PECADOS QUE ATRAEN LA CÓLERA DIVINA
EN SUS CONTEXTOS… PASADO Y PRESENTE
I
En la Epístola del Decimocuarto Domingo de Pentecostés, hemos visto que San Pablo presenta, en un paralelo contrastante, un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu, recalcando que el cristiano que se deja guiar por el Espíritu no necesita de la Ley para conocer cuáles son las obras de la carne a las que debe oponerse, pues éstas son manifiestas.
Es evidente que no intenta el Apóstol darnos una lista completa de las obras de la carne. En otros pasajes de sus Cartas encontramos también semejantes catálogos de pecados, no siempre los mismos ni en el mismo orden.
Prometimos que en estos días publicaríamos sucesivos comentarios a dichos textos paulinos.
Romanos I: 20-32
Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por lo cual los entregó Dios a la inmundicia en las concupiscencias de su corazón, de modo que entre ellos afrentasen sus propios cuerpos. Ellos trocaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y dieron culto a la creatura antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto los entregó Dios a pasiones vergonzosas, pues hasta sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza. E igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrazaron en mutua concupiscencia, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de sus extravíos. Y como no estimaron el conocimiento de Dios, los entregó Dios a una mente depravada para hacer lo indebido, henchidos de toda injusticia, malicia, codicia, maldad, llenos de envidia, homicidio, riña, dolos, malignidad; murmuradores, calumniadores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, desobedientes a sus padres; insensatos, desleales, hombres sin amor y sin misericordia. Y si bien conocen que según lo establecido por Dios los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen en los que las practican.
Es impresionante el cuadro pintado aquí por San Pablo sobre la degradación moral del mundo gentil.
Los pecados enumerados por San Pablo caen todos dentro de la segunda parte del Decálogo, en que se regulan las relaciones con nuestros semejantes, a partir del cuarto mandamiento.
El Apóstol distingue tres grupos de transgresiones:
– pecados de impureza en general: Los entregó Dios a la inmundicia en las concupiscencias de su corazón, de modo que entre ellos afrentasen sus propios cuerpos.
– pecados contra naturaleza: Hasta sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza. E igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrazaron en mutua concupiscencia, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones.
– perversión total del sentido moral: Los entregó Dios a una mente depravada para hacer lo indebido.
Es de notar que estos pecados son considerados, no sólo como acciones pecaminosas, sino también, y sobre todo, como castigo por el pecado de idolatría; la cual, a su vez, es considerada como castigo de otro pecado: el de no haber querido los seres humanos glorificar a Dios, tal cual lo pedía el conocimiento que a través de las criaturas tenían de Él.
No parece que haya orden alguno sistemático en la larga enumeración de pecados de los versículos 29 a 31. Probablemente San Pablo los fue poniendo conforme acudían a su mente.
Cabe destacar que no se trata de expresiones retóricas, pues incluso hombres tan ponderados entre los gentiles, como Sócrates y Plutarco, hacen elogios de esas acciones contra la naturaleza entre varones a que alude San Pablo, considerándolas como nota distintiva de guerreros y literatos, que saben sobreponerse a los halagos de las mujeres.
Entre los gentiles, la sociedad misma aplaudía esas acciones; y a veces hasta les daba carácter religioso.
La perversión sexual, tan extendida en los centros de cultura moderna, es consecuencia de la apostasía de nuestro siglo, que lo asemeja a aquellos tiempos paganos señalados por San Pablo.
La santa crudeza con que habla el Apóstol nos sirva de ejemplo de sinceridad y de amor a la verdad.
El mundo suele escandalizarse más de las palabras claras que de las acciones oscuras.
Referente a la frase «los entregó Dios”, no ha de interpretarse como si positivamente Dios empujara a los hombres al pecado, cosa incompatible con su santidad. Lo que San Pablo quiere hacer resaltar es que esa bochornosa degradación moral en que los hombres han caído es resultado de una ordenación divina. Como veremos más abajo, Santo Tomás señala que no lo hizo empujándolos al mal, sino abandonándolos, retirando de ellos su gracia. Así cayeron en grandes errores y en vicios vergonzosos.
