PADRE CALMEL: EXPRESIÓN HEDIONDA

CONTRA EL ASEDIO ENEMIGO

LA ARMADURA DE DIOS

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LLAMADA «EDUCACIÓN SEXUAL»

ES UNA IMPOSTURA

Passim enim bene multi et stulte et periculose eam tenent provehuntque educandi rationem, quæ sexualis putide dicitur, escribió Pío XI en su encíclica Divini illius magistri.

Está muy difundido el error de los que, con pretensión peligrosa y con expresión hedionda, promueven la llamada educación sexual.

Educación sexual, expresión hedionda.

Para que ella se haya generalizado, es necesario que las costumbres generales se hayan convertido en costumbres de primates.

Expresión nauseabunda, pero aún más falsa que infecta.

Cuando uno piensa en ello, también es falso hablar de educación sexual como lo sería decir sistema respiratorio orgulloso.

El uso de los órganos de la respiración no se ve afectado por la moralidad; estos órganos, por otra parte, no están sujetos a una rebelión moralmente desordenada de los sentidos.

Sobre estos dos puntos existe una diferencia fundamental con los órganos de la propagación de la vida humana. Es por esto que, desde el primer pecado, los hombres no andan desnudos.

Las personas que han mantenido el buen sentido, que no desprecian las evidencias de la recta razón natural, deben eliminar de su lenguaje esta expresión falsa, bastarda y apestosa: educación sexual.

Diremos una de tres cosas:

1ª.- Sea, un estudio científico del sistema genitourinario; pero, a menos de ser un gran tonto, ¿quién querría imponer a un pequeño adolescente los estudios especializados de la facultad de medicina?

2ª.- Sea, diremos educación de la pureza; pero, a menos de ser muy vicioso, se admitirá que requiere la mayor reserva. Pronto mostraremos por qué; más exactamente, trataremos de hacer ver esta evidencia primordial; porque no se demuestran las primeras verdades; ellas son aprehendidas por intuición espontánea. Se puede, en el mejor de los casos, favorecer esta intuición.

3ª.- Sea, diremos iniciación a la lujuria y a todos los vicios vergonzosos; pero, a menos de ser un crápula abominable, estaremos de acuerdo en que no es el papel de maestros y profesores.

O estudio médico, o educación en y para la pureza, o iniciación a la lujuria y perversión de los niños: tres realidades distintas, definidas, imposibles de confundir; cada una con sus propias leyes y sus propios requisitos en la presentación.

De todos modos, en este vocabulario, que es clásico, no confundimos las cartas; no disfrazamos el aprendizaje de la fornicación bajo el nombre de estudio médico.

Lo que es intolerable en la expresión «educación sexual» y en la ignominia que se oculta con este título, es la falsificación del lenguaje y la hipocresía de la conducta.

***

En público se puede enseñar sobre la esencia y la dignidad natural del matrimonio, y sobre la elevación sobrenatural que Jesucristo le confirió.

Incluso esta enseñanza se debe dar en público según las circunstancias y las personas.

En público es recomendable predicar sobre la dignidad del matrimonio.

Pero es totalmente otra cosa dar información sobre la intimidad del lecho conyugal.

La explicación de la esencia y de la dignidad del matrimonio es una cosa, y que forma parte de la exposición pública.

La descripción de las manifestaciones íntimas de amor entre los esposos es otra cosa; y esta descripción no se hace frente a una audiencia. Porque estas manifestaciones íntimas se refieren a los esposos que se han elegido a sí mismos en la presencia del Señor; ellas les conciernen sólo a ellos y al Señor; no deben ser comentadas. Estas manifestaciones pertenecen, en lo que tienen de más reservado, al amor de persona a persona. El secreto es, por lo tanto, su dominio; descubrirlos ante el público es desnaturalizarlos.

***

Lo que se debe decir en público no entra en el ámbito de la descripción, sino en la esfera de la ley moral.

En público es necesario, y suficiente, decir que la ley del Creador rige evidentemente estas manifestaciones íntimas del amor para que ellas sean honestas, en conformidad con su fin, no estén viciadas, no se opongan de ninguna manera contra la posibilidad de la generación inscrita en el acto conyugal.

Que la fertilidad sea otorgada o no por el Creador, haya o no fecundidad, esto no está en el poder de aquellos que se unen. Pero lo que está en su poder y su deber es no hacer nada contra la posibilidad de la fecundidad que está en la naturaleza misma de este acto.

Proclamar esta doctrina es infinitamente diferente de dar una descripción al público.

Si la intimidad del lecho conyugal no tiene que mostrarse en público, no es porque, en sí misma, sea deshonesta o abominable. Si, por honesto que sea en sí misma, se convirtiese de inmediato en deshonesta y abominable por la descripción y la exhibición, ella traicionaría la naturaleza de su profunda ley, que exige modestia y secreto.

Porque la naturaleza del amor es tal que las manifestaciones más íntimas del don entre el hombre y la mujer son necesariamente privadas.

Esto no se demuestra. Tampoco se demuestran los primeros principios de la razón.

