SAN PABLO: LOS INICUOS NO HEREDARÁN EL REINO DE DIOS

PECADOS QUE ATRAEN LA CÓLERA DIVINA

EN SUS CONTEXTOS… PASADO Y PRESENTE

IV

En la Epístola del Decimocuarto Domingo de Pentecostés, hemos visto que San Pablo presenta, en un paralelo contrastante, un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu, recalcando que el cristiano que se deja guiar por el Espíritu no necesita de la Ley para conocer cuáles son las obras de la carne a las que debe oponerse, pues éstas son manifiestas.

Es evidente que no intenta el Apóstol darnos una lista completa de las obras de la carne. En otros pasajes de sus Cartas encontramos también semejantes catálogos de pecados, no siempre los mismos ni en el mismo orden.

Prometimos que en estos días publicaríamos sucesivos comentarios a dichos textos paulinos.

Efesios IV: 30-31

Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual habéis sido sellados para el día de la redención. Toda amargura, enojo, ira, gritería y blasfemia destiérrese de vosotros, y también toda malicia.

En exhortación de conjunto y valiéndose de un expresivo antropomorfismo, el Apóstol dice a los efesios que no entristezcan al Espíritu Santo de Dios, en el cual han sido sellados para el día de la redención, el día del juicio final, cuando recibirá consumación definitiva la obra redentora de Cristo, y Dios reconocerá públicamente a los suyos y rechazará a los extraños.

Finalmente, como resumiendo lo dicho y haciendo hincapié en lo que considera más directamente peligroso para la unidad del Cuerpo Místico, San Pablo da cinco acciones que van señalando, en gradación ascendente, los sentimientos del «hombre viejo» irritado, desde el resentimiento interno hasta la blasfemia y todo género de pecados.

A todo eso debe el cristiano oponer las virtudes propias del «hombre nuevo».

Efesios V: 3-7

Fornicación y cualquier impureza o avaricia, ni siquiera se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni torpeza, ni vana palabrería, bufonerías, cosas que no convienen, antes bien acciones de gracia. Porque tened bien entendido que ningún fornicario, impuro o avaro, que es lo mismo que idólatra, tiene parte en el reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con razonamientos vanos, pues por esto viene la cólera de Dios sobre los hijos de la rebeldía. No tengáis parte con ellos.

Los pecados enumerados se refieren, en general, a pecados de impureza. Así interpretan muchos incluso el término «avaricia», que aludiría a esa avidez de gozar más y más, propia de los placeres sensuales.

Sin embargo, el término «avaricia» puede tener aquí su sentido obvio de avidez en poseer más y más, lo cual convierte al hombre en esclavo del dinero, del que hace su dios, y que, junto con la impureza, era otro de los grandes vicios de la sociedad pagana.

Todos estos pecados excluyen del Reino de Dios, para el que perdemos el derecho; y ni siquiera deben nombrarse entre los cristianos.

Esta última expresión no es clara. Generalmente es interpretada como modo de hablar hiperbólico, para acentuar la recomendación; pero puede también interpretarse en otro sentido, considerando el término «nombre» como sustituido de «cosa», conforme era corriente entre los semitas; significando simplemente que esos vicios no deben existir entre los cristianos.

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Comentario de Santo Tomás

En líneas anteriores el Apóstol, luego de amonestarlos a dejar lo envejecido para tomar lo nuevo, enseña con esa prohibición a los Efesios a evitar los vicios espirituales; aquí, con nueva prohibición, les veda también los vicios carnales, valiéndose del mismo procedimiento de prohibir lo viejo de esos vicios para inducirlos a la novedad de la virtud contraria; y junto con la prohibición les propone la pena de esos vicios y los precave contra los embaucadores, para no dejarse engañar.

Da de mano, primero a ciertos vicios que hacen cabeza, luego a los que hacen cauda o secuela.

Los vicios a que da de mano son tres:

a) la lujuria natural, que es cuando peca con mujer ajena; por eso dice: «la fornicación». Dícese fornicación, de la palabra latina fornix: arco triunfal, porque cerca de él estaban los lupanares o prostíbulos;

b) la lujuria no natural: «toda inmundicia», esto es, toda polución contra la naturaleza, es a saber, la que no se ordena a la generación;

c) la avaricia; aunque había que preguntar ¿por qué? ¿Tiene acaso que ver con los pecados de la carne?

