ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: LA EDUCACIÓN DE LA CASTIDAD 2º PARTE

HACIA LA PATERNIDAD O MATERNIDAD

LA EDUCACIÓN DE LA CASTIDAD

Continuación…

II. La instrucción sobre el misterio de la vida

Se discutió mucho entre los autores católicos sobre la licitud y conveniencia de la Instrucción acerca del misterio de la vida.

Había quienes defendían a ultranza que la única pedagogía válida en este terreno era la del silencio: no hablar jamás a los niños de esta materia era el mejor preservativo contra la hidra del vicio.

No faltaron tampoco quienes exageraban demasiado la necesidad y el modo de realizar dicha Instrucción.

El magisterio de la Iglesia, en importantes y luminosos documentos, ha dirimido en gran parte estas discusiones, tanto en lo que se refiere a la licitud y conveniencia de esa iniciación como en lo que respecta a la forma de llevarla a cabo.

El más importante de todos ellos es la Encíclica sobre la Educación de S. S. Pío XI que, en la parte que se refiere a este particular, ya hemos citado y dice así:

En esta materia tan delicada, si, atendidas todas las circunstancias, parece necesaria alguna instrucción individual, dada oportunamente por quien ha recibido de Dios la misión educativa y la gracia de estado, han de observarse todas las cautelas tradicionales de la educación cristiana, que el ya citado Antoniano acertadamente describe con las siguientes palabras: «Es tan grande nuestra miseria y nuestra inclinación al pecado, que muchas veces los mismos consejos que se dan para remedio del pecado constituyen una ocasión y un estímulo para cometer este pecado. Es, por tanto, de suma importancia que, cuando un padre prudente habla a su hijo de esta materia tan resbaladiza, esté muy sobre aviso y no descienda a detallar particularmente los diversos medios de que se sirve esta hidra infernal para envenenar una parte tan grande del mundo, a fin de evitar que, en lugar de apagar este fuego, lo excite y lo reavive imprudentemente en el pecho sencillo y tierno del niño. Generalmente hablando, en la educación de los niños bastará usar los remedios que al mismo tiempo fomentan la virtud de la castidad e impiden la entrada del vicio» (Silvio Antoniano, Dell’educazione cristiana dei figliuoli II 88).

Antes del párrafo transcrito, la expresada encíclica tiene otro en el cual Pío XI sale al paso a las exageraciones funestas en esta materia de la instrucción sexual:

Está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad.

Grave error el de estos hombres, porque no reconocen la nativa fragilidad de la naturaleza humana ni la ley de que habla el Apóstol, contraria a la ley del espíritu, y porque olvidan una gran lección de la experiencia diaria, esto es, que en la juventud, más que en otra edad cualquiera, los pecados contra la castidad son efecto no tanto de la ignorancia intelectual cuanto de la debilidad de una voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la gracia divina.

Por consiguiente, según la doctrina pontificia:

* ni hay que confiar demasiado en la instrucción sobre estas materias, creyendo que ella por sí sola será la panacea del vicio,

* ni hay que hacerla pública e inconsideradamente,

* ni hay que recurrir a exponer al niño a los peligros para lograr un pretendido fortalecimiento de la voluntad,

* ni hay que quedarse sólo en un plano meramente natural desechando los medios sobrenaturales de la gracia.

***

Un Obispo, eximio pedagogo, Tihámer Tóth, reduce a cuatro las razones de esta iniciación:

En primer lugar exige esa iniciación el desarrollo corporal del joven o niño. Los fenómenos prepuberales o puberales no pasan inadvertidos al muchacho; desde el momento en que los advierte suscitan en su interior tales inquietudes, dudas, y curiosidad que abandonarle a sus propias fuerzas y dejar que por sí mismo se oriente en el torbellino de los sentimientos rebeldes, sería la mayor de las crueldades.

La recta formación de la conciencia es la segunda razón de esta necesidad. Se les habla a veces de la impureza y ellos se formulan en su interior esta cuestión: ¿qué es propiamente ese vicio?

