HACIA LA PATERNIDAD O MATERNIDAD
LA EDUCACIÓN DE LA CASTIDAD
Cuando el niño o niña se van acercando a la pubertad, su organismo y su alma experimentan una gran transformación.
Dice ese gran pedagogo de la juventud, Tihámer Tóth, en Formación religiosa de jóvenes:
A medida que los órganos de reproducción van aproximándose a su madurez, se manifiesta con mayor intensidad la vida sexual, tanto interiormente, por la producción de la llamada hormona sexual que entra en la circulación de la sangre del joven organismo, como exteriormente por los cambios de la voz y la aparición del vello.
De aquí se derivan los cambios psicológicos profundos que experimenta. El mundo de lo erótico, antes desconocido para él, abre poco a poco sus puertas a su mirada. Desde el momento en que fija su atención en los fenómenos sexuales, se apoderan de él una intranquilidad, una incertidumbre, un desasosiego. Este proceso, común a todos, instiga al joven a hacer indagaciones; busca en los libros, cuadros, léxicos para satisfacer su nueva sed de saber.
Una cuestión suscita otra, pero en ninguna parte encuentra el joven la respuesta que necesita.
Al acercarse, pues, este período de la vida del niño, llega el momento en que, sin abandonar los aspectos educativos hasta aquí explicados, se impone la educación de la castidad, como garantía de una sana paternidad o maternidad fisiológica, o de una paternidad o maternidad espiritual, si Dios llama por ese camino más elevado.
***
Leamos, ante todo, lo enseñado por el Magisterio de la Iglesia.
De la Encíclica Casti Connubii, del Papa Pío XI
Nunca se debe perder de vista que el sujeto de la educación cristiana es el hombre todo entero, espíritu unido al cuerpo en unidad de naturaleza, con todas sus facultades naturales y sobrenaturales, cual nos lo hacen conocer la recta razón y la Revelación; es decir, el hombre caído de su estado originario, pero redimido por Cristo y reintegrado a la condición sobrenatural de hijo adoptivo de Dios, aunque no a los privilegios preternaturales de la inmortalidad del cuerpo y de la integridad o equilibro de sus inclinaciones. Quedan, por tanto, en la naturaleza humana los efectos del pecado original, particularmente la debilidad de la voluntad y las tendencias desordenadas del alma.
La necedad se esconde en el corazón del niño; la vara de la corrección la hace salir de él (Prov 22, 15). Es,
por tanto, necesario desde la infancia corregir las inclinaciones desordenadas y fomentar las tendencias buenas, y sobre todo hay que iluminar el entendimiento y fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la gracia, sin los cuales es imposible dominar las propias pasiones y alcanzar la debida perfección educativa de la Iglesia, que fue dotada por Cristo con la doctrina revelada y los Sacramentos para que fuese maestra eficaz de todos los hombres.
Por esta razón es falso todo naturalismo pedagógico que de cualquier modo excluya o merme la formación sobrenatural cristiana en la instrucción de la juventud; y es erróneo todo método de educación que se funde, total o parcialmente, en la negación o en el olvido del pecado original y de la gracia, y, por consiguiente, sobre las solas fuerzas de la naturaleza humana.
A esta categoría pertenecen, en general, todos esos sistemas pedagógicos modernos que, con diversos nombres, sitúan el fundamento de la educación en una pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño o en la supresión de toda autoridad del educador, atribuyendo al niño un primado exclusivo en la iniciativa y una actividad independiente de toda ley superior, natural y divina, en la obra de su educación.
Pero si los nuevos maestros de la pedagogía quieren indicar con estas expresiones la necesidad de la cooperación activa, cada vez más consciente, del alumno en su educación; si se pretende apartar de ésta el despotismo y la violencia, cosas muy distintas, por cierto, de la justa corrección, estas ideas son acertadas, pero no contienen novedad alguna; pues es lo que la Iglesia ha enseñado siempre y lo que los educadores cristianos han mantenido en la formación cristiana tradicional, siguiendo el ejemplo del mismo Dios, quien ha querido que todas las criaturas, y especialmente los hombres, cooperen activamente en su propio provecho según la naturaleza específica de cada una de ellas, ya que la sabiduría divina se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad (Sal 8, 1).
Pero, desgraciadamente, si atendemos al significado obvio de los términos y a los hechos objetivamente considerados, hemos de concluir que la finalidad de casi todos estos nuevos doctores no es otra que la de liberar la educación de la juventud de toda relación de dependencia con la ley divina.
