P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DECIMOCUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS 

DECIMOCUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Gálatas, 5, 16-25: Andad en el Espíritu, y no cumpliréis los apetitos de la carne. Porque la carne desea en contra del espíritu, y el espíritu en contra de la carne. Porque estas cosas son opuestas entre sí, a fin de que no hagáis cuanto queráis. Y si vosotros sois conducidos por el espíritu, no estáis sujetos a la Ley. Y manifiestas son las obras de la carne, las cuales son fornicación, impureza, impudicia, lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, cóleras, riñas, disensiones, sectas, envidias, homicidios, embriagueces, crápula, y otras cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya tengo dicho, que los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios. En cambio, fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. Contra los tales no hay Ley. Pues los que son de Cristo han crucificado su carne con vicios y concupiscencias. Si vivimos por el espíritu, procedamos también en el espíritu.

San Mateo, 6, 24-33: Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Por lo tanto os digo: No andéis afanados por vuestra alma qué comeréis, ni por vuestro cuerpo qué vestiréis. ¿No es más el alma que la comida y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni amontonan en graneros; y vuestro padre celestial las alimenta. ¿Pues no sois vosotros más que ellas? ¿Y quién de vosotros discurriendo puede añadir un codo a su estatura? ¿Y por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad los lirios del campo cómo crecen, no trabajan ni hilan: os digo, pues, que ni Salomón con toda su gloria fue cubierto como uno de éstos. Pues si al heno del campo, que hoy es, y mañana es echado en el horno, Dios así lo viste, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los gentiles se afanan por estas cosas, y vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas ellas. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura. Y no andéis cuidadosos por el día de mañana. Porque el día de mañana a sí mismo se traerá su cuidado: le basta a cada día su malicia (o propia aflicción).

Los textos de la Epístola y del Evangelio de este Decimocuarto Domingo de Pentecostés se complementan en gran manera.

Si nos deteneos en la Epístola, vemos que San Pablo comienza por advertirnos: Andad en el Espíritu, y no cumpliréis los apetitos de la carne, pues es el Espíritu quien nos da fuerzas para vencer a la carne.

Bajo el término carne, varias veces repetido, designa aquí el Apóstol al hombre todo entero, también con sus facultades superiores, espirituales, en cuanto dominado por la concupiscencia e inclinado al mal a causa del pecado original y sus heridas. De hecho, varios de los pecados atribuidos a la carne, como la idolatría y el odio, no son de tipo carnal, sino de orden intelectual.

En cuanto al término espíritu, usado también repetidas veces, es más difícil precisar su significado. Hay casos en que San Pablo parece aludir claramente al Espíritu Santo; pero, en cambio, hay otros en que, dado el contraste con la carne, parece más bien aludir al espíritu humano. En el fondo la cuestión no tiene gran importancia, pues por el modo de hablar de San Pablo, aun tratándose del espíritu humano, no sería éste a secas, sino en cuanto se mueve y actúa, o debería hacerlo, bajo la acción del Espíritu Santo.

Luego, el Apóstol hace resaltar las opuestas tendencias de la carne y del espíritu, exhortando a los gálatas a que sigan las del espíritu. Esas tendencias opuestas son tan irreductibles, que nunca podremos obrar con pleno consentimiento de todo nuestro ser; pues si queremos hacer el bien, protesta la carne; y si queremos hacer el mal, protesta el espíritu. Tal es el sentido de a fin de que no hagáis cuanto queráis.

Supone San Pablo que, en esta lucha entre carne y espíritu, los cristianos, cual corresponde a su condición, se dejarán guiar por el Espíritu; lo que equivale a decir que no están bajo la Ley, aplicando al orden moral lo que hemos visto el Domingo pasado; nos hallamos bajo la acción de un principio directivo superior, que es el Espíritu.

A continuación, San Pablo presenta, en un paralelo contrastante, un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu, recalcando que el cristiano que se deja guiar por el Espíritu no necesita de la Ley para conocer cuáles son las obras de la carne a las que debe oponerse, pues éstas son manifiestas.