Abandonados a sí mismos, se creen que cierta parte del cuerpo es impura por sí misma, como también lo que se refiere a ella, por ejemplo, la necesidad natural, la maternidad; y se imaginan que su propio debate, su sed de saber, su empeño de ver claras las cosas, es pecado.

Y de ahí sacan la consecuencia triste, deprimente, que atormenta su voluntad: «Yo me he corrompido hace tiempo, yo ya he perdido mi inocencia».

Y no es así. Muchos sintieron renacer la paz en su interior después de ser orientados prudentemente sobre el particular.

Los peligros de la moderna vida social exigen también esa iniciación, como vacuna preservadora. Los carteles anunciadores del cine, los quioscos que exhiben aparatosamente las portadas más llamativas y procaces de las revistas, los ambientes escolares o de aprendizaje que empieza a frecuentar el adolescente le presentarán la vida sexual como la mera y exclusiva satisfacción del deseo de gozar.

Según esos mismos principios, va formándose todo su modo de pensar; más aún, desde entonces verá bajo esta luz la vida de sus padres, y debido al juicio erróneo se enfriará el amor filial.

El fin de la iniciación recta es, justamente, aislar la primera impresión del joven, respecto a la vida sexual, de las relaciones meramente sensuales y orientarla hacia un idealismo noble y puro.

Por fin, el peligro de otra iniciación procedente de fuentes sospechosas, cuando no totalmente corrompidas, exige esa instrucción.

Si callando todo lo referente a estas materias se pudiera prolongar a voluntad de los padres la inocente ignorancia de los hijos, acaso sería recomendable durante largo tiempo la actitud del silencio. Pero, no; de labios de sus compañeros de escuela, acaso corrompidos, de los de una criada, de los de un seductor, tal vez, aprenderá lo referente al misterio de la vida y del sexo, y por ventura de la manera más procaz y repugnante.

Con este descubrimiento se derrumba todo un mundo en su interior, y las ruinas sepultan destrozada la santidad de la palabra pureza y el respeto que le tenía.

Las palabras serias, reposadas, de una persona que el joven mira con respeto, pueden descubrirle las mismas cosas sin conmover todo su mundo moral.

***

¿Deben ser los padres quienes den esa instrucción?

A esta pregunta es fácil contestar. Si los padres tienen el deber sagrado y gravísimo de educar a sus hijos, y si esa instrucción o iniciación de que hablamos es parte importante de la misma educación, al llegar a los años críticos, salta a la vista que la contestación ha de ser afirmativa.

Pío XI dice en el texto arriba citado que han de darla los que han recibido de Dios misión educativa y gracia de estado. Ahora bien, nadie tiene en el orden natural mayor misión y mayor gracia de estado que los padres con relación a sus hijos.

La tremenda crisis de amor y respeto a los padres que experimentan muchos adolescentes cuando manos impúdicas descorren a sus ojos el velo del misterio de la vida, del sexo, y del amor, no sólo se evitarán si los padres toman la delantera, sino que acaso serán sustituidas por una nueva intensificación de ese cariño y respeto.

¡Cuántos padres y madres que han afrontado con valentía esta obligación han recogido enseguida el fruto de un amor más tierno y sincero de sus hijos, de una confianza ilimitada por parte de ellos!

Los peligros no pequeños que esa iniciación trae consigo cuando la hace otra persona, desaparecen casi totalmente cuando la hacen los padres. Por eso dijo Pío XII a las mujeres de Acción Católica de Italia en ocasión memorable estas palabras:

Las revelaciones sobre las misteriosas y admirables leyes de la vida, recibidas oportunamente de vuestros labios de padres cristianos, con la debida proporción y con todas las cautelas obligadas, serán escuchadas con una reverencia mezclada de gratitud e iluminarán sus almas con mucho menor peligro que si las aprendiesen al azar, en turbias reuniones, en conversaciones clandestinas, en la escuela, de compañeros poco de fiar y ya demasiado versados o por medio de ocultas lecturas tanto más peligrosas y perjudiciales cuanto su secreto inflama más la imaginación y excita los sentidos.

