Conservando los restos
ELEMENTOS LITÚRGICOS
“La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”
LITURGIA DEL BAUTISMO
Los tres primeros Sacramentos: el Bautismo, la Confirmación y la Comunión, son los tres ritos esenciales, que antiguamente constituían lo que se llamaba la Iniciación Cristiana.
Esa Iniciación, o como entrada oficial y solemne en la Iglesia, no se concedía de ordinario sino después de una larga y rigurosa preparación, para la cual fue instituido el Catecumenado, que era, con respecto a la vida cristiana, lo que el noviciado actual para la vida religiosa.
1. Doctrina de la Iglesia
El Bautismo, puerta y fundamento de los demás Sacramentos (canon 737), es un Sacramento por el cual renacemos a la gracia de Dios y nos hacemos cristianos.
Es absolutamente necesario para salvarse, y sólo puede suplirse con el martirio, que se llama “Bautismo de sangre”, o con un acto de perfecto amor de Dios o de contrición, que vaya unido con el deseo, al menos implícito, del Bautismo, que es lo que se llama “Bautismo de deseo”.
1. Materia
La materia del Bautismo solemne es una agua especial bendecida el Sábado Santo y la Vigilia de Pentecostés y mezclada con Santos Óleos.
La del Bautismo de necesidad, en peligro de muerte, ha de ser agua natural, sea de río, de mar, de pozo, de laguna o de fuente, etc., y no es necesario que esté bendita. A esto último es a lo que se llama bautizar con “agua de socorro”.
2. Forma
La forma o palabras que han de acompañar la ablución del agua, es ésta: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
3. Ministros
El Ministro Ordinario del Bautismo solemne es el sacerdote, pero su administración está reservada al Párroco o a otro sacerdote delegado por él o por el Obispo (canon 738).
El Ministro Extraordinario del mismo es el Diácono (canon 741).
En caso de necesidad, pueden bautizar, sin ceremonias solemnes, todas las personas del pueblo, así hombres como mujeres, aun los judíos, infieles y herejes, con tal que tengan intención de hacer lo que hace la Iglesia católica al administrarlo; pero procurando, a ser posible, que la presencien uno o dos testigos, para que puedan dar fe (canon 742, § 1).
4. Sujeto
Puede y debe ser bautizado todo hombre que nunca lo haya sido válidamente, sea niño o adulto.
El niño basta que sea presentado por sus padres o por personas responsables; el adulto, empero, debe recibirlo libre y conscientemente, después de bien instruido y arrepentido de sus pecados (canon 752), siendo conveniente que esté en ayunas, para que, a continuación, asista a la Santa Misa y comulgue con ella (canon 753).
5. Padrinos
Basta uno, que puede ser hombre o mujer; o a lo sumo dos, uno de cada sexo (canon 754).
Deben estar bautizados; no ser herejes ni cismáticos ni excomulgados (canon 765); tener 14 años de edad, salvo el parecer del ministro con justa razón; y conocer los rudimentos de la fe (canon 766).
6. Nombre
Al bautizado ha de imponérsele un nombre cristiano tomado del catálogo de los Santos para que lo considere siempre como su ejemplar y su abogado, y si los padres se empeñan en darle un nombre profano, a éste ha de añadir el párroco el de algún Santo de modo que ambos consten en la partida (canon 761).
7. Efectos
Al bautizado se le perdona el pecado original y de todo otro pecado que tuviere y también toda la pena por ellos merecida; se le infunde la primera gracia santificante; se le imprime el carácter de cristiano; se le hace hijo de Dios, miembro de la Iglesia y heredero de la gloria del cielo, y se le habilita para recibir los demás Sacramentos.

2. El Catecumenado antiguo
El Bautismo, ya desde los primeros tiempos, se confería a los niños; pero no todos, ni mucho menos, lo recibían en la infancia. Había muchos que, ora por negligencia de sus padres, ora por costumbre, ora por convertirse tardíamente al cristianismo, no se bautizaban sino después de llegados al uso de razón.
Para éstos se instituyó el Catecumenado, que era un tiempo de prueba y de formación, durante el cual se contrastaba la vida del aspirante, se le enseñaba los misterios de la Religión y se moldeaba su alma en el troquel de los preceptos evangélicos.
Al principio, la preparación para el Bautismo debió ser muy breve y rudimentaria, según lo prueba la deliciosa escena del diácono Felipe con el eunuco de la reina de Candace. La acción del Espíritu Santo, que entonces era tan visible en las almas, supliría probablemente esa deficiente preparación.
