Conservando los restos
ELEMENTOS LITÚRGICOS

“La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”
EL OFICIO DIVINO
OFICIOS NOCTURNOS Y DIURNOS
Sabemos que el Oficio Divino ha sido repartido entre las principales horas del día, para santificarlas todas y dedicárselas al Señor.
El Oficio nocturno está distribuido en dos: Maitines y Laudes; y en seis el diurno: Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas; todos los cuales convergen hacia la Misa.
1. Maitines
Es el oficio de la noche, propiamente dicho. Se abre con una introducción o preparación, cuyas piezas principales son el Invitatorio (salmo 94) y el Himno. Siguen los Nocturnos, que son tres en los domingos y días festivos, y uno (en el rito monástico, dos) en las ferias y días simples. Se cierra el Oficio con el himno “Te Deum”.
La noche, con su cielo estrellado, la oscuridad y el silencio imponente, invita a la oración y al recogimiento. Es la hora más propicia para orar, pero también es la más apta para las obras tenebrosas. Para Jesucristo, entregado en manos de la soldadesca, fue la noche el preludio de los terribles tormentos de su Pasión. Por lo mismo es éste un espacio de tiempo que la Iglesia debía santificar con un rezo especial.

¡Qué impresionante y evocador es el toque de la campana que en las ciudades y en la soledad anuncia el principio de los Maitines! ¡A cuántos sorprende en el crimen, cayendo sobre ellos como una divina amenaza! En cambio, ¡qué alentadora y acariciadora voz es para los enfermos y tristes que padecen insomnio!
Cada uno de los Nocturnos se compone de salmos, entrelazados con antífonas, versos, lecturas de la Biblia, sermones y homilías de los Santos Padres, Actas y Leyendas de los Santos, y responsorios. Así resulta éste el oficio más largo y también el más variado e instructivo de todas las Horas Canónicas.
En los días de gran solemnidad constituyen, sobre todo en las catedrales y monasterios, un espectáculo verdaderamente deslumbrador. ¡No es extraño que muchos reyes y altos personajes de la antigüedad asistiesen a ellos como a un delicioso banquete!
2. Laudes
Es el oficio de la aurora, a la cual saludan con frecuencia los himnos y salmos que se usan.
Es la oración por excelencia de la mañana, así para el sacerdote como para los fieles. Consta de salmos y cánticos, con sus correspondientes antífonas, un himno siempre precioso, versículos y oración colecta.

El amanecer de cada día es para el hombre y para todas las’ criaturas como un nuevo nacimiento y una nueva creación. Espontáneamente brota en ese momento de toda la naturaleza un himno de júbilo, el himno de la vida loando a su Autor.
Tal es el oficio de Laudes, el oficio de la alabanza por antonomasia, en el que por lo mismo dominan los salmos “Laudate”.
3. Prima
Hasta el siglo V, al oficio de Laudes seguía, a las nueve de la mañana, el de Tercia, y para llenar este tan largo espacio con algún rezo, inventaron los monjes la hora de Prima, que, siendo a las seis, coincidía con la distribución y comienzo del trabajo diario.
A los salmos, himno y antífona propios de la hora, añadieron más tarde los monjes una serie de preces expresamente compuestas para ofrecer a Dios las obras y trabajos de la nueva jornada, a continuación de cuyo rezo se leía la lista de los Santos del día (Martirologio) y de los difuntos recomendados (Necrologio).
El oficio de Prima tiene bastante de común con el de laudes, en cuanto a saludar la llegada del sol, evocar la resurrección y dedicar a Dios el nuevo día.
Para el ofrecimiento de las obras y obtener la protección divina en el transcurso del día, difícilmente se podrá encontrar en devocionario alguno plegarias más apropiadas.
Muchos cristianos, la mayor parte quizá, ni éstas ni otras preces recitan al despertar, y se lanzan atolondrados al azar de la vida diaria, tan llena de peligros para el alma como para el cuerpo. ¿Qué sería de ellos sin los Coros que todas las mañanas, en la hora de Prima, tienden sobre el universo la red protectora de la plegaria litúrgica? Gracias a ella se sustraen a los infinitos peligros que se ciernen continuamente sobre sus cabezas.