Vuestras palabras, si son ponderadas y discretas, podrán convertirse en salvaguardia y aviso frente a las tentaciones de la corrupción que los rodean, pues menos hiere la saeta prevista (Disc. a las Mujeres de A. C. y a sus colaboradoras, 26 de octubre de 1941).

Queda, pues, claro y fuera de toda duda que los padres son los más indicados para levantar cauta y delicadamente el velo de la verdad a los hijos, dándoles respuestas prudentes, justas y cristianas.

Pero todavía especifica más el Pastor Angélico en el discurso indicado. Dice que el dar esta instrucción corresponde «a las madres con relación a las hijas y al padre con los hijos». Esta es la regla general.

No parece, a pesar de ello, desacertado que la primera revelación la haga la madre, incluso a los hijos, y que supla totalmente al padre, si éste faltare o se sintiere incapaz para ello.

El mismo Papa subraya con especial vigor el papel de la madre en esta materia:

Llegará un día en que este corazón de niño sentirá en sí el despertar de nuevos impulsos y de nuevas inclinaciones que perturban el hermoso cielo de la primera edad. En aquel peligro, oh madres… en aquel paso de la inconsciente pureza de la infancia a la pureza consciente y victoriosa de la adolescencia, vuestro deber será de la máxima trascendencia. Os pertenece preparar a vuestros hijos y a vuestras hijas para atravesar con valor, como quien pasa entre serpientes, aquel período de crisis y de transformación física sin perder nada de la alegría de la inocencia.

Estas palabras del Papa recuerdan otras, también muy hermosas, del gran pedagogo Pestalozzi, acaso las más hermosas que escribió. Sintiéndose niño que va a lanzarse al mundo en esta peligrosa edad, exclama con un profundo sentimiento lírico: «Madre, madre, sólo a tu lado puedo conservar mi inocencia, mi amor, mi obediencia, las ventajas de mi noble naturaleza por las nuevas impresiones del mundo; sólo así puedo conservarlo todo. Madre, madre, si tienes aún una mano, si tienes todavía un corazón para mí, no me dejes apartarme de ti; y si nadie te ha enseñado a conocer al mundo como yo tengo que conocerlo, ven, aprenderemos juntos a conocerlo como tú debieras haberlo conocido y yo tengo que hacerlo. Madre, madre, no queramos separarnos en el momento en que corro peligro de ser apartado de ti, de Dios y de mí mismo. Madre, madre, santifica la transición desde tu corazón a este mundo, guardándome siempre tu corazón».

Los padres deberían ser, pues, los mejores guías de sus hijos en esta época crítica. Desgraciadamente, no es frecuente que suceda así. Parece ser que ni el uno por ciento de los padres está a la altura de su misión en este aspecto. Experimentan al llegar a este problema dificultades que creen insuperables: unos dicen que no aciertan a encontrar expresiones adecuadas; otros sienten cierto rubor o encogimiento de tal magnitud que les parece invencible; otros temen perder autoridad para con sus hijos; otros se escudan en que su hijo es todavía inocente.

Sea como sea, hay que tratar de vencer estas dificultades. Que pidan consejo y orientación a otros padres experimentados; que procuren orientarse y formarse leyendo alguno de los muchos libros escritos sobre el particular; que pidan luz al Espíritu Santo y sean decididos y valientes. Si a pesar de todo no consiguieren superar esas dificultades, que acudan a quien puede prestar a su hijo la ayuda que en ese momento crítico de la vida necesita: acaso alguno de los maestros o profesores que ha tenido el niño y con el cual ha mostrado mayor confianza, si es realmente persona competente y de conciencia cristiana; acaso alguna prestigiosa señora, calificada como educadora excelente.

***

Supuesta la conveniencia de la instrucción de que venimos hablando y que los padres son los que tienen mayor obligación de darla, quedan todavía otras cuestiones por resolver sobre esta materia.

