Conservando los restos
ELEMENTOS LITÚRGICOS

“La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”
LOS LIBROS Y LA LENGUA LITÚRGICA
Uno de los elementos generales más importantes de la Liturgia son los Libros, en que están contenidos todos sus ritos y fórmulas, su canto y sus ceremonias, y cuya custodia oficial está encomendada a la Sagrada Congregación de Ritos.
1. Libros primitivos
En un principio no tuvo la Liturgia para su servicio otros libros que los bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, los cuales no estaban reunidos, como hoy, en un solo volumen, sino aislados entre sí o por pequeños grupos, formando un conjunto de varias colecciones difícil de adquirir.
La Biblia, pues, era el único libro litúrgico primitivo, y ella sola suministraba el material necesario para todos los rezos y ceremonias oficiales.
El desarrollo de las ceremonias litúrgicas trajo consigo el desarrollo paralelo de los libros, dando origen a esa biblioteca litúrgica que, en la Edad Media, llegó hasta convertirse en la más importante rama de la industria del libro y forma aún hoy día el principal elemento de nuestra riqueza manuscrita.
El pontífice, los ministros inferiores, los cantores, los lectores, el pueblo, etcétera, tenían sus manuales correspondientes.
En el siglo IX se notó una tendencia a agrupar y aun a reducir o suprimir algunos de estos manuales, y poco a poco las evoluciones del culto aconsejaron nuevas reducciones y acomodamientos, que terminaron dando a los libros litúrgicos la forma actual.

2. Los libros actuales
Los libros litúrgicos oficiales de hoy son seis, a saber: el Misal, el Breviario, el Ritual, el Pontifical, el Ceremonial de los Obispos y el Martirologio, los que se descomponen y completan con algunos extractos y suplementos.
En los monasterios, catedrales y colegiatas, que es donde mejor se han conservado las tradiciones antiguas, se usan todavía en volúmenes separados: el Gradual, el Vesperal, el Antifonario, el Salterio, el Responsorial, el Himnario, el Procesional, el Leccionario, etcétera, amén del Epistolario y el Evangeliario.
El Misal
Es el primero y el más sagrado de todos los libros, el que con más esmero ha conservado la Iglesia, el que más profusamente han embellecido con iniciales, viñetas y miniaturas los artistas, y el que mayores honores recibe en los oficios litúrgicos. Contiene las misas de todo el año y las rúbricas correspondientes.
El primer Misal impreso apareció en Milán en 1474. En 1570 Pío V dio la primera edición oficial notablemente corregida, la cual mejoraron, en ediciones sucesivas, Clemente VIII y Urbano VIII.

La de este último es, en la actualidad, la edición típica, bien que se ha vuelto a reeditar con algunas ligeras reformas bajo San Pío X.
El Misal Romano es el general, pero, en virtud de especial privilegio, usan su Misal propio las iglesias de Milán, Lyon y Toledo.
El Misal es, literariamente, una joya, y religiosamente un relicario. La Iglesia lo besa, lo inciensa, lo lleva en procesión, como una cosa santa.

Siendo el libro oficial del sacerdote para celebrar la Santa Misa, debe serlo también de los fieles para oírla litúrgicamente.
El Breviario
En su acepción general, Breviario es sinónimo de compendio, resumen o compilación, y contiene el Oficio Divino que los clérigos constituidos en Órdenes mayores y algunos religiosos están obligados a rezar diariamente en nombre de toda la Iglesia.

Primitivamente se llamaban Breviarios los libros de rezo que llevaban para sus viajes los monjes y los indicadores o epactas que, entonces como ahora, regulaban los oficios litúrgicos.
Desde el siglo XI, y a partir de las reformas y abreviaciones efectuadas en el rezo canónico por San Gregorio VII, se llamó Breviario al libro que reunía los elementos constitutivos de las Horas Canónicas.
Es un tesoro de piedad y de doctrina, tan útil y encantador para el pensador como para el asceta y para el literato. “Después de las Sagradas Escrituras —decía embelesado San Francisco de Sales—, yo no conozco páginas más bellas que las del Breviario Romano”.
El Ritual
Contiene este libro las fórmulas oficiales, preces y ritos para la administración de los Sacramentos, para las bendiciones, procesiones y exorcismos de la Iglesia.

