P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DECIMOSÉPTIMO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED

Hoy, 24 de septiembre, Decimoséptimo Domingo de Pentecostés, conmemoramos la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced.

Es una buena ocasión para recordar que Dios interviene en la historia a través de la Santísima Virgen María.

Es muy importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos funestos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.

Sabemos que en el Paraíso Terrenal Dios profetizó contra el demonio esta intervención mariana: Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu posteridad y la de ella; ella te aplastará la cabeza y tú la acecharás en el talón.

La primera mediación de María en la Historia de la Salvación tiene lugar en el momento de la Encarnación, como señala San Luis María Grignion de Montfort: Fue a través de la Santísima Virgen María que Jesucristo vino al mundo.

Por su Fiat, María Inmaculada imprimió, por así decirlo, una modalidad mariana a todo el orden providencial divino.

Por eso, San Luis María prosigue su afirmación en estos términos: Y es también por ella que debe reinar en el mundo Es por María que comenzó la salvación del mundo, y es por María que debe consumarse.

Por lo tanto, no es de extrañar que la Virgen María se haya manifestado todo a lo largo de la historia de la Iglesia por múltiples y variadas intervenciones. Repasemos estos anales marianos.

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En la constante y prodigiosa mediación de la Santísima Virgen María en favor de sus hijos ocupa un lugar de predilección su aparición a Santiago el Mayor a orillas del Ebro, en Zaragoza, España, cuando un coro de Ángeles la colocaron en un brillante Trono de Luz y la llevaron, cantando alabanzas a Dios y a su Reina; mientras otros Ángeles formaron una imagen suya de una madera incorruptible y labraron una columna de mármol de jaspe, que le sirvió de base, símbolo de la Fe inquebrantable.

¿Qué debemos hacer hoy, cuando nos encontramos en una situación de soledad, capaz de infundir desánimo, semejante a aquella en que se hallaban Santiago Apóstol y sus discípulos? Ante todo, debemos guardar la Fe; esa Fe inconmovible representada por el Pilar y que María Santísima entregó a España como precioso legado, del cual participamos, muy agradecidos, los hispanoamericanos.

Además, debemos perseverar con fortaleza y paciencia, convencidos de que nuestra fidelidad y nuestra lucha por la Fe Católica han de producir abundantes frutos. A nosotros nos toca seguir combatiendo hoy en la inhóspita trinchera.

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En el año 718 o 722 tuvo lugar la batalla de Covadonga entre los astures, de origen celta, que poblaban las zonas montañosas de Asturias, y las tropas turcas de al-Andalus, que resultaron derrotadas. Según la tradición, la Virgen Santísima ayudó a los cristianos, capitaneados por Don Pelayo, provocando un desprendimiento de rocas, que diezmó el ejército árabe.

Esta victoria es legendariamente considerada como el inicio de la Reconquista y la reinstauración de los Reyes cristianos en la Península.

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En el año 1208, la Madre de Dios, en persona, le enseñó a Santo Domingo a rezar el Rosario, y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe.

Efectivamente, el Santo lo predicó, y con gran éxito, porque muchos albigenses volvieron a la fe católica.

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Llegamos al objeto de la Fiesta que conmemoramos hoy. En tiempos en que la mayor parte de España estaba sometida al yugo cruel de los sarracenos, innumerables católicos, retenidos en una horrorosa cautividad, se encontraban peligrosamente expuestos a renegar de la fe y a perder la vida eterna.

La Santísima Virgen María, la Reina del Cielo y de la tierra, queriendo en su bondad socorrer tantas miserias, manifestó su extrema caridad y misericordia proveyendo a su liberación. En efecto, quiso fundar Ella misma, en Barcelona, España, una Orden Religiosa con el fin de socorrer a los cristianos que se hallaban bajo el yugo de los turcos.

Mientras muchos católicos gemían en las cárceles de los secuaces de Mahoma, con peligro de apostasía, San Pedro Nolasco, hombre piadosísimo y muy rico, se preguntaba muchas veces en las meditaciones a las cuales se aplicaba cómo hacer para socorrer a esos hombres sometidos a la tiránica dominación de los moros.