La primera se refiere al tiempo. ¿Cuándo hay que dar a los niños esa instrucción sobre los secretos de la vida?

No es posible dar a esta pregunta una respuesta de exactitud matemática, ni siquiera aproximada. Toda esta materia requiere un gran tacto y delicadeza. Más que de una manera general y teórica hay que solucionar cada caso en concreto mediante la atenta observación de los hijos.

Vosotras —decía el Papa Pío XII en el discurso tantas veces citado—, con vuestra perspicacia de madres, gracias a la leal sinceridad de corazón que habréis sabido infundir en vuestros hijos, no dejaréis de escudriñar y de discernir la ocasión y el momento en que ciertas misteriosas cuestiones presentadas a su espíritu habrán causado en sus sentidos especiales perturbaciones. Os corresponderá entonces… levantar el velo de la verdad.

Tres normas generales se pueden establecer en este asunto.

La primera es que cuanto mayor tiempo se pueda sin peligro mantener a los niños en la ingenua despreocupación de estos problemas, mejor conservarán ellos su inocencia. Pero no hay que olvidar que, así como por mucho madrugar no amanece más temprano, así no por querer los padres retrasar demasiado ese momento dejarán de seguir su curso el desarrollo fisiológico y psicológico de los niños.

La segunda norma que comúnmente aceptan los autores es que, dentro de la prudencia y del equilibrio con que hay que proceder en este punto, vale más adelantarse una hora que retrasarse un minuto. El adelantarse una hora, un día, una semana, no tiene peligro especial; el retrasarse un minuto, una hora, un día, puede ser motivo de tremendos seísmos en las almas infantiles y juveniles. Sin prisas y con sosiego… pero, en caso de duda fundada, anticiparse.

La tercera, y última norma general es que la revelación de este secreto no hay que hacerla toda de una vez, sino que se impone dosificarla y escalonarla.

Más que hablar, por consiguiente, del momento oportuno, hay que hablar de los momentos oportunos.

En general, las fases o momentos apropiados para esta instrucción son tres, que corresponden justamente a los tres puntos concretos sobre que puede versar la instrucción, es a saber:

* el origen del hombre, o sea, la maternidad;

* la generación, o sea, la paternidad;

* y, finalmente, el vicio sensual, aquél a que los niños están más expuestos, por tener siempre la ocasión de cometerlo.

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El acertar a dosificar o escalonar la revelación del misterio de la vida es sumamente importante; en ello está la clave de la garantía del éxito.

Acontece en esto lo que en la alimentación del niño: prolongar excesivamente la lactancia es dañino; darle súbitamente alimentos sólidos puede ser fatal.

De una manera semejante; desde que el niño deje la inocente ignorancia de la edad primera hasta que sepa todo el misterio de la vida y del sexo, ha de haber diversas etapas.

Al niño hay que instruirle sobre estas materias; pero ni más de lo que su inteligencia y desarrollo moral puede llevar, ni menos de lo que para prevenir los peligros de su edad y del ambiente necesita.

Hacer lo primero es poner sobre él una carga intelectual cuyo peso no puede soportar su voluntad y su sensibilidad; hacer lo segundo es lanzarle a los peligros de la vida sin la debida preparación.

En caso de duda, valdrá más darle una dosis más pequeña de instrucción y dejar la puerta abierta para otras intervenciones, excitando al niño a que si alguna vez quiere saber otras cosas sobre este particular no lo pregunte a otros niños, sino al padre o madre que le han dado la primera instrucción.

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Primera revelación: la maternidad.

Es difícil predecir el momento; pero es indudable que hacia los nueve años, poco más o menos, en la mente del niño surgirá esta pregunta: ¿De dónde vienen los niños? ¿Quién los trae al mundo?

La precocidad del niño o la frecuencia de sus relaciones con el mundo exterior pueden contribuir a anticipar un poco estas inquietudes y la falta de esas circunstancias, a retrasarlas. A veces un hecho concreto, el nacimiento de un hermanito en la familia, pueden anticipar esta curiosidad o aconsejar la conveniencia de adelantar la instrucción.