Evidentemente no intenta el Apóstol darnos una lista completa de las obras de la carne, como lo prueba ese y otras cosas semejantes. En otros pasajes de sus Cartas encontramos también semejantes catálogos de pecados, no siempre los mismos ni en el mismo orden.

Dios mediante, en los días que vienen iremos publicando sucesivos comentarios a dichos textos paulinos.

A continuación, viene una grave advertencia: Sobre las cuales os prevengo, como ya tengo dicho, que los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios.

Cuando estuvo entre ellos ya les había advertido de palabra; ahora les previene sobre falsas ilusiones respecto al negocio de la salvación. Cierto es que el cristiano, mediante la fe en Cristo, es hijo de Dios y heredero según la promesa; pero esa fe ha de ser una fe viva, que debe ir acompañada de obras realizadas a impulsos de la caridad.

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En cuanto a los frutos del Espíritu, San Pablo enumera doce; aunque es evidente que, lo mismo que respecto de las obras de la carne, tampoco tiene aquí la intención de hacer una enumeración completa.

Es de notar que, en vez del término obras, que usó respecto de la carne, utiliza ahora el término frutos, o, más exactamente fruto, en singular, insinuando que se trata de una única fructificación, la de la caridad; que se manifiesta en distintas floraciones, a las que designa con el término de fruto por el sabor y deleite que traen al alma, preludio de la eterna Bienaventuranza.

En frase más concentrada dice, escribiendo a los Romanos: las tendencias de la carne son muerte, pero las tendencias del espíritu son vida y paz.

San Pablo resume su exhortación a los gálatas respecto de la carne y el espíritu diciendo que los que son de Cristo han crucificado su carne con vicios y concupiscencias.

El crucificaron, en pasado, alude al acto del Calvario, al que los cristianos son incorporados mediante el Bautismo, muriendo al hombre viejo, esclavo del pecado, como hemos visto el Domingo 6° de Pentecostés.

Tal muerte, de la que se renace a nueva vida por el Espíritu, no anula, sin embargo, totalmente en el cristiano la concupiscencia, habiendo de seguir luchando contra las tendencias de la carne, razón por la que el Apóstol intima a los gálatas: Si vivimos por el espíritu, procedamos también en el espíritu, es decir, que sea también ese Espíritu el que nos impulse a obrar.

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Como podemos comprobar, reflexionando un poco, la enseñanza de San Pablo es una continuación de la impartida por Nuestro Señor en el Sermón de la Montaña, del cual trae una parte el Evangelio de este Domingo, cuyo comentario por el Padre Castellani recomiendo encarecidamente (lo publicaremos el martes próximo).

El versículo Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará entronca con uno anterior que dice Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

Se trata de un siervo que se entrega totalmente a un señor; su voluntad es la de éste. Esto le impedirá servir a otro totalmente. El siervo no tiene más que la voluntad de su amo.

Notemos que no dijo «El que tiene riquezas», sino «El que sirve a las riquezas». El que es esclavo de las riquezas, las guarda como esclavo; pero el que sacude el yugo de su esclavitud, las distribuye como señor.

E incluso Jesucristo carga más el extremismo de incompatibilidades, pues agrega: amará a uno y odiará al otro. Y concluye con la enseñanza: No se puede servir a un mismo tiempo, con verdadera servidumbre totalitaria de afanes, a Dios y a las riquezas.

No se puede servir a Dios y a las riquezas; religiosamente esto no es posible…; e incluso no lo es ni psicológicamente, pues el corazón ha de estar totalizado en Dios. De allí lo afirmado anteriormente: Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. Si queremos saber cuál es nuestro tesoro, sorprendámonos de vez en cuando observando dónde está nuestro corazón… Si habitualmente lo hallamos en…, ése es nuestro tesoro…

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¿Significa esto que no ha de haber solicitud por los bienes necesarios de la tierra? Sí, pero sin demasiada solicitud, sin inquietud; pues existe la Divina Providencia, como hemos visto el Séptimo Domingo de Pentecostés.