Pronto, empero, al acercarse amenazadoras las primeras persecuciones, la Iglesia juzgó prudente poner a prueba la fe y la virtud de los recién convertidos, antes de admitirlos al Bautismo. Ser cristiano, o simplemente llamarse tal, era un título tremendo; pues se exponían a los peores suplicios, a la confiscación de sus bienes, a la misma muerte. De ahí que fuese necesario el Catecumenado, para prevenir las defecciones y hacer de cada neófito un verdadero atleta de Cristo.
En el antiguo Catecumenado, o especie de noviciado o iniciación de la vida cristiana, se pueden distinguir como cuatro etapas, a las cuales corresponden, más o menos, las ceremonias del actual rito bautismal.
Los ritos de cada etapa no fueron probablemente obra de un día, ni de un año, sino de una sucesión de experiencias y tiempos. Lo cierto es que constan ya expresamente en el concilio de Elvira, celebrado a fines del siglo III.
Primera etapa: Recepción de los Catecúmenos.
Al presentarse un catecúmeno o candidato para pedir el Bautismo, el Obispo indagaba la índole e intenciones del pretendiente, y si resultaba persona aceptable, se le inscribía en el registro de los aspirantes, y mediante una ceremonia simbólica, se le incorporaba al Catecumenado.
Eran éstos los catecúmenos llamados “componentes”, los cuales podían ya asistir a las asambleas religiosas, incluso a la primera parte de la Misa, y debían llevar una vida ejemplar.
Segunda etapa: Primeros escrutinios.
El Catecumenado duraba uno, dos o tres años, según las disposiciones del aspirante.
Durante la última Cuaresma, los “componentes” practicaban rigurosos ayunos y penitencias y recibían especiales instrucciones en el templo, y, en seis ocasiones, se les presentaban a los fieles para que pudieran examinarlos. La reunión terminaba con los exorcismos y otros ritos simbólicos, y llevaba el nombre de escrutinio o exploración.
Tercera etapa: Último escrutinio.
Se efectuaba al fin de Cuaresma con mucha mayor solemnidad que los seis precedentes, y esta vez los ritos estaban a cargo de un sacerdote.
Dichos ritos eran más o menos los mismos que ahora se emplean en la tercera parte del Bautismo, que luego estudiaremos.
Cuarta etapa: Administración del Bautismo.
Los “electos”, como se les llamaba ya a los catecúmenos en esta etapa, asistían a la ceremonia nocturna solemne del Sábado Santo, y oportunamente se dirigían en procesión hacia el bautisterio, para presenciar la pomposa bendición, por el Obispo, de las aguas bautismales y recibir en seguida el Sacramento.
Los adultos se metían en la fuente hasta la cintura, y por tres veces se les derramaba agua sobre la cabeza invocando a la Santísima Trinidad (bautismo de infusión); al paso que a los niños se les sumergía por completo en el agua (bautismo de inmersión).
Seguían las unciones, la imposición de la vestidura blanca y entrega del cirio encendido, lo mismo que ahora, y terminaba con la Confirmación y la Misa de Primera Comunión.

San Remigio bautiza a Clodoveo, Rey de los Francos
CEREMONIAL ACTUAL DEL BAUTISMO
El actual Ceremonial del Bautismo es doble:
a) uno, que es el primero y más frecuente, es el Bautismo de párvulos;
b) y otro, el Bautismo de adultos.
El Bautismo de párvulos
El Catecismo Romano reduce a tres clases las ceremonias y preces usadas en el actual rito del Bautismo de párvulos:
– las que se practican antes de llegar a la pila,
– las que tienen lugar junto a ella, hasta el Bautismo inclusive,
– y las que siguen al Bautismo.
En un estudio de Liturgia como éste, creemos cuadra mejor otra división que permita poner bien de manifiesto el parentesco existente entre el rito actual del Bautismo y el antiguo.
Así, pues, distinguiremos nosotros cuatro partes:
1ª) Desde el principio hasta el rito de la sal, inclusive. (Responde a la recepción en el Catecumenado antiguo.)
2ª) Hasta la llegada a la pila bautismal. (Responde a los seis primeros Escrutinios de la primitiva Iglesia.)
3a) Hasta la profesión de fe, inclusive. (Responde al séptimo y último Escrutinio.)
4a) Administración del Bautismo, hasta el fin. (Responde a la solemnidad antigua del Bautismo.)
Primera parte.