Pueden suceder dos cosas: que el niño pregunte o que no pregunte.

Si el niño pregunta, aunque sea bastante antes de la edad indicada, hay que contestarle siempre con lealtad y verdad. Eso no significa que se le tenga o se le pueda decir toda la verdad; indica, simplemente, que se le ha de manifestar la parte de verdad que pueda saber en aquel momento y que no hay que darle nunca contestaciones falsas. Estas respuestas harán que el niño se sienta víctima de un engaño, cuando ya mayorcito empiece a entrever la verdad, y a veces serán la razón por la que el niño pierda la confianza con los padres y no se atreva nunca más a formular preguntas semejantes.

Si el niño hace una de esas interrogaciones cuando es muy pequeño y no es todavía capaz de guardar el secreto, habiendo, por consiguiente, el peligro de que cuente lo que se le dice a sus hermanitos o amiguitos, entonces se le dará una respuesta verdadera, pero muy general: que es Dios Nuestro Señor quien envía los niños. El niño, por regla general, quedará satisfecho con esas respuestas.

Más difícil es el caso en que el niño no pregunta. Entonces la madre ha de recurrir a conjeturas. Pero si el niño va a la escuela o tiene frecuente relación con otros niños, lo mejor será, en general, que entre los nueve y diez años la madre le revele el misterio de la maternidad.

Podrá servirse para ello del Ave María, haciéndole ver que así como el Niño Jesús es el fruto del vientre de María, así el niño, antes de venir al mundo está algún tiempo en el seno de la madre, debajo de su corazón, y que la madre en medio de grandes dolores lo da a luz al mundo y con grandes sacrificios lo cría, amamanta y educa.

Del papel del padre en el nacimiento de los hijos, de momento no hay que decir nada: bastará indicar que cuando el papá y la mamá se quieren mucho, Dios envía un niño al seno de la madre.

Al hacer esta primera revelación hay que insistir mucho en el aspecto de dolor y sacrificio que el nacimiento de un niño tiene para su madre y hay que inculcar muy encarecidamente al niño que eso que le ha dicho es un secreto entre ellos dos, que no debe decirlo a ningún otro niño ni admitir conversación sobre esto; y que si alguna vez quiere saber otra cosa, no lo pregunte a ningún niño, sino que se lo pregunte a ella, la madre.

Así queda la puerta abierta a la confianza del hijo y a nuevas y más completas manifestaciones de la madre.

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Segunda revelación: la paternidad.

La revelación de la paternidad va ligada más o menos estrechamente con la instrucción acerca de los fenómenos propios de la pubertad y, por consiguiente, con la aparición de los mismos en los adolescentes y muchachas.

Algunos autores, influidos por las teorías psicoanalistas, quisieran anticipar más esta instrucción; pero, como norma general, no se debe tener en cuenta su opinión.

Convendría que lo conocieran antes de la pubertad, porque todavía los sentidos están en calma y las sensaciones físicas, tan peligrosas para la juventud, no son aún temibles; la imaginación no es tan viva y la iniciación se hace en el reposo de los sentidos: sólo actúa el entendimiento, y la verdad se graba en el alma sin ninguna turbación sensible. Cuando más tarde se dejen sentir las sensaciones físicas, la instrucción habrá alcanzado su fin y el peligro estará descartado.

Se expondrá al niño que, habiendo de ser el padre el que con grandes trabajos y sacrificios ganara el sustento de los hijos, para que tuviera valor y energía en esta empresa, Dios quiso que también él tuviera parte en los hijos y los considerara como suyos.

El padre es el que pone en la madre la semilla del hijo, y éste es tan propio de la madre como del padre. Dios se sirve de una y otro para formar el cuerpo de los hijos y Él crea directamente el alma y la infunde en el cuerpo del niño cuando está todavía en el seno materno.

Los padres son colaboradores e instrumentos de Dios; los actos de la procreación entre esposos son santos; ridiculizarlos o hacerlos servir para desahogar pasiones es una injuria a Dios y a la naturaleza, y, por consiguiente, un pecado.

