PADRE LEONARDO CASTELLANI: EXÉGETA Y PREDICADOR

Conservando los restos

DOMINGO DECIMOCUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En el evangelio que se lee hoy (Mateo VI y Lucas XII) Cristo nos propone como ejemplos a los Pajaritos y a los Lirios: los Pajaritos no siembran ni ensilan y siempre tienen que comer; los Lirios no hilan ni cosen y están muy bien vestidos. Parece demasiado poético, y hasta ha parecido a algunos una exhortación a la gandulería general.

Mas en esta parábola nos prohíbe Cristo la Solicitud Terrena, que trae consigo la angurria de riquezas, la cual arrastra tras de sí males innumerables. Después de haber dicho:

Ningún siervo puede servir la vez a dos señores. Vosotros no podéis servir a Dios y a las Riquezas…

Cristo prevé la réplica obvia: “¡es que el dinero es necesario para vivir!”; y persigue a la angurria de dinero en su último escondrijo, diciendo no solamente: “No os esclavicéis al dinero”, sino “Despreciad el dinero”.

León Bloy, Péguy y Kirkegor han glosado esta parábola; el Pobrecito de Asís y otros innumerables la han vivido. Ella inspiró a Kirkegor tres sermones sólidos como Bossuet y tan refinados y poéticos como Vieyra, si no nos engaña nuestra devoción al jorobadillo danés. Pero no sirven para la Argentina. Dios quiera que éste sirva.

¡Pero esta parábola no se puede cumplir hoy día!

Cuenta André Suarès que una congregación católica norteamericana ha pedido al obispo de Nueva Orleans o de Michigan que la declare “un aditamento poético de la predicación de Cristo”.

No me fío mucho de lo que dice André Suarès de los “Knights of Columbus”; no los quiere nada a los yanquis. Pero es verdad que el Papa León XIII condenó el 22 de enero de 1899 en carta al cardenal Gibbons –y en un latín bastante dudoso– un error que él llama “americanismo”; que entre otras cosas opinaba en contra de la pobreza voluntaria de las órdenes y la pobreza en general; y el sufrimiento, y las virtudes pasivas y la actitud contemplativa en el hombre: “antiguallas de la Edad Media”.

Y por ese mismo tiempo, un prócer argentino, en un momento de ligereza, opinó lo mismo. Dijo que si una nación aceptara la moral evangélica en lo que atañe al dinero, se iba por un tubo a la bancarrota: que en eso Jesús no era buen Maestro ni buen ejemplo. Jesús fue un lírico y un gran moralista teórico; se le puede llamar con Renán “el sublime poeta de lo Ético”; pero estaba flojito en Economía Política. En eso, Benjamín Franklin le daba ciento y raya. Si un hombre quisiera vivir hoy como “las Aves del Cielo”, se exponía a los peores peligros, iba derecho al naufragio, y sobre todo ¿qué dicen de la “Productividad”? Eso de despreciar al Ahorro, la virtud primera de un hombre realmente moderno, eso puede estar bien para los españoles, los napolitanos y otros pueblos cantores y atrasados; pero los argentinos no han nacido para lazzarones Leed el Evangelio si queréis; en Norteamérica lo leen mucho; pero leedlo con grandísima precaución.

Hasta aquí el prócer.

Muy bien; no pedimos otra cosa: mal leído el Evangelio hace mal. De un versillo del Evangelio mal entendido, se puede sacar una herejía. De hecho, sobre este texto de los Pajaritos y los Lirios se hizo la herejía medioeval de los Fraticelli. Y de otros textos han salido docenas de herejías; de las cuales ninguna peor que la de Renán, de la cual nuestro prócer estaba un poco tocado; aunque se libraba de ella cuando empleaba su robusto sentido común sanjuanino.

Estoy seguro que este “americanismo” lo dijo un prócer; aunque ahora no les puedo decir seguro la página dónde. Cuando éramos chicos nos lo ensenaba de memoria el gallego Mendizábal, que en realidad no era gallego, sino boliviano, naturalizado paraguayo y maestro argentino; y el otro día no más, lo echó por Radio un escritor judeoargentino, amigo mío. No hay duda de eso. Además, que despreciar el dinero es ser sobremanera imprudente, eso lo saben todos los argentinos, sin necesidad que lo diga ningún prócer.

Cristo vivió como las Aves del Cielo y los Lirios del Valle; y no fue un imprudente. Tampoco fue “un mendigo”, como dice en algún lado Kirkegor; aunque es verdad que “no tenía dónde reclinar su cabeza” durante los tres años de su predicación, que fue su trabajo fuerte. Tenía un oficio y lo sabía bien: de joven fue artesano, de hombre fue rabbí o Recitador-Instructor ambulante; que no era entonces oficio de negros, sino muy necesario, reconocido y honrado en Israel, tan importante como sería por ejemplo nuestros tiempos el de predicador-profesor-periodista todo en uno.