Por esto en nuestros días se da el caso, bien extraño por cierto, de educadores y filósofos que se afanan por descubrir un código moral universal de educación, como si no existiera ni el decálogo, ni la ley evangélica y ni siquiera la ley natral, esculpida por Dios en el corazón del hombre, promulgada por
la recta razón y codificada por el mismo Dios con una revelación positiva en
el decálogo.
Y por esto también los modernos innovadores de la filosofía suelen calificar despreciativamente de heterónoma, pasiva y anticuada la educación cristiana por fundarse ésta en la autoridad divina y en la ley sagrada.
Pretensión equivocada y lamentable la de estos innovadores, porque, en lugar de liberar, como ellos dicen, al niño, lo hacen en definitiva esclavo de su loco orgullo y de sus desordenadas pasiones, las cuales, por lógica consecuencia de los falsos sistemas pedagógicos, quedan justificadas como legítimas exigencias de una naturaleza que se proclama autónoma.
Pero es mucho más vergonzosa todavía la impía pretensión, falsa, peligrosa y, además inútil, de querer someterse a investigaciones, experimentos y juicios de orden natural y profano los hechos del orden sobrenatural referentes a la educación, como, por ejemplo, la vocación sacerdotal o religiosa y, en general, las secretas operaciones de la gracia, la cual, aun elevando las fuerzas naturales, las supera, sin embargo, infinitamente y no puede en modo alguno someterse a las leyes físicas, porque el Espíritu sopla donde quiere.(Jn 3, 8).
Peligroso en sumo grado es, además, ese naturalismo que en nuestros días invade el campo educativo en una materia tan delicada como es la moral y la castidad.
Está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad (Cf. el Decreto del Santo Oficio sobre Educación sexual y eugenesia, de 18 de marzo de 1931: AAS 23 (1931) 118; DB 2251-2252).
Grave error el de estos hombres, porque no reconocen la nativa fragilidad de la naturaleza humana ni la ley de que habla el Apóstol, contraria a la ley del espíritu (cf. Rom 7, 23), y porque olvidan una gran lección de la experiencia diaria, esto es, que en la juventud, más que en otra edad cualquiera, los pecados contra la castidad son efecto no tanto de la ignorancia intelectual cuanto de la debilidad de una voluntad expuesta a las ocasiones y no sostenida por los medios de la gracia divina.
En esta materia tan delicada, si, atendidas todas las circunstancias, parece necesaria alguna instrucción individual, dada oportunamente por quien ha recibido de Dios la misión educativa y la gracia de estado, han de observarse todas las cautelas tradicionales de la educación cristiana, que el ya citado Antoniano acertadamente describe con las siguientes palabras:
«Es tan grande nuestra miseria y nuestra inclinación al pecado, que muchas veces los mismos consejos que se dan para remedio del pecado constituyen una ocasión y un estímulo para cometer este pecado. Es, por tanto, de suma importancia que, cuando un padre prudente habla a su hijo de esta materia tan resbaladiza, esté muy sobre aviso y no descienda a detallar particularmente los diversos medios de que se sirve esta hidra infernal para envenenar una parte tan grande del mundo, a fin de evitar que, en lugar de apagar este fuego, lo excite y lo reavive imprudentemente en el pecho sencillo y tierno del niño. Generalmente hablando, en la educación de los niños bastará usar los remedios que al mismo tiempo fomentan la virtud de la castidad e impiden la entrada del vicio» (Silvio Antoniano, Dell’educazione cristiana dei figliuoli II 88).
Hasta aquí Pío XI.
***
La importancia de esta educación es, indiscutiblemente, extraordinaria.
Si el adolescente, ante cuyos ojos empieza a abrirse la vida con todos sus encantos y con todos sus misterios, no encuentra una mano que le guíe con firmeza y amor, y además, un tónico que fortalezca más su voluntad frente a los atractivos, hasta entonces desconocidos, de las pasiones y de los bajos instintos, es posible que eche a andar por derroteros que le llevarán de abismo en abismo y que le precipitarán en situaciones y hábitos deplorables de los que más tarde le será muy difícil evadirse.
Hay que evitar, no obstante, tanto en el educador como en el educando, la obsesión por el tema que nos ocupa y el darle una importancia exagerada, con lo cual, lejos de facilitarse la solución del problema, se dificulta y complica.
Las teorías pansexualistas, emparentadas más o menos directamente con el psicoanálisis de Freud, han sacado las cosas de quicio.
Si las doctrinas, del filántropo Basedow acerca de la educación sexual movieron a un sabio alemán a decir que él no le confiaría la educación, no ya de niños, sino ni siquiera la de becerros, mucho más se puede decir eso de Freud y sus secuaces.
