HACIA LA PATERNIDAD O MATERNIDAD
LA EDUCACIÓN DE LA CASTIDAD
Continuación…
III. El dominio de los instintos
Sobre la mal llamada «educación sexual» hay una copiosa literatura que ojalá fuera siempre tan bien orientada como abundante. Uno de los defectos en que suele incurrir es dar excesiva importancia a la instrucción acerca de este particular y omitir lo referente a la educación de la voluntad como medio de conservar la castidad mediante el dominio de los instintos.
El Papa Pío XII denuncia clara y valientemente este defecto en uno de sus discursos:
«Esta literatura, por llamarla así, no parece tener en cuenta la experiencia general, de ayer, de hoy y de siempre, porque está fundada sobre la naturaleza, que atestigua que en la educación moral, ni la iniciación, ni la instrucción presentan de suyo ventaja alguna y que, por el contrario, es gravemente malsana y perjudicial si no está constantemente ligada a una constante disciplina, a un vigoroso dominio de sí mismo y, sobre todo, al uso de las fuerzas sobrenaturales de la oración y de los sacramentos. Todos los educadores católicos dignos de su nombre y de su misión saben bien el papel preponderante de las energías sobrenaturales en la educación del hombre, joven o adulto, célibe o casado. De todo esto en sus escritos apenas aflora una palabra, si es que no se oculta todo bajo el silencio» (Disc. a un grupo de padres de familia franceses, 18-IX-1951).
El Papa tiene toda la razón, y no sólo a la luz de los grandes principios cristianos, sino, además, a través de la experiencia, que ha desengañado a muchos que creían que la instrucción sexual por sí sola iba a sur una panacea. Hoy se ve con claridad meridiana que la confianza ciega en el poder de la enseñanza y de la ciencia ha hecho completa bancarrota en este terreno y que la cuestión de la educación sexual es, en primer lugar, cuestión de fuerza de voluntad y no de ciencia; más aún, la iniciación exagerada, al llamar la atención sobre lo erótico, en vez de desviarla de ello, puede promueve lo que hay que evitar.
En las palabras que antes hemos transcrito, Pío XII no sólo denuncia el mal, sino que indica el remedio: acudir a formar y fortalecer la voluntad mediante los auxilios de los medios naturales y sobrenaturales.
Los medios naturales
«La mejor pedagogía sexual es ejercitar la voluntad de los niños desde su más tierna infancia, acostumbrándolos al trabajo, a la obediencia, a la severidad para consigo mismo, al autodominio, al amor profundo y aprecio de su propia alma» (Pío XII. Disc. a un grupo de padres de familia franceses, 18-IX-1951). Por eso, todos los medios de educar y robustecer la voluntad que hemos visto en el capítulo de su formación, son, en definitiva, otros tantos medios de educar la castidad.
Sobre todo interesa educar la voluntad en todo lo que sea resistir a los halagos de los sentidos. Nadie puede ser casto sin una templanza total. La castidad es flor del equilibrio y de la jerarquía de todas las fuerzas psíquicas, espirituales y sensibles. Por ello conviene acostumbrar al niño a las prácticas ascéticas: es necesario que sepa imponerse y practicar voluntariamente una hora de silencio, privarse de un dulce, dar a los pobres los céntimos con que se compraría un juguete. Ejercitémosle en todo lo que sea negación de sí mismo, en la lucha contra el egoísmo en todas sus formas. El placer es una forma de egoísmo. Quien sabe renunciar a un pastel y obedecer sin réplica en su niñez, luchará más fácilmente con los bajos instintos cuando sea joven.
Todo esto han de procurar conseguirlo los padres, no mediante mandatos rígidos, sino exhortando a los hijos a esa renuncia de sí mismo y austeridad, y procurando aprovechar las ocasiones que se presenten para ello.
Además de ese dominio de sí mismo, hay que procurar adquirir también el de la imaginación o fantasía. Ese es justamente el camino por donde muchas veces hace su entrada el demonio de la impureza, ese es el flanco por donde más insistentemente ataca. A los niños que tienen tendencia a soñar despiertos, a los que se les ve con frecuencia sumidos en su mundo imaginativo interior, ensimismados, hay que exhortarles a que no se aten como vencidos al carro victorioso de una imaginación desbocada, a que sean señores y no esclavos de su potencia imaginativa y de su fantasía.