Está compuesto con materiales del antiguo “Sacramentario” o Misal y del “Bendicionario”, y fue impreso por primera vez en 1614, por el Papa Urbano V.
Hasta entonces cada país y casi cada iglesia se puede decir que tenía su ritual particular.
Corrigieron y aumentaron este primer Ritual, Benedicto XIV y San Pío X y, en 1925, lo reeditó y ajustó al nuevo Derecho de la Iglesia y a los últimos Decretos, el Papa Pío XI.
El Pontifical
Contiene este libro el texto y las rúbricas de ciertas funciones solemnes reservadas a los obispos, tales como: la Confirmación, la Ordenación de los clérigos, la Bendición de los abades, la Consagración episcopal, la Coronación de los reyes, la Dedicación de los templos, y otras que la Iglesia ha querido rodear de extraordinario aparato litúrgico.

El Pontifical es fruto del vehemente deseo que bullía en la Edad Media de revestir de majestad los ritos sagrados y de santificar con ellos los actos y acontecimientos más trascendentales de la vida social y religiosa de los pueblos.
Lo publicó, enmendado de corruptelas, Clemente VIII (1596), y luego lo reeditó, en 1752, Benedicto XIV.
Desde el punto de vista del simbolismo religioso, de la historia de la Liturgia y del Dogma, el estudio del Pontifical es de capital importancia.
El Ceremonial de los Obispos
La Iglesia ha recopilado en este libro las reglas para el buen orden de las ceremonias presididas por el obispo: la Misa, las Vísperas pontificales, los Oficios de Semana Santa y otros de las catedrales, la recepción de los prelados, etc.
Las ceremonias descritas en este libro son las más grandiosas del culto católico y en las que el simbolismo litúrgico campea con toda su riqueza. Son ellas las que más fielmente nos ha transmitido la liturgia antigua, de suerte que quien quiera hallar la razón de ser de muchos ritos, abreviados hoy a causa de las circunstancias, ha de acudir al estudio de las fuentes que le brinda este Ceremonial.
El Martirologio
En este libro están catalogados, por días y meses, los nombres de los de Santos y Santas de la Iglesia, a quienes acompaña además un breve elogio de sus virtudes.

