NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO ROSARIO
Solemnizamos hoy, primer Domingo del mes de Octubre, la Fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, unos de los títulos más distinguidos de la Madre de Dios.
Entendemos por título aquella palabra, aquel nombre de honor que aplicamos a una persona para expresar, sea una excelencia suya, sea una función, sea una simple relación. Así decimos que a tal persona se le debe algo a título de rey, de padre, etc.; o hablamos de doctor, de abogado, de profesor, etc.; o nos relacionamos con alguien en cuanto que es ingeniero, o maestro, o militar.
Una misma persona puede reunir dos, tres o más títulos; pero, según las circunstancias o necesidades, nos fijamos más en un título que en otro, en un aspecto u otro, en una u otra excelencia de una misma persona.
De igual modo sucede con los títulos marianos: ellos expresan, sea una excelencia de Nuestra Señora, sea una función, sea una relación.
Y así hablamos de la Maternidad Divina de María, o de su Inmaculada Concepción; o la llamamos Corredentora o Mediadora; o nos referimos a Nuestra Señora de Fátima, de Lourdes, del Pilar, de Guadalupe, etc. En diversas circunstancias, o según las necesidades de la vida, prestamos más atención a un título, recurrimos a Nuestra Señora bajo tal o cual advocación mariana.
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Cabe ahora preguntarse, ¿por qué se multiplican los títulos marianos? Pensemos que solamente en España existen más de tres mil advocaciones marianas diferentes: Atocha, Pilar, Merced, Montserrat, Almudena, Macarena, Amargura, Guadalupe, etc.
La explicación de esa multiplicidad tiene dos razones, una de parte de la Virgen Santísima, y otra de nuestra parte.
Si contemplamos a la Madre de Dios, encontramos en Ella una riqueza casi infinita, una inmensa y simplicísima perfección expresadas por su Nombre: María. Pero sólo Dios puede comprehender, captar y abarcar todo lo que está contenido en el Santísimo Nombre de María.
Este dulce y santo Nombre bastaría para expresar su insondable perfección; pero aquí interviene nuestra parte: al no poder entender y contener esa plenitud en un solo nombre, nos hemos visto obligados a multiplicar los títulos o advocaciones con que honramos a María Inmaculada. En un esfuerzo por captar la perfección incomparable de esta piedra preciosa, hemos multiplicado la variedad de los puntos de vista, los aspectos bajos los cuales la consideramos, las diversas facetas que presenta a nuestra consideración esta joya maravillosa, obra de arte de la naturaleza y de la gracia.
María Santísima es un tesoro inagotable; al ir explicitando sus riquezas, el amor filial ha hecho crecer sus títulos, expresando por ellos las excelencias que va descubriendo.
Además, cada época necesita y tiene sus títulos: del Carmen, del Rosario, de Guadalupe, de Lourdes, Corazón Inmaculado, etc.
Los títulos marianos son como la canalización de las aguas de un río caudaloso. Es más cómodo y fácil beber en una fuente que en el río; éste no sirve para regar, si sus aguas no se dividen y canalizan. María es una mar sin orillas y ha de aplicarse a cada alma según la medida apropiada a cada una, para que pueda beber y ser regada con la gracia que por Ella le llega. Los títulos marianos hacen esto: dividen y separan las perfecciones marianas y las presentan al alma devota según su limitada medida y según su necesidad. Pensemos en las letanías lauretanas; ¡cuántos y cuán hermosos títulos marianos!
La contemplación total, simultánea y comprehensiva de la Virgen bendita no es de esta tierra, sino del Cielo, donde la veremos, mediante su gracia, sumergida en el seno de Dios, y sumergidos nosotros en su luz.
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Es necesario tener siempre presente que el título es para la persona y no la persona para el título. Este expresa siempre una perfección de la persona; la consideración de esa perfección nos lleva a honrar a la persona.
Por lo tanto, si descubriésemos en la persona honrada y amada otros títulos, expresiones de otras perfecciones, lejos de entristecernos por ello, lejos de despreciarlos, nos alegraríamos de saber que el objeto de nuestro amor es aún mucho más perfecto de lo que pensábamos; y nos aprovecharíamos de esas nuevas perfecciones como de medios o motivos para honrar y amar más a esa persona. Y como a cada una de esas perfecciones corresponde un título que la expresa, nos serviremos de ellos para enaltecer a quien reverenciamos.