Tiene lugar en el cancel del templo, pues el candidato ha de purificarse y acreditarse de creyente antes de entrar en él. El sacerdote le hace al niño, a) un breve interrogatorio, b) le sopla tres veces en el rostro, c) le traza la señal de la cruz en la frente y en el pecho, d) le impone las manos sobre la cabeza, y e) le da a gustar un poco de sal acompañando todos estos ritos con palabras adecuadas.
a) El interrogatorio de entrada es éste:
Sacerdote — ¿N., qué pides a la Iglesia de Dios?
Padrinos — La fe.
Sacerdote — ¿Qué te da la fe?
Padrinos —La vida eterna.
Sacerdote — Si, pues, deseas entrar en la vida eterna, guarda los Mandamientos…
Quiere la Iglesia que el niño abrace libremente, por medio de su padrino, la fe católica, y que, si como dice, aspira a la gloria del Cielo se obligue desde ahora a la observancia de los Mandamientos, que es la condición indispensable. Por eso le somete a este interrogatorio previo.
b) El triple soplo en el rostro del niño con las palabras : “Sal de él, espíritu inmundo, y cede el lugar al Espíritu Consolador”, significa, en primer lugar un esfuerzo para expulsar al demonio del alma del bautizado, la que ocupa por medio del pecado original; y, en segundo lugar, un vivo deseo de infundirle el Espíritu Santo.
c) Trázale la señal de la Cruz en la frente y en el pecho, como para amedrentar al demonio con la misma arma con que fue derrotado en el Calvario, y abroquelar con ella al bautizado para las futuras luchas con Satanás.
d) La imposición de las manos sobre la cabeza del niño es para llamar sobre él la atención del Señor y rogarle que lo tome bajo su protección, como cosa que le pertenece.
e) La sal que le da a gustar, diciendo: “Recibe la sal de la sabiduría”, por la propiedad natural que tiene de preservar de la corrupción a los cuerpos y de dar sabor a los alimentos insulsos, es símbolo de la sabiduría y prudencia cristianas. Con ella quiere indicar la Iglesia que el cristiano debe ser sabio y prudente en la vida, para poderse conservar incorrupto en medio de los peligros del mundo, y ser discreto en sus palabras y obras.
Esta primera parte, como ya hemos notado, corresponde a la inscripción y recepción de los Catecúmenos, o sea, a la primera etapa del antiguo Catecumenado.
Segunda parte.
En la lucha que ha entablado el Sacerdote con el demonio para arrojarlo del alma del bautizado, entra en juego, en esta segunda parte, una nueva arma, o sea el exorcismo, que es una imprecación severa contra el espíritu inmundo, en nombre de la Santísima Trinidad. Así, los ritos de esta segunda parte, son: a) un primer exorcismo, b) una nueva impresión de la Cruz, en la frente, c) una nueva imposición de manos, d) y el ingreso en el templo al son del Credo y del Padrenuestro.
a) En el exorcismo le conjura a Satanás a salir de aquel cuerpo, “en nombre de Dios † Padre, y de Dios † Hijo, y de Dios † Espíritu Santo, y por mandato de Aquél mismo que anduvo sobre las olas del mar y libró a Pedro del naufragio…”.
b) y c) La nueva impresión de la señal de la Cruz en la frente y la nueva imposición de las manos son un complemento del exorcismo y nuevas precauciones que la Iglesia adopta para arrebatar al demonio el alma del infante.
d) El ingreso en el templo efectúalo el bautizado obedeciendo a un gesto autoritario del Sacerdote, cual es el imponer la extremidad de la estola sobre el bautizado. Invítale a entrar en el templo material, a él que, dentro de poco, va a ser admitido en el alma y en el cuerpo de la Iglesia Católica, la cual un día le dará acceso a la patria celestial.
Hace la entrada pronunciando la profesión de fe contenida en el Credo y rezando el Padrenuestro, que es la oración por excelencia del cristiano, que en adelante deberá usar con frecuencia para comunicarse con Dios, como de hijo a Padre.
Esta segunda parte corresponde a los primeros escrutinios o segunda etapa del antiguo Catecumenado.
Tercera parte.
Esta tercera parte contiene los ritos que inmediatamente preceden al Bautismo. Todos, excepto la profesión de fe, se efectúan a las puertas del baptisterio. Dichos ritos son: a) un segundo exorcismo, b) la ephetación, c) la renuncia a Satanás, d) la unción con el Óleo de los Catecúmenos, e) y la profesión de fe.
a) y b) Este nuevo exorcismo le urge al “espíritu enteramente inmundo” a salir de aquel cuerpo, para que se convierta en “templo de Dios vivo y en habitación del Espíritu Santo”.