4. Horas Menores
Tercia, Sexta y Nona son designadas generalmente con el nombre de Horas Menores, a causa de su brevedad con relación a las demás. Constan, en efecto, de un himno muy corto, tres salmos o divisiones de salmos, antífona, capítulo breve, responso y oración colecta.
Corresponden, respectivamente, a las nueve y doce de la mañana y a las tres de la tarde.
En la hora de Tercia se efectuó la bajada del Espíritu Santo el día de Pentecostés, y por eso este oficio renueva diariamente en la Iglesia este acontecimiento memorable. El himno es una fervorosa evocación al Espíritu Santo, para que se digne venir a habitar en las almas, a fin de renovar en ellas los admirables efectos del día de Pentecostés. De las tres, es Tercia la hora más solemne, y por lo general precede inmediatamente a la Misa conventual.
A la hora de Sexta, o sea, al mediodía, tuvo lugar la Crucifixión del Señor en el monte Calvario, y, probablemente, su gloriosa Ascensión a los cielos. Tales son los recuerdos que evoca este oficio, si bien no se hace a ellos especial alusión. En cambio, se alude en el himno al sol abrasador del mediodía y al cansancio natural que se siente después de largas horas de trabajo, y se pide a Dios la robustez del cuerpo y el sosiego de las pasiones, y especialmente de la discordia.
A las tres de la tarde, es decir, a la hora de Nona, murió Jesucristo en el madero de la Cruz; y a esa hora empieza ya a declinar el día y a mitigar el sol sus ardores. Por eso el himno de este oficio alude al fin de nuestra existencia, y pide a Dios que, en cambio del sol muriente, haga brillar a nuestros ojos la luz siempre resplandeciente de la gloria eterna.
5. La Misa conventual
Ordinariamente después de Tercia, y algunos días, según los ritos, después de Sexta o de Nona, los cabildos y comunidades adictas al coro celebran, con mayor o menor solemnidad, la Misa conventual.

En las catedrales que cuentan con los elementos necesarios, y en muchos monasterios benedictinos, la Misa conventual se celebra diariamente con canto, y donde no, por lo menos con asistencia obligatoria de la Comunidad.
Los ministros de la Oración oficial, rodeando en este momento el altar del Santo Sacrificio, forman como la escolta de la tierra ante el trono del Rey Universal. A Él los cantos, a Él las miradas, a Él las ansias de todos los corazones. “¡Digno es el Cordero de recibir la gloria y la bendición; a Él sólo el imperio, la gloria y el honor!”.
La Misa conventual, colocada precisamente en este punto central del día litúrgico, concentra todos los homenajes y adoraciones de la tierra, y distribuye entre los mortales el inmenso caudal de los méritos acumulados por Jesucristo en su Pasión. ¡Si los fieles asistiesen con preferencia a esta Misa conventual, participarían más abundantemente de este reparto general de bendiciones y carismas celestiales!
6. Vísperas
Los piadosos israelitas, a ejemplo del rey David, se reunían por la tarde en el templo de Jerusalén para asistir al Sacrificio vespertino, que consistía en la inmolación de un cordero. Igual que los israelitas, se congregaban al atardecer los primitivos cristianos para ofrecer al Señor el sacrificio de sus alabanzas, y, de tiempo en tiempo, para celebrar el rito llamado Lucernario, consistente en la bendición del fuego, del incienso y de un gran cirio, hecho todo a la luz de numerosas lámparas y antorchas. De aquel “sacrificio” tomaron origen, muy probablemente, nuestras actuales Vísperas.

Las Vísperas corresponden, en el Oficio diurno, a los Laudes del nocturno, y por eso guardan con éstos gran analogía.
En muchas catedrales y monasterios, las Vísperas suelen celebrarse todos los días con solemnidad, y muy a menudo con ministros e incienso. Así dan mejor la impresión de ser ellas realmente el Sacrificio vespertino. En algunos países es costumbre muy arraigada asistir infaliblemente a las Vísperas dominicales, y muchas iglesias, sobre todo las benedictinas de las ciudades, reúnen escogido número de fieles aún en las Vísperas diarias.
7. Completas
Este último oficio diurno es, lo mismo que el de Prima, de origen monástico, y posterior a todos los demás. En Occidente fue, indudablemente, el Patriarca San Benito su primer autor. Lo instituyó para completar (de ahí su nombre, que también es de San Benito) ese sagrado septenario número de oficios diurnos, de que habla David. Él le dio también la forma primitiva, que es la que siempre usan los benedictinos, y la que sirvió después de base para componer el maravilloso oficio actual del Breviario romano.
Hay en las Completas un remedo de la lectura espiritual de los monjes (la Capitula), una confesión pública de las faltas del día (el Confíteor y sus anexos), una salmodia muy oportuno, un himno para ahuyentar los malos sueños y fantasmas nocturnos, una Capitula, el cántico de Simeón “Nunc dimittis” con una antífona alusiva a la Muerte y Resurrección de Jesucristo y una serie muy expresiva de versículos, a modo de jaculatorias, que terminan con una Oración pidiendo a los Santos Ángeles acudan a velar el sueño, y la bendición del Presidente o Superior.
Sigue una Antífona a la Santísima Virgen (la “Salve”, el “Ave Regina”, el “Alma Redemptoris”, o el “Regina cœli”) con su oración correspondiente y empieza el sagrado silencio nocturno. Ya pueden dormir tranquilos los cristianos bajo la guardia de sus Ángeles tutelares.