De este modo, debemos alegrarnos de encontrar en la Santísima Virgen María tantos títulos o advocaciones; no debemos limitarnos a los que nos gustan, dejando de lado los otros, y mucho menos despreciar aquellos títulos que no son de nuestra patria, región, ciudad o devoción.
Ciertamente, podemos tener predilección por alguna advocación, pero no comparemos una con otra, no contrapongamos una a otra. Se trata de una misma y única Persona; y las perfecciones que en esos títulos se veneran, lejos de contraponerse, se armonizan y enlazan en la única Santísima Virgen María, formando su corona refulgente.
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Consideremos ahora la división de estos títulos. Las advocaciones marianas pueden ser doctrinales o locales.
Los títulos doctrinales son fórmulas que expresan de modo breve y concluyente una perfección de la Persona de la Virgen. Todos ellos nos conducen a un conocimiento más profundo y pleno de Nuestra Madre, y por eso no se debe prescindir de ninguno, aunque natural y lícitamente se puede sentir especial predilección o devoción por uno u otro.
Como ejemplo de títulos marianos doctrinales están casi todas las invocaciones de las Letanías de la Virgen, así como también todos sus misterios: Inmaculada Concepción, Anunciación, Visitación, Asunción, etc., y otros como Reina, Mediadora, Corredentora, Milagrosa, etc.
Los títulos locales se limitan a expresar una relación de María Santísima con un lugar determinado, recordándonos alguna manifestación de su bondad, alguna aparición o milagro.
Estos títulos marianos locales son numerosísimos; cada nación, ciudad y pueblo tiene «su virgencita». Así honramos a nuestra Señora de Luján, de Itatí, del Valle, del Milagro, de Fátima, de Lourdes, del Pilar, de Guadalupe.
En estos títulos locales generalmente se encuentra como nota fundamental una aparición o una manifestación especial de la Virgen en un lugar determinado, que hacen de ese Sitio y de la Imagen en él venerada un objeto para recordarnos las bondades maternales de la Madre de Dios. Incluso algunas veces nos ha dejado un sacramental, como el Escapulario o la Medalla Milagrosa.
Si a veces la Virgen María se manifiesta sensiblemente, no es sino para recordarnos la realidad de su presencia oculta, sólo perceptible por la fe; pero no por eso menos importante y efectiva. Las apariciones sensibles de María Virgen han de llevarnos a la práctica de la fe y al gozo de aquella presencia oculta.
A lo largo del año, bajo cada una de sus advocaciones y misterios, debemos pedir a Nuestra Señora, así honrada por todos esos títulos, la gracia de un verdadero conocimiento suyo, la gracia de un perfecto amor a Ella y la gracia de practicar su verdadera devoción.
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Viniendo a la Solemnidad de hoy, en estos días publicaremos una breve historia del Rosario y qué han dicho sobre él los Santos y los Sumos Pontífices, especialmente León XIII en sus trece documentos.
Simplemente atraemos ahora la atención sobre lo sucedido en Fátima. Nuestra Señora se presentó a los tres niños pastores y les dijo: Soy la Señora del Rosario.
¿Por qué eligió ese título? De los ciento diecisiete principales títulos que Nuestra Señora ha asumido a través de la historia de la Iglesia, ¿por qué Ella misma se presentó, en estos últimos tiempos, como la Virgen del Rosario?
Es porque cada uno de nosotros, nuestras familias, nuestras ciudades, nuestras naciones, todo el mundo y la Santa Iglesia necesitan del Santísimo Rosario ahora más que en cualquier otro momento de la historia.
El Santísimo Rosario no es facultativo, no es una devoción más, que podamos tomar o dejar. La misma Madre de Dios, según Sor Lucía, dijo: Las personas necesitan rezar el Rosario todos los días.
Resulta claro que, cuando la Madre de Dios se aparece y dice hacer algo, realmente debemos hacerlo.
Ya conocemos el poder del Rosario, por medio de la intervención de Nuestra Señora y la multitud de milagros a través de la historia de la Iglesia.