Para que este desalojo se precipite y para que queden todas las vías bien expedidas al Espíritu Santo, su futuro morador, el Sacerdote hace como que reproduce el milagro evangélico de la curación del sordomudo, mojando con su saliva los oídos y la nariz del niño, y diciendo: “Epheta, esto es, abríos en olor de suavidad. Y tú, oh diablo, huye, porque se acerca el reino de Dios”.
A este rito es a lo que, de la palabra griega “epheta” que se emplea, se llama “ephetación”.
c) Antes de que el demonio salga efectivamente del alma del bautizado, quiere la Iglesia que él mismo reniegue públicamente de Satanás, de sus obras y de sus pompas, y para ello exígele, por boca de su padrino una triple renuncia.
Renuncia a Satanás, es decir, al autor e instrumento de todo el mal que sucede en la tierra; renuncia a sus obras, es decir, a los pecados; y renuncia a sus pompas, o sea, a las diversiones y vanidades mundanas, que son los lazos ordinarios con que el demonio prende en las almas.
Se compromete, por lo tanto, a no pensar, a no amar, a no hablar, a no leer, a no vestir, etc., como pudiera hacerlo un pagano. He aquí el sentido de esta solemne renuncia.
d) Estos compromisos exigirán del cristiano continuas luchas. Y bien, para armarlo de fortaleza y revestirlo del Espíritu Santo en los futuros combates, le unge con el Óleo de los Catecúmenos en el pecho y en la espalda, imitando lo que practicaban los antiguos atletas y luchadores, quienes se untaban con aceite todo el cuerpo para tornarse ágiles y escurridizos en el combate.
e) Hecho todo lo que antecede, el Sacerdote y todo el cortejo entran en el baptisterio y rodean la pila bautismal. El Sacerdote cambia la estola morada, que ha usado hasta este momento, por la blanca.
Este cambio obedece a haberse ya terminado los exorcismos, y con ellos la parte laboriosa y penitencial del Bautismo, de que es símbolo el color morado, y comenzar los ritos destinados a infundir en el bautizado la gracia, de que es símbolo clásico el color blanco.
Hemos visto que lo primero que declaró el bautizando, por boca de sus padrinos, fue que “buscaba la fe, la fe que da la vida eterna”, y para asegurarse bien la Iglesia de que realmente cree lo que ella enseña y manda, exígele ahora, delante de la pila bautismal, una solemne profesión de fe, formulándose estas tres preguntas acerca de los artículos del Credo:
Sacerdote. — ¿Crees en Dios, Padre Todopoderoso…?
Padrinos. — Creo.
Sacerdote. — ¿Crees en Jesucristo, su Único Hijo…?
Padrinos. — Creo.
Sacerdote. — ¿Crees en el Espíritu Santo, en la Santa…?
Padrinos. — Creo.
Esta tercera parte, o sea, el exorcismo, la renuncia a Satanás, la lectura del pasaje evangélico sobre la curación del sordomudo y la solemne profesión de fe, eran otros tantos ritos que se practicaban en la segunda etapa del antiguo Catecumenado, es decir, en el último Escrutinio.

Cuarta parte.
Esta última parte es la esencial del Bautismo, pues contiene: a) el rito bautismal propiamente dicho, seguido de otros ritos complementarios, a saber: b) la crismación, o unción con el Santo Crisma, c) la imposición de la vestidura blanca, d) la entrega del cirio encendido, e) la despedida.
a) Terminada la profesión de fe, y antes de proceder al Bautismo, el Sacerdote le pregunta al bautizado, llamándolo por su propio nombre, si quiere ser bautizado, para que entienda que debe hacerlo libremente, ya que va a comprometerse con graves obligaciones para toda su vida.
Ante la respuesta afirmativa del padrino, fiel intérprete de la voluntad del infante, el padrino o los padrinos inclinan el niño hacia la pila y el Sacerdote derrama por tres veces, en forma de cruz el agua bautismal sobre su cabeza, diciendo: N., yo te bautizo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
En el acto, se borra de aquella alma el pecado original y todo otro pecado, y se infunde en ella la gracia santificante, tornándose pura y hermosa.
Hoy, en la Iglesia latina, se usa este modo sencillo de bautizar, que es a lo que se llama bautismo de “infusión”, pues se administra derramando agua sobre la cabeza del bautizado; pero antiguamente se estilaba comúnmente el Bautismo de “inmersión”, que consistía en sumergir al candidato en la piscina bautismal, adonde era conducido y de donde era “sacado” por su padrino.