Una noche, Nuestra Señora, poderosa como un ejército en orden de batalla, se apareció al Santo, con el rostro radiante, diciéndole que sería muy del agrado de su Hijo y de Ella misma instituir en su honor una Orden a la cual incumbiese el cuidado de arrancar los cautivos de la tiranía musulmana.

Animado por esta visión celestial, el hombre de Dios se sintió abrasado por una ardiente caridad y no tuvo más que un pensamiento: practicar él mismo y fundar la Orden que instituyese la caridad heroica por la cual cada uno diese su vida por sus hermanos en la fe.

La misma noche, la Santísima Virgen se apareció también a San Raimundo de Peñafort y al Rey Jaime I de Aragón. Les dio las mismas indicaciones para fundar esta Orden y los persuadió para que aportasen su ayuda a la institución de esta bella obra.

San Pedro corrió la mañana siguiente a los pies de San Raimundo, su confesor, para hacerle conocer la novedad; y lo encontró al tanto de todo y dispuesto a someterse humildemente a su dirección. Ambos fueron a ver al Rey Don Jaime, quien decidió poner en ejecución lo que la Santísima Madre de Dios también le había revelado.

Después de deliberar los tres juntos, se pusieron de acuerdo para fundar en honor de la Virgen María la Orden de Nuestra Señora de la Merced para la redención de los cautivos.

En consecuencia, el 10 de agosto de 1218, Jaime el Conquistador decretó la fundación de la Real Orden de Nuestra Señora de la Merced, concediendo a sus miembros que llevasen como insignia el escudo real.

Los religiosos debían comprometerse por un cuarto voto (agregado a los tres de vigor de pobreza, castidad y obediencia) por el cual se ofrecían a quedar como rescate en poder de los musulmanes, si eso fuese necesario para liberar a los cautivos.

La obra de los Mercedarios en aquellos años de reconquista fue realmente heroica y fecunda. Como ejemplo basta citar el caso de San Ramón Nonato, quien se dio de lleno a la obra de la redención de los cautivos y, en una ocasión, cumpliendo con el cuarto voto de su Orden, quedó como rehén y aprovechó la cautividad para sostener en la fe a los cristianos prisioneros y convertir a centenares de mahometanos. Estos bárbaros, para impedir su predicación, le perforaron los labios y se los cerraron con un candado.

Por intercesión de la Santísima Virgen, dio Dios crecimiento a esta fundación, y ella se expandió rápidamente por sobre toda la faz de la tierra.

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Siguiendo con el itinerario mariano, el domingo 16 de julio de 1251, la Santísima Virgen se apareció en Cambridge, Inglaterra, al Superior General de la Orden del Carmen, San Simón Stock, como respuesta a sus súplicas de auxilio a su oprimida Orden.

La Virgen se presentó portando un Escapulario en la mano y dándoselo le dijo: «Toma, hijo querido, este escapulario; será como la divisa de mi confraternidad; y para ti y todos los carmelitas un signo especial de gracia; quienquiera que muera portándolo, no sufrirá el fuego eterno. Es la muestra de la salvación, una salvaguardia en peligros, un compromiso de paz y de concordia”.

Nuestra vida es una lucha continua; desde la cuna al sepulcro debemos luchar. Si queremos salir victoriosos en esta batalla, debemos usar los medios que el Señor nos ha concedido. Todos estamos necesitados del auxilio de lo alto, sobre todo en tres momentos esenciales de nuestra existencia:

1º) Gran utilidad tiene el uso del Escapulario en la vida cristiana, particularmente en las tentaciones. Además, los milagros incontables que a María Santísima le place obrar por medio de su santo hábito nos demuestran a las claras que Ella vela continuamente sobre nosotros, sobre nuestras personas y sobre nuestras cosas.

2º) Sabemos que la Santísima Madre de Dios prometió que quien muriese revestido de este hábito será preservado de los fuegos eternos del infierno.

3º) Finalmente, y según la promesa sabatina, confiamos en que la Virgen Santísima descenderá graciosamente al Purgatorio el sábado después de la muerte de sus devotos, librará a cuantos hallase en aquel lugar de expiación y los llevará al Monte Santo de la vida eterna.