Para ello se les impulsará y acostumbrará al juego, a la ocupación externa a una actividad cualquiera que impida esa introversión del niño en el fantástico mundo interior de su imaginación.
También se refrenará en esos adolescentes la lectura de novelas y la asistencia a espectáculos que excitan pasionalmente la imaginación.
Los jovencitos han de leer muy pocas novelas y aún muy escogidas. El lector habitual de novelas, tal como el espectador habitual del cine la televisión…, vive imaginativamente en un mundo fantástico; y a través de ese mundo ve el mundo real. El cine, como la revista, como la novela erótica, son excitantes infalibles de la sexualidad. Se olvida demasiado pronto la ley psicológica según la cual toda imagen es un comienzo de acto. Toda lectura, visión, audición… obscena conducen fatalmente a la obscenidad.
Si queremos que la imaginación no lleve al adolescente por derroteros peligrosos, no excitemos esa misma imaginación con esos poderosos excitantes y enseñémosle a dominar su fantasía, no sólo negando su consentimiento a lo malo que le presente, sino sustituyendo las malas imágenes por otras buenas, llevando su imaginación adonde nosotros queremos, en vez de dejarlo llevar por ella adonde ella quiera.
No poco ayudará también al muchacho a ser casto el cultivo de los buenos sentimientos que anidan en toda alma juvenil.
El sentimiento del honor, bien cultivado, ayudará al joven a resistir a las seducciones del mal, considerando que, cualquier condescendencia con la pasión, sea o no conocida por los demás, mancha realmente el propio honor y envilece al que la comete.
El sentimiento de la caballerosidad que inclina al joven a respetar a la muchacha como más débil y a convertirse en su defensor, puede ayudar también al adolescente a idealizar las relaciones entre los dos sexos e inclinarle a un profundo respeto hacia la mujer.
Ya hemos hablado del sentimiento del pudor y de su insustituible valor en todo lo que se refiera a la moderación y freno frente a las impetuosas y exigentes acometidas de los bajos instintos; todo lo que fomente y cultive ese sentimiento es una ayuda muy apreciable en la educación de la castidad.
También el sentimiento de la responsabilidad puede ser un buen freno, si se exponen al muchacho las tremendas consecuencias del vicio impuro no sólo por lo que se refieren a su propia persona, sino además y principalmente por la facilidad con que las enfermedades venéreas se convierten en hereditarias y pueden ser causa de gravísimos males para sus descendientes.
Otro de los grandes remedios preventivos de las desviaciones impuras en los jóvenes es la constante ocupación que evite la ociosidad. El trabajo físico, el estudio o el juego, al absorber las energías vitales, puedo decirse que levantan en torno del alma juvenil unas murallas inexpugnables para el demonio impuro; pero esas mismas murallas quedan pronto y totalmente abatidas para el mismo por la ociosidad.
Los padres deben procurar que la vida de sus hijos esté siempre ocupada en algo: el trabajo, el estadio, el deporte, los juegos, las comidas deben llenar totalmente la jornada del adolescente de suerte que no le quede más tiempo que el del descanso nocturno y que, cuando llegue éste, la fatiga natural de las ocupaciones del día le suma enseguida en los brazos del sueño.
Sobre todo para la juventud estudiantil que lleva una vida excesivamente sedentaria y también para la que se inicia en trabajos sedentarios, el deporte es no sólo un medio excelente de desarrollo corporal y de higiene, sino además un buen polarizador de energías psíquicas y fisiológicas que acaso se orientaran en muy diverso sentido si el deporte llegara a faltar.
Lo mismo hay que decir de las excursiones por el campo y las montañas en días de fiesta. En lugar de acostumbrar a los adolescentes a encerrarse en centros de diversión o de espectáculos, en los que tanto el ambiente físico como el moral están sobrecargados de elementos peligrosos, mucho mejor es iniciarles por el camino que los pondrá en contacto directo con la limpia y hermosa naturaleza, que desentumecerá sus miembros tras una semana de vida sedentaria, que llenará sus pulmones de oxígeno y hará que en las noches siguientes el sueño sea más rápido, profundo y reparador.
