P. CERIANI: SERMÓN PARA EL DECIMOTERCER DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DOMINGO DECIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

De la Epístola de San Pablo a los Gálatas, III, 16-22: Las promesas fueron dadas a Abrahán y a su descendiente. No dice: “y a los descendientes”, como si se tratase de muchos, sino como de uno: “y a tu Descendiente”, el cual es Cristo. Digo, pues, esto: Un testamento ratificado antes por Dios, no puede ser anulado por la Ley dada cuatrocientos treinta años después, de manera que deje sin efecto la promesa. Porque si la herencia es por Ley, ya no es por promesa. Y sin embargo, Dios se la dio gratuitamente por promesa. Entonces ¿para que la Ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese el Descendiente a quien fue hecha la promesa; y fue promulgada por Ángeles por mano de un mediador. Ahora bien, no hay mediador de uno solo, y Dios es uno solo. Entonces ¿la Ley está en contra de las promesas de Dios? De ninguna manera. Porque si se hubiera dado una Ley capaz de vivificar, realmente la justicia procedería de la Ley. Pero la Escritura lo ha encerrado todo bajo el pecado, a fin de que la promesa, que es por la fe en Jesucristo, fuese dada a los que creyesen.

La Epístola, tomada de la Carta de San Pablo a los Gálatas, será el objeto de nuestro sermón de este Domingo, Decimotercero después de Pentecostés.

Los habitantes de Galacia, provincia del Asia Menor, fueron ganados al Evangelio por San Pablo en sus segundo y tercer viajes apostólicos.

Poco tiempo después, llegaron judaizantes, que les enseñaban otro Evangelio; es decir, un Jesucristo deformado y estéril; exigiendo que se circuncidasen y cumpliesen la Ley mosaica, y pretendiendo que el hombre es capaz de salvarse por sus obras, sin la gracia de Cristo…

Tema bien actual…, por cierto…, como ya hemos destacado el Domingo pasado.

San Pablo escribió esta Carta para combatir la confusión causada por esos doctores judaizantes. El punto central de su doctrina es que el cristiano se salva por la fe en Jesucristo, y no por la Ley mosaica.

Los judaizantes admitían, ciertamente, la persona y la doctrina de Jesucristo; pero, junto con la fe en Jesucristo, exigían la observancia de la circuncisión y de las prescripciones mosaicas, cosa que iba directamente contra lo que enseñaban los Apóstoles.

La energía con que San Pablo ataca a los adversarios, claramente da a entender que no eran matices más o menos superficiales los que le separaba de esos nuevos predicadores, sino algo sustancial.

El problema era muy serio, tocando en lo más vivo la médula misma del cristianismo, cuyas consecuencias el Apóstol intuyó desde el primer momento en toda su profundidad.

El mismo San Pedro no había visto el problema en todas sus dimensiones y consecuencias. Y, de hecho, esta misma Carta a los Gálatas relata el incidente de Antioquía, cuando San Pablo resistió, cara a cara, al Sumo Pontífice.

En el fondo, lo que se ventilaba era la suficiencia o insuficiencia redentora de la muerte de Cristo. Afirmar que el hombre necesita de las obras de la Ley para conseguir la salvación es hacer una injuria a la Cruz de Cristo.

El tema central es, pues, el siguiente: la justificación se da por la fe en Jesucristo, sin necesidad de las obras de la Ley.

Con esta Epístola, el Apóstol San Pablo sacudió definitivamente para la Iglesia el yugo de la Ley de Moisés.

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Vemos que un fenómeno insólito dio mucho que pensar y que padecer al Apóstol San Pablo. En efecto, mientras los gentiles, e incluso los judíos prosélitos, recibían el Evangelio, por el contrario, los judíos de raza, no contentos con rechazarle, perseguían encarnizadamente a su celoso predicador.