Yo soy eso; y tengo donde reclinar la cabeza, aunque sea un poco duro; Cristo no tuvo.

Le daba por no cobrar sus Recitales; y a veces hasta regalaba pan, peces y curaciones instantáneas y gratuitas encima de sus Improvisaciones; pero lo importante para Él eran las Improvisaciones, que irradiaba por una especie de megáfono o micrófono viviente rústico. Sabía que tenía fuerzas físicas para trabajar hasta que muriese; y sabía que había de morir joven, y no necesitaba acogerse a “los beneficios de la jubilación”.

Yo, lo confieso, me he acogido a los “beneficios de la jubilación”; solamente que me he acogido hace dos años, y los “beneficios” todavía no han venido.

Cristo no predicó la haraganería ni la supresión de la prudencia. La prudencia la conocieron Aristóteles, Cristo, Santo Tomás, San Francisco de Asís, y hasta César Tiempo: es la más importante de las virtudes morales, sin la cual todas las otras se convierten en vicio.

Cristo no predicó que no había que trabajar, que no había que pensar en los hijos ni en la vejez, que no habla que guardar el dinero, como los “fraticelli”; aunque nunca tocó con sus manos una moneda según parece: pues cuando lo interrogaron acerca del tributo al César, dijo: Mostradme una moneda.” Judas llevaba las monedas de todos y San Pedro tenía unas monedas de 0,50 para hacer ruido como un chiquilín y jugar a cara y cruz. Pero el caso es que Jesús tenía bolsa, y sabía tan poca economía política que se dejó robar lo mismo que el vivísimo pueblo argentino.

Mas Tomás de Aquino, que era fiel discípulo de Jesús y además religioso mendicante sabía economía política, y más sólida que la de hoy. En su Tratado para el Príncipe enseña que las naciones han de tratar de ser ricas; es decir, que el Rey debe tener riquezas, no para él sino para el pueblo todo.

A un obispo argentino que decía que “un obispo debe ser pobre”, le contestó, rectamente a mi entender, un religioso: “Sí, monseñor, debe ser pobre, pero no como un religioso: un obispo debe tener bienes de fortuna, no para él, sino para los sacerdotes pobres primero; para el pueblo pobre segundo; y después para el culto divino”; y si hubiese añadido: “y para editar los libros religiosos de los escritores católicos, como el Padre Baransky, que no encuentra un solo editor en esta nación católica”, no hubiese estado mal tampoco. Coincidía con Santo Tomás, dominico, y con Mamerto Esquiú, franciscano.

Todas las órdenes religiosas al nacer se propusieron no tener riquezas; y algunas vivir de meras limosnas: las mendicantes. Pero después piensan que guardar dinero solamente para un año más o menos, no está mal; en lo cual aprueba Santo Tomás y San Jerónimo; pero quien dice un año dice dos o diez o cincuenta; y así poco a poco se adentra a veces la Solicitud Terrena; y llegan a pensar a veces que si no tienen dinero para un siglo –pícara natura humana– no pueden hacer ningún bien a las almas.

El Padre Nodier escribía en 1770 –más o menos– a su Superior el General de los jesuitas: “Pienso que los cofres de oro que hay en nuestros Colegios y los negocios del P. Villeneuve nos pueden hacer muchísimo daño…”. El P. Villeneuve quebró; y 6 años después los jesuitas fueron despojados de todos sus bienes, echados de Francia, echados de España, de sus Colonias –donde trabajaban estrenuamente– y de todas las naciones borbónicas; y después suprimidos por Clemente XIV. ¡Culpa de los franceses! Y un poquito culpa de nosotros, digamos la verdad; excepto del P. Nodier y muchos otros, que sufrieron inocentes por culpa de unos pocos miopes.

Cristo no nos manda ser imprevisores, nos manda vencer en nosotros la Solicitud Terrena: “No andéis solícitos y ansiosos por lo que habéis de vestir o de comer, o por el día de mañana: el día de mañana se trae su propia ansiedad, no la asumáis hoy… Mirad las Aves del Cielo… ¿Hay alguno de vosotros que pueda añadir un trecho al tiempo de su vida?” (“Añadir un codo a su estatua”, dice la Vulgata; lo cual también es verdad, desde luego, pero no es el texto).

