Conservando los restos
ELEMENTOS LITÚRGICOS
“La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”
LITURGIA DE LA EUCARISTÍA O COMUNIÓN
1. Doctrina de la Iglesia
La Eucaristía es a la vez Sacrificio y Sacramento.
La Eucaristía Sacrificio es la Santa Misa, la Eucaristía Sacramento es la Comunión.
Aún en los sacrificios antiguos, al ofrecimiento e inmolación de las víctimas, seguía siempre la manducación de una parte de estas. En la Misa, la Comunión, al menos del celebrante, no puede faltar.
La Eucaristía Sacrificio ya la hemos estudiado largamente en el tratado sobre la Santa Misa; ahora tocaremos algunas cuestiones relativas a la Eucaristía Sacramento, o Comunión.
La Sagrada Eucaristía es verdadero Sacramento, y uno de los siete que siempre ha adorado y venerado religiosamente la Santa Iglesia.
En este Sacramento, por la admirable conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo de Jesucristo y de toda la substancia del vino en su preciosísima Sangre, se contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del mismo Jesucristo, debajo de las especies del pan y del vino, para nuestro mantenimiento espiritual.
1. Efectos
Los principales son: conservar y aumentar la vida del alma, que es la gracia; perdonar los pecados veniales, y preservar de los mortales; debilitar las pasiones, y en especial amortiguar las llamas de la concupiscencia; consolar espiritualmente; acrecentar el fervor de la caridad con Dios y con el prójimo; dar una prenda de la futura gloria.
2. Materia
Es doble: el pan de trigo, estando mandado que sea ácimo; y el vino exprimido del fruto de la vid, al cual se mezcla un poquito de agua.
3. Forma
Son las palabras de la Consagración.
4. Disposiciones del sujeto
El comulgante debe estar en gracia de Dios, en ayuno natural de al menos tres horas, y suficientemente instruido para saber lo que va a recibir y para recibirlo con respeto y devoción.
5. Frecuencia
La Iglesia, apoyando aquel consejo de San Agustín: “Vive de manera que cada día puedas comulgar”, desea que se comulgue frecuente y aun diariamente, con tal que se esté en gracia de Dios y se tenga recta y piadosa intención (Decreto de San Pío X, 1905); y manda que al menos se comulgue una vez al año, por Pascua, y en peligro de muerte.
2. Ayuno eucarístico
La costumbre de comulgar en ayunas no es precepto del Señor, sino disposición de la Iglesia, pues consta por San Pablo, que en los tiempos apostólicos se recibía la Eucaristía después de la cena o “ágape”. Poco a poco, y por los abusos que apunta allí mismo el Apóstol, se colocó la Eucaristía antes de la cena, hasta que por fin se separaron completamente una de otra, y la Eucaristía empezó a celebrarse por la mañana.
La ley de comulgar en ayunas, al igual que otras muchas observancias de la Iglesia Católica, se fue estableciendo por grados.
En la mitad del siglo III insistía ya San Cipriano en la conveniencia de comulgar por la mañana, más bien que por la noche después del “ágape”.
Por San Juan Crisóstomo, San Ambrosio y San Agustín sabemos que a fines del siglo IV era general la costumbre de comulgar en ayunas.
San Agustín escribía a este propósito: “Está fuera de disputa que cuando los discípulos recibieron por primera vez el Cuerpo y la Sangre del Señor, no los recibieron en ayunas. ¿Hemos de condenar empero a la Iglesia porque nosotros los recibimos en ayunas? No, porque plugo al Espíritu Santo que, por reverencia a tan grande Sacramento, el Cuerpo del Señor entrase en la boca del cristiano antes que todo otro alimento; y ésta es la razón porque esta costumbre se observa en todo el mundo…”.
El concilio de Constanza (1418) convirtió en ley lo que era una práctica común, o sea, celebrar y comulgar en ayunas; pero en ninguno de sus cánones define que el tal ayuno ha de ser el que ahora llamamos “natural”, ni que haya de empezar, como se exigía, desde la media noche.
Estas dos reglas se incorporaron en las Rúbricas del Misal probablemente en el siglo XVII, trasladando casi los propios términos de la Suma de Santo Tomás, III, q. 80, a. 8:
Una cosa puede impedir la recepción de este sacramento de dos maneras.
Una, por su misma naturaleza, como es el pecado mortal, que está en oposición con el significado de este sacramento.
Otra, por la prohibición de la Iglesia.
Y la Iglesia prohíbe recibir este sacramento después de haber comido o bebido por tres razones.
Primera, por respeto a este sacramento, según dice San Agustín, para que entre en la boca del hombre antes que ésta se contamine con la comida o la bebida.
Segunda, por su significado, dando a entender que Cristo, que es la realidad contenida en este sacramento, y su caridad deben fundamentarse en primer lugar en nuestros corazones, según aquello de Mt 6, 33: Buscad ante todo el reino de Dios.
