P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DECIMOSEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

Junto a la cruz de Jesús estaba de pie su madre, y también la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre, y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y desde este momento el discípulo la recibió consigo.

Hoy, Decimosexto Domingo de Pentecostés, dedicamos el sermón a la pasada Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, celebrada el viernes 15, Décimo Aniversario de nuestro Oratorio San José, de la Inhóspita Trinchera.

El Evangelio de la Fiesta nos dice que junto a la cruz de Jesús estaba de pie su Madre

Tal es el gran cuadro que tenemos que contemplar. Esta materia es vasta. Otros años ya hemos profundizado en ella. Nos limitamos hoy a algunas consideraciones.

Dos puntos principales se ofrecen a nuestra contemplación: el heroico dolor de María Santísima; y el objeto y fruto de este dolor.

+++

Notemos primeramente cuánto realce da el Evangelio a la presencia de María Dolorosa al pie de la Cruz, en contraposición al silencio acerca de esta Madre en todas las escenas de la Pasión que la han precedido, y en todas las de la Sepultura y de la Resurrección que la siguen.

El Evangelio sólo hace mención de María junto a la Cruz, y de pie, como para un oficio.

Esto es lo que significa el Stabat del Evangelio; rasgo sencillo, que recibe por ello un valor sublime. Y se hallaba allí de pie, firme, como para una cita de un sacrificio.

La presencia de María junto a la Cruz brilla especialmente en fidelidad y heroísmo, considerándola en oposición con el silencio respecto de todas las escenas de gloria en que su divino Hijo se reveló a sus discípulos, salvo el día de la Ascensión.

De pie, junto a la Cruz, está la Madre; y en la defección universal, firme como una columna, como en su Pilar de Zaragoza, era la única que llevaba y retenía la perfección de la Fe.

El Evangelio nos dice que con Ella estaban su hermana María, mujer de Cleofás, María Magdalena y San Juan. Pero del contexto mismo de esta narración resulta que sólo estaban allí como formando el séquito de la Dolorosa, que los contenía con su propia firmeza.

Y aun puede decirse con verdad que no estaban allí con el mismo espíritu con que estaba María, la Virgen Fiel, es decir, con espíritu de fe; como lo mostró claramente la duda y el pasmo de aquellos en las escenas de la Resurrección.

El silencio sobre la asistencia de la Madre en estas últimas escenas ilumina con una luz sobrenatural su presencia al pie de la Cruz, y la realza como único testimonio.

+++

Este misterio inefable, por el cual fueron vencidos los demonios y reconciliados los hombres con Dios…; este prodigio pasmoso de un Dios padeciendo por sus esclavos y sus enemigos, sólo tuvo por testigo a la Santísima Virgen.

Los judíos y los paganos sólo vieron allí a un hombre, a quien odiaban o despreciaban…

Juan y las mujeres de Galilea sólo vieron a un justo, a quien se hacía morir cruelmente.

Sólo María, la Virgen Fiel, representando la fe de toda la Iglesia, vio allí a Dios padeciendo por los hombres.

María sola, por consiguiente, compadecía estos divinos padecimientos, y participó de su infinidad.

Y al decir infinidad entramos en la profundidad del Misterio. Los padecimientos y la muerte de Jesucristo en la Cruz no han sido divinos e infinitos solamente en virtud, sino también en extensión. Si han calmado tantas penas; si han hecho dulces o heroicas tantas muertes, es porque han tomado sobre sí todas las amarguras y todos los horrores; y si nos han rescatado de la muerte eterna, es porque han pesado sobre la víctima con un peso infinito.

Este es el peso que sólo María llevó con Jesús; esta Pasión fue la medida de su Compasión; esta atrición formó su contrición. Así lo publica Ella misma al pie de la Cruz por medio de estas patéticas y penetrantes palabras, que el Profeta y la Liturgia ponen en sus labios: Oh todos vosotros los que pasáis por el camino; considerad y ved si hay dolor semejante al mío.

Así lo ha ratificado la humanidad entera, llamando a María con los grandes nombres de Virgen de los Dolores, Nuestra Señora de la Piedad, Nuestra Señora de la Soledad, Nuestra Señora de la Compasión; y yendo a llevar a los pies de sus altares, para templarlos y sobrellevarlos con su ejemplo supremo, los dolores más agudos que, sin Ella, no tendrían modelo, ni consuelo, ni fortaleza para sustentarlos.

