P. CERIANI: SERMÓN PARA LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN

LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS

En aquel tiempo: Llena Isabel del Espíritu Santo levantó la voz con gran clamor y dijo: Bendita Tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí el que venga la madre de mi Señor a mí? Porque he aquí que como sonó la voz de tu salutación en mis oídos, dio un salto de alborozo el niño en mi seno. Y dichosa la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le han sido dichas de parte del Señor. Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor, y se regocijó mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Pues, he aquí que desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones; porque hizo en mi favor grandes cosas el Poderoso y cuyo nombre es Santo; y su misericordia por generaciones y generaciones, para con aquellos que le temen.

Celebramos hoy con gran gozo la Fiesta de la Asunción de María Santísima a los Cielos. Hemos llegado al término de su carrera, a la consumación de los misterios de toda su vida, al resultado de sus méritos, al triunfo de la gracia que los produjo y que ella misma corona.

Sabemos que la Belleza siempre trae consigo las notas esenciales de síntesis y unidad, manifestando una poderosa aptitud para irradiarse en orden, armonía y nitidez.

Pues bien, todas las obras de Dios son bellas y, por eso, ofrecen una armonía magnífica.

Los mismos milagros sirven para establecer dicha concordancia, puesto que nos dan a conocer una perfección y belleza sobrenatural.

Esta verdad se aplica en el grado más eminente a la Virgen Santísima.

Por lo tanto, después de una vida como la suya, su salida de este mundo no podía haber sido como la de los otros hombres. Una vez que se ha entrado en lo sobrenatural, no es posible salir de él sino por lo sobrenatural.

Ahora bien, la salida de este mundo es el eco de la vida; por eso, todas las glorias de la vida de la Virgen Santísima, todos sus misterios deben unirse en su partida como en un maravilloso concierto…

Su celestial Asunción es como el misterio de sus misterios, la gloria de sus glorias, la grandeza de sus grandezas.

Vayamos paso a paso, y consideremos, pues, cada uno de sus misterios a la luz de su gloriosa Asunción.

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El primero de todos estos arcanos, el de su Predestinación, demuestra claramente lo que decimos.

En efecto, su predestinación sale de la condición común de todas las demás; forma por sí sola una jerarquía aparte; y se halla estrechamente ligada con la de su divino Hijo por un título único entre todas las criaturas, el título de Madre de Dios.

Según el Decreto divino la predestinación de Jesucristo exige la de su Madre; la implica en un mismo dictamen.

Y entonces, la que se halla asociada a Jesucristo por esta predestinación única, ¿cómo estaría separada de Él en el glorioso destino, para ser confundida en el designio común de los hombres?

Por lo tanto, María Santísima, por su predestinación de Madre de Dios, debía subir a toda la alteza de esta dignidad.

De este modo, el primer misterio del destino de la Santísima Virgen guarda correspondencia con el último; su Predestinación está llamando a su Asunción, que le responde como un eco.

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No exige menos proporción el segundo misterio, el de su Inmaculada Concepción.

Hay una relación natural entre la entrada y la salida de esta vida, entre la concepción y la muerte; tanto que puede decirse que son una misma cosa en sus dos confines: el uno por donde penetra, el otro por donde emigra.

Junto con la vida recibimos el germen y como el veneno de la muerte, y de él morimos, conforme a la sentencia primera.

Y este germen de la muerte se halla en nuestra concepción, por cuanto el pecado, que es también una muerte, lo depositó allí en los primeros padres, en quien estábamos todos contenidos.

A nuestra entrada en el mundo, nos espera el pecado original; a nuestra salida del mundo, nos aguarda la muerte. El pecado hace perecer nuestras almas, y la muerte nuestros cuerpos; y estas dos muertes, del alma y del cuerpo, están entre sí enlazadas por una relación de origen.

La gracia de Nuestro Divino Salvador nos libra de estos dos lazos: en nuestro nacimiento, del pecado de origen por el renacimiento espiritual; y a nuestra salida, de la muerte por la resurrección.

Quedan, eso sí, las consecuencias temporales: la concupiscencia para el alma, durante la vida, y la corrupción para el cuerpo, hasta el día de la resurrección.