Por llegar su protección a todos los momentos de la vida, al instante crucial de la muerte e incluso más allá de ella, las credenciales del Santo Escapulario son: «En la vida protejo; en la muerte ayudo; después de la muerte salvo».

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El martes 12 de diciembre de 1531 Juan Diego se presentó al Obispo de México, narró todo lo sucedido en el Tepeyac y, cuando desenvolvió su tilma y se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María de Guadalupe, Madre de Dios.

Esta estampa contiene una rica y profunda simbología, en la cual cada detalle de color y de forma es portador de un mensaje teológico, comprendido inmediatamente por los nativos del lugar, acostumbrados al lenguaje de las representaciones plásticas, de manera que la figura de la Virgen en la tilma sin duda los ayudó a la conversión a la verdadera fe.

La Santísima Virgen de Guadalupe, con su mensaje y su imagen, allanó muchas dificultades en el camino de la evangelización, trazado por los primeros misioneros que llegaron a América.

Incluso hoy, y más que nunca, su estampa bendita y su enseñanza deben iluminarnos respecto de los días que nos tocan vivir, anunciados por los signos de los tiempos, y fortalecernos en el combate que debemos librar para conservar nuestra Fe y todas las venerables tradiciones que nos han sido transmitidas.

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Aunque ha sido muy célebre la devoción del Santísimo Rosario desde el tiempo de Santo Domingo, se hizo aún más glorioso con ocasión de la famosa batalla naval de Lepanto, que se ganó por intercesión de Nuestra Señora y, particularmente, por la devoción de su Santo Rosario.

Se debió esta insigne victoria a las oraciones de San Pío V y de la Cristiandad, y principalmente a la intercesión de la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, singular patrona de las cristianas batallas, a quien el Sumo Pontífice encomendó esta empresa, y a la cual hicieron diversos votos el general y capitanes.

Se consiguió esta victoria en el primer domingo de octubre de 1571, día que la Orden de Predicadores tenía consagrado al culto de Nuestra Señora del Rosario.

El Sumo Pontífice San Pío V, en reconocimiento de tan señalada merced, consagró este día a su culto con el título de Santa María de las Victorias.

Gregorio XIII, que le sucedió, mandó en 1573 que se celebrase, cada año en el primer domingo de octubre en todas las iglesias del orbe cristiano donde hubiese capilla o altar de Nuestra Señora del Rosario, fiesta a Nuestra Señora con título del Rosario, por haberse alcanzado esta victoria por su devoción.

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El 2 de febrero de 1634, en Quito, Ecuador, la Virgen se apareció a la Madre María Ana de Jesús Torres, de la Orden de la Inmaculada Concepción. Anunció que se producirán graves herejías en los siglos XIX y XX, una crisis de vocaciones, una marcada inmoralidad pública, una corrupción de la juventud, una crisis del sacerdocio, un indiferentismo religioso devastador y, finalmente, la llegada de un prelado para poner orden en el santuario.

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En julio y noviembre de 1830, María Santísima se apareció a Santa Catalina Labouré, para entregarnos su Medalla Milagrosa.

Se formó un marco ovalado en cuyo contorno figuraban letras de oro que rezaban: Oh María sin pecado concebida rogad por nosotros que acudimos a Vos.

Y la Madre de Dios le dio el siguiente encargo: «He aquí el símbolo de las mercedes que concedo a cuantos me las piden. Haz acuñar una medalla conforme a este modelo; cuantos la lleven puesta gozarán de muchas mercedes, sobre todo si la llevan puesta al cuello. Para cuantos la lleven con confianza, las mercedes serán abundantes».

El mensaje de la Medalla Milagrosa es la voluntad salvífica de la Madre de Dios. Ella nos entrega su Medalla para que pensemos en nuestro destino eterno.

La Santísima Virgen María viene para recordar el plan de Dios y su propia misión en relación con él: conducir el mundo a su Hijo. Nos da a conocer el medio para realizar este plan: el recurso confiado a su Corazón Inmaculado y la recitación del Santísimo Rosario, tal como especificará más tarde en otras apariciones.

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El Escapulario Verde es un sacramental que la Santísima Virgen nos entregó por medio de Sor Justine Bisqueyburu, contemporánea de Santa Catalina Labouré.