Respondo: digamos que no, pero tampoco separada a mil leguas, sino que es como un cancel divisorio entre los pecados espirituales y los carnales.

Lo cual queda claro si consideramos estos dos elementos que tiene el pecado: el objeto y la delectación en el objeto.

Así pues, hay pecados cuyo objeto y delectación son espirituales, como la ira; pues la venganza, que es el objeto de la ira, y la delectación de ahí nacida, son algo espiritual; lo mismo la vanagloria.

Otros pecados son del todo carnales, en objeto y delectación, como la gula y la lujuria.

Pero la avaricia es un término medio; porque su objeto es carnal: el dinero; mas la delectación es espiritual, pues todo su descanso es para el avaro el dinero.

Y esta es la razón de catalogar mitad la avaricia con los pecados carnales por razón del objeto, y mitad con los espirituales por razón del deleite.

O digamos también que la avaricia se opone a la justicia, y entonces se toma por la especie de lujuria, que es el adulterio y consiste en el uso injusto de la mujer ajena, así como la avaricia es el uso injusto del dinero.

Pero arriba dijo: «el que robaba ya no robe»; aquí en cambio que «ni aun se nombre» este vicio; pues los primeros vicios que en el combate espiritual hay que vencer son los carnales; que en vano se fatiga uno luchando contra los vicios de dentro, si primero no vence los vicios de fuera, es a saber, los carnales, contra los cuales hay perpetua guerra. Por eso dice: ni siquiera se nombre entre vosotros, como corresponde a los santos, es a saber, abstenerse de acciones, de pensamientos, de dichos.

“Ni tampoco palabras torpes». Pone ahora los vicios que van convoyando a esta dama (la lujuria).

Acerca de lo cual primero da de mano a dicho cortejo, para poner luego en su lugar la escolta de virtudes contrarias.

Tres son los vicios que destierra de la vida cristiana, es a saber, la torpeza, que consiste en los tocamientos torpes, abrazos y besos libidinosos.

Asimismo las truhanerías, esto es, palabras que provocan al mal.

En tercer lugar las bufonadas, esto es, chufetas y cuchufletas, con que algunos quieren agradar a otros. Pero, además de que «de toda palabra ociosa darán cuenta el día del juicio», todas estas cosas impuras son mortales, en cuanto se ordenan a los pecados mortales; porque una cosa, aunque buena de suyo, si se ordena al pecado mortal, es mortal.

De ahí induce a lo contrario, es a saber, al nacimiento de gracias.

Luego les declara la pena de estos vicios, que es la exclusión de la visión divina, y los pone sobre aviso para que no se dejen engañar.

Prohibió el Apóstol los pecados carnales; aquí amenaza con pena de condenación, que se inflige a los pecadores.

Y primero los certifica de que así es, luego, pecado a pecado, señala cuáles abarca esta pena.

Dice, pues, «tened bien entendido», esto es, tened por cierto, no sólo habitualmente, sino actualmente.

¿Qué cosa? «Que ningún fornicador, o impúdico, o avariento, lo cual viene a ser una idolatría, será heredero del reino de Cristo y de Dios».

Advirtamos que aquí llama a la avaricia idolatría, porque efectivamente hay idolatría cuando se rinde a la criatura la honra debida a solo Dios.

Ahora bien, esta honra se le debe por doble título, es a saber, el de poner en Él nuestro fin, y el de, como término, depositar en Él nuestra confianza.

Luego, el que en las criaturas pone esta confianza y este fin es reo de idolatría. Y así lo hace el avaro, que pone en una cosa creada su fin y también toda su confianza.

Pero se objetará: siendo así que en los otros pecados pone su fin el hombre en la criatura que ama y la está unido con ternura, ¿por qué en ellos no se le llama también al pecador idólatra?

Respondo: porque la idolatría consiste en rendirle exteriormente a algún objeto el culto que no se le debe. Ahora bien, en los otros pecados pónese el fin en lo interior, como para buscar la propia exaltación. Pero el que pone el fin en las riquezas, lo pone en ellas, como hace el idólatra, en un objeto exterior.

Instancia: ¿Por ventura el avaro, al rendirle a la criatura la honra que a solo Dios se debe, es realmente idólatra de suyo?