Ahora bien, el destino de la Virgen Santísima debía ser en esto absolutamente diferente del de todos los escogidos, pues Ella, preservada desde su concepción del pecado original, que es la muerte del alma, debió ser preservada de la corrupción, que es la muerte del cuerpo.

En efecto, de no ser así, Dios la hubiera elevado por esta Concepción inmaculada, para precipitarla luego de más alto en la corrupción… Suposición semejante es una blasfemia…

Cierto es que pasó por la muerte; mas no permaneció en ella. Pasó por la muerte, no por la corrupción; pasó porque pasó su Hijo, y del modo que pasó su Hijo; solo que en Él fue esto por su propia virtud, y en Ella por la gracia; la misma gracia previno en Ella la corrupción, como había prevenido el pecado.

La muerte fue en la Virgen Santísima un hecho, no un efecto. La muerte, como efecto del pecado, lleva consigo la corrupción de la carne; de esta carne de pecado, de este cuerpo de muerte, como lo llama San Pablo. María Santísima fue preservada de ella por su pureza sin mancha.

Al morir de ese modo, la Santísima Virgen no tanto murió cuanto dejó su mortalidad en el sepulcro, para vestirse allí de gloria. Fue concebida a la gloria por medio de la muerte.

Concebida a la gracia bajo la espinosa cubierta del pecado sin recibir su picadura, fue, del mismo modo, concebida a la gloria bajo la cubierta de la muerte, sin recibir su corrupción.

Tal es la bella relación que media entre el misterio de la Concepción Inmaculada y el de la Gloriosa Asunción de María.

Esta relación es eminentemente evangélica, puesto que tiene su raíz en la virginal pureza de la Madre del Verbo Encarnado, Nuestro Señor Jesucristo.

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¿Qué diremos ahora, precisamente, del misterio central de la Encarnación con respeto al mismo misterio de la Asunción?

Ya sabemos que existe una trabazón admirable entre los misterios de la religión Católica; y el de la Asunción de María tiene un enlace particular con la Encarnación del Verbo eterno.

¿Por qué? Escuchemos la respuesta de Bossuet:

“Porque si la Virgen Inmaculada recibió al Salvador Jesús, justo es que el Salvador reciba también a la Bienaventurada María; y no habiendo desdeñado bajar a Ella, debía luego levantarla a sí, para hacerla entrar en su gloria.

No hay, pues, que maravillarse si la Bienaventurada María resucita con tanto brillo, ni de que triunfe con tanta pompa. Jesús, a quien dio la vida esta Virgen, se la devuelve hoy por agradecimiento. Y como es propio de un Dios mostrarse siempre el más magnífico, aunque sólo ha recibido una vida mortal, es digno de su grandeza darle, en retorno, una vida gloriosa. Así, estos dos misterios están ligados entre sí”.

Si el Hijo del Hombre, al recibir a los escogidos en su reino, ha de decirles: Venid, benditos de mi Padre ; porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, preso, y me visitasteis; porque cuantas veces hicisteis estas cosas con el más pequeño de mis hermanos, otras tantas conmigo lo hicisteis, ¿con qué ansia no debió salir al encuentro de aquella criatura bendita entre todas, que le recibió en persona, que le dio hasta la vida, que fue formado de su sangre, revestido de su carne, al cual alimentó de su sustancia, crio para la salvación del mundo y para esa gloria celestial de que goza su humanidad, y que, en este sentido, se la debe?

El Abad Guarico, discípulo de San Bernardo, hace decir a Nuestro Señor:

“Venid, ¡oh, mi muy amada! Como ninguno me dio más que Vos en mi humildad, a ninguno quiero dar tanto como a Vos en mi gloria.

Me comunicaste en mi Encarnación lo que era de la naturaleza del hombre; yo quiero comunicaros en vuestra Asunción lo que es de la grandeza de Dios.

Encerraste al Dios Niño en vuestro seno; recibiréis al Dios inmenso en su gloria.

Habéis sido la posada del Dios peregrino; Vos seréis el palacio del Dios reinante.

Habéis sido el palacio del Dios militante; seréis el carro de triunfo del Dios vencedor.

Habéis sido el lecho del Esposo encarnado; seréis el trono del Rey coronado”.

¡Admirable reciprocidad de recibimiento!