A diferencia de otros Escapularios, este tiene un sólo cuadrado de tela en lugar de los dos usuales. El cuadrado de tela está atado con cordones verdes. En él, se ve una imagen de la Virgen tal como se le había aparecido a la Hermana Justina en sus anteriores visiones, sosteniendo en su mano derecha su Inmaculado Corazón.

Al dar vuelta la imagen, la Hermana vio un Corazón ardiendo con rayos más deslumbrantes que el sol y tan transparente como el cristal. El Corazón estaba perforado por una espada y rodeado por una oración en forma oval, y en la parte superior de óvalo, una Cruz de oro. En la oración se lee: «Inmaculado Corazón de María, rogad por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte.»

Este Escapulario es un poderoso instrumento para la conversión de las almas, particularmente aquellas que no tienen fe. Por medio de él, la Santísima Virgen obtiene para ellas la gracia de una buena muerte.

Los prodigios que ha producido atestiguan la bendición y el cumplimiento de la promesa de la Virgen a todos los que lo lleven y digan la jaculatoria.

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En 1858, cuatro años después de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, la Virgen Inmaculada se hizo eco en Lourdes del magisterio del Vicario de su divino Hijo.

Fue el jueves 25 de marzo, Fiesta de la Anunciación y Encarnación. La Señora descendió del nicho en que ordinariamente se aparecía desde el 11 de febrero y se situó junto a la fuente milagrosa. La vidente se dirigió hacia Ella y le preguntó su nombre. Una sonrisa y un saludo fueron la respuesta.

Insistió de nuevo la niña, y la Señora volvió a sonreír. Tercera insistencia de la vidente, y llegó el momento supremo del mensaje, el que le da su fuerza y su verdad, el que revela su misterio y lo hace luz y vida para los hombres.

La Señora abrió sus brazos, los dejó caer un tanto, los elevó luego, juntando las manos a la altura del pecho y, después de haber mirado al cielo, pronunció la ansiada palabra: Yo soy la Inmaculada Concepción. Sonrió y desapareció.

Se descubrió así el centro del mensaje. Ella es la Mujer que aplasta la cabeza de la serpiente infernal, la Mujer revestida del sol.

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Dieciséis documentos a favor del Rosario, incluidas doce encíclicas, provienen de la pluma de León XIII.

En 1917, catorce años después de su muerte, la Virgen se presentó bajo el título de Nuestra Señora del Rosario, en Fátima.

El 13 de junio de 1917, durante la segunda aparición, la Santísima Virgen dijo: Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. A quien la abrace, prometo la salvación; estas almas serán predilectas de Dios, como flores colocadas por Mí en su trono.

El 13 de julio de 1917 proclamó: Al final mi Inmaculado Corazón triunfará.

El 13 de octubre de 1917 tuvo lugar la sexta aparición. La Santísima Virgen declaró: Yo soy Nuestra Señora del Rosario.

Siguió el milagro de la danza del sol. Al término de la misma aparecieron sucesivamente tres visiones en el Cielo. La primera es una visión de la Sagrada Familia con San José, la Santísima Virgen y el Niño Jesús. En la segunda visión estaba Nuestro Señor bendiciendo al mundo, y a su lado se encontraba Nuestra Señora de los Siete Dolores. La tercera visión correspondió únicamente a Nuestra Señora del Carmelo.

Al preguntársele si creía que el Escapulario forma parte del mensaje de Fátima, Sor Lucía respondió: “Ciertamente, el Escapulario y el Rosario son inseparables”, ya que el Escapulario es un signo de consagración a Nuestra Señora.

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Como podemos comprobar, la comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensa mucha luz e infunde mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispone las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.

La Inmaculada es precisamente la Mujer por excelencia que domina toda la Historia, desde los primeros capítulos del Génesis, donde la vemos aplastando la cabeza de la serpiente, hasta el Apocalipsis, donde se nos muestra, aureolada por el Sol de Justicia, su cabeza coronada de estrellas y sosteniendo la luna bajo sus pies.