Este será también acaso —tratándose de niños— el momento de prevenirle contra el vicio solitario. Porque la pureza sólo consigue salvarla quien sabe en qué consiste y cómo puede perderla.

El vicio solitario es una desgracia juvenil a la que sólo no llegan o de la que sólo consiguen salir pronto aquellos que han sido oportuna y correctamente advertidos de su posibilidad, gracias al sabio consejo de sus padres.

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Tercera revelación: prevenir los estragos del vicio.

Si no fueran tan reales y graves los peligros que, a medida que van poniéndose en contacto- con el mundo, acechan a los jóvenes, sería mejor, sin duda, omitir esta tercera parte de la instrucción. Pero no hay que hacerse ilusiones: el mundo del trabajo, el mundo del ambiente estudiantil, el mundo del comercio y no digamos el mundo de las diversiones y del espectáculo, está tan impregnado de sensualidad que, desgraciadamente, es y seguirá siendo una verdad la frase de San Juan, según la cual el mundo está todo puesto bajo el maligno. Y cuando el adolescente ha de entrar en contacto con él, al hacerse mayor, sería una crueldad no prevenirle contra los peligros que le aguardan.

Por eso, el momento de entrar en contacto más íntimo y habitual con el ambiente exterior, señala el de esta última revelación.

La iniciación respecto a los diversos peligros de la vida y a las tristes consecuencias físicas, sentimentales, sociales y morales de la incontinencia se hará en el momento en que el joven o la joven se tienen que poner en contacto inmediato y prolongado con el ambiente exterior. La edad variará según las clases sociales.

Sobre este particular hay que tener presente que instruir a la juventud en las realidades de la vida no es, como pretenden algunos higienistas, prevenir contra los peligros de las enfermedades venéreas, sino preservar de desviaciones morales que resultan de la mala conducta. El hombre no es un simple animal a quien hay que proteger de los contagios microbianos; es un ser que debe por sí mismo dominar sus apetitos.

No es que se haya de descartar de esta última instrucción el aspecto de las terribles consecuencias posibles del vicio impuro; pero tampoco debe polarizarse toda la instrucción hacia ese punto concreto ni darle el máximo relieve.

Debe decírsele a los jóvenes que, si son depositario del poder de suscitar nuevas vidas, no lo son para que lo envilezcan en la búsqueda del placer; y que el abuso de ese poder, que es la impureza, no sólo es un pecado contra Dios, sino que es también una falta grave contra su propia dignidad, contra la que acaso un día sea la madre de sus hijos (el que acaso un día sea el padre de sus hijos) y contra éstos mismos que por ventura heredarán sus miserias físicas y morales.

***

El haber señalado los tres momentos indicados en la revelación del misterio de la vida no significa en manera alguna que tengan que ser siempre esos tres y sólo esos tres. Con ellos se ha establecido una norma y orientación general. Pero los padres deben tener presente que cuantas veces el hijo haga alguna pregunta relacionada con esta materia deben ellos contestarle diciéndole toda la verdad que en aquel momento sea capaz de comprender intelectualmente y soportar moralmente.

Y no deben llevar a mal los padres que el hijo haga esas preguntas, ni mucho menos reprenderle o disgustarse por ello. Al contrario, deben considerarlo, pues lo es, como una gran prueba de confianza por parte de los hijos y deben corresponder a ella contestando con sinceridad y lealtad. Más todavía, deben exhortar a su hijo, al darle las respuestas oportunas, que a esas preguntas nunca las haga a otras personas, sino que se las dirija siempre a ellos, asegurándole que siempre le contestarán con la verdad.

Y aunque el niño no pregunte, si por indicios y conjeturas suficientes echan de ver que su hijo se debate en la ansiedad o tiene algún peligro especial, fuera de los tres momentos indicados, deben acudir solícitos los padres al bien de su hijo, mediante la oportuna instrucción.