En nuestros tiempos, ¿qué ha sucedido? Una vez más Sor Lucía dijo: La Santísima Virgen María, en estos últimos tiempos en que vivimos, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario…
Es muy interesante e importante resaltar que Sor Lucía se refirió a los tiempos en que vivimos como “estos últimos tiempos”… Y que para ellos concedió más poder, “una nueva eficacia”, al rezo del Santísimo Rosario…
Si en el pasado el Santo Rosario fue un arma demoledora contra la herejía y contra los enemigos de la Cristiandad, ahora es un arma específica para la defensa de la Fe… Y es Nuestra Señora quien le ha dado esta eficacia; de modo tal que Sor Lucía pudo decir, basada en el testimonio de la misma Virgen Santísima:
“No hay problema, por más difícil que parezca, sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea referente a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias, del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con la oración del Santo Rosario”.
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Reflexionemos, pues, sobre la oportunidad y las ventajas del rezo del Santo Rosario.
Ante todo, ¡qué ciego es el que no ve que nos hallamos en una hora decisiva! Los acontecimientos, en vertiginosa confusión, arrastran a los hombres, que no saben a dónde van.
Mientras tanto, Dios, supremo dueño de todos los movimientos, tanto los de la naturaleza en general, como los de los hombres en particular, va en pos de sus designios, que son determinaciones de amor y de misericordia.
Es verdad que cada vez más estamos sometidos a los golpes de la terrible justicia de Dios, que, cuando no interviene directamente, deja a los hombres librados a las consecuencias de sus propios desvaríos.
Los progresos de la ciencia, los trabajos de la industria, las maravillosas invenciones del genio y los esfuerzos de la actividad humana se aplican a una implacable destrucción; la cual es ciertamente el azote de la justicia divina.
Los ilustrados por una luz superior saben que la iniquidad hace llegar hasta el trono de Dios su grito orgulloso y provocador; y comprueban que, cuando los culpables llevan su arrogancia al extremo de aparentar aires de inocencia, entonces la Justicia de Dios levanta su brazo para vengar los derechos de la Majestad divina.
¡Sí!, es la Justicia de Dios, la que ahora pasa sobre las naciones culpables en oleadas tumultuosas y embravecidas… Y esta tormenta irá en aumento, hasta el momento en que “habrá señales en el sol, la luna y las estrellas y, sobre la tierra, ansiedad de las naciones, a causa de la confusión por el ruido del mar y la agitación de sus olas”…; a punto tal que “los hombres desfallecerán de espanto, a causa de la expectación de lo que ha de suceder en el mundo, porque las potencias de los cielos serán conmovidas”…
Pero la divina Justicia se aplacará y se abrazará con la Paz; y de este abrazo, provocado por el amor y la misericordia de Dios, surgirá un nuevo orden de cosas. Dice el Apocalipsis:
“Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado, y el mar no existía más. Y vi la ciudad, la santa, la Jerusalén nueva, descender del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono, que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres. Él habitará con ellos, y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos, y les enjugará toda lágrima de sus ojos; y la muerte no existirá más; no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron»”.
Dios no borra, sino para escribir de nuevo; no destruye, sino para restaurar. Esta será la obra de mañana.
Mas, ¿qué será este mañana?, se preguntan los espíritus, ansiosos y turbados…
Aquellos, cuya fe sosiega la inteligencia y robustece el corazón, responden que este mañana será el día de Dios, el día de la restauración, el día del Reinado de Jesucristo, el día del triunfo de su Sagrado Corazón, por la mediación del Corazón Inmaculado su Santísima Madre, siempre ocupada en aplastar la cabeza de la serpiente infernal.
A nosotros nos toca el adelantar el alba de este día y el asegurar sus esplendores y consuelos. Ya lo enseñó San Pedro, al escribir:
“No es moroso el Señor en la promesa, antes bien —lo que algunos pretenden ser tardanza— tiene Él paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá como ladrón; y entonces pasarán los cielos con gran estruendo, y los elementos se disolverán para ser quemados, y la tierra y las obras que hay en ella no serán más halladas. Si, pues, todo ha de disolverse así ¿cuál no debe ser la santidad de vuestra conducta y piedad para esperar y apresurar la Parusía del día de Dios, por el cual los cielos encendidos se disolverán y los elementos se fundirán para ser quemados? Pues esperamos también conforme a su promesa cielos nuevos y tierra nueva en los cuales habite la justicia. Por lo cual, carísimos, ya que esperáis estas cosas, procurad estar sin mancha y sin reproche para que Él os encuentre en paz. Y creed que la longanimidad de nuestro Señor es para salvación”.