La Solicitud Terrena ha de ser vencida por el cristiano con todos los medios, aun los más atrevidos, como “vender todo lo que tienes y darlo a los pobres”, en algunos casos; porque ella es la raíz de la avaricia y de muchos otros desórdenes. La avaricia es un pecado jefe, que manda a otros muchos. ¡Si lo sabremos los argentinos! sometidos al capitalismo inglés, que es una concreción sociológica de la avaricia en los ricos; o el socialismo ruso, que es una concreción sociológica del resentimiento en los pobres; porque Solicitud Terrena pueden tener tanto los ricos como los pobres, sin Cristo.

Dicen los filósofos de hoy que todos los hombres nacemos con Angustia; o mejor traducido el Angst germano, con temor, inquietud, ansiedad, Desasosiego. Los pobres poetas lo habían dicho antes:

Inútil la fiebre que aviva tu paso
no hay nada que pueda matar tu Ansiedad
por mucho que tragues. El alma es un vaso
que sólo se llena con eternidad…
¡Qué mísero eres! Basta un soplo leve
para helarte. Cabes en un ataúd…
¡Y el espacio inmenso del cielo te es breve
y la tierra es corta para tu Inquietud!

El Desasosiego no se puede suprimir. Se puede convertir en tres cosas:

– en Inquietud Religiosa, la cual es buena y espuela de salvación eterna;

– en Solicitud Terrena, la cual es mala y prohibida por Cristo;

– en Angustia Demoníaca, la cual es pésima.

Pero la Solicitud Terrena es lo más común; es, en cierto modo, natural; y el mundo moderno, privado de lo Sobrenatural, está como sumergido en ella. Dicen que es el motor del Progreso, sí, pero el Progreso moderno está embestido por una “fiebre que aviva su paso” demasiadamente. Corre lo más que puede, con peligro de dar el gran Encontronazo. ¡Y cuántos tropiezos no ha dado ya!

Cristo no mandó a los Lirios del Valle que desenterrasen sus raíces, ni a las Aves del Cielo (a los “cuervos”, como dice San Lucas) que volasen cabeza abajo. Él estaba vestido como un lirio en su conducta –y hasta en su atuendo, limpio siempre y blanco como luz de luna– y cantaba como las aves en su predicación. Los que pueden imitarlo en todo y vivir como Él, que lo hagan y se metan de ermitaños urbanos o Padres de Don Orione –¡ojo con las órdenes ricas!– y se arrojen en los brazos de la Providencia y naveguen esta vida sobre una lancha rota sobre 10.000 metros de agua.

No es para todos, sino para quienes Dios llama. Pero todos deben arrojar de sí la angurria del dinero –¿para qué diablos quieres tener 1.600 millones de pesos, oh ingenuo Creso argentino, que no los puedes gastar con todos tus hijos naturales en toda su vida?–, vicio netamente argentino, si los hay.

– Este vicio ha hecho muchísimos males en este pobre país, “en este país ubérrimo, tierra de promisión para todos los vivos del mundo que quieran habitarla”; y el primer mal, hacerlo pobre como país.

– ¡Cómo!

– Sí, señor, como usted lo oye.

– ¡Éste es un país muy rico!

– ¿Dónde están los ricos en la Argentina? digo yo. Yo no los veo. Estarán escondidos. Muchos más ricos y más riquezas verdaderas veo yo en un país “pobre” de Europa, como Italia o Alemania Oeste, que en esta “tierra de promisión”. Será que yo no entiendo de economía política, lo mismo que Jesucristo, ¡helás!

A mí se me hace que estamos más atrasados que los lazzarones napolitanos. La Argentina es un país pobre en acto y rico solamente en potencia; rico para los demás (para los vivos). La Argentina es un país un poco sonso, empezando por mí. Aquí se ha descabezado a la “inteligencia”, no se ha permitido nacer a un Tomás de Aquino ni de lejos; y un país sin cabeza necesariamente es un poco sonso, cosa que vio no sólo Tomás de Aquino, sino hasta Enrique VIII de Inglaterra y hasta Eisenhower, si me apuran.

Lean el librito Hacia la liberación, de Ramón Doll, o Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, de José María Rosa. Éstos saben economía política. Verán que este país ha sido poco inteligente; y, por tanto, ahora es pobre.

Cuanto a mí yo prefiero la economía de Jesucristo: es la más sencilla. Las naciones católicas, si desaprenden su propia economía, no aprenden tampoco la de los protestantes o la de los judíos. “El que desaprende a su padre, no aprende nada del vecino”, dicen los proverbios”.