No son pocos los padres que ven clara la conveniencia y necesidad de ayudar a sus hijos a pasar la edad crítica mediante la oportuna instrucción y adecuados consejos; pero lo que les arredra es la forma de hacerlo. ¿Qué palabras emplearán? ¿Qué orientación darán a su instrucción? ¿A qué comparaciones echarán mano?

Ante todo, esa instrucción debe hacerse no en público y colectivamente, sino en particular e individualmente.

Dos razones imponen este criterio, ya indicado por Pío XI en su Encíclica; la primera es que esta instrucción tiene que ser dosificada, graduada y adaptada a las necesidades de cada uno. Dada colectivamente esta enseñanza será nociva a algunos, por carta de más, e inútil para otros, por carta de menos.

La segunda razón es el pudor. Estos temas exigen para ser tratados la mayor intimidad posible, que es la del diálogo entre la madre (o el padre) y un hijo. Admitir a uno más, aunque sea un hermanito mellizo, es quebrar esa intimidad, que es el ambiente ideal para este diálogo.

Además, se ha de inculcar al hijo a quien se hace esta revelación que de este tema jamás debe hablar con nadie, sino con el propio padre o madre que le ha instruido; si la instrucción se hiciera simultáneamente a los dos hermanitos, difícilmente se evitaría el peligro de los comentarios de ellos dos a solas, con los consiguientes peligros.

Una segunda norma hay, comúnmente admitida, y es que esta instrucción debe darse de palabra, de viva voz, no mediante lectura.

La razón de esta medida es la necesidad de dosificar la instrucción que se les da, y cuya fórmula abstracta ha de ser lo estrictamente necesario.

Incluso si las publicaciones son graduadas, ni aun en este supuesto es aconsejable ni prudente recurrir a los impresos para esta instrucción. Interesa ver la reacción del niño a medida que se le va hablando para acomodar el tono y matizar mejor. Además, al hacerlo por escrito, los padres indicarían a las claras al niño que carecen del equilibrio y serenidad necesarios para tratar estos temas.

Por lo que se refiere a la manera de la declaración, hemos de excluir todas las explicaciones fisiológicas que tienden a asemejar al hombre con los animales; puesto que, en realidad, la generación que en los animales es un acto meramente fisiológico, en los hombres es principalmente acción moral, ordenada a la propagación de seres morales, en la unidad moral de la familia, y más allá, para un fin, no sólo moral, sino sobrenatural.

Además, el acto de la procreación, tal como se ve en el mundo de los animales, es decir, desde el punto de vista meramente fisiológico, resulta repulsivo para el hombre de puros pensamientos.

El fin de la instrucción es sacarlo del círculo de la mera naturaleza y hacer entrar en él el gran pensamiento de Dios. La juventud no llega por sí misma a este pensamiento edificante; sus propias pasiones y todo este mundo moderno tan trastornado, le soplan al oído que las relaciones sexuales constituyen el mayor goce terreno.

La instrucción tiende precisamente a hacer elevar la mirada del adolescente por encima de este mundo de los sentidos y de los cuerpos y hacerle ver la grandeza del amor humano según los planes divinos; para conseguir este fin, la comparación con los animales, lejos de ayudar, estorba y resulta deprimente.

Tampoco hay que descender en esta iniciación a detalles y pormenores de orden anatómico y fisiológico, que, por otra parte, no interesan al alma del adolescente que ansía saber no el detalle, sino las grandes líneas de esa maravillosa obra de Dios que es la generación humana. Más que llamar la atención del joven hacia lo corporal, orgánico y fisiológico, hay que hacerle levantar la vista al aspecto moral, religioso, sobrenatural.

Por eso hay que insistir en que Dios instituyó el matrimonio para propagar los hombres que por la gracia habían de llegar a ser hijos de Dios; que el amor entre los esposos y de éstos hacia los hijos es una semejanza del amor con que Dios nos ama y se ama; que la maternidad es algo que entraña la idea de sacrificio, de dolor y de abnegación y que la paternidad lleva consigo la carga, dulce y pesada a la vez, de alimentar y educar a los hijos.