La constitución de las Iglesias de Galacia, formadas casi exclusivamente de gentiles y prosélitos, en una palabra, de incircuncisos, levantó contra San Pablo otros adversarios más temibles que los mismos judíos rebeldes… Eran los cristianos judíos…, más judíos que cristianos…

Al ver que San Pablo admitía a los gentiles en la Iglesia, sin obligarles antes a la circuncisión y otras costumbres judaicas, comprendieron, y con razón, que la conducta del Apóstol era la negación práctica de los privilegios de Israel, era el desconocimiento de la Ley.

Entonces, su celo farisaico se convirtió en furor contra el Apóstol. Y la Epístola a los Gálatas nos ha conservado los manejos a que apelaron sus adversarios para intentar arruinar su obra: calumnias, insinuaciones maliciosas, razonamientos envenenados… Verdaderamente su arte era diabólico.

Ante todo, atacaban la autoridad apostólica de San Pablo. Por la respuesta del Apóstol, podemos deducir que dirían:

“¿Quién es ese intruso, sin vocación divina, que nunca ha visto ni oído al Señor, para oponerse a los Doce Apóstoles, que han recibido directamente del Señor la enseñanza y la misión?”

“¿Quién es ese perseguidor de ayer, para oponerse a las columnas de la Iglesia?”

Minada así su autoridad de Apóstol, atacaban abiertamente su doctrina:

“Lo que él llama su Evangelio, es una impiedad”.

“Contra la Ley de Dios, contra las Promesas y Alianzas divinas, contra todo el Antiguo Testamento, se atreve a blasfemar este apóstata”.

“El Evangelio que niega la Ley no es Evangelio”.

Y no contentos con atacar en su principio mismo el Evangelio de San Pablo, sacaban de él las más desaforadas consecuencias:

“Lo peor es que su enseñanza es inmoral y escandalosa”.

“Sin Ley, que oponga una barrera a los perversos instintos del hombre, ¿qué resta sino una libertad desenfrenada, que se lance sin obstáculos a los mayores crímenes?”

“Sin Ley que lo condene, el pecado queda justificado”.

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La oposición dio ánimo a San Pablo. A los cargos que le achacaban sus adversarios, respondió con una Carta admirable, en que reveló todo el temple de su espíritu, toda la fogosidad de su alma, toda la ternura de su corazón, toda la alteza de sus pensamientos.

Sin descender a mezquindades personales, indignas de su noble carácter, concreta su apología a tres puntos principales:

Primeramente, defiende su autoridad apostólica y el origen divino de su Evangelio.

En segundo lugar, demuestra la tesis fundamental de su Evangelio, esto es, la justificación por la fe viva en Cristo, independientemente de la Ley Mosaica.

Por fin, hace ver que su Evangelio, lejos de dar libertad a la carne, la condena y refrena con dos principios poderosos y altísimos de santidad: la Caridad y el Espíritu.

De ahí siguen las tres partes en la Epístola a los Gálatas: una apologética (I-II); otra dogmática (III-IV); la tercera, moral (V-VI).

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La parte que nos interesa resaltar hoy es, ciertamente, la dogmática.

En ella, de las palabras de la Escritura deduce el Apóstol que no es la circuncisión, como querían los judaizantes, sino la fe la que constituye verdaderos hijos de Abrahán. El Evangelio es el cumplimiento de la Promesa hecha a Abrahán.

Y no sólo la filiación de Abrahán, sino también la participación en las Promesas que Dios le hizo, es efecto, no de la circuncisión, sino de la Fe.

Por eso la Ley es régimen de maldición, de la cual nos liberó Jesucristo.

Los elementos esenciales de esta sutil argumentación se reducen a dos:

– la Ley es ocasión de pecado,

– y, en sí misma, no ofrece ningún recurso para levantar al hombre del pecado.

Ahora bien, la maldición de la Ley se trocó en bendición por la Fe.

La clave de este misterio nos la da Jesucristo crucificado, quien muriendo y dando satisfacción a la justicia de Dios, trocó la maldición en bendición.

Bendición prometida antes al gran Patriarca Abrahán, y ahora realizada por la efusión del Espíritu Santo; bendición y efusión, que alcanzó, no solamente a los judíos, sino también a los gentiles en Cristo Jesús.