La enseñanza es clara: no cabe negar la solicitud por las cosas necesarias o convenientes a la vida, como el alimento, la bebida, el vestido, la casa; sino que se censura el afán desorbitado por aquellas, de modo tal que impidan atender a las exigencias del Reino.

Por eso San Agustín señala: “Aquel que quiere amar a Dios y cuidar de no ofenderlo no debe hacerse la ilusión de que puede servir a dos señores a la vez, dividiendo el corazón, incluso cuando busca las cosas necesarias”.

Contraprueba de ello son los años de trabajo de Jesucristo en su vida oculta de Nazaret; lo mismo que, al encontrarse sediento, pidió agua a la Samaritana, así como también había una bolsa común de bienes para usos y previsiones del grupo apostólico.

Que se busque primero el Reino y se cumplan sus exigencias, y Dios proveerá por mil medios al desarrollo de la vida, pues cuida del hombre. La gran lección, después de buscar primero el Reino y su justicia es ésta: ¡Hay providencia sobre la vida!

Es lo contrario de los gentiles, que no la conocían, sino al Hado o la Fatalidad, pero no al Dios Padre providente.

Los gentiles, que no tienen fe, se afanan por eso. Aludir a un judío la conducta de un gentil, equiparándole a él, era su mayor censura. Se los menciona afanados por todas las cosas de la vida, porque no conocen la Providencia de Dios, Nuestro Padre.

Encuadrado el versículo en este pasaje de la Providencia, la sentencia cobra una nueva perspectiva: No te preocupes afanosamente, desorbitadamente, por los cuidados del mañana, que ni conoces, y acaso ni puedes evitar; pero confía en Dios, porque hay Providencia.

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Entremos en los detalles:

San Agustín expone: Algunos dicen que no deben trabajar, por la misma razón que las aves del cielo ni siembran ni siegan. ¿Por qué éstos quieren tener sus manos ociosas y, a la vez, llenos sus almacenes? ¿Por qué muelen y cuecen? Las aves del cielo no hacen estas cosas. Ellos sacan agua de las fuentes, o de las cisternas, o de los pozos, los agotan y los reponen, lo cual no hacen las aves. Por consiguiente, lo que dice el Señor respecto de las aves del cielo, se refiere a convencernos de que ninguno debe creer que Dios no se cuida de procurar lo necesario a los que le sirven, siendo así que su Providencia se extiende hasta gobernar estas cosas.

Por lo tanto, los siervos de Dios, que pueden ganarse el sustento con sus manos, si alguno les argumenta con las palabras del Evangelio en esta parte que habla de las aves del cielo que ni siembran ni siegan, pueden responder: Si nosotros, por alguna enfermedad u ocupación, no podemos trabajar, el Señor nos alimentará, como alimenta a las aves del cielo que no trabajan. Cuando podemos trabajar, no podemos tentar a Dios, porque todo lo que podemos hacer, lo podemos por su auxilio, pues nos ha dado el que podamos vivir.

Tampoco puede argumentarse que muchos pájaros mueren de inanición o de frío, pues el tema se refiere al suceder normal y según la naturaleza de las cosas. También en el plan providencial de Dios están las catástrofes humanas, a pesar de las previsiones de los hombres.

La misma experiencia enseña que no es suficiente nuestro cuidado para que podamos subsistir y vivir, sino que es necesaria la acción de la divina providencia. Por eso Nuestro Señor arguye preguntando: ¿Quién de vosotros, discurriendo puede añadir un codo a su estatura?

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Respecto del vestido, San Juan Crisóstomo, enseña: Después que demostró a sus discípulos que no era conveniente andar solícitos con el alimento, pasó a otra cosa más sencilla. No es tan necesario el vestido como el alimento. Quiere demostrar con estas dos cosas la sobreabundancia de sus dones, a saber, con el derroche de hermosura y la vileza de los que participan de tanto decoro.

En efecto, no los llama luego lirios del campo, sin heno, manifestando así su vileza. Y opone otra vileza, diciendo: «Que son hoy», y no dijo «Mañana no serán», sino algo que es mucho más lamentable: «Que serán arrojados al horno».

