PECADOS QUE ATRAEN LA CÓLERA DIVINA
EN SUS CONTEXTOS… PASADO Y PRESENTE
III
En la Epístola del Decimocuarto Domingo de Pentecostés, hemos visto que San Pablo presenta, en un paralelo contrastante, un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu, recalcando que el cristiano que se deja guiar por el Espíritu no necesita de la Ley para conocer cuáles son las obras de la carne a las que debe oponerse, pues éstas son manifiestas.
Es evidente que no intenta el Apóstol darnos una lista completa de las obras de la carne. En otros pasajes de sus Cartas encontramos también semejantes catálogos de pecados, no siempre los mismos ni en el mismo orden.
Prometimos que en estos días publicaríamos sucesivos comentarios a dichos textos paulinos.
Gálatas V: 19-21
Manifiestas son las obras de la carne, las cuales son fornicación, impureza, impudicia, lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, cóleras, riñas, disensiones, sectas, envidias, homicidios, embriagueces, crápula, y otras cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya tengo dicho, que los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios.
Evidentemente no intenta el Apóstol darnos una lista completa de las obras de la carne, como lo prueba ese «y otras semejantes» que añade al final.
En otros pasajes de sus Cartas encontramos también semejantes catálogos de pecados, no siempre los mismos ni en el mismo orden.
Ese «no alcanzarán el reino de Dios» es una grave advertencia a los gálatas, que ya les había hecho antes de palabra, cuando estaba entre ellos, con la que les previene de falsas ilusiones respecto al negocio de la salvación.
Cierto que el cristiano, mediante la fe en Cristo, es hijo de Dios y heredero según la promesa; pero esa fe ha de ser una fe viva, que debe ir acompañada de obras realizadas a impulsos de la caridad.
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Comentario de Santo Tomás
Cuando dice: Y manifiestas son las obras de la carne, etc., lo que dijera lo prueba por el efecto.
Y primero pone las obras de la carne, que contrarían al Espíritu Santo; luego, muestra cómo las obras del espíritu no son prohibidas por la Ley: Para los que viven de esta suerte no hay Ley que sea contra ellos (Gal 5,23).
Acerca de las obras de la carne, que son prohibidas por la Ley hace dos cosas: la primera, enumerarlas; la segunda, agregar el daño que de ellas se sigue: Os prevengo, etc.
Pero surge una duda, pues incluye aquí el Apóstol algunas cosas que no pertenecen a la carne y, sin embargo, las llama obras de la carne, como la idolatría, las sectas, los celos, y otras semejantes.
Se debe decir, con Agustín, que vive según la carne cualquiera que viva conforme a sí mismo.
Por lo cual se entiende aquí carne por todo el hombre.
Así es que todo cuanto provenga del desordenado amor de uno mismo se llama obra de la carne.
También se debe decir que hay pecados que, por doble razón, se puede decir que son carnales, a saber:
– en cuanto a su consumación; y así se llaman carnales sólo aquellos que se consuman con deleite de la carne, como la lujuria y la gula;
– y en cuanto a la raíz; y así todos los pecados se llaman carnales, en cuanto que la corrupción de la carne pesa sobre el alma. Con el resultado de que, debilitado el entendimiento, más fácilmente puede ser engañado y no es posible la perfección de su operación. Por lo cual de esto mismo se siguen grandes males, como sectas, herejías, y otros semejantes.
Hay una segunda duda, porque, como el Apóstol dice: Los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios, y nadie es excluido del reino de Dios si no es por el pecado mortal, se sigue por lo tanto que todos los que enumera son pecados mortales, siendo lo contrarío lo evidente, porque entre ellos hay muchos que no son pecados mortales, como son las contiendas, los celos y otros semejantes.
Se debe decir que todos los pecados aquí enumerados son de algún modo mortales: algunos, ciertamente, según su género, como el homicidio, la fornicación, la idolatría y semejantes; otros, según su consumación, como la cólera, cuya consumación es en perjuicio del prójimo. Por lo cual, si se consiente en ese perjuicio, hay pecado mortal.
Y de manera semejante, la comilona se ordena a la delectación con los alimentos, y si en tales delectaciones pone alguien su fin, peca mortalmente, por lo cual ya no se le llama a eso comilonas, sino crápula; y de manera semejante se debe juzgar de otras cosas por el estilo.
Hay una tercera duda, ésta sobre el orden y la enumeración de los dichos pecados.
Acerca de esto se responde que, cuando el Apóstol hace listas de diversos vicios en distintos pasajes y de maneras distintas, no trata de enumerarlos todos ordenadamente y conforme a una regla, sino tan sólo aquellos en los que se desbordan y se exceden las gentes a las que les escribe.
Por lo cual, no hay que buscar en esas listas nada exhaustivo, sino capítulos de diversidad.
Bajo estos aspectos, hay que saber que el Apóstol enumera ciertos vicios de la carne que se dan en cosas que no son necesarias para la vida, y otros que ocurren en cosas que le son necesarias.
Acerca de lo primero indica ciertos vicios que se dan en el hombre respecto a sí mismo; otros, que se dan contra Dios; y otros, contra el prójimo.
Contra sí mismo son cuatro, que indica por delante porque manifiestamente proceden de la carne, de los cuales dos pertenecen al acto carnal de la lujuria, a saber, la fornicación, que ocurre cuando se llega el libertino a la libertina, o bien en cuanto al natural uso de la lujuria; y la impureza, en cuanto al uso contra natura.
Los otros dos se ordenan a los mismos actos.
El uno es exterior, como los tocamientos, las miradas, los besos, y cosas semejantes; y en cuanto a esto dice: impudicia.
El otro es interior, a saber, con pensamientos inmundos; y en cuanto a esto dice: lujuria.
Contra Dios indica dos:
Uno es por el que se impide por los enemigos de Dios el culto divino; y en cuanto a esto dice: idolatría. Porque la adoración de los execrados ídolos es causa de todo mal, y principio y fin.
El otro es por el que se celebra pacto con los demonios; y en cuanto a esto dice: hechicerías, que se hacen por artes mágicas, y se llaman en latín veneficia, de veneno, por el daño que le hacen al hombre.
Y contra el prójimo señala nueve males, siendo el primero las enemistades y el último el homicidio, porque a esto se llega de aquello.
Así es que primero es la enemistad en el corazón, la cual es el odio al prójimo. Y por eso dice: enemistades.
Mas de éstas nace el pleito de palabra. Por lo cual dice: contiendas, que consiste en la impugnación de la verdad con el atrevimiento de los gritos.
El segundo es los celos, que consisten en disputar con otro por obtener lo mismo. Por lo cual dice: celos, que nacen de las contiendas.
El tercero se da cuando a alguien se le atraviesa otro que tiende a la misma cosa, por lo cual se encoleriza contra él, y por eso dice: cóleras
El cuarto ocurre cuando de la cólera se llega a los golpes, y en cuanto a esto dice: riñas.
El quinto es las disensiones que, si ocurren en las cosas humanas, así se llaman cuando hay parcialidades en la Iglesia.
Si son relativas a las cosas divinas, se llaman sectas, y los sectarios son los herejes.
Y de esto se siguen las envidias, cuando aquellos con los que hay emulación prosperan.
Y de todo lo anterior se siguen los homicidios de pensamiento y de obra.
Y en cuanto a los vicios tocantes a la ordenación acerca de las cosas necesarias a la vida, indica dos: el uno en cuanto a la bebida, por lo cual dice: ebriedades, es claro que asiduas; y el otro en cuanto a la comida, y sobre esto dice: crápula.