Por eso San Pablo indica otro punto importante; además de Dios, es necesaria otra parte contratante, que es aquí el pueblo de Israel. Y el mediador entre ambas partes fue Moisés.

Con esto hace resaltar el Apóstol la distinción entre la Promesa y la Ley.

Mientras la Promesa era unilateral y absoluta, y por tanto no podía fallar; la Ley, en cambio, fue bilateral y condicionada; y, por consiguiente, podía fallar por una de las partes contratantes…

Y de hecho falló por la falta de Israel…, que traspasó la Ley…

La Sagrada Escritura, al declarar tantas veces que todos los hombres, tanto gentiles como judíos, habían traspasado la Ley, testifica, por el mismo caso, que todos eran reos de pecado delante de Dios: y eso precisamente quiere decir encerrar bajo el dominio del pecado.

La Ley tenía doble objeto: negativo y positivo.

Por una parte, la Ley hacía que los hombres se sintiesen pecadores y, como tales, necesitados de la misericordia de Dios; por otra parte, los disponía y encaminaba a la Fe en el verdadero Mediador que un día había de manifestarse, Nuestro Señor Jesucristo.

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San Pablo ve en el Antiguo Testamento dos cosas radicalmente distintas: la Promesa y la Ley.

La Promesa es un elemento esencial que, lejos de anularse, halla su plena realización en el Evangelio.

La Ley, en cambio, es un régimen accidental y transitorio que, al llegar el Evangelio perdía toda su razón de existir.

Si el Evangelio se compara a un árbol, la Promesa es la raíz, la Ley los tutores.

A la luz de esta concepción, se ve toda la fuerza de la argumentación de San Pablo: la Promesa era independiente de la Ley, y la Herencia era debida, no a la Ley, sino a la Promesa.

Y la fuerza no se aplica sólo en la argumentación, sino también en las palabras. Pero la dureza aparente desaparece teniendo en cuenta San Pablo tiene presente, no precisamente la Ley en sí misma, sino tal como la concebían los escribas. La Thora, como ellos la llamaban, se convertía en el objeto exclusivo de su estudio y de su ciencia, y casi de su culto y adoración. Y la observancia de tal Ley, si bien puramente formulista y mecánica, creían ellos que les daba derecho, no sólo a la veneración de los hombres, sino también a la recompensa de Dios.

Este ídolo monstruoso, el cual San Pablo había un tiempo adorado fervientemente, es el que tiene delante de los ojos, cuando califica la Ley con tanta dureza.

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Sobre la Encarnación del Hijo de Dios San Pablo enseña cuatro cosas:

1) El tiempo de su venida: el mundo, forzado a reconocer la ineficacia tanto de la razón natural como de la Ley mosaica para una vida conforme a la dignidad humana, y preparado por un conocimiento suficiente de la promesa mesiánica, estaba ya en disposición de recibir al Salvador: esto significa el Apóstol con la frase la plenitud de los tiempos.

2) El hecho de la venida: Envió Dios a su propio Hijo.

El Hijo de Dios, cuando fue enviado, existía ya en el Cielo, junto a Dios. Se trata, pues de una preexistencia eterna, propia del que era; no un hijo adoptivo, sino el Hijo único y natural de Dios Padre.

3) Doble condición de la venida: hecho hijo de Mujer y sometido a la Ley.

Estas dos condiciones indican la doble solidaridad de Cristo: como hecho hijo de Mujer, con todo el linaje humano; como sometido a la Ley, con el linaje de Israel.

4) El fin de la venida es también doble, y corresponde inversamente a las dos condiciones sobredichas.

Por lo tanto, es digno de notarse que Jesucristo es hecho hijo de Mujer, de la Virgen María, para hacernos participantes de su filiación, por cuanto en Él somos hechos hijos adoptivos de Dios Padre y también hijos espirituales de su divina Madre.

La expresión sometido a la Ley quiere decir que el Hijo de Dios quiso someterse, no sólo al fiel cumplimiento, sino también a las sanciones de la Ley Mosaica.

Esta sumisión, dentro de los planes divinos, era necesaria para explicar la verdad y la justicia de la redención humana.