Tihámer Tóth ha escrito: Dios guarde a nuestra juventud de una educación psicoanalítica; y otro autor ha dicho que el psicoanálisis de Freud, especialmente aplicado a los niños, no solamente es una aberración científica, sino también un pecado pedagógico.
En efecto; al causar la hipertrofia sexual de los niños, agrava el mal que trata de curar y, lejos de encontrar un nuevo remedio, no hace sino desvirtuar y quitar eficacia a un remedio verdadero y antiguo: la Confesión.
Desde hace siglos la Iglesia, por institución de Cristo, usa del Sacramento de la Confesión o Penitencia, no sólo para perdonar los pecados, sino, además, aunque sea indirectamente, para ilustrar la conciencia en esta materia y para fortalecer la voluntad con la gracia de Dios.
Los eternos calumniadores de la Esposa de Cristo decían que la Confesión era un suplicio para las almas. Pero vinieron los psicoanalistas y —aunque sea cubriendo la realidad con palabras tan raras como altisonantes— se ponen a confesar, pero con tal insistencia, con tales tormentos y con tan inverosímiles preguntas, que ni el más famoso casuista las habría podido soñar. Y todo ello sin la garantía del sigilo de la Confesión y fuera del ambiente sagrado del Sacramento, con lo cual el remedio pierde eficacia y los peligros se multiplican de modo extraordinario.
Los padres, evitando todos estos escollos, deben, por una parte, dar a este asunto toda la importancia que tiene, para el bien de sus hijos, pero asimismo han de evitar obsesionarse con este problema y procurar que sus hijos lo afronten con mucha serenidad y con perfecto equilibrio, lo cual es condición indispensable y garantía segura de una buena solución.
***
En esta materia parece claro que hay que distinguir claramente dos fases o períodos: uno en el que la pubertad está todavía muy lejos, y otro en que, al acercarse ésta, empieza a dejar sentir su influjo en el cuerpo y en el alma del niño.
El primero admite sólo una educación indirecta de la castidad; en el segundo, que abarca los años que preceden a la pubertad y los que le siguen inmediatamente, se impone una educación directa del adolescente en lo referente a esta virtud.
En el primero, diríamos que se prepara el terreno para la siembra de la castidad; en el segundo, se echa directamente la semilla y se cultiva con diligencia y con esmero.
***
I. La preparación del terreno o cultivo indirecto
Es muy triste, pero es una realidad, el que los niños puedan perder la virtud de la castidad mucho antes de conocerla.
En estos tristes casos de precocidad erótica puede influir mucho la herencia; pero es mucho más frecuente que se deban a iniciaciones o excitaciones culpables de algunas personas.
Por eso, parte importantísima de la preparación indirecta del niño para la virtud de la castidad, por parte de los padres, es una esmerada selección y criba de las personas en cuyas manos ponen sus hijos.
No permitan jamás que personas mayores duerman junto con sus hijos. Por tratarse de pecados secretos o inclinaciones ocultas no se puede hacer juicios temerarios sospechando de alguien sin fundamento; pero por esa misma razón, ante el hecho cierto de que abundan las personas infeccionadas de esos vicios, no es lícito poner los hijos en un peligro cierto de que abusen de ellos.
Aun tratándose de hermanos o primos, debe procurarse duerman en camas distintas cuando uno de ellos se acerca a los ocho años.
El problema de la vivienda, cada vez más angustioso, hace que no siempre sea fácil llevar esto a la práctica; pero, aun en viviendas reducidas, se ha de procurar a todo trance haya al menos una habitación o dormitorio para las hijas y otro diferente para los hijos. En cada uno de éstos es preferible haya varias camas individuales en vez de una grande, capaz para dos o tres hermanitos.
***
Cama, mesa, vestidos, limpieza. Estas cuatro cosas hay que tenerlas presente también en ese cultivo del terreno de los hijos para sembrar en su día la semilla de la castidad.
No se debe enviar a los hijos a la cama demasiado pronto para desembarazarse de ellos, ni tampoco por castigo; ni se les ha de permitir que continúen mucho tiempo en ella por la mañana, una vez, despiertos.
Prolongar la estancia en el lecho sin dormir es siempre un peligro; y cuando el muchacho ha llegado a los años de la pubertad, el peligro aumenta de tal manera que el muchacho que alarga excesivamente ese tiempo es arrastrado invenciblemente a prácticas solitarias.
La cama no debe ser excesivamente blanda, sino más bien un poco dura. Lo contrario es perjudicial para la salud del alma y la del cuerpo.