A nosotros, pues, nos toca el adelantar el alba de este día y el asegurar sus esplendores y consuelos: esperar y apresurar la Parusía del día de Dios…
Dios lo quiere… Nosotros hemos de desearlo con Él…
Decimos con Él, porque sin Él no podemos nada, sin Él toda voluntad es inerte, toda acción impotente, todo esfuerzo estéril; sin el Creador, la criatura se agita y se consume en el vacío.
¿De qué manera hemos de trabajar con Dios, para preparar la paz, por la gran victoria, y para la regeneración?
El Santísimo Rosario nos da el medio para ello, elevándonos hasta Dios, haciéndonos vivir en Él por medio de la oración, ayudándonos a reparar toda ruina por la virtud de sus misterios, renovándonos y santificándonos con las ideas divinas, que siembra en nuestra inteligencia y las sobrehumanas energías que infunde y pone en actividad en nuestra voluntad.
Es una triple y maravillosa potencia de elevación, de reparación y de transformación o de santificación que el espíritu del Verbo Encarnado le ha comunicado, para su gloria, para honor de su Madre y para provecho del género humano.
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¡Pobre corazón humano! Con frecuencia, en su ascensión hacia Dios, se deja vencer por el cansancio; las eternas recompensas no le mueven a tender siempre hacia la gran finalidad de la vida, porque no las considera; las promesas del Espíritu de la luz, del amor y de la fuerza, que sostiene toda buena voluntad, no brillan a sus ojos con suficiente claridad; no acaba de convencerse de que en el Cielo tiene por Mediador a Jesucristo, y por Abogada y Medianera ante Él a María, su Madre, siempre atendida.
Dadle, pues, a ese pobre corazón humano un medio seguro y fácil para que fije su mirada en lo que Dios tiene reservado a los que le aman y le sirven, para que se entregue con docilidad al Espíritu que quiere conducirnos a la santidad y al Cielo, para que se ponga a cada instante en manos de la que, por nosotros, fue concebida sin pecado, elevada a los honores de la Maternidad Divina y coronada Reina de Cielos y tierra.
Este medio no es otro que el Santísimo Rosario.
Repitamos, sin cansarnos, estas admirables oraciones, por las cuales nos ponemos en manos del Padre que está en los Cielos, y nos confiamos con amor de hijos al Corazón de Nuestra Madre para la hora presente y, en especial, para la hora de la restauración final en Cristo y por Cristo.
A las oraciones juntemos la contemplación de los Misterios del Rosario: Evangelio que, siempre a nuestro alcance, nos anuncia sin cesar la buena nueva del amor de Dios y estimula continuamente a un amor generoso y fuerte como la muerte, diciéndonos a cada instante: «Ama a Aquel que te ama con tan grande amor, y entrégate a ti mismo por amor a Aquel que se entregó por amor a ti».
De esta manera, el Salterio de María, después de haber elevado el alma cristiana hasta Dios y de haber reparado en ella todas las ruinas morales, la transforma, por el Espíritu del Señor, en la imagen cada día más resplandeciente del Hijo de Dios.
El Rosario está lleno, rebosa de este Espíritu Santo…
Vosotros, los que lo comprendéis, amad, más y más, y haced que otros también amen esta arma divina, don de María, para remedio de nuestra flaqueza.
¿Qué podemos temer con tal arma? Siervos e hijos de la Señora del Rosario, templemos nuestro espíritu en la fuente de la fe, de la piedad y del amor, que Ella nos ha dado por medio de Santo Domingo.
La Virgen del Rosario es la Reina de las Victorias, hace temblar los cimientos del abismo; bajo su protección venceremos…
Levantémonos, pues, y acerquémonos con mucha confianza a su trono de gracia…
Hagamos violencia a su Corazón maternal y benéfico con el rezo continuo del Santo Rosario, y mostrándoselo, cuando lo tenemos en nuestras manos, digamos con piedad y devoción:
Acudimos a Vos, oh Santa Madre de Dios… Elevamos nuestras plegarias a Vos, que sois la Medianera poderosa y benévola de nuestra salvación. Por los gozos tan suaves que os dio vuestro Hijo Jesucristo, por la parte que tuvisteis en sus dolores inefables, por los resplandores de su gloria que destellan en Vos, os rogamos encarecidamente, que, a pesar de nuestra indignidad, nos escuchéis y nos concedáis aquello mismo que Tú sabes es lo mejor para nuestra perseverancia y salvación…