Tercera, para evitar el peligro del vómito y de la embriaguez, cosas que a veces suceden por no comer los hombres con moderación, según la observación del Apóstol en I Cor 11, 21: Mientras que uno pasa hambre, el otro se emborracha.
Quedan exceptuados, sin embargo, de esta regla general los enfermos, a los que se ha de dar la comunión seguidamente, incluso después de la comida, cuando su vida corre peligro, para que no mueran sin la comunión, porque la necesidad no tiene leyes. De ahí que se diga en De Consecr. dist.II: Que el presbítero dé la comunión seguidamente al enfermo, para que no muera sin comulgar.
3. Frecuencia de la Comunión entre los antiguos
A vista de los documentos eclesiásticos, podemos asegurar como cosa cierta que los primitivos cristianos, hasta el siglo III por lo menos, comulgaban todas las veces que asistían al santo Sacrificio de la Misa, el cual, al principio, sólo se celebraba los domingos, y luego dos o tres veces por semana.
Al crecer, más tarde, el número de los cristianos, aumentó también el de las Misas, pero no progresó, en proporción, el de los comulgantes.
A fuerza de exhortaciones, consiguieron los Santos Padres que, del siglo V al IX, comulgaran los fieles semanalmente; pero ni ellos ni la Iglesia pudieron impedir que, de la X a la XIV centuria, fuese relajándose cada vez más la frecuencia de la Comunión.
En los siglos posteriores se operó una saludable reacción, que fue poco a poco intensificándose, para sufrir una nueva y terrible crisis con los jansenistas y el indiferentismo religioso, que ha sido y sigue siendo la plaga de los tiempos modernos.
En los siglos medios, la escasa frecuencia de la Comunión por parte de los cristianos, aun de los fervorosos, provenía de la formación rigorista de la conciencia, que no concebía la Comunión frecuente sin la frecuente confesión, condición ésta que les dificultaba el acercarse al altar.
Esto, que nos parece hoy una relajación de la devoción y un retroceso, pudo ser entonces un verdadero adelanto y una relativa perfección; pues mientras ahora reina una devoción tierna y confiada a la Eucaristía, quizás mezclada con ella una cierta relajación de conciencia, entonces la devoción era más profunda y más timorata la conciencia, y eso llevaba a los fieles a restringir el uso de la Comunión.
Los deseos de la Iglesia, sin embargo, han sido, son y serán siempre que los cristianos comulguen a menudo y aun diariamente, precisamente para inmunizar hasta donde sea posible las almas contra el pecado mortal y contra el venial deliberado, y para hacer más familiar el trato con Jesús Sacramentado.
4. Rito antiguo de la Comunión
Durante muchos siglos, los fieles comulgaron a continuación del celebrante, dentro de la Misa y en el momento propio de la Comunión. A ellos no se les ocurría que, siendo la Comunión parte integrante del Sacrificio, se la pudiese separar de la Misa, si no era por enfermedad o ausencia.
Es un hecho demostrado que, al distribuir en la iglesia la Comunión a los presentes, se reservaban sagradas formas para los enfermos, moribundos y encarcelados.
En todos estos casos se llevaba la Eucaristía en estuches o cofrecillos de metal, envueltos en fundas de tela fina y pendientes del cuello por una cadenilla o un cordón.
La reserva de las santas partículas y la Comunión en las casas particulares estaban minuciosamente regimentadas, y así se efectuaba todo con el mayor respeto.
5. Ritual actual de la Comunión
El momento propio de la Comunión de los fieles es el inmediato a la del celebrante; pero alguna vez: —quandoque, dice el Ritual Romano— existiendo algún motivo razonable, la Iglesia autoriza a recibirla inmediatamente antes o después de la Misa privada, y aun independientemente de ella.
Para estas comuniones prescribe el Ritual lo siguiente:
Revestido el sacerdote de sobrepelliz y estola blanca o del color del día, o bien, si el acto tiene lugar inmediatamente antes o después de la Misa, de los ornamentos sacerdotales, extiende los corporales sobre el altar, en el que debe haber dos velas encendidas, y saca afuera del sagrario y destapa el copón, mientras el acólito reza en nombre de los fieles el Confíteor.
Vuelto al pueblo y un tanto retirado hacia el lado del Evangelio, dice: Dios Omnipotente, etc.
Y bendiciendo al pueblo, agrega: Que el Señor omnipotente y misericordioso, etc.
Después, teniendo el copón en la mano izquierda y una partícula consagrada con los dedos pulgar e índice de la derecha, dice en voz alta: Ecce Agnus Dei), ecce qui tollit peccata mundi. Y añade por tres veces: Señor, yo no soy digno de que entréis en mi morada, mas decid una palabra y mi alma será sana.
Y al distribuir la Comunión, dice a cada uno: El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna. Así sea.
Terminada la Comunión vuelve al altar, y mientras recoge las partículas y se purifica los dedos, reza la antífona O sacrurn convivium, con los versículos y la oración del Santísimo, y reserva el copón en el Sagrario.
El acto acaba siempre, excepto en las misas de Difuntos, con la bendición del sacerdote.