Medio indirecto, pero sumamente eficaz es también el cultivar en los jóvenes y adolescentes el amor a los grandes ideales. Si conseguimos que uno de esos ideales prenda su llama en el alma de un joven, habremos introducido en ella un germen de vida pura.
El ideal patriótico, el de la caridad al prójimo desvalido, el de la ciencia, el del arte, y nada digamos del ideal religioso o el de la virginidad, arrastran y polarizan tras sí a las energías del alma y sus pensamientos, elevan el espíritu por encima de las seducciones de la materia y de los sentidos, hacen que los instintos pongan su enorme fuerza a disposición del alma y logran que ésta se sienta dueña de sí misma y de su cuerpo en vez de gemir bajo la esclavitud de las pasiones.
El hombre sin ideales tiene más de bestia que de hombre; el hombre con ideales se aleja de la bestia y se aproxima al ángel.
Por fin, ayudará también al adolescente para conservarse puro el alimentar su espíritu con lecturas buenas que le eleven hacia las regiones del ideal y le hagan ver la hermosura de una vida pura, de dominio de sí mismo y de vencimiento de las pasiones.
No nos referimos aquí exclusiva ni principalmente a los libros escritos para jóvenes sobre materia sexual, de los cuales ya hemos dicho que ojalá fueran siempre tan bien orientados como numerosos; nos referimos a los libros que tienden a ensanchar los horizontes de las almas juveniles y a elevar sus aspiraciones. Monseñor Tihamér Tóth ha escrito sobre el particular obras hermosas, que los jóvenes leerán con gusto y provecho.
No hay que olvidar el gran provecho que pueden hacer las biografías de los grandes hombres para suscitar en las almas juveniles ideales elevados. En Hispanoamérica tenemos un rico filón poco explotado en las vidas de los grandes descubridores y exploradores de América, en las que los adolescentes podrán empapar su espíritu al mismo tiempo de los ideales de Religión y Patria.
Nada digamos de las biografías de los santos, que siempre han sido y continúan siendo hoy modelos y ejemplares vivientes para las generaciones futuras. La literatura sobre temas y relatos misionales tiene también para la juventud el atractivo de lo desconocido, la lucha y la aventura, de lo heroico y religioso.
Todos estos libros, leídos con interés por los jóvenes, harán más bien a su alma que aquellos que de una manera directa tratan y abordan el espinoso tema de lo sexual.
Se ha escrito que no siempre en la vida la distancia más corta es la línea recta; y es verdad: estas lecturas que elevan el espíritu y tonifican el ánimo ayudarán al joven y al adolescente en la lucha contra sus pasiones incipientes, pero violentas, mucho más eficazmente que la mayor parte de esos libros que abordan el tema sexual con mejor intención que acierto, en la mayoría de los casos.
Los medios sobrenaturales
Pero no se hagan los padres excesivas ilusiones; por más que se esmeren en la educación de sus hijos, por más que en el tiempo oportuno los inicien e instruyan en los temas del origen o misterio de la vida, por más que procuren por todos los medios naturales a su alcance formar y robustecer la voluntad de los hijos en el bien, no asegurarán la victoria si no acuden a los medios sobrenaturales.
El pecado original —aunque la Pedagogía racionalista se obstine en ignorarlo—, es una tremenda realidad; y esa purulenta herida de la concupiscencia que dejó en nuestra alma no se curará sino con los remedios sobrenaturales que Cristo legó a su Iglesia.
Lo dice terminantemente Pío XII: «En la edad de la pubertad, mientras se van formando y desarrollando los miembros y creciendo el organismo, también van madurando las inclinaciones y los afectos, que adquieren como una nueva luz y fuerza, de tal modo que, a causa de las fascinadoras apariencias de los sentidos, de las ilusiones del mundo y del ardor de las pasiones, con sus primeros brotes amenazan ordinariamente múltiples y graves peligros a los jóvenes si no se les pone a tiempo unos como frenos divinos y se suministra a su vacilante naturaleza los auxilios sobrenaturales» (Carta al General de las Escuelas Pías, 12-VII-1945).
Esto que dice el Papa desde el punto de vista religioso se confirma desde el punto de mira pedagógico: el poder de la religión para desviar pensamientos y conservarlos es tan básico, tan insustituible en el terreno de la vida sexual, que es imposible una verdadera continencia y un apartamiento de las grandes tentaciones y la victoria sobre ellas, exceptuando algunos casos raros, sin una educación y elevación religiosas, por lo menos al tratarse de temperamentos vehementes.