En efecto, por no querer los hombres glorificar a Dios, cual era su deber, Éste, en castigo, retiró sus gracias, de modo que cada vez fueran cayendo más abajo, a merced de sus instintos bestiales.
Lo mismo hizo con Israel, según el Salmo LXXX, 13: Por eso los entregué a la dureza de su corazón; a que anduvieran según sus apetitos.
¡No hay peor castigo que esa libertad, que con tanto ahínco defendemos!
El Señor los dejaba entregarse a sus vicios y concupiscencias como los paganos, cuyos gimnasios imitaron, de manera que cosechasen frutos muy amargos.
Es lo que sucede: el primer pecado es causa del segundo; y el segundo es castigo del primero.
En otros lugares, dentro de un contexto muy semejante, San Pablo se fija más en la parte del hombre:
Hechos de los Apóstoles XIV: 15-16: Os predicamos para que dejando estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que ha creado el cielo, la tierra, el mar y todo cuanto en ellos se contiene, el cual en las generaciones pasadas permitió que todas las naciones siguiesen sus propios caminos.
Efesios IV: 17-19: Esto, pues, digo y testifico en el Señor, que ya no andéis como andan los gentiles, conforme a la vanidad de su propio sentir, pues tienen entenebrecido el entendimiento, enajenados de la vida de Dios por la ignorancia que los domina a causa del endurecimiento de su corazón. Y, habiéndose hecho insensibles espiritualmente, se entregaron a la lascivia, para obrar con avidez toda suerte de impurezas.
Aquí, por el contrario, hace resaltar la parte de Dios. Y es que en la actuación moral del hombre hay una misteriosa conjunción de gracia divina y libre albedrío humano, dos verdades fundamentales que es necesario salvar, aunque la conciliación no sea fácil de entender.
***
Comentario de Santo Tomás
Tras demostrar el Apóstol el haber sido conocida por los gentiles la verdad de Dios, aquí los exhibe sujetos al delito de la impiedad y la injusticia.
Habiendo mostrado el delito de impiedad, por el cual pecaron contra la naturaleza divina, muestra aquí la pena, por la cual han sido llevados a pecar contra su propia naturaleza.
Y primeramente muestra la pena y dice: Por esto, o sea, por haber trocado la verdad de Dios en mentira, los entregó Dios, no ciertamente empujándolos al mal, sino abandonándolos a pasiones ignominiosas, o sea, a pecados contra natura, que se llaman pasiones por cuanto con propiedad se dice pasión aquello por lo que algo es llevado fuera del orden de su propia naturaleza, como por ejemplo cuando se calienta el agua o cuando el hombre se enferma.
De aquí que, por apartarse el hombre del orden natural por tales pecados, con razón se les llama pasiones.
Y se les llama pasiones ignominiosas, porque no son dignas de mencionarse según aquello de Efesios 5, 12: Da vergüenza hasta el nombrar las cosas que ellos hacen en secreto.
En efecto, si los pecados de la carne comúnmente se censuran, porque por ellos se rebaja el hombre a lo que es bestial en él, con mucha mayor razón por el pecado contra natura, por el cual cae el hombre aun por debajo de la naturaleza bestial.
En seguida diciendo: Pues hasta sus mujeres, etc., explica lo que dijo. Y primeramente en cuanto a las mujeres, y luego en cuanto a los varones.
Así es que primero asienta: Por eso digo que están entregados a pasiones ignominiosas. Pues hasta sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra natura.
Mas se debe considerar que de dos maneras puede ser algo contra la naturaleza del hombre.
De una, contra la naturaleza de la diferencia constitutiva del hombre, que es racional, y así todo pecado se dice que es contra la naturaleza del hombre, por cuanto es contra la recta razón.