De ahí la expresión “sacar de pila”, que todavía se emplea en muchas partes para designar el papel que en el acto del Bautismo desempeña el padrino.
b) Sobre la cabeza, mojada con el agua bautismal, traza el Sacerdote la señal de la Cruz con el Santo Crisma, que llama “Crisma de salvación”, indicándole con eso que desde ese día queda incorporado a Cristo, de cuyo sacerdocio y realeza es hecho como participante, mediante esta unción.
De este Crisma y de esta incorporación con Cristo nos viene el nombre de cristianos que llevamos y el “carácter” de tales que tenemos impreso. Ni los pecados futuros, por graves que sean, ni la misma apostasía, si algún día incurriere en ella, podrán borrarle al bautizado ese sublime “carácter” que aquí se le imprime.
Emanación, como es, el carácter bautismal del Sacerdocio de Jesucristo, nos da el derecho de recibir los demás Sacramentos y de tomar parte activa en el culto católico de la Iglesia, que es donde Jesucristo ejerce oficialmente su sacerdocio.
c) Luego cubre la cabeza del recién bautizado con un velo blanco, que simboliza ora la gloria de la resurrección a la cual nacemos por el Bautismo, ora el candor y hermosura con que son adornadas las almas limpias de las manchas del pecado, ora también la inocencia y pureza que debe guardar el cristiano por toda la vida.
Al imponérselo, exhórtale el Sacerdote a conservarlo intacto, “para que lo pueda presentar inmaculado ante el tribunal de Dios Nuestro Señor y merecer así la vida eterna”.
Este velo actual reemplaza al vestido blanco que antiguamente recibían los neófitos, al ser bautizados, y que llevaban puestos a los divinos Oficios durante la semana de Pascua, hasta el Sábado “in albis”, en que los dejaban mediante una ceremonia especial que ya ha desaparecido.
d) A continuación, el Sacerdote entrega al bautizado por intermedio de su padrino, un cirio encendido, al mismo tiempo que le amonesta a “guardar con una conducta intachable su Bautismo y a observar los Mandamientos de Dios, para que, cuando el Señor venga a las celestiales bodas, pueda él salir a su encuentro juntamente con todos los Santos de la Corte celestial”.
Este cirio, que también recibían los antiguos neófitos y que usaban toda la Semana de Pascua hasta el Sábado “in albis”, como haciendo cortejo al gran Cirio Pascual, es símbolo de la gracia y de la fe viva del recién bautizado, a la vez que de la práctica de las buenas obras, que se resume en la guarda de los Mandamientos.
La alusión a la parábola evangélica de las Diez Vírgenes (San Mateo, XXII) es bien clara, como también lo es la lección que con este rito la Iglesia quiere inculcar.
e) La sencilla despedida de hoy ha sustituido a la antigua, que consistía en efusivas felicitaciones y abrazos, en coronar a los neófitos con flores y siemprevivas, etc., expresiones todas que pintaban al vivo la felicidad y alegría que embargaban al cortejo de neófitos y de padrinos, y que estaban muy lejos de los regocijos mundanos con que hoy suelen profanarse estos acontecimientos religiosos del hogar.
Antiguamente, inmediatamente al Bautismo seguían la Confirmación y la Comunión, aun para los párvulos, y como regalo final, débaseles a gustar leche y miel, para indicarles que, al entrar en la Iglesia, habían entrado en la verdadera tierra de promisión.
El día de Pascua, en Roma, se le notificaban al Papa solemnemente los nombres de los que habían sido bautizados la noche anterior, y luego se leía sobre ellos el principio del Evangelio de San Juan, costumbre esta última que todavía se practica en España y en algunos otros países con los recién bautizados. No estará demás hacer notar que los neófitos, así santificados y honrados por la Iglesia, eran tenidos en singular veneración, y a menudo se interponía su poderoso valimiento ante los reyes y emperadores para conseguir de ellos gracias y favores, y las autoridades mismas reclamaban sus oraciones, y bendiciones para sí y para sus pueblos y ejércitos.