+++

Probemos ahora sondear el objeto, ese océano de los dolores y de las amarguras de María al pie de Cruz.

María era Madre… Con esto, al parecer, se dice todo, porque la misma causa que hace a las madres fecundas para engendrar, las hace tiernas para amar. Y es tal en la madre la fuerza de este sentimiento, que arrancó esta respuesta a una madre enlutada a quien se proponía el ejemplo del sacrificio de Abraham: Nunca Dios lo exigiera de una madre

María era Madre; pero, ¡qué Madre! y ¡de qué Hijo! La Madre más perfecta, la más pura, la más fiel, la más tierna, la más Madre; y del Hijo más perfecto, más bello, más amable, más Hijo.

Era Madre; pero Madre Virgen. Aquí le falta capacidad al pensamiento. Una madre virgen, una virgen madre… Tanto más Madre cuanto que es Virgen; y tanto más Virgen cuanto que es Madre.

¿Quién puede comprender la riqueza de tal Corazón en el que se multiplican las cosas contrarias para formar el supremo amor?

Hemos dicho que la misma causa que hace fecundas a las madres, las hace tiernas para amar… Aquí hallamos que, siendo el Espíritu Santo la causa que hizo fecunda a María, Ella ama a Jesucristo con este mismo divino Amor; su ternura es una irradiación del principio de su fecundidad…, del Amor eterno…

Era Madre; pero Madre de Dios… ¡Qué nuevo abismo! María amaba a Dios en su Hijo, y amaba a su Hijo en Dios. El amor materno y el amor divino se presentaban en Ella recíprocamente para hacer al amor más delicado, más fuerte, más justo, más sagrado, más natural, más sobrenatural, más absoluto…, en una palabra, el más maravilloso de todos los amores.

Era Madre, en fin; pero Madre del Redentor, de la Víctima de nuestra salvación, y, por lo tanto, Madre Corredentora y Compasiva en vista del sacrificio de su Hijo.

No pudiendo el Hijo de Dios padecer y morir en su naturaleza divina, debió adaptarse un Cuerpo, una naturaleza pasible, una aptitud y capacidad de víctima. Y esta virtud sacrificial la asumió en el seno purísimo de María Virgen; a la que pudo decir, como a su Padre: Corpus aptasti mihi…, A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar, me preparaste un cuerpo…

Madre predestinada por Dios para el mismo fin que inclinó a Dios a ser su Hijo, para un fin de inmolación y de sacrificio. Por eso, lo que la hizo Madre de Dios, la hizo, al mismo tiempo, Madre de compasión y de dolor.

Todo cuanto había en Ella de amor con relación a Jesús, se le concedió con tal largueza solamente para hacerla más apta para sufrir con Jesús los mismos padecimientos; para ponerla al pie de la Cruz como el centro de todos los dolores que le es dado soportar a una criatura.

Esto es lo que se ve al pie de la Cruz. María sufre allí todos los dolores de la naturaleza como la Madre más tierna, viendo espirar en los más crueles y más ignominiosos padecimientos al Hijo más digno de ser amado.

Siendo su dolor proporcionado a su amor, no hay ningún dolor comparable al suyo, porque no hay ningún amor comparable al que brota de su Corazón Inmaculado y Doloroso.

+++

Pero además de los dolores de la naturaleza, experimentaba María dolores más profundos: los dolores de la gracia que, elevando, enriqueciendo la naturaleza, le da más delicadeza, a la par que más energía para sufrir.

¿Cuál no debía ser la inmensidad del dolor de María, llena de gracia, y, por consiguiente, elevada en sensibilidad y en capacidad para padecer sobre todas las criaturas?

Tanto más, cuanto que esa misma gracia le descubría en este Hijo, objeto de sus dolores, la perfección infinita, la inocencia suma sumergida en el océano de los crímenes del género humano.

Puede decirse que, sobre los dolores de la naturaleza, y sobre los dolores de la gracia, María soportaba también el peso inmenso de los dolores divinos.