Siendo este recibimiento de María por su divino Hijo en el Cielo proporcionado al que Ella le hizo en la tierra, debe aventajar al de todos los escogidos.

Como Ella fue la primera que le recibió en la Encarnación, y de un modo inefable antes que otro alguno; antes que ningún otro, y de maravillosa manera, debió ser recibida por Él en su Asunción.

Y debió llevar al Cielo la señal sensible de su Maternidad, que es el título de su Bienaventuranza; aquel cuerpo bendito y castísimo, por cuyo medio concibió a su Dios por el mayor de los prodigios.

Debió llevar a la gloria aquel seno purísimo que le llevó a Él mismo en su humillación, para ser honrada y festejada por los Bienaventurados en su prerrogativa de Madre de Dios, como Jesús quiso serlo por su título de Hijo del Hombre.

Para ser glorificado con este título de Hijo del Hombre, subió Jesucristo su propio cuerpo al Cielo. Por la misma razón, debió elevar a su lado aquel cuerpo santísimo de María, que suministró la materia del suyo.

La Encarnación produjo entre el Hijo y la Madre una comunicación de propiedades, físicas y morales, que no permite admitir, sin ofensa de Jesucristo, que María fuese presa del sepulcro, que su cuerpo fuera entregado a la corrupción del sepulcro, a esa horrible descomposición que nos hace retroceder de espanto.

¿Cómo admitir que ese mismo poder y amor, que conservaron su casta integridad antes del parto, durante el parto y después del parto, la olvidasen en el sepulcro hasta el punto de dejarla participar del oprobio de nuestra naturaleza y la miseria de nuestra condición?

Dice bellamente San Agustín: Lejos de atreverme a decirlo, me horrorizo de pensarlo. Si el Hijo de Dios tuvo poder para conservar virgen el cuerpo de María en su parto, lo tuvo igualmente para conservarla incorruptible en su sepulcro. Si pudo, lo quiso; si lo quiso, lo hizo.

Finalmente, San Bernardo, sacando de este principio de la comunicación de las propiedades entre Jesús y María una consecuencia tan noble como atrevida, ha dicho resueltamente lo que sigue:

“La incorruptibilidad del cuerpo de Jesucristo en su sepulcro provenía de una virtud incorruptible que había sacado del de su Madre. Privilegio que, como todos los demás privilegios de pureza, bendición y gracia en María provenía, ciertamente, de Jesucristo en cuanto Dios, para que los recibiese de Ella en cuanto hombre; pero de los cuales estaba, por eso mismo, dotada abundantemente, como está provisto el tallo de todas las propiedades que debe trasmitir a la flor”.

Tal es el bello enlace, tales son las ricas armonías entre los misterios de la Encarnación y la Asunción, que presentan a este último como la consecuencia evangélica del primero.

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En cuanto al misterio de la Redención, siendo la gloria de la Ascensión de Jesucristo el fruto de sus padecimientos, debe mediar, entonces, la misma relación entre la Ascensión y la Asunción que entre la Pasión de Jesús y la Compasión de María, la Corredentora.

La correspondencia directa entre la Ascensión y la Pasión del Salvador quedó promulgada por la pregunta aleccionadora dirigida por Él a los discípulos de Emmaus: ¿Por ventura no convenía que Cristo padeciese y entrara así en su gloria?

Por otra parte, la relación inmediata entre la Pasión del Hijo y la Compasión de la Madre fue también promulgada en el Evangelio del modo más enérgico por la profecía del anciano Simeón: “Este es puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel, y para ser una señal de contradicción; y a tu misma alma la traspasará una espada, a fin de que sean descubiertos, los pensamientos de muchos corazones.”

Unión maravillosa, que ninguna lengua puede encarecer dignamente, y cuya manifestación más sublime quedó consignada en los Evangelios: Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre.

Sublime reciprocidad de penas, que nos da la medida de la participación de gloria que produjo…

Porque si el Hijo entró en su gloria por medio de estos padecimientos…, ¿cómo la Madre, tan asociada a estos, no hubiera sido partícipe de aquella? ¿Cómo, habiendo estado tan valerosamente en el combate, no habría estado tan gloriosa en el triunfo?