En virtud de esta sumisión pudo antes afirmar San Pablo que Cristo nos rescató de la maldición de la ley, hecho por nosotros objeto de maldición.

Si Cristo no se hubiera hecho uno con los transgresores de la ley y no se hubiera sometido a las sanciones de la misma ley, la redención humana sería una ficción o una injusticia.

De todo esto se deduce que no hay razón alguna para volver a los rudimentos religiosos.

Es digno de ser considerado que los Gálatas, antes de la conversión, eran gentiles, y ahora se quieren sujetar a las prácticas mosaicas.

Al decirles San Pablo que ahora quieren volver a los rudimentos, equipara las prácticas mosaicas, que ahora quieren ejercer, a las prácticas gentílicas, que observaban antes de su conversión.

Si bien las prácticas mosaicas eran de origen divino y las gentílicas andaban mezcladas con torpes supersticiones, sin embargo, unas y otras convenían en representar una etapa elemental o rudimentaria de la religión.

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El Evangelio de hoy es una magnífica miniatura de la respuesta dada por San Pablo a este grave problema.

En efecto, los leprosos, encaminados hacia los sacerdotes de la Ley, repentinamente se hallan sanos. Habiendo sido tan maravillosamente curados, ¿qué debían hacer? ¿Continuar su camino a Jerusalén para presentarse a los sacerdotes, a la Ley? ¿O volver antes a Jesús, el Mediador?

¿Seguimos la letra de la Ley, que mata…, o vamos hacia el que debe ser el Mesías prometido?

¿Nos quedamos en la Antigua Alianza…, o abrazamos la Nueva Ley que se está proclamando?

A la duda siguió la discrepancia; y a la discrepancia siguió la escisión: los nueve judíos siguieron su camino a Jerusalén, hacia la Ley, hacia Moisés…; el samaritano quiso cuanto antes regresar a Jesús, el Descendiente…, al Legislador de un Nuevo y Eterno Testamento…, al Mediador…

¿Quién obró bien, los nueve judíos, ateniéndose al cumplimiento material de la legalidad; o bien el samaritano, dando el primer lugar en su corazón a la glorificación de Dios en espíritu y en verdad y al agradecimiento debido a su divino bienhechor?

La respuesta del Salvador dio la razón al samaritano.

Jesús manifestó extrañeza por la falta de los nueve judíos, y preguntó al samaritano: ¿Por ventura no fueron sanados los diez? Pues los otros nueve ¿dónde están?

Pues…, están con la Ley, con Moisés, con los rudimentos…, con la religión corrompida por los escribas y fariseos…

Por esto el Salvador, sin aguardar respuesta, exclamó: No se ha hallado quien volviese y diese gloria a Dios, sino este extranjero.

Y volviéndose al samaritano, postrado aún a sus pies, le dijo amorosamente: Levántate, vete en paz; porque tu fe te ha salvado.

La fe que mostraste a mi palabra te ha curado de la lepra del cuerpo…; y la fe mayor, con la que has vuelto para glorificar a Dios y darle las gracias, te ha librado de la lepra más repugnante…, la del espíritu…

Esta fe te ha hecho reconocer en mí al hijo de David, al Mesías prometido…, al Mediador…

Tu fe te ha salvado… porque las promesas fueron dadas a Abrahán y a su descendiente. No dice: “y a los descendientes” como si se tratase de muchos, sino como de uno: “y a tu Descendiente”, el cual es Cristo.

Hemos visto, hace dos Domingos, que el rito del Bautismo comienza con un interrogatorio:

Sacerdote: — ¿Qué pides a la Iglesia de Dios?

Padrinos: — La fe.

Sacerdote: — ¿Qué te da la fe?

Padrinos: —La vida eterna.

Y concluimos hoy como lo hicimos en esa ocasión:

Pidamos a Nuestra Señora, Virgen siempre Fiel, que nos conceda la gracia de conservar la Sacrosanta Fe que hemos recibido en el Santo Bautismo y que por ella alcancemos la salvación.