Lo que sucedió en su alma durante la pasión y muerte de Jesús, debió ser de la misma naturaleza y en la misma proporción de lo que pasó en su alma al concebirlo y al darlo a luz.

Y así como sobrevino el Amor eterno, y la virtud del Altísimo la cubrió con su sombra para hacerla Bendita entre todas las mujeres; así debió cubrirla y abismarla en un dolor tan divino como el misterio de su divina Maternidad.

Bendita como su fruto, debió ser como Él objeto de maldición… Y de este modo, el Magnificat de su alegría nos da la medida del Stabat de su dolor…

Y es tal el efecto de la simpatía entre tal Madre y tal Hijo, que lejos de templarse sus dolores por la participación, esta sirve para redoblarlos.

A diferencia de todos los otros mártires, que reciben sus consuelos de Jesucristo, María recibía de Él sus padecimientos. Y Jesucristo sentía también en la Compasión de María como una nueva Pasión.

No obstante, en lo más recio de esta tempestad de indecibles dolores, María, superior a la humanidad, sola con la Divinidad, permanecía de pie, inmóvil: Stabat.

La divina Maternidad, fuente de su dolor, era al mismo tiempo origen de su valor. Y no se crea que este valor disminuía su dolor; al contrario, lo hacía más profundo y pesado, impidiéndole desahogarse.

+++

Finalmente, debemos considerar el fruto de los Dolores de María.

La Pasión y Muerte del Hijo de Dios es un misterio divino, infinito; es el misterio de la Redención del género humano.

La Madre, por consiguiente, no puede dejar de tener en él una parte; y esta parte no puede ser evidentemente otra que aquella que la constituyó en Madre; la que le dio Dios en el principio a toda madre: Parirás hijos con dolor.

El Hijo de Dios no llegó a ser Hijo del hombre y rescate del mundo sin Madre. Llegó a serlo por la divina concepción y por el parto virginal de María; parto deliberado, querido, consentido por el Fiat de María.

Ahora pues, esta Maternidad se aplica y se extiende a todas las condiciones y a todos los fines de esta Encarnación del Hijo de Dios, que era ser Holocausto por el pecado.

María no es Madre de un Hombre Dios que primeramente nace y después llega a ser víctima; es Madre de una Víctima de predestinación y de nacimiento. Su Maternidad tiene el mismo objeto que la Encarnación: la Redención.

La distancia que separa la Cruz de la casita de Nazaret y del Pesebre no interrumpe ni debilita en lo más mínimo esta correlación.

La Cruz, respecto al Hijo, no es sino la consumación de un sacrificio que comienza en Nazaret; de donde se sigue que, al concebirlo y al darlo a luz, María lo ofreció para la Cruz; y la inmolación del Calvario sólo fue para Ella el término de su concepción y de su alumbramiento.

El verdadero alumbramiento de María es el que se verificó en la Cruz, pues ese era el fin de su Maternidad divina.

El primero no fue para Ella sino lo que fue para su Hijo: el medio para alcanzar el segundo.

No dio a luz al Hijo de Dios para que viviese, sino para que muriera, a fin de que nosotros viviéramos…

+++

En la medida que estamos unidos a Jesucristo, otro tanto lo estamos a María. Solo somos hermanos del Hijo porque somos hijos de la Madre.

La única diferencia radica en que el parto de esta Maternidad tiene dos actos, realizados en dos misterios: el misterio de la Encarnación y el misterio de la Redención; Nazaret y la Cruz; en el Pesebre dio a luz la Cabeza; en la Cruz, alumbró a los miembros.

En este gran misterio hemos sido restituidos a la dignidad de hijos de Dios por la Pasión de Jesucristo; pero con la cooperación de María Dolorosa, con la Compasión de la Corredentora.

De manera que, como ha dicho San Pedro Damiano, así como nada fue hecho sin Cristo, así nada fue rehecho sin la Virgen María.

En la Redención tuvo María la misma parte que tuvo en la Encarnación; y la tuvo por una cooperación no menos directa y efectiva.

Dio a luz a Jesucristo, y dio a luz a los fieles; al inocente y a los pecadores. Pero al inocente lo dio a luz sin dolor, y a los pecadores los da a luz entre penas y tormentos.