Todo esto hará que el adolescente, sin dejar de ver lo corporal y sensible, levante su mirada hacia más altas cimas.

Para dar la indispensable instrucción fisiológica, nada parece más apropiado que el conocimiento de las flores, en las cuales se manifiestan estas funciones claramente y de un modo puro y limpio a nuestros ojos y, por consiguiente, más ajeno al peligro.

De una manera semejante, según ya se ha indicado, para elevar esta instrucción al plano religioso y sobrenatural, sobre todo en la primera fase, muy bueno será recurrir a la escena de la anunciación del Ángel a la Virgen y a las palabras del Ave María.

De esta manera, la instrucción queda envuelta en un ambiente impregnado de sobrenaturalismo que hace que desaparezca totalmente el peligro que entraña, y que la figura de la madre quede envuelta con una aureola de dignidad próxima a lo religioso.

Las flores y el Ave María lo dicen todo limpiamente, castamente, religiosamente. Las madres cristianas harán muy bien en tomar buena nota de esta sentencia para cumplir el papel que Dios les ha asignado.

Ya se ha indicado antes, al hablar de las fases de esta revelación, que ésta tiene que ser acomodada y progresiva. Conviene indicar, además, que ha de hacerse de una manera natural, sin énfasis, sin encogimiento ni azoramiento.

Sea cualquiera el lugar y la hora en que se haga, debe hacerse con esa sencillez y naturalidad de que hablamos, que penetra hondo en el corazón y no excita la imaginación ni la curiosidad.

Por fin, esta revelación se ha de hacer idealizando con tacto y delicadeza, con discreción y prudencia, la enseñanza que se da.

Que lo material, lo sensual, lo carnal, lo fisiológico aparezca, no en primer plano, sino en el que ocupa en la mente de Dios, donde la generación es efecto de la comunicación al hombre de una participación maravillosa de la paternidad y del amor divino, del amor humano en su más alta expresión y de un Sacramento establecido en la Iglesia por el mismo Cristo.

Un niño decía que cuando advirtió la semejanza entre el origen del cuerpo humano y el de los animales se sintió avergonzado de ser hombre y que sólo recobró la paz de su espíritu cuando le hicieron advertir que él había nacido de una manera muy parecida al Niño Jesús y que su alma había sido creada directamente por Dios.

Dios quiera y haga que todos los padres tengan, al cumplir esta misión, la fina sensibilidad y delicadeza que se necesita para acertar. Ni todo de una vez, ni recurriendo a las láminas, ni como una lección de fisiología, ni en un plano meramente natural.

***

Padres y madres: ahí tenéis una gran tarea a realizar. Preparaos, invocad los auxilios de la luz divina y lanzaos con decisión, cuando el caso lo requiera, a cumplir el arduo deber.

Prolongad lo más que podáis en vuestros hijos esa deliciosa fase de la vida en que están en calma las pasiones. Sobre todo en las niñas, el aislamiento sexual mediante el freno del pudor y de las ideas religiosas retrasa considerablemente el despertar sexual.

No olviden que entre los factores que estimulan la sexualidad figuran, en primer término, la televisión, el cinematógrafo y el teatro; hoy todo junto en Internet.

Pero tampoco deben olvidar los padres, cuando ya no se pueda prolongar más ese primer feliz estado de su hijo, aquellas palabras: Antes que le dé lecciones un malvado o un escandaloso, que sean el padre y la madre los encargados de abrirle los ojos, no para que pierda la inocencia, sino para que no desaparezca ésta con la ignorancia.

Y cuando las pasiones empiecen a tirar del alma por su vestido de carne, que sepan los padres que deben sostener a su hijo, haciendo que comprenda pronto el sentido de las famosas palabras que Blanca de Castilla le decía a su hijo, el futuro San Luis, Rey de Francia: Hijo mío, te quiero como la mejor de las madres; pero antes quisiera verte muerto que saber que tu alma está manchada con un solo pecado.

Continuará…