Cuando en una parte del mundo termina, con el Oficio de Completas, el día litúrgico, empieza en otra un nuevo día de oraciones y de cánticos en alabanza de Dios y para bendición de los hombres, y así, todos los días, y todas las semanas, y todos los años de la vida son un ininterrumpido concierto de loores y de plegarias.
8. El saludo final a la Santísima Virgen
Desde el siglo XIII los Oficios Divinos se terminan con un saludo e invocación a la Santísima Virgen, Madre de Dios y nuestra y auxilio de todos los cristianos. Aunque tardía esta práctica mariana, se ha hecho tan connatural a las Horas canónicas, que ya hoy nos parecen incompletas cuando, por razón de las rúbricas, las debemos omitir.
Fue una idea genial, y de ello debemos felicitarnos los cristianos, la de terminar las alabanzas a la Santísima Trinidad con una loa a María, la Hija de predilección de Dios Padre, la Madre augusta de Dios Hijo, y la Esposa queridísima de Dios Espíritu Santo, y, por lo que hace a nosotros, nuestra poderosa Mediadora entre la tierra y el cielo.
Saludarla e invocarla a Ella, al final de los Oficios, es como poner en sus manos maternales el ramillete de nuestras súplicas y alabanzas cotidianas, para que Ella, la “Omnipotencia suplicante”, lo ofrende a Dios en el altar del cielo.
Este saludo mariano al final de los Oficios es de origen dominicano. Parece ser que el Beato Jordano, segundo Maestro general de la Orden, compadecido de un hermano poseído del demonio, mandó que se cantara por él todos los días, al final de Completas, una Salve a la Santísima Virgen. Del convento de Bolonia la práctica se extendió pronto a los demás de la Orden, y el Papa Gregorio IX lo introdujo en 1239 en la Iglesia de Roma.
A la Salve añadieron más tarde los franciscanos las otras tres antífonas hoy en uso, a saber: el Regina cœli, el Ave Regina cœlorum y el Alma Redemptoris.
En el Breviario Romano no entraron estas antífonas antes del año 1520.
La Salve parece estar ya demostrado haber sido compuesta en el siglo X por el monje gallego San Pedro Mezonzo, si bien la tradición le atribuye las exclamaciones: “O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria”, a San Bernardo, en una de sus efusiones de amor a María, en la catedral de Spira.
El Regina cœli enseñan algunos autores que lo cantaron los Ángeles, en una rogativa que se celebraba en Roma, en tiempo de San Gregorio Magno, con ocasión de una terrible peste, y que el Papa añadió la invocación final: “Ora pro nobis Deum”.
El Ave Regina cœlorum es de autor desconocido, pero el Versículo “Dignare me, etc.”, se lo atribuye San Jerónimo a San Efrén.
El Alma Redemptoris probabilísimamente es composición del abad benedictino de Reichenau, Hermann Contracto (10131054), quien supo aprovechar con mucho tino expresiones felices de San Fulgencio, San Epifanio, San Ireneo y Sedulio.
La doble melodía gregoriana que acompaña cada una de estas cuatro antífonas, melodía la una sencilla y aérea, y adornada y majestuosa la otra, es de un encanto y de una gracia y frescura incomparables.
Están compuestas como para dar la nota final al concierto litúrgico diario con que la Iglesia celebra en toda la redondez de la tierra a la Divinidad.
Podrían servir aptísimamente para canto final de las oraciones de la noche en los asilos, patronatos y orfelinatos, donde se educan tantos hijos sin madre, y a quienes, por lo mismo, conviene inspirarles una tierna devoción a la soberana Madre de Dios y Madre nuestra.

En los monasterios benedictinos, antes de retirarse la Comunidad del Coro, después de Completas, el abad rocía a todos los monjes, uno por uno, con agua bendita, como para poner a sus hijos al abrigo de los peligros nocturnos. También los fieles, al acostarse, deben rociar su cama y su persona con agua bendita.
9. La asistencia de los fieles al Oficio Divino
En los tiempos antiguos, la asistencia de los fieles a las Horas del Oficio era mayor; pero fue disminuyendo gradualmente, y, como hemos dicho, su rezo está en la actualidad reservado al clero y a las Órdenes religiosas.
En rigor de derecho, pues, nada se les manda a los seglares en esta materia; pero es sumamente de desear que también ellos tomen parte activa en el canto o en el rezo del Oficio de Vísperas, que en los días festivos se celebren en su propia parroquia”.
Pío XII pide a los Obispos que no permitan se pierda esta costumbre de cantar las Vísperas dominicales y festivas donde todavía existe, y que se instaure donde no existe. Y añade: “Si bien la Iglesia prescribe solamente que los fieles deben abstenerse del trabajo servil y asistir al Sacrificio eucarístico, en los domingos y días de fiesta, y no da ningún precepto para el culto vespertino; también es cierto que existen, además de los preceptos, sus insistentes recomendaciones y deseos, sin contar que esto es todavía más imperiosamente exigido por la necesidad que todos tienen de que el Señor les sea propicio para impetrarle sus beneficios”, y para santificar la tarde de los domingos, tan profanada hoy por diversiones inmoderadas.
Con ello se devolvería, al menos en parte, a esas tardes, tan profanadas, en pueblos y ciudades, el carácter religioso del que el afán desmedido de diversiones y excursiones peligrosas las ha despojado.