El amor y el temor de Dios son el punto de partida de toda vida religiosa: el amor, como elemento positivo, que llena el corazón e impulsa fuerte y eficazmente hacia los nobles ideales y hacia las metas elevadas; el temor, como elemento negativo, que nos sirve de freno en los momentos en que fallan los remedios naturales y ruge la pasión.
El amor de Dios, cuyo máximo exponente es la Cruz, que nos habla con elocuencia de un Dios que de tal manera nos amó que se entregó a la muerte por nosotros; el temor de Dios, cuyo más fuerte apoyo es el Infierno, que nos da a entender la terrible reacción de un Dios que, despreciado como Padre amoroso, se ve precisado a actuar como Juez inexorable.
La Cruz y el Infierno, son, diríamos, los dos polos, positivo y negativo, de una vida religiosa intensa, en torno a los cuales gravita la vida religiosa del cristiano. El amor de Dios levanta las almas hacia el ideal; el temor de Dios impide que esas almas sucumban a la tentación.
Pero no han de olvidar los padres que el catolicismo no es una religión natural, sino que es sobrenatural en su esencia y en el modo que se nos manifiesta. Si hemos conocido las profundidades de Dios, es porque Dios nos lo ha revolado: por un medio sobrenatural. Pero, además, esas mismas profundidades de Dios de que el hombre participa, son algo enteramente sobrenatural: la gracia.
La gracia nos hace consortes de la naturaleza divina, nos hace entrar a participar la vida íntima de la Trinidad y nos constituye en hijos adoptivos de Dios, miembros vivos de Cristo, templos del Espíritu Santo y herederos de la gloria.
Los padres han de esforzarse para que sus hijos conozcan estas grandes realidades sobrenaturales, las aprecien y las vivan, que comprendan su grandeza y dignidad: si lo consiguen tienen ya mucho camino andado.
Pero no es bastante: además de esa gracia que es la participación de Dios, y que los teólogos llaman habitual o santificante, necesitamos las gracias llamadas actuales, que son iluminaciones sobrenaturales de nuestro entendimiento y mociones o impulsos interiores de nuestra voluntad que parten también de Dios.
Estas gracias actuales son las que han de auxiliarnos sobre todo en los momentos difíciles de la tentación. Los padres han de enseñar a sus hijos que, para aumentar la gracia santificante y para tener las gracias actuales que necesitamos en el tiempo oportuno, Dios ha puesto a nuestra disposición dos grandes medios, a los cuales debemos recurrir si queremos obtener victorias en el rudo batallar contra la concupiscencia que dejó en nosotros el pecado original. Esos medios son: los Sacramentos y la Oración.
Eucaristía y Penitencia son los dos grandes Sacramentos que han de sostener la vida pura del joven.
La Eucaristía es semilla de castidad; por esta razón, entre otras, se le llama Pan de los Ángeles. Uno de los efectos que produce en el alma es, justamente, el de disminuir los ardores de la concupiscencia, no sólo en cuanto que, al aumentar nuestro amor de amistad con Cristo y al purificar y elevar nuestros afectos, indirectamente disminuye nuestro amor a las cosas sensibles, sino además de una manera directa, esto es, por medio de un influjo real en el mismo cuerpo del que comulga que tiene como resultado el que poco a poco se modere la concupiscencia y se extinga el ardor libidinoso.
Los padres no deben obligar a sus hijos a que comulguen: deben exhortarles a ello, darles ejemplo, facilitarles la frecuencia de comunión… y dejarlos luego en la más perfecta libertad.
También es gran medio para conservar la pureza frecuentar la Confesión, Sacramento que no sólo sirve para perdonar los pecados, sino además para aumentar la gracia y estimular y dirigir el alma.
Que abra en él su alma al confesor el adolescente, exponiéndole sus tentaciones y peligros y encontrará en él al buen director y padre espiritual que le orienta en sus dificultades, le anima en sus desalientos y exhorta en sus flaquezas a una mayor generosidad y mayor confianza en el Señor.