Regresando a Nuestra Señora de la Merced, a pesar de tener esta Orden un fin circunstancial, la Iglesia la ha conservado porque necesitamos de las Mercedes de María Santísima para librarnos de la esclavitud de nuestros enemigos, demonio, mundo y carne, así como de sus trampas.

En efecto, la devoción a la Santísima Virgen en general, y lo que nos proporciona como auxilio y nos enseña esta advocación de Nuestra Señora de la Merced de modo particular, nos es muy necesario porque, como podríamos demostrar con el relato de todas y cada una de sus apariciones, Nuestra Señora tiene como una de sus principales preocupaciones la conversión y la salvación de sus hijos.

En nuestros días, la situación de la sociedad no es mejor que en 1200 en España, todo lo contrario: no sólo nos amenaza el peligro de apostasía, sino que incluso son las autoridades mismas de la iglesia conciliar, que ocupa el lugar de la verdadera Iglesia, las que realizan todos los esfuerzos posibles en ese sentido.

Si bien no existe una invasión armada de los musulmanes, los restos de la Cristiandad están intelectual, moral y espiritualmente agredidos, invadidos y devastados por las fuerzas satánicas y sus satélites.

Intelectualmente, las mentes están falseadas por razonamientos erróneos y, poco a poco, se impregnan de ideas totalmente absurdas.

La Verdad es relativizada y evoluciona al ritmo de los sentimientos. Ella no es otra cosa que el consentimiento del mayor número. Nuevas verdades aparecen cada mañana difundidas por los medios de comunicación como si se tratase de un nuevo Evangelio.

Si alguien no está de acuerdo o protesta en nombre del sentido común, es mirado como un individuo peligroso y puesto al costado de la sociedad, a veces incluso llevado a los tribunales y condenado.

Moralmente, encontramos las consecuencias de lo que precede, y el mismo consentimiento universal constituye la nueva moral, la moral de situación.

Sin hablar de las modas revolucionarias y/o indecentes, dejando de lado la pornografía que agrede nuestros sentidos en la calle, los diarios y las pantallas, es la familia misma la que está puesta como tema de broma, con todo lo que conlleva en materia de costumbres y comportamientos.

La licencia y el libertinaje son presentados como frutos exquisitos de la libertad por fin conquistada por varones, mujeres y niños.

La violencia, y su consecuencia el terror, se expanden como fuego en pajonal; pero el ataque y el asalto ya no son los de un ejército que tenemos a las puertas, sino que se encuentra dentro de la ciudad, los transportes y los mismos hogares.

Espiritualmente, los hombres se apartan de Dios en búsqueda del bienestar y del placer.

Allí donde las iglesias están llenas, tal como los mayores las han conocido hace sesenta años, el culto y la doctrina son peores y más peligrosos que los errores que tenían que enfrentar los cristianos prisioneros de los moros.

La apostasía hoy es generalizada, sin siquiera la amenaza de muerte o de suplicios. El golpe maestro de satanás ha sido el de conducir a los fieles a la pérdida de la fe por medio de la obediencia a autoridades comprometidas con el enemigo.

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Pero, hoy como ayer, la Santísima Virgen María viene en auxilio de los que acuden a Ella; y nos ofrece sus mercedes. A cambio nos pide oración y penitencia, el rezo diario del Santísimo Rosario, el uso de sus Sacramentales y la consagración de nosotros mismos y de nuestras familias a su Corazón Doloroso e Inmaculado.

Si ustedes se encontrasen en las mismas circunstancias en que les tocó vivir a los católicos del siglo XIII en España, suplicarían a Nuestra Señora de la Merced para que los librase del peligro de apostasía…

Hoy que vuestra fe está amenazada y corren el riesgo de perderla, acudan a María siempre Virgen armados de su Rosario, de su Escapulario, de la Medalla Milagrosa, y ruéguenle que conserve vuestra fe y la de vuestras familias.

Colecta: Oh Dios, que, para la liberación de los cristianos del poder de los paganos, quisiste en tu gracia enriquecer a tu Iglesia con una nueva familia religiosa a través de la gloriosísima Madre de tu Hijo; concédenos, te suplicamos, que por los méritos e intercesión de aquella a quien piadosamente veneramos como fundadora de tan grande obra, seamos librados de todos nuestros pecados y de la cautividad del demonio.