En la mesa o alimentación debe regir la norma de frugalidad y austeridad, sobre todo en las cenas.
No abusar de las espacies y picantes, del café y del té. Los licores han de proscribirse para los niños, y los dulces y golosinas no deben prodigarse. Las frutas son mucho más convenientes.
Los vestidos tienen que cubrir suficientemente el cuerpo de los niños. Más de una vez, los degenerados que han ido a parar a los Tribunales por abusos o corrupción de menores, han declarado en su defensa que habían sido excitados a ellos por las desnudeces de los vestidos infantiles.
Además, los vestidos han de ser holgados, de suerte que no aprisionen el cuerpo infantil ni impidan sus movimientos libres.
No deben tampoco ser excesivamente numerosos o excesivamente recios, de suerte que produzcan una temperatura demasiado elevada.
Muy interesante es también la limpieza del cuerpo. Hay que acostumbrar al niño no sólo al aseo diario matinal, sino, además, al baño o ducha frecuente, en el cual se haga una limpieza higiénica completa de la región infraabdominal.
***
Los ejercicios corporales, al irradiar hacia la periferia del organismo las energías interiores del mismo, son un excelente auxiliar de esta labor preeducativa de la castidad.
Tienen, además, otra ventaja; y es que cortan las exuberancias de la imaginación infantil de la que no pocas veces intenta adueñarse el demonio de la carne.
Los deportes, que además del ejercicio corporal excitan moderadamente el interés agonístico del juego, ponen fuera de combate tanto a la frondosa fantasía como al aguijón de la carne por un buen rato.
Además, hacen que, al llegar el tiempo del descanso nocturno, el niño concilie rápidamente el sueño en cuanto se pone en cama.
También para los pequeñuelos la ociosidad es madre de todos los vicios. Hay que evitarla por medio de los juegos y de la ocupación. Una madre no puede, permitir que su hijo esté sin hacer nada: o le ha de encomendar alguna ocupación que pueda ser útil a la casa, dentro de las de su edad, o le ha de entretener con honestas diversiones.
***
La última norma que vamos a indicar acerca de la preeducación de la castidad es la conveniencia de procurar que se formen y arraiguen en los niños desde su más tierna edad los hábitos de decencia y modestia.
Desde pequeños han de acostumbrarse a buscar lugares secretos para ciertas operaciones e ir vestidos modestamente. La infancia no es sensible a los motivos éticos de decencia, pero sí lo es a la noción de lo sucio y de lo feo.
Hay que insistir en reprochar a los niños cualquier acto inmodesto, subrayando el aspecto de fealdad y suciedad del mismo. La próvida naturaleza, al colocar en estrecha vecindad los órganos de los placeres secretos y de las operaciones fisiológicas que resultan un poco repugnantes, nos da fundamento para ello.
Como ya antes hemos indicado, este hábito de decencia hay que extenderlo al vestido. Vestir a una niña como a una mala mujer, no será ciertamente el camino más seguro para impedir que un día lo llegue a ser… o al menos se aproxime a ella por su inconsciencia y ligereza.
***
En cuanto a la educación propiamente dicha de la castidad. Ella tiene dos partes.
El desarrollo fisiológico y espiritual del niño le llevará pronto a una edad en que puede y debe empezar la educación directa de la castidad.
Primero será su inteligencia, que se va abriendo a la realidad, la que le propondrá ciertas cuestiones sobre el origen de la vida que absorberán y atraerán poderosamente su atención; después serán los movimientos y sensaciones, antes desconocidos, motivados por el desarrollo y madurez de sus órganos sexuales, los que sumirán al adolescente en un mar de confusiones y turbaciones; por fin, el despertar de las pasiones será el que erizará de peligros su vida moral.
Al llegar a este momento se impone una labor delicada e inteligente de los padres y educadores para orientar al niño en esa selva enmarañada de la adolescencia, educando su castidad y educando en la castidad y para la castidad.
En esta ímproba y noble tarea hay, evidentemente, dos partes muy diferentes: una se dirige a su entendimiento y otra a su voluntad.
La primera trata de descorrer poco a poco, ante la mirada ansiosa del niño, el velo que cubre el misterio del origen de la vida: es lo que algunos, con evidente impropiedad, han llamado «iniciación sexual», y otros, con mayor acierto, «iniciación de los niños en el misterio de la vida».
La segunda parte se refiere directamente a la voluntad, y tiende a fortalecerla suficientemente para que sepa resistir con energía y tesón a los atractivos del placer sexual, hasta que llegue la hora del matrimonio, para aquellos a los que Dios llama por ese camino.
Continuará…