Aunque para los efectos del Sacramento cualquier confesor basta, procurarán los padres orientar a su hijo hacia algún confesor docto, prudente y amante de las almas juveniles, bien que sin forzar su libertad, y le recomendarán que acuda siempre a un confesor fijo, para lograr una más acertada orientación.
La experiencia demuestra que los jóvenes que van cambiando de uno a otro confesor con frecuencia, o lo hacen para ocultar lo mejor que pueden el verdadero estado de su alma al que debería ser su guía, sacan poco provecho de ese Sacramento de misericordia y renovación espiritual.
Los Sacramentos nos alcanzan la gracia necesaria de una manera cierta e independiente de la santidad del ministro y del que lo recibe; es lo que los teólogos llaman «ex opere operato».
La Oración, en cambio, es un medio que nos alcanza la gracia precisamente mediante las disposiciones y fervor del que recurre a ella. «Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá», decía el Señor. Y estas palabras, cuando se trata de gracias pedidas para la propia santificación, nos dicen que el efecto de la oración es infalible, si se hace con humildad, con confianza, con constancia y en nombre de Jesucristo.
La perla preciosa de la castidad se compra a peso de oración. Hay que repetir a los hijos muchas veces esta idea y exhortarles a la oración para alcanzar del Señor la gracia de una vida siempre en gracia, la hermosura de una vida siempre casta.
Tres momentos se pueden señalar como de máxima importancia en esta oración: el ofrecimiento de obras matutino al empezar el día, el examen de conciencia vespertino antes de entregarse al descanso y los momentos del día en que se advierta algún peligro o tentación.
El joven que dé a Dios palabra de orar en cada uno de estos tres momentos, y sea fiel a ella, experimentará la fidelidad de Dios en cumplir la suya yendo en su auxilio con los efluvios de su gracia.
Aunque la Oración ha de dirigirse principalmente a Dios y a Jesucristo, no obstante, siendo María Medianera de todas las gracias y Madre Espiritual de todos los hombres, muy bueno será que acuda el joven a Ella con frecuencia en su oración, sobre todo en la que hace con el fin de alcanzar la gracia de la pureza. El adolescente y el niño ven enseguida en María un ideal de pureza y de amor; por eso elevan hacia Ella sus plegarias con la más tierna devoción, con el más encendido fervor.
La Inmaculada Virgen es no sólo la intercesora, la Madre celestial, es también el objeto más puro, más ideal, más ennoblecedor de la vida afectiva del joven.
Lo mismo hay que decir del amor de amistad sincera y tierna a Jesús.
Ya el Maestro Ávila había hecho notar esta paradoja del amor: ¿No habéis mirado esta maravilla: un hombre y una mujer que tienen tal virtud que, mientras más los amáis, sois más casto? ¿Quién pegó castidad en el corazón de un hombre amando mucho a una mujer? Pues veis aquí una Virgen que, mientras más un hombre se enamora de Ella, será más casto. Dio Dios una carne a Jesucristo y a la Virgen (que toda es una) virginal, que basta para santificar otras carnes. La mujer que se enamora de Cristo, por Él mismo será casta, y mientras más de Él se enamorare, más casta será.
Enseñen, pues, los padres a sus hijos la devoción a María, denles ejemplo e indúzcanlos a andar por ese camino, y no duden que habrán hecho más con esto, para conservar la castidad de sus hijos, que con todas las industrias y recursos humanos.
El santoral cristiano está lleno de Santos quo pueden servir de modelo de pureza para los adolescentes y cuyas biografías tienen extraordinaria eficacia para inducirlos y excitarlos a una vida limpia y casta. Ellos serán siempre modelos y estímulos sobrenaturales para los muchachos. Y para ellas, el sublime escuadrón de las vírgenes que venera la Iglesia, que empieza con las santas doncellas mártires de los primeros tiempos y termina con Santa María Goretti, será también pábulo de santos ideales y de vidas castas.
Más que novelas o adornos que son incentivo para la vanidad, que al asomar los años críticos den los padres a sus hijos como regalo en los días de su santo o en otras ocasionen parecidas estas preciosas biografías que alimentarán la imaginación de sus hijos con nobles y elevados pensamientos y orientarán sus pasos por caminos de pureza.
