SAN PABLO: LOS INICUOS NO HEREDARÁN EL REINO DE DIOS

PECADOS QUE ATRAEN LA CÓLERA DIVINA

EN SUS CONTEXTOS… PASADO Y PRESENTE

II

En la Epístola del Decimocuarto Domingo de Pentecostés, hemos visto que San Pablo presenta, en un paralelo contrastante, un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu, recalcando que el cristiano que se deja guiar por el Espíritu no necesita de la Ley para conocer cuáles son las obras de la carne a las que debe oponerse, pues éstas son manifiestas.

Es evidente que no intenta el Apóstol darnos una lista completa de las obras de la carne. En otros pasajes de sus Cartas encontramos también semejantes catálogos de pecados, no siempre los mismos ni en el mismo orden.

Prometimos que en estos días publicaríamos sucesivos comentarios a dichos textos paulinos.

Romanos XIII: 11-13

Y obrad esto, conociendo el tiempo, que ya es hora de levantaros del sueño; porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, y el día está cerca; desechemos por tanto las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de luz. Andemos como de día, honestamente, no en banquetes y borracheras, no en lechos y lascivias, no en contiendas y rivalidades; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo y no os preocupéis de servir a la carne en orden a sus concupiscencias.

En sustancia, lo que San Pablo viene a decir, lo mismo en éste como en otros lugares, es que conviene vivir vigilantes, sin dejarnos arrastrar por las tendencias de la carne y los espejismos del mundo, pues el tiempo es breve y la salvación se acerca.

Pero ¿de qué tiempo y de qué salvación se trata? Esto puede dar lugar a equivocaciones.

Hay autores que creen que San Pablo está aludiendo a la vida de cada uno sobre la tierra; tiempo realmente muy corto, al que seguirá la salvación definitiva en los Cielos; haría, pues, estas exhortaciones pensando en la brevedad de la vida de cada uno y en la gloria que nos espera después de la muerte.

Sin embargo, no parece que esta respuesta esté en consonancia con el contexto y con las expresiones usadas por el mismo San Pablo. Más bien el Apóstol está refiriéndose a la glorificación final que tendrá lugar con la venida de Cristo, en la Parusía.

Este tiempo en que estamos, con la noche ya muy avanzada, es el tiempo intermedio entre las dos Venidas de Jesucristo, tiempo de la Iglesia militante.

Y la salvación que se acerca es la misma de que ha venido hablando desde el principio de la Carta a los Romanos; pero no meramente incoada, como la que tenemos ahora, sino en su consumación final definitiva.

De una parte, pertenecemos ya al mundo de la luz, y debemos obrar en consecuencia; de otra, estamos aún rodeados de tinieblas, con peligro de que nos envuelvan, esperando el pleno día de esa luz que ya esclarece el horizonte y cuyos rayos llegan hasta nosotros.

Las obras de las tinieblas son las propias de Satanás, que es el príncipe de las tinieblas, es decir, del mundo.

Jesús se presentó como la luz que nos saca de esas tinieblas. El Apóstol impulsa siempre a esperar el Retorno del Señor, el gran día próximo a amanecer; y exhorta como Él a vigilar, conociendo el tiempo, esto es, las señales que están anunciadas.

No debe extrañarnos esta manera de hablar del Apóstol, insistiendo tanto en la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo. Lo hace muchas veces a lo largo de sus Cartas.

Es una concepción distinta de la evolucionista. Mientras los modernistas y evolucionistas refieren simplemente nuestra esperanza a la consecución de los bienes del Cielo, y esa esperanza los anima y alienta en medio de los trabajos y tribulaciones presentes, para la primitiva comunidad cristiana esa esperanza estaba centrada en un punto: el retorno de Jesús en gloria y majestad.

I Corintios V: 9-11

Os escribí en la carta que no tuvieseis trato con los fornicarios. No digo con los fornicarios de este mundo en general, o con los avaros, ladrones o idólatras, pues entonces tendríais que salir del mundo. Mas lo que ahora os escribo es que no tengáis trato con ninguno que, llamándose hermano, sea fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con ese tal ni siquiera toméis bocado. Pues ¿qué tengo yo que juzgar a los de afuera? ¿No es a los de adentro a quienes habéis de juzgar? A los que son de afuera los juzgará Dios. “Quitad al malvado de en medio de vosotros”.

San Pablo, tomando ocasión del caso del incestuoso de Corinto, que evidentemente sigue todavía en su pensamiento, establece las normas a seguir con los pecadores públicos, de que ya les había hablado.

Parece ser que algunos corintios habían entendido mal, y lo que el Apóstol les decía de que debían evitar el mezclarse con los fornicarios, creían que debía aplicarse también a los fornicarios o pecadores no cristianos, cosa evidentemente imposible de observar, pues para ello tendrían que salirse de este mundo; y más habiendo de vivir en una ciudad tan corrompida como Corinto.

Por eso les aclara ahora que se trata sólo de los que pertenecen a la Iglesia, cuando alguno de ellos degenera en pecador público; con el cual no deben ni comer.