Cuadro comparativo
Para que se comprendan mejor las etapas de los ritos bautismales antiguos y su equivalencia en el ceremonial actual, ponemos a continuación el siguiente cuadro comparativo:


Advertencias finales del Ritual
Al terminar las ceremonias del Bautismo, el Ritual Romano hace a los padres y padrinos algunas advertencias prácticas, las más importantes de las cuales son las siguientes:
Que los padrinos contraen con el bautizado parentesco espiritual, el cual impide y dirime el matrimonio. Que ni los padres ni las nodrizas acuesten con ellos en su cama al niño, por el peligro que hay de oprimirlo; que lo guarden con todo cuidado, y, al llegar el tiempo lo instruyan en la doctrina cristiana. Que ni los padres ni nadie entreguen los hijos a nodrizas o amas hebreas, infieles o herejes. Que antes de marchar de la iglesia, proporcionen al Párroco los datos necesarios para levantar la partida de Bautismo.
El Bautismo de adultos
En el Ritual Romano (Título II, capítulo IV) existe un ceremonial especial para administrar a los adultos el Sacramento del Bautismo.
Es un ceremonial que, a los ritos y preces del Bautismo de párvulos, agrega otros nuevos o bien los amplía, sobre todo en la parte correspondiente a los exorcismos, renuncia de Satanás, profesión de fe y otros detalles que preceden a la administración del Sacramento.
Es un verdadero monumento litúrgico, que da una idea grandiosa del acto trascendentalísimo de pasar un adulto de la infidelidad o de la herejía a la Iglesia Católica.
Haremos una breve reseña del orden en que se suceden, poniendo entre paréntesis los números correspondientes del Ritual.
El ministro bautizante, que en el caso suele ser el Obispo o un sacerdote por él delegado o el propio párroco, se prepara para la ceremonia con el rezo de tres salmos, una antífona y varios versículos y oraciones, todo muy bien elegido (Nros. 1, 2, 3 y 4).
La ceremonia empieza en el dintel de la iglesia preguntando el Sacerdote al pretendiente cómo se llama y qué pide, e indicándole qué ha de hacer para conseguir la vida eterna (n. 5).
En seguida le hace renunciar a Satanás, a sus obras y a sus pompas (n. 6), y en cambio adherirse a Cristo, con una solemne profesión de fe (n. 7).
Sóplale tres veces en el rostro para arrojar de él al demonio (n. 8), y alienta sobre él en forma de cruz para infundirle el Espíritu Santo (n. 9).
Traza en su frente y en su corazón la señal de la Cruz intimándole a abrazar la fe divina y a portarse de modo que merezca ser templo de Dios, y para mayor seguridad, le obliga a abjurar de la idolatría, de la superstición o de la herejía, rogando al Padre celestial le dirija por el camino de la verdad hasta el cielo (n. 10).
Vuelve a trazar la señal de la Cruz, y esta vez en la frente, orejas, ojos, narices, boca, pecho, espaldas y, por fin, todo a lo largo del cuerpo como para poner al servicio de Cristo todo su ser (n. 11).
Le impone las manos (n. 12), bendice la sal (n. 13 y 14) y se la da a gustar (n. 15).
Por tres veces consecutivas le invita a rezar de rodillas el Padrenuestro, hace que su padrino le trace en la frente la señal de la Cruz, le impone las manos cada vez con fórmula distinta y pronuncia tres distintos exorcismos (n. 16, 17, 18, 19, 20 y 21), indicando con esta insistencia lo difícil que es librar a un inveterado del poder de Satanás.
Le impone otra vez las manos (n. 28), lo introduce en el templo (n. 29), sobre cuyo pavimento se postra el pretendiente para adorar a Dios (n. 30).
Mientras se acerca al baptisterio recita el Credo y el Padrenuestro (n. 31 y 32) y el Sacerdote le impone de nuevo las manos instando al demonio a salir de allí (n. 33).
Unta con saliva los oídos y nariz del mismo (n. 34), le hace renunciar de nuevo a Satanás (n. 35), le unge con el Óleo de los Catecúmenos (n. 36), y pronuncia contra el demonio el último exorcismo (n. 37).
Le exige otra profesión de fe solemne (n. 38), y procede a la administración del Bautismo (n. 39), unción con el Santo Crisma (n. 41), imposición del velo blanco (n. 42), entrega el cirio encendido (n. 43), y despedida (n. 50), como en el Bautismo de párvulos.
Si la ceremonia ha tenido lugar a hora conveniente, se celebra a continuación la Misa, a la que asiste el bautizado para comulgar (n. 52).
Tales son los ritos con que la Iglesia Católica recibe en su seno a los adultos que le piden el Bautismo. Al recorrerlos, se imagina uno estar viviendo una de las más bellas épocas de la antigüedad eclesiástica.