Digo que no, porque en materia moral las acciones u obras se juzgan por el fin. Es entonces de suyo idólatra el que de por sí y como tal pretende rendir culto a la criatura; cosa que no intenta el avaro de por sí y como tal, sino accidentalmente lo hace, por cuanto ama a la criatura con amor superfluo y desordenado.

Mas, ¿qué será del tal? Que no tendrá parte en la herencia, que es para los hijos, y los tales no son hijos, porque son carnales; luego ni herederos

Mas pudiera objetarse: si esta herencia es el mismo Dios, siendo como es indivisible e impartible, ¿por qué dice dividiendo: «en el reino de Cristo y de Dios», como si esta herencia fuese divisible?

Respondo: nuestra herencia consiste en la fruición de Dios, pero ahora Dios goza y disfruta de Sí de otra manera, y nosotros de Él, porque en Dios ese gozo y disfrute de Sí es perfecto, ya que el conocimiento que de Sí tiene también es perfecto, y ama totalmente, sin dejar parte, cuanto en Sí es conocible y amable. No así nosotros; que, aunque en la patria le conoceremos perfectamente y, por consiguiente, le amaremos, pero no le abarcaremos totalmente.

Por cuyo motivo parece haber allí cierta particular imperfección; razón por la cual dice de Cristo y de Dios conjuntamente, cual si pusiera parte con parte, esto es, porque por Cristo, y no por otro, se alcanza la herencia.

Al decir luego: «nadie os engañe», da de mano a las trapazas de los embusteros, amonestándolos a que no se dejen dar gato por liebre dando oídos a vanas palabras, y que no se hagan a una con ellos imitándolos en sus malas acciones.

Así que primero quita del paso los trampantojos en que pudieran caer, luego les muestra en qué podrán conocerlos.

Notemos entonces que en los vicios carnales sólo les enseña a precaver el engaño, porque desde el principio, para que los hombres pudiesen espaciarse a sus anchas disfrutando de sus concupiscencias, se devanaron los sesos para hallar razones justificativas de que la fornicación y otros deleites venéreos no eran pecados. Por eso dice: «con vanas palabras», que tales son, como nuez vana, las que dicen no ser pecados los placeres venéreos, ni excluir del reino de Cristo y de Dios. «Que nadie os deslumbre con sutiles discursos» (Col 2, 4).

Que de tal ralea sean esos embaucadores, y tales sus melifluidades y risas fingidas con que engaitan a la gente, lo demuestra con el castigo con que Dios castiga esos pecados carnales, que, a no ser pecados, no fueran condenados a multa y pena, pues siendo Dios justo, no inflige pena si no existe culpa.

Ahora bien, tales deleites los castiga Dios; luego son pecados.

Prueba la menor diciendo: «pues por tales cosas descargó la ira de Dios», es a saber, por los pecados carnales, «sobre los incrédulos o hijos de la desconfianza», como se vio en el diluvio y en los Sodomitas.

Asimismo, la tribu de Benjamín fue toda ella casi raída de la faz de la tierra por causa de tales pecados.

Y llámalos hijos de la desconfianza, porque los que se dan a semejantes pecados desesperan de alcanzar la vida eterna; pues si la esperasen entregándose a los deleites vedados, habría que llamar a eso más bien presunción que esperanza, la cual se apoya en los méritos para esperar con fundamento y razón la bienaventuranza advenidera.

De ahí que arriba dijera: «los cuales, no teniendo ninguna esperanza, se entregan a la disolución, para zambullirse, con un ardor insaciable, en toda suerte de impurezas». Mas ¿por qué? Porque «no creyeron que hubiese galardón para el justo».

Dice, por tanto, que «sobre los hijos de la desconfianza», esto es, que no la tienen de alcanzar los gozos eternos, «descargó la ira de Dios» por los pecados; o dígase, de desconfianza, esto es, en quienes, por lo que mira a méritos, no hay motivo ninguno para esperar.

Por consiguiente, la conclusión: «no queráis, por tanto, tener parte con ellos», es a saber, haciéndoos cómplices de tales obras; porque «¿qué tiene que ver la justicia con la iniquidad? Y ¿qué compañía puede haber entre la luz y las tinieblas? O ¿qué concordia entre Cristo y Belial? O ¿qué parte tiene el fiel con el infiel?» (II Cor 6, 14).