La vida del hombre suele ser siempre un trasunto más o menos fiel de sus ideales. Si quieren los padres que sus hijos lleven una vida limpia, siembren en sus corazones, ideales puros y castos. La castidad y la virginidad tienen, por otra parte, brillo más que suficiente para atraer las miradas jóvenes y orientar los corazones que se abren a la vida. No a todos ni a los más llama Dios por los caminos de pureza virginal y de entrega total; pero a todos se ha de exponer claramente la verdad sobre la perfección de los diversos estados de vida y a todos esa sublime meta habrá contribuido a elevar sus aspiraciones y pensamientos.
No olviden los padres, además, que la castidad perfecta y la continencia total son el mejor noviciado para el matrimonio con relación a aquellos a quienes Dios lleva por este camino.
«Vírgenes y puros hasta el altar, castos y fieles hasta el sepulcro». Esta consigna, dada hace ya tiempo a las jóvenes generaciones, encierra el noble ideal del matrimonio cristiano: los que cuando jóvenes cumplan, antes de unir sus vidas, la primera parte, será la mejor garantía de que, cuando esposos, cumplan la segunda.
IV. Ante las amargas sorpresas
Por mucha que haya sido la diligencia de los padres en la educación de sus hijos, y por muchas que hayan sido las precauciones que hayan tomado sucederá, a veces, que se encontrarán con tristes desengaños y amargas sorpresas: creían que su hijo o su hija era un ángel inocente y la realidad les ha demostrado que han pagado su tributo a la miseria y a la corrupción.
¿Qué hacer en estos casos? Ante todo, no desanimarse ni alarmarse excesivamente. Piensen que la educación no hace impecables a los hijos, y que por mucho que haya sido el cuidado de apartarles de los peligros del mundo, hay otros dos enemigos del alma a los cuales no se les pueden cerrar las puertas: el demonio y la propia carne, que lleva en sí misma la semilla de la concupiscencia.
El triste hecho que han conocido no debe inclinarles al desaliento.
Las quiebras de la castidad no son irremediables, por grandes que sean las dificultades que ofrezca su tratamiento; y los padres que después de emplear por su parte todos los posibles cuidados presencian el naufragio, han de poner desde luego sus manos a la obra del salvamento.
La actitud que deben adoptar los padres cuando comprueben alguna de estas lamentables caídas o alguno de estos tristes hábitos ha de ser de una exquisita prudencia: ni abandonar al adolecente a su propia suerte, dejándole a merced de la impureza, ni intentar violentar su conciencia actuando como un confesor. Los padres no deben ni suplantar al confesor o director de conciencia, ni mediatizar su labor, ni arrogarse poderes propios y exclusivos de éste.
Al actuar con su hijo, los padres deben fijarse más bien sobre el aspecto positivo de la alegría de elevarse, de vencer, que sobre el aspecto negativo de la falta moral. Este punto es preciso dejarlo al juicio del confesor, que para eso tiene gracia de estado.
Tampoco deben dramatizar ni amedrentar al chico… se correría el peligro de formar en él una obsesión y de impedirle salir de ella.
¿Qué hacer, pues? Ante todo, repasar lo referente a la vida higiénica de su hijo: comidas, vestidos, aseo corporal, ejercicios físicos. A veces aquí se encontrará la explicación de lo sucedido y su solución, al menos parcial.
Además, recurrir al dominio directo de la propia voluntad en otros campos, como se ha indicado antes.
También reforzar la vigilancia para apartar a su hijo de las ocasiones peligrosas interiores y exteriores, sobre todo, si hubieren descubierto que las caídas del hijo habían comenzado por ahí: cercenen con energía lecturas, espectáculos, compañías, conversaciones y amistades peligrosas, pues si bien los padres no deben emplear el castigo para corregir estos pecados, que se han de combatir indirectamente en la voluntad, pueden y deben, si es preciso, hacer violencia a sus hijos para apartarlos de estas ocasiones, absoluta o relativamente peligrosas.
¿Qué más? Si se tratara de niños pequeños que han contraído hábitos solitarios mientras son incapaces de toda reacción moral, se les ha de vigilar y cansar hasta que no les quede energía bastante para los actos viciosos. Se les hará dormir dentro de una camisa larga, cerrada como un saco.