Cuando dice: “¡Cuánto mejor vosotros!”, da a entender, aunque de una manera indirecta, la alta honra del género humano; como si dijese: “Vosotros, a quienes mi Padre dio un alma, formó un cuerpo, envió profetas y entregó su Hijo Unigénito”.

Después de haber excluido sucesivamente la preocupación por la comida y el vestido, tomando su argumento de las cosas inferiores, excluye después las dos, diciendo: «No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos?»

El Señor repitió esto para manifestar que es muy importante y necesario, inculcándolo así mejor, por repetición, en nuestros corazones.

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Hay también una preocupación superflua que consiste en reservar más de lo que se necesita, olvidándose de las cosas espirituales, casi desesperando de la bondad de Dios.

Los gentilescreen en la fortuna, la casualidad; Fortuna era la diosa romana de la suerte. Por eso los paganos no creen que haya Providencia, ni que Dios sea quien cuida del gobierno de las cosas, sino que ellas suceden por casualidad. Así, consecuentemente, temen y desesperan, como si no tuviesen quién los dirigiese.

Pero los que creen que todas las cosas son gobernadas por Dios, confían la comida, el vestido, la casa, etc. a la dirección de su mano liberal; y por eso añade: «Sabe vuestro Padre que necesitáis de todas estas cosas». Por lo tanto, «Buscad primero el reino de Dios y su justicia».

El Reino de Dios es el premio de las buenas obras, y su justicia el camino de la piedad, por la que se va al Reino.

Si pensamos en la justicia de Dios (a saber, qué es lo que Dios aborrece y lo que Dios ama), su misma justicia nos manifiesta sus caminos, que siguen todos aquellos que lo aman.

No hemos de dar razón de si fuimos pobres o ricos, sino si obramos bien o mal, porque esto entra en nuestro libre albedrío.

La tierra fue maldecida por el pecado del hombre para que no produzca. Ella es bendecida, cuando obramos bien. Por eso, busquemos la justicia, y no nos faltará el pan, todas estas cosas se nos darán por añadidura.

San Agustín trae un ejemplo aleccionador; dice: Cuando leemos que el Apóstol San Pablo tuvo hambre y sed, no creamos que faltó la promesa del Salvador. Como estas cosas se nos dan por añadidura, el Médico Divino, a quien todos nos hemos confiado, sabe cuándo debe concedernos la abundancia, y cuándo la escasez, según cree que nos conviene. Si alguna vez nos faltan las cosas necesarias a la vida, lo que con frecuencia permite el Señor para nuestra prueba, no debilita, sino que confirma lo expuesto.

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Nuestro Señor termina su prédica exhortando: “Y no andéis cuidadosos por el día de mañana. Porque el día de mañana a sí mismo se traerá su cuidado: le basta a cada día su propia aflicción”.

Había prohibido la preocupación por las cosas presentes, y ahora prohíbe la preocupación vana por las cosas futuras.

Esto es, no os preocupéis por las cosas que necesitaréis mañana para la vida, sino sólo del alimento necesario para hoy. Lo que es superfluo, como lo es lo del día de mañana, ya se cuidará a su tiempo.

Y éste es el sentido de la exhortación: Te basta el trabajo que empleas para conseguir las cosas necesarias; no quieras, pues, andar solícito acerca de las cosas superfluas.

San Agustín concluye: «Basta a cada día su malicia», esto es, basta tomar lo que la necesidad exija (llamando a la necesidad malicia, porque es una pena o castigo que se nos ha impuesto; pertenece, pues, a la mortalidad, que hemos merecido pecando). No quieras, por lo tanto, añadir a la pena de la necesidad temporal algo más grave, de suerte que no solamente la sufras, sino que para satisfacerla pretendas servir a Dios; pues no prohíbe el Señor que uno se procure estas cosas según la costumbre humana, sino que ellas se hagan el objeto del servicio de Dios.

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Andemos en el Espíritu, y no cumplamos los apetitos de la carne, pues los que son de Cristo han crucificado su carne con vicios y concupiscencias. Si vivimos por el Espíritu, procedamos también en el Espíritu… Amemos y sirvamos a Dios… Busquemos primero su Reino y su justicia…