor de su corazón a su carísimo Custodio, en obsequio del cual sacrificaba entonces la vida.
Pero, ¡cuán fielmente correspondió el Ángel a la fidelidad de su clientulo! Déjase ver en el mismo cadalso con un aire terrible, y amenaza al verdugo, que estaba ya para descargar el golpe fatal, y detente, le dice con un rostro airado, detente, sino vas a morir tú. Se retiró el verdugo espantado y temblando, y refirió la visión que había tenido, y la amenaza que se le había hecho.
Pero los parientes del muerto, sospechando que en esto no hubiese alguna ficción o fraude, hicieron nuevas instancias. Dos verdugos acudieron, el uno después del otro, los cuales, amenazados igualmente por el Ángel, cayeron a tierra espantados y aturdidos.
A vista de ello, el pueblo se puso a gritar milagro, milagro, gracia, gracia.
Así se vio librado de la muerte aquel joven, y mudado su nombre de Falco en el de Ángel, se retiró luego a un convento a vivir y acabar santamente aquella vida que había sacrificado a su Custodio, y que este le había conservado con estupendos prodigios. (Monseñor Franc. Ximen. 1.3. c. 8. presso il P. Luderico de la Cerda.)