No olviden, con todo, los padres que este procedimiento con niños que han pasado del uso de razón y tienen ya cierta madurez moral sería totalmente detestable y deprimente.
Si se trata ya de niños mayorcitos, mucho más de adolescentes, en vez de ese procedimiento, supuesto ya el tratamiento externo de revisión de las condiciones físicas de su vida y del apartamiento de ocasiones, hay que recurrir al interno, haciendo al joven sin importunidad y con grandísimo amor, toda clase de reflexiones conducentes.
Estas serán diferentes según la índole moral del niño. Si se trata de muchachos de espíritu vulgar, a los que mueve el solo afán de sensaciones placenteras y en los que el hábito ha secado todo impulso noble y todo ideal elevado, hay que tratarlos con más aspereza, aguijonearlos, sacudirlos moralmente y excitarlos.
En cambio, si se trata de muchachos de sentimientos elevados, que caen más bien víctimas de la imaginación y de la curiosidad, el procedimiento oportuno es consolarlos y animarlos.
En el fondo, a unos y otros hay que exponerles los mismos razonamientos, si bien desde diferente punto de vista, de suerte que para los primeros sea aguijón que estimule y para los segundos sea consuelo que les anime a proseguir la lucha.
En general, esos razonamientos pueden reducirse a los siguientes:
Consideraciones acerca del propio porvenir, puesto en grave riesgo por los desórdenes de la sensualidad; y sobre el daño del prójimo que nunca falta, si se toman en consideración, no sólo los cómplices de los pecados, sino también la futura familia.
No hay actos más llenos de trascendencia y gravísima responsabilidad que los que a este orden se refieren, Y en este punto, como los peligros son grandes, es preciso, en cuanto el adolescente ha abierto los ojos, armarle, como de arma defensiva, con la conciencia de estas responsabilidades que con los actos sexuales andan unidas, y deshacer todos los sofismas con que se le pudiera dar a entender que hay algún camino para quebrantar la ley sin incurrir en responsabilidad.
El principio racional, de que se derivan las más claras consecuencias en este asunto, es: que los actos sexuales versan necesariamente acerca de la vida de relación con nuestros semejantes, para conservación y propagación de la especie. Por consiguiente, nada puede ser indiferente, pues, próxima o remota, directa o indirectamente, todo abuso redunda en daño del prójimo y en perjuicio del interés común, físico y moral.
El que abusa de la comida o bebida, siquiera reviente, no hace necesariamente daño al prójimo; pero lo contrario sucede con los actos sexuales… Que hay actos de este género que están llenos de terribles consecuencias y, por consiguiente, de responsabilidad, nadie habrá que no lo admita, y, por consiguiente, hay abusos por todo el mundo unánimemente reprobados. El turbar la paz de la familia con el adulterio, el seducir a una joven honesta y abandonarla luego a la vergüenza y, por ventura, a la miseria y perdición, son cosas que merecen la reprobación general.
Pero también los pecados solitarios y los cometidos con cómplices, aunque no sean ni adulterio ni estupro, tienen terribles consecuencias para los que los cometen y para los que luego tendrán como descendientes. Por eso los educadores y, en nuestro caso, los padres que advierten que el hijo echa a andar por malos derroteros han de estar prevenidos y armados con una verdadera gama de argumentos, ejemplos y ajenas experiencias, capaces de doctrinar y escarmentar a los educandos, antes que la experiencia propia venga a engendrar un tardío y desaprovechado arrepentimiento.
Pero no olviden los padres, además de todos estos remedios naturales, lo que dijimos antes de los medios sobrenaturales para conservar la castidad. Así como ellos son insustituibles para conseguir ese fin, de una manera semejante y con mayor razón lo son también para reconquistar la pureza perdida.
Induzcan a aun hijos con suavidad y eficacia, y sin violentar su voluntad, a que lleven una vida de piedad, procúrenles e indíquenles un buen confesor y guía espiritual al que abran de par en par las puertas de su conciencia… y después oren y lloren sobre sus hijos, como lo hizo con Agustín de Hipona su Santa madre.
Oren y lloren, que las oraciones y las lágrimas de los padres siguen teniendo ante Dios todavía el mismo valor que tenían en el tiempo en que las de Santa Mónica dieron a la Iglesia uno de los más grandes Doctores y uno de los más grandes Santos.