Es preciso que, a costa de su Hijo único, sea Madre de los cristianos; y que, por el sacrificio y voluntaria ofrenda que hace del Hijo, coopere a nuestro nacimiento espiritual.

María es la Eva de la Nueva Alianza y la Madre común de todos los fieles; mas esto fue preciso que le costase la muerte de su Primogénito; fue necesario se asociase al eterno Padre y, de común acuerdo, entregasen al suplicio a su común Hijo.

Por esto la Providencia la ha llevado al pie de la Cruz; allí va a inmolar a su Hijo divino… ¡Muera Él, para que los hombres vivan!

Tal es el sentido, el valor, el efecto y el fruto de la Compasión de María.

Y esto es lo que forma y explica el maravilloso carácter de ese dolor de María, tan profundo, tan inmenso, tan amargo…; y tan contenido, tan generoso, tan heroico, que una sola palabra resume su actitud: Stabat

Esto es lo que se nos muestra en la Compasión de María: en su Corazón hay dos amores, ambos extremos, que luchan entre sí; el amor de la vida de Jesucristo, y el amor de la Redención de los hombres.

El uno es más tierno, el otro más fuerte; el uno hace el martirio, el otro el sacrificio; el uno agita cruelmente el alma, el otro la avigora; el uno forma la tempestad en este Océano, el otro la calma.

+++

¿Cuáles no deben ser nuestros afectos de filial veneración, de amor y agradecimiento para con tal Madre? Mas por abundantes y fuertes que nazcan estas consecuencias de la Compasión de María, la Víctima no quiso dejarnos el cuidado de sacarlas…

Jesucristo, moribundo, quiso proveer, Él mismo, a este culto filial de los cristianos para con María, quiso proclamar su Maternidad y también nuestra deuda en el mismo instante en que nacíamos hijos de tantos dolores.

Habiendo Jesús visto a su Madre, y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí a tu Madre.

El mismo discípulo, que representaba a la Iglesia cuando se le dijo: He ahí a tu Madre, presenta alegóricamente esta Madre a nuestro amor cuando nos pinta en su Apocalipsis a una Mujer revestida del sol, que tiene la luna a sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.

Y para que no ignorásemos a qué precio es revestida María de tanta gloria y santidad, y cuánto hay de real en su Maternidad divina y humana, el mismo discípulo añade que llevaba un niño en su seno, y clamaba, atormentada con los dolores del parto.

Al pie de la Cruz sintió María estas angustias de parto, donde se hizo Madre nuestra por la muerte de Jesucristo, que desgarró su alma.

Esta muerte, que fue su gran dolor, fue nuestro parto; parto real de parte de María, puesto que ese dolor inmenso concurrió a él en la unión más estrecha con la Víctima divina.

Esta Hostia divina fue un instrumento de suplicio, una cruz, en la cual su alma padeció todo cuanto aquel objeto amado padecía en su Cuerpo.

Ofreciendo con Él un mismo holocausto, con una misma voluntad.

Derramando ambos su Sangre: el uno la de sus venas, la otra la de su Corazón.

Murieron los dos por la salvación del mundo: Él con una muerte real que ponía fin a sus padecimientos, Ella por una supervivencia que era en realidad una muerte mística.

Con gran razón los pintores dan a cada uno de nuestros Mártires el instrumento propio de su suplicio: a San Pablo su espada, a San Lorenzo sus parrillas…

Cuando se trata de la Reina de los Mártires, le ponen sobre las rodillas y en los brazos el Cuerpo exánime de su Hijo, como para decirnos que éste es su tormento y el instrumento propio de su suplicio.

Éste es también el precio con que hemos sido comprados y el fruto que Ella presenta, cual patena dorada, a nuestra piedad, para movernos al amor de su divino Hijo:

Como al Padre Eterno no le complacían los sacrificios ni las ofrendas; en su lugar, te preparó un Cuerpo, una Víctima en mi seno virginal…

Suscipe, sancte Pater, omnipotens aeterne Deus, hanc immaculatam Hostiam…

Recibe, oh Padre Santo, omnipotente y eterno Dios, esta Hostia inmaculada…, que yo, Madre Dolorosa, ofrezco a tu divina majestad por la redención del mundo…