San Pablo enumera seis vicios, pero evidentemente no pretende hacer una enumeración completa; si nombra especialmente ésos, quizá sea porque eran los de más actualidad en Corinto y también se daban o podían darse entre los mismos cristianos.

Incluso el pecado de idolatría no quedaba totalmente descartado, dado el arraigo de antiguas prácticas idolátricas, que algunos fieles parece querían hacer compatibles con los principios cristianos.

Lo de «con éstos ni comer», se refiere especialmente a las refecciones comunes de los fieles en las asambleas litúrgicas, de las que debían ser excluidos esos malos cristianos.

Quiere con ello San Pablo evitar el contagio de los otros fieles, y, además, defender la buena fama de la Iglesia ante el mundo gentil, cosa esta última de gran importancia para el apostolado, más eficaz a veces que la misma predicación directa.

Los que son sólo cristianos de nombre, perjudican a la Iglesia más que los paganos. Por lo tanto, no debemos tener trato con ellos.

Véanse las severas normas dadas por San Pablo a los Tesalonicenses (II, III, 6: Os mandamos, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os retiréis de todo hermano que viva desordenadamente y no según las enseñanzas que recibió de nosotros; y por San Juan, en su Segunda Carta (10-11: Si viene alguno a vosotros, y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis.  Porque quien le saluda participa en sus malas obras).

Nótese que no es el caso de la cizaña, la cual no debe arrancarse hasta la siega. La cizaña está en el campo del mundo; mientras que San Pablo habla aquí de los que se dicen discípulos de Cristo.

Si se trata de pecadores que son «de fuera», es decir, que no pertenecen a la Iglesia, de ésos no tenemos por qué juzgar; ya los juzgará Dios a su debido tiempo.

La última sentencia: Quitad al malvado de en medio de vosotros, está inspirada literariamente en Deuteronomio XIII: 5; y con ella vuelve al tema central del capítulo, con alusión directa al caso del incestuoso.

I Corintios VI: 9-11

¿No sabéis que los inicuos no heredarán el reino de Dios? No os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña, heredarán el reino de Dios. Tales erais algunos; mas habéis sido lavados, mas habéis sido santificados, mas habéis sido justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.

Las injusticias y discordias entre los fieles de Corinto dan ocasión al Apóstol para presentar una lista de pecados, que excluyen del Reino de Dios, y que, a juzgar por la manera como se expresa (“¿No sabéis?”; “No os hagáis ilusiones”), debían ser bastante frecuentes en la comunidad y ya les había advertido sobre ellos.

Se trata de iniquidades en general (los inicuos), sobre las que entra en detalle en diez de ellas.

La expresión Reino de Dios se refiere a su etapa final o escatológica; pues, aunque todos los cristianos pertenecen al Reino de Dios y tienen derecho a la herencia prometida a los hijos de Dios, pueden, de hecho, ser desheredados a causa de sus pecados.

Tales erais: es decir, cuando paganos

***

Comentario de Santo Tomás

¿Por ventura ignoráis que los inicuos no tendrán parte en el reino de Dios?, como si dijera: al parecer lo ignoráis, pues de la iniquidad no os apartáis, siendo, por el contrario, que el Salmista y San Mateo claramente sentencian: «¡Apartaos de mi todos los obradores de la iniquidad!»

Luego les puntualiza y determina la verdad, al decirles: «No queráis cegaros. Ni los fornicarios, ni los idolatras… han de poseer el reino de Dios».

Y primero les presenta el riesgo que corren los malvados, y cómo ellos mismos escaparon de este peligro, para que teman no volver a las andadas.

Dice, pues: «no os llaméis a engaño», lo cual dice señaladamente, porque acerca de la impunidad de los pecados había una multitud de errores.

Es de advertir que hace aquí una lista de los mismos vicios que había enumerado en el capitulo antecedente; pero añade otros tres: dos que pertenecen al género de la lujuria: el adulterio y el vicio contra naturaleza, y uno al género de la injusticia, el hurto.

II Corintios XII: 20-21:

Hace rato estaréis pensando que hacemos nuestra apología delante de vosotros. Hablamos en presencia de Dios en Cristo, y todo, queridos, por vuestra edificación. Pues temo que al llegar yo no os halle tales como os quiero, y vosotros me halléis cual no deseáis; no sea que haya contiendas, envidias, iras, discordias, detracciones, murmuraciones, hinchazones, sediciones; y que cuando vuelva a veros me humille mi Dios ante vosotros, y tenga que llorar a muchos de los que antes pecaron y no se han arrepentido de la impureza y fornicación y lascivia que practicaron.

San Pablo deshace un reparo: que no crean, como sin duda vienen pensando algunos desde que comenzaron a leer la carta, que trata de justificarse ante ellos, cual si fuera él el acusado y ellos los jueces.

No; si ha hecho su apología, es simplemente porque la cree necesaria para edificación de los corintios, es decir, para su bien espiritual, de modo que no se dejen seducir por los que tratan de apartarles del recto camino.

Quiere evitar sentirse humillado al llegar a Corinto, por la conducta indigna de los que más bien debieran serle motivo de orgullo, viéndose obligado a castigar.