De la otra manera se dice que algo es contra la naturaleza del hombre por razón del género, que es animal.
Ahora bien, manifiesto es que, conforme a la intención de la naturaleza, la unión de los sexos en los animales se ordena al acto de la generación.
De aquí que todo género de unión del que no se pueda seguir la generación es contra la naturaleza del hombre en cuanto es animal.
Y conforme a esto se dice que el uso natural es que el varón y la mujer se unan para ser una sola carne en concúbito; y contra la naturaleza es que el varón profane a varón, y la mujer a mujer; y lo mismo debe decirse de todo acto de coito del que no se pueda seguir la generación.
En seguida, al decir: E igualmente, explica lo relativo a los varones, que dejando el uso natural de la mujer se abrasaron, esto es, fuera de los límites naturales, se inflamaron. Y esto en mutua concupiscencia, es claro que carnal, cometiendo cosas ignominiosas varones con varones.
Luego, cuando dice: la paga, indica que esta pena es la que corresponde al delito, diciendo: recibiendo en sí mismos, esto es, en la degradación de su naturaleza, la paga de sus extravíos, esto es, el haber trocado la verdad de Dios en mentira: paga, o sea, retribución, merecida por ellos conforme al orden de la justicia, por el que era debido que quienes cometieran injuria contra la naturaleza de Dios, aquello que es propio que se atribuya a las creaturas, vivieran ultrajándolo en su propia naturaleza.
Y es de notarse que muy razonablemente les asigna el Apóstol a los vicios contra natura, que son gravísimos entre los pecados carnales, la pena de la idolatría, porque parecen haber empezado al mismo tiempo que la idolatría, esto es, en el tiempo de Abraham.
De aquí que leemos que también entonces fue castigada primeramente en los sodomitas.
De la misma maneja también, con el aumento de la idolatría esos vicios se desarrollaron.
En seguida, cuando dice: Y como no estimaron, los muestra sujetos a la justicia. Y de manera conveniente a este delito corresponde la pena, por lo cual agrega: Los entregó Dios a un sentido depravado.
Pero aquí se trata no del sentido externo del hombre, por el que se conocen las cosas sensibles, sino del interior, conforme al cual juzga de lo que se debe hacer.
Y se dice sentido depravado aquel por el que se tiene un juicio depravado sobre lo que se debe hacer, según II Timoteo 3, 8: Hombres de entendimiento corrompido, réprobos en la fe.
Y por eso agrega: para hacer lo indebido, esto es, las cosas que no concuerdan con la recta razón.
Es pues coherente que quienes pecaron contra el conocimiento de Dios, o que no quisieron conocerlo, o que lo conocieron pero no como juez, sean entregados a la perversión del sentido, de la mente.
Luego, cuando dice: Henchidos, etc., enumera las tales obras inconvenientes; y primero señala lo que es general diciendo: Henchidos de toda iniquidad, porque todo pecado es iniquidad, en cuanto disiente de la regla de la ley divina.
De dos maneras hace resaltar la culpa de los Gentiles.
La primera, intensivamente, con esto que dice: Henchidos. Pues de iniquidad está henchido aquel cuya voluntad está totalmente dispuesta para el pecado.
La segunda, extensivamente, porque no pecaron en una sola cosa, sino en todas. El culto de los ídolos vanos es principio, causa y término de todos los males.
Consiguientemente, cuando dice malicia, enumera los pecados en especial.
Y primero en cuanto a la transgresión que se opone a los preceptos negativos; y luego en cuanto a la omisión, que se opone a los preceptos afirmativos.
Acerca de lo primero hace dos cosas: la primera, indicar los pecados con los que se daña uno a sí mismo; y la segunda, los pecados con los que daña uno al prójimo.
Acerca de lo primero indica lo que primeramente es general, diciendo: Malicia, que es el hábito vicioso opuesto a la virtud.