Todo hombre normal, toda mujer que no es radicalmente pervertida, comprende eso. Quien ya no lo comprendiese sería un monstruo.

Todo lo que se puede explicar es que la modestia, el pudor y la reserva tienen aquí rigurosamente su lugar por dos razones, diferentes pero inseparables.

Primero, por una razón noble que se relaciona con el amor de una manera muy general; luego, por una razón triste, relacionada con nuestra condición de pecadores.

Puesto que el amor entre el hombre y la mujer, siendo un don de persona a persona, y por lo tanto todo lo contrario de un don público, no tiene que ser entregado al público en sus manifestaciones íntimas.

Por otro lado, desde el primer pecado, el amor entre el hombre y la mujer está sujeto al desorden, la lujuria y la rebelión de la carne contra el espíritu; sería antinatural que en sus manifestaciones íntimas el amor estuviese expuesto a los ojos del mundo, como si el mundo fuera angelical y no tuviera los deseos perturbados. Tal exposición sería una vil provocación.

Por lo tanto, por ambas razones, el amor requiere modestia y el secreto cuando se trata de la intimidad del lecho matrimonial. Esta intimidad no tiene que ser entregada al público, ni directamente —me disculpo por hacerlo notar—, ni por medio de descripciones y representaciones imaginativas.

La llamada «educación sexual» ignora las leyes elementales del amor: la modestia y el secreto.

Al difundir públicamente la intimidad del amor, la nauseabunda «educación sexual» distorsiona y desnaturaliza esta intimidad.

Es una impostura.

***

Pero objetan: el niño necesita saber lo que se relaciona con la propagación de la vida humana.

Por supuesto que tiene derecho a la verdad en este asunto; pero eso significa que tiene derecho a que se le diga la verdad de una manera que respete y honre el objeto sagrado de sus interrogaciones.

Además, en estas preguntas tan profundamente humanas, el niño también tiene el derecho de saber que el matrimonio no es la totalidad del hombre; el Señor puede pedir al hombre y a la mujer que renuncien a unirse en el matrimonio y tener hijos, para entregarse a su Señor con un impulso más directo y con una determinación más radical.

En cualquier caso, la verdad a la que tiene derecho el niño con respecto a la propagación de la vida humana y el amor es una verdad en cuya presentación entran necesariamente la modestia y el pudor.

Por lo tanto, es contra natura, contra la naturaleza de esta verdad, exponerla en público, describirla ante toda una clase. Tanto como proyectar ante la clase películas pornográficas.

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A las preguntas del niño, a sus dificultades o desesperación con respecto al don de la vida humana, con las atracciones, los deseos y las tentaciones relacionadas con ella, no podemos dar una respuesta en verdad, a menos que tomemos en cuenta cuál es el secreto y el misterio de cada niño.

Así lo exige la naturaleza de las preguntas de cada uno, con las admiraciones, las dificultades o las desesperaciones de cada uno.

Esto significa que no es responsabilidad del maestro que habla a toda la clase. Este es el asunto de las familias, de cada familia; es su derecho más sagrado.

Cualquier maestro honesto y de sentido común entiende este lenguaje.

Para aquellos que no lo entienden o que quieren usurpar el dominio de los padres, estos deberán forzarlos, mediante fuertes argumentos, a mantenerse en su función que es del dominio público.

Esta es bastante noble, y, si la honrasen un poco más, odiarían, como un crimen particularmente sucio, descorrer las cortinas de las alcobas delante de los ojos de sus alumnos, en lugar de enseñar a leer libros de buenos escritores, escribir correctamente y conocer la historia real y no falsa del país natal.

El niño, o más bien tal niño, a una edad que no es la misma para él y para su compañero, plantea sobre el misterio del don de la vida ciertas cuestiones particulares que no son intercambiables con las de este o aquel compañero.

Él espera, sin siquiera formularla, una respuesta que no hiera en su corazón el respeto que tiene por su padre y su madre; o bien una respuesta que no lo envilezca a sus propios ojos en la lucha que debe llevar a cabo para mantenerse puro.

¿Cómo responder apropiadamente a las preguntas esencialmente individualizadas?

Toda respuesta que, dada en público, pretenda alcanzar a cada niño en su misterio individual, traiciona por lo mismo la pregunta del niño.

Lo que el niño pedía no era parte de una exposición pública, como la solución de un problema de geometría o una lección sobre la médula espinal.

Lo que el niño, cada niño personalmente, tiene necesidad de saber en este asunto, no es de la competencia del maestro o profesor.

***

Acabemos lo antes posible con la impostura de la llamada educación sexual.

Que los padres no renuncien a sus sagrados derechos en manos de los maestros.

Que los maestros se nieguen categóricamente a convertir las aulas en anfiteatros de la facultad de medicina, en vestíbulos de hoteles sospechosos o en salas de cine pornográfico.

Que todos los católicos que todavía enseñan a sus hijos el Ave Maria redoblen su oración y tomen medidas para detener la iniciación pública de la lujuria que personajes infames pretenden imponer autoritaria y oficialmente a todos los niños.