No lo dudemos…, así como la Corredentora estuvo de pie junto a la Cruz, en el Calvario, está ahora sentada junto al Trono de gloria, en el Cielo…

De este modo, la dolorosa Compasión de María, su Corredención, se asocia a su gloriosa Asunción, como los demás misterios de su vida, tal vez el más glorioso de ellos…

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Finalmente, el espléndido misterio de la Asunción está en relación con su misión de Madre y Abogada de los hombres para con su divino Hijo, y de Mediadora y Dispensadora de sus gracias, objeto del culto de alabanza e intercesión que le rinden, de generación en generación, los verdaderos fieles católicos, y que, junto con los protestantes de toda laya, le niega la ralea de modernistas y conciliares…

Para recibir este culto era necesario que la Madre de Dios estuviera sobre un trono… Para llenar este ministerio era necesario que María Reina estuviese cerca del trono de su Hijo…

El concurso de María Santísima al don de Jesucristo en el misterio de la Encamación debía asegurarle otro, que no es más que su consecuencia.

Dicha participación y cooperación quedan testificadas por el Evangelio en los misterios de la Visitación, del milagro de Cana y, sobre todo, en el del Calvario.

Ahora bien, esta colaboración continua le asigna un lugar en el Cielo, y un lugar tan elevado e inmediato como el mismo objeto de esta asistencia…, era necesario que pudiera seguir, por su Asunción, a Jesucristo; era preciso que terminase de cooperar con Él a la consumación de la misma obra.

La Ascensión del Hijo y la Asunción de la Madre a los Cielos eran esenciales para derramar mayor abundancia de gracias sobre la tierra, en virtud de la misma economía que había asociado la Compasión y Corredención de María a la Pasión de Jesús.

Por eso San Bernardo, considerando el enlace que hay entre estos dos misterios, ha dicho, que, si el Hijo de Dios debía regresar a su Padre para enviar el Espíritu Santo a sus Apóstoles, María debía volver también a su Hijo para comunicar sus méritos a los hombres.

Y, evidentemente, debía subir cerca de su Hijo, como había subido este mismo Hijo cerca de su Padre; debía subir con su cuerpo, puesto que en este cuerpo virginal es Ella su Madre, así como Él es Hijo suyo en su sagrada carne.

Su divina Maternidad es el principio de su valimiento; y, por consiguiente, la materia de dicha maternidad, su cuerpo virginal, era la que debía subir al Cielo, para ejercer allí este gran ministerio de intercesión y de misericordia que es su herencia.

Debía subir allí igualmente, y por la misma razón, para recibir en él los homenajes y los votos del universo, como Reina suya y Corredentora de su reparación.

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Si el infierno y los demonios han desencadenado contra Ella tanta rabia; si su culto ha suscitado tan negros atentados de los herejes, protestantes, modernistas y conciliares, ha sido, y es, porque Ella les quebranta la cabeza y porque ejerce sobre los enemigos de Dios y de los hombres el poder de su divino Hijo.

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Finalmente, si Ella misma tuvo de un modo tan admirable la conciencia de las grandezas que Dios le hizo y de las bendiciones que todas las generaciones debían dirigirle y tributarle, y las cantó de una manera tan profética y sublime en su Cántico, el Magnificat, no fue sino porque la Verdad misma, el Verbo Eterno, a quien llevaba en su seno, y el Espíritu Santo, que enajenaba su alma, violentaron su humildad para hacerla confesar su gloria.

Si todos los siglos, si todos los seres la contemplan como Reina y Señora de todo lo creado es porque Ella se les presenta por todas partes elevada sobre cuanto existe, en las profundidades de la eternidad y en los esplendores de la bienaventuranza y de la gloria.

Mientras tanto, Ella misma mantiene a los espíritus Bienaventurados en un respetuoso silencio, exhalando todavía de su Corazón Inmaculado aquellas admirables palabras, que trae el Evangelio de la Fiesta:

Mi alma engrandece al Señor, y se regocijó mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Pues, he aquí que desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones; porque hizo en mi favor grandes cosas el Poderoso y cuyo nombre es Santo; y su misericordia por generaciones y generaciones, para con aquellos que le temen.

Regina in cælum assumpta, ora pro nobis…