En especial indica el pecado por el que se sale uno del orden en materia del apetito de las delectaciones corporales, diciendo: Fornicación, en el sentido de todo ilícito concúbito.
Lo segundo que indica es el vicio por el cual se sale uno del orden en materia del apetito de las cosas exteriores, diciendo: Avaricia, que es un inmoderado apetito de tener.
En seguida indica los pecados que tienden al perjuicio del prójimo. Y desde luego lo que es general, diciendo: Injusticia.
Consecuentemente indica la raíz de estos pecados, diciendo; llenos de envidia, que es el dolor por el bien ajeno, por el cual se incita alguien a perjudicar a otro.
A continuación, se indican los perjuicios, y primeramente los manifiestos, tanto en cuanto a los hechos como en la voluntad.
En seguida señala los perjuicios ocultos, y el primero el que es general, diciendo: dolos, cuando claramente una cosa se simula y otra se ejecuta.
Y luego indica la raíz interior de estos daños, diciendo: malignidad, que produce un mal ardor, esto es, una pésima pasión en el corazón.
Consecuentemente indica los daños ocultos, que se causan sobre todo de palabra, diciendo: murmuradores…
De esta manera, pues, tres vicios coinciden en la misma materia, porque todos sus males tienen que ver con el prójimo. Mas lo dice al final, porque el murmurador busca la discordia; el calumniador, la infamia; los insolentes, la injuria.
En seguida menciona los pecados correspondientes a la omisión, y primeramente la raíz de tales pecados, diciendo: soberbios.
Enseña luego el Apóstol el desenvolvimiento de la soberbia, de la cual lo primero que nace en el corazón es la altivez, por sentirse el hombre por encima de los demás.
Lo segundo que de la soberbia nace es el atrevimiento de las cosas extraordinarias. Y en cuanto a esto añade: inventores de maldades, puesto que estando ya instituidas las cosas buenas por Dios y por los hombres, es lógico que ellos mismos, con lo nuevo, descubran cosas malas.
Consecuentemente vienen las omisiones mismas. Y lo primero respecto de los superiores. De aquí que en cuanto a los padres dice: desobedientes a sus padres.
Mas en cuanto a Dios dice: insensatos, o sea, que obran contra la reverencia debida a Dios.
Lo segundo es la omisión en cuanto a ellos mismos, diciendo: descompuestos en costumbres y en su porte. La manera de vestir, de reír y de caminar del hombre dicen lo que es.
En tercer lugar viene la omisión en cuanto a los iguales, a los que debemos tenerles antes que nada un cordial afecto, contra lo cual dice: sin amor.
Lo segundo es que se les debe brindar un trato amable, y contra esto agrega: desleales, de modo que no conviven pacíficamente con los demás.
En cuarto lugar, en cuanto a los inferiores, agrega: y sin misericordia, la que debemos brindarles a los necesitados.
En seguida, cuando dice: Y si bien conocieron la justicia de Dios, los muestra sujetos a la ira o castigo de Dios.
Sobre lo cual se deben considerar tres cosas.
La primera, su natural disposición, porque conociendo que Dios es justo y que tiene todas las demás perfecciones, no creyeron que infligiría una pena por los pecados: Y si bien conocieron la justicia de Dios, no entendieron.
La segunda, la pena del pecado a la que son acreedores, diciendo: Son dignos, de muerte.
La tercera cosa que se debe considerar es a quiénes se les debe infligir tal pena. Y primeramente a los que obren los predichos pecados.
Y no sólo a los que tal obran sino también a los que consienten a aquéllos. Y esto de dos maneras:
Directamente, o aplaudiendo el pecado; o también dando dictamen favorable o ayuda.
Y también indirectamente, por no reprender o impedir de algún modo, pudiéndose, y sobre todo si por estado o ministerio incumbe, así como los pecados de los hijos se le imputan al padre.