Se ha dicho que “Cristo no dio soluciones de la cuestión social (Ernesto Renán, Vie de Jésus) porque su interés fue salvar las almas individuales y no reformar la sociedad ni hacer Política alguna: pues su idílica moral individual de campesino galileo no percibía los condicionamientos sociales ni los problemas colectivos… Esta opinión ha sido también de algunos católicos como Auguste Nicolas, el P. Ventura Ráulica, Donoso Cortés… Es un error.

Aquí está la solución de la decantada “cuestión social”. El problema social de la lucha de clases por el dinero desaparecería cuando la Sociedad pudiese decir a sus miembros las palabras de Jesús: “No andéis ansiosos por vuestra vida, qué habréis de comer, o por vuestro cuerpo, qué habréis de vestir: la comunidad tiene cuidado de eso. Servid a la patria libremente como caballeros y la Patria cuidará de vosotros como madre…”.

Es degradante para el alma humana tener atados sus pensamientos, que le son necesarios para ir más arriba, por la molienda del sustento cotidiano y el temor del porvenir, la vejez, los eventos desdichados y la miseria. Lo que conturba al proletario actual es más la inseguridad tal vez que la impecuneidad en sí misma. La pobreza es una bendición, porque es un Purgatorio, pero la miseria es un Infierno.

El espíritu del cristianismo es este: Haced por amor vuestra obra; y dejad que vuestros prójimos os alimenten y vistan también por amor. Éste es de hecho el espíritu del estado religioso.

Parece que hay aquí un círculo vicioso; pues ni la Sociedad ni el Individuo pueden dar con seguridad el primer paso.

Si el Individuo tiene que esperar para despreocuparse que la Sociedad sea perfecta… y la Sociedad no puede serlo si antes no lo son sus miembros, parece que estamos en plena utopía idílica.

Pero Cristo rompió ese círculo, invitó a los más fervientes, espirituales y corajudos a dar el salto; a renunciar a todo osadamente por puro amor de Dios –por imitar lo a Él– sin seguridad previa sino la de la Providencia, a sus riesgos y peligros: “a embarcarse en canoas escoradas”, como dice Kirkegor.

Lanzó a la brecha una pequeña falange de “desesperados”, como si dijéramos; los cuales con su vida de pobres voluntarios:

– 1) Prueban que es posible la cosa, vivir “como las Aves del Cielo y las Flores del Campo”;

– 2) incitan con su ejemplo a los demás al despego y la confianza;

– 3) viviendo con lo mínimo, regalan el resto a los demás, dejan mayor margen de bienes temporales a la humanidad en general; pues paradojalmente nadie da más que el que poco tiene; y el que todo lo deja mucho regala.

A estos dos puntos, el mandato de huir la solicitud (madre del temor, la avaricia y la explotación del trabajo ajeno) y el consejo de la pobreza voluntaria, se añade el “Væ vobis divitibus”, es decir: los tremendos anatemas de Cristo a las riquezas y a los ricos, bastante olvidados quizás en la actual predicación del Evangelio. Haciendo sospechosas y peligrosas a las riquezas superfluas, Cristo opone a su tremenda y omniactuante atracción natural el contrapeso religioso; facilitando de ese modo su distribución justa, en la medida posible a la dañada natura humana.

Estas tres formidables palancas crearon lentamente en la Cristiandad lo que hoy llaman justicia social”, primero en la práctica que en la teoría; y suscitaron fuertes estamentos o instituciones que iban poco a poco acercándose al ideal de la Sociedad-que-cuida de sus-miembros.

Si hoy día, en que el Estado se va convirtiendo en uno de los primeros explotadores, esto parece puro lirismo, la culpa no la tiene Cristo, y las catástrofes que hemos visto y las que nos amenazan, han dejado buenas todas sus palabras, como confiesa el mismo Marx y otros socialistas, como Bernard Shaw.

Es curioso que cuando los Estados se volvieron virtualmente ateos y dijeron: “La religión es asunto privado”, la irreligión se convirtió en asunto público; y cuando los Reyes dijeron a los súbditos que no tenían por qué pensar en la salvación de las almas, tuvieron que empezar a pensar en la salvación de sus cabezas coronadas.

– “Todas las religiones son buenas”, dijo el siglo XIX…

Y nuestro siglo ha tenido que añadir apresuradamente:

– “¡Menos el comunismo!”

La pálida sonrisa con que Cristo subió a los cielos –visible en aquellas palabras “¿Aún vosotros no creéis todavía?”– se ha ido desvaneciendo al correr de los siglos, al ver que el mundo fracasaba cada vez más a medida que seguía sus enseñanzas cada vez menos. Y si nos dejó con una sonrisa triste, no volverá sino con un trueno…