Este rito, en medio de su simplicidad, es harto significativo. Como se ve, empieza por preparar las almas, purificándolas mediante la confesión y absolución pública de los pecados; sigue un acto de fe viva en la real presencia de Jesús Sacramentado, en la Hostia que el sacerdote muestra teniéndola entre sus dedos; este acto de fe provoca en los comulgantes otro de humildad, que les mueve a declararse indignos de recibir al Señor en sus pechos; y, por fin, al administrarles la Comunión, el sacerdote incita a cada uno a confiar en el perdón de sus pecados y en la salvación eterna.
6. La Comunión de los enfermos
La Comunión de los enfermos ha estado de práctica en la Iglesia desde los primeros tiempos.
Esta Comunión de los enfermos es de dos clases: una de simple devoción, y otra de obligación o por “Viático”. En este párrafo trataremos de la primera.
Según la legislación vigente de la Iglesia, los que, habiendo salvado el peligro de muerte o sin haberlo corrido, permanecen enfermos sólo un mes o menos de un mes, pueden, si lo desean, comulgar por devoción, con tal que observen íntegramente el ayuno natural; en cambio, los que yacen enfermos más de un mes sin esperanza cierta de pronta convalecencia, pueden, aconsejados por un prudente confesor, recibir la Comunión una o dos veces por semana, a pesar de haber roto el ayuno con alguna medicina o con algún alimento en forma de bebida (Can. 858, § 2).
Entre los alimentos permitidos, se cuentan: la leche, el caldo de carne, el café y cualquiera otra bebida, aunque se la mezcle con alguna substancia pastosa o con huevos o, migas de pan, etc., siempre que no pierda la cualidad de líquido (Santo Oficio: Decretos del 7 de diciembre 1897 y 7 de septiembre de 1907).
Para estas comuniones manda el Ritual que se limpie la habitación del enfermo, y que en ella se prepare una mesa cubierta con un mantelito blanco, dos velas, un vasito de agua para las abluciones, un paño limpio para colocarlo ante el pecho del comulgante, y algunos objetos de adorno, como tapetes, encajes, floreros, etc., según los posibles de cada uno.
El sacerdote entra en la habitación pronunciando el saludo evangélico: “Paz a esta casa y a todos sus moradores”; y dejando en la mesa y sobre los corporales el Santísimo, rocía con agua bendita al enfermo y a la habitación, y reza una oración reclamando la presencia del Ángel de la guardia.
Siguen las ceremonias y preces ordinarias que hemos dado a conocer en el párrafo anterior, y en lugar de la oración al Santísimo, reza otra propia del caso, terminando con la bendición sobre el enfermo.
7. El Santo Viático
En peligro de muerte, sea cual fuere, todos los fieles están obligados a recibir la sagrada Comunión (can. 864, § 1).
Esta Comunión última del cristiano lleva el nombre especial de Viático, porque le proporciona el alimento necesario para hacer el viaje de esta vida a la otra y una compañía segura para arribar a la eterna gloria con toda felicidad.
Es muy de aconsejar que se reciba el Viático, comulgando por segunda vez, aunque se haya comulgado ya otra aquel mismo día; y es lícito y conveniente que, mientras persiste el peligro de muerte, se reitere el santo Viático varias veces, en distintos días (Can. 864, § 2 y 3).
No es necesario que el enfermo esté en ayunas, pero ha de cuidarse muy mucho de no administrárselo a los que padecen locura, o tos porfiada, u otra enfermedad parecida, que pueda exponer a profanación tan augusto Sacramento.
En el Ritual Romano, el rito de la Comunión por Viático sólo se diferencia del de la Comunión por devoción en el acompañamiento y en el aparato exterior que, en los pueblos piadosos, resultan imponentes y en la siguiente fórmula que emplea el sacerdote, en lugar de la ordinaria, al darle al enfermo la sagrada Hostia: Recibe, hermano (o hermana), el Viático del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, el cual te guarde del maligno enemigo y te lleve a la vida eterna. Amén.
Al regresar a la iglesia, el párroco anuncia al cortejo las indulgencias pontificias por haber acompañado al Santísimo, y le da la bendición con el copón.
Algunos rituales regionales, como el Toledano y el usado en la Argentina, antes de administrarle el Viático le exigen al enfermo, que está en disposición de hacerlo, una solemne profesión de fe católica y el perdón de las injurias.
La profesión de fe, el perdonar y ser perdonado, son actos trascendentales que la Iglesia exige a menudo del cristiano, para ser digno hijo suyo, durante la vida, y no puede menos de reclamárselos con mayor imperio en el trance de la muerte.
A un paso de la otra vida, donde se descubren todos los misterios y donde las verdades católicas brillan con todo su esplendor, y a otro paso del terrible tribunal de Dios, ¿quién es el cristiano que se resiste a creer y a perdonar? Podrá haber sido el enfermo un incrédulo y un engreído en alguna época de su vida, pero no cabe suponer que pueda ya serlo en los umbrales de la eternidad.