Las primeras listas de Santos estaban formadas exclusivamente de mártires, de ahí que se les diese a los libros que las contenían el nombre de “Martirologios”.
Después se fueron registrando también otros Santos no mártires, y así se llegó a completar este libro. El primer ensayo se le debe a San Jerónimo. Los más célebres son los de los monjes: San Beda, Rábano Mauro, Adón y Usnardo. Este último, revisado y aumentado por Baronio, es el actual Martirologio de la Iglesia Romana que diariamente se lee en los Coros al final de Prima.
3. El latín, lengua litúrgica
Los libros litúrgicos están escritos en la lengua oficial de la Iglesia, o sea en latín, que es, desde el siglo III o principios del IV, la única lengua litúrgica de todo el Occidente.
Los pocos vocablos griegos (el “Kyrie eleison”, de la Misa y de las Letanías, y el trisagio “Agios o Theos” del Viernes Santo), y hebreos (“amen”, “alleluia”, “hosanna”, “sabaoth”), que todavía se emplean en la Liturgia romana, son restos de las primitivas lenguas litúrgicas y un indicio bien claro de la unidad de la Iglesia de Cristo, a la que sucesivamente se fueron incorporando judíos, griegos y romanos.
En los orígenes del cristianismo celebrábase la Liturgia en lengua vulgar, siguiendo en esto el ejemplo de Jesucristo y de los apóstoles, que usaban el arameo, por ser entonces entre sus compatriotas el idioma popular. “Los cristianos griegos —dice a este propósito Orígenes— ruegan a Dios en griego; los romanos se sirven de la lengua latina; los demás pueblos le dicen sus alabanzas cada cual en su propio idioma”.
No obstante esta diversidad de lenguas litúrgicas primitivas, el griego, que era a la sazón el idioma más conocido y popular, dominó en seguida a todos los demás, de modo que hasta la paz de Constantino (313) fue prácticamente la lengua oficial de la Iglesia.
A partir de esa época, empero, la influencia de Roma empezó a ser ya decisiva en las naciones cristianas de Occidente, y su lengua, que era ya conocida en todas ellas y usada con frecuencia por los hombres cultos, se impuso en seguida como idioma universal.
De esta suerte, el griego cedió su lugar en la Iglesia al latín, el cual quedó en adelante como lengua litúrgica oficial.
Las Liturgias de Oriente usan desde muy antiguo, según las regiones: el griego, el armenio, el sirio, el etíope y el eslavo, que son las lenguas vulgares de esos mismos pueblos.
Paulo V concedió a los jesuitas establecidos en China el uso litúrgico de la lengua del país; León XIII permitió el glagolítico a los croatas y montenegrinos, que lo venían usando hasta el año 1868; y Benedicto XV consintió que la nueva República Checoeslovaca lo empleara igualmente en ciertas solemnidades y en determinados altares.
4. Ventajas del latín
El uso del latín, como única lengua litúrgica de Occidente, ofrece varias y muy apreciables ventajas, contra algún pequeño inconveniente.
Las ventajas son:
1°) que contribuye poderosamente a conservar la unidad de la fe;
2°) que facilita a los eclesiásticos de todas las naciones y de todas las lenguas el desempeño, en cualquier iglesia y país, de sus sagradas funciones;
3°) que envuelve de cierto misterio y majestad a los actos del culto.
Es bien obvio que la unidad y universalidad del latín ha salvaguardado en la Iglesia Romana la unidad e inmutabilidad de la fe, tanto como en las iglesias protestantes ha sido fuente de discordias y discrepancias la adaptación periódica del Libro de Oraciones al lenguaje de la época.
Gracias a la lengua única, nuestra fe es proclamada siempre y dondequiera con las mismas fórmulas, las cuales nos han sido transmitidas desde los apóstoles, de generación en generación.
Gracias al latín, por otra parte, no existen propiamente, en la Iglesia Romana, liturgia ni templos extranjeros, como tampoco sacerdotes ni fieles advenedizos: todos nos sentimos dondequiera como en nuestra propia y parroquial iglesia.
Para la liturgia no hay patria chica ni dialectos ni celos regionales. Todos somos hijos de una madre común, la Iglesia Romana y todos hablamos u oímos la misma lengua materna, que es el latín.
La antigüedad y venerabilidad del latín y el ser hoy una lengua muerta, contribuye, finalmente, a revestir los ritos litúrgicos de cierta gravedad y misterioso misticismo, que los ponen al resguardo de la profanación y sarcasmo de los burladores de la Iglesia. A la vista están los comentarios picarescos que a veces provocan hoy ciertos cánticos y oraciones populares en la boca de los maliciosos.
Respecto a este punto escribe en la mencionada Encíclica el Papa Pío XII: “El empleo de la lengua latina, vigente en una gran parte de la Iglesia, es un claro y hermoso signo de unidad y un antídoto eficaz contra toda corrupción de la pura doctrina; lo cual, sin embargo, no quita que el empleo de la lengua vulgar en muchos ritos pueda ser muy útil para el pueblo; pero la Sede Apostólica es la única que tiene facultad para autorizarlo, y por eso nada se puede hacer en este punto sin contar con su juicio y aprobación, porque es de su exclusiva competencia la ordenación de la Sagrada Liturgia”.
5. Inconvenientes
Contra estas indiscutibles y grandes ventajas, realzadas por la suprema autoridad de la Iglesia, sólo aducen los enemigos del latín, casi todos protestantes o afines a ellos, un inconveniente de bulto, a saber: que es ininteligible al común de los fieles.
El inconveniente es cierto, pero no tan grave como a primera vista parece. No es tan grave como parece, por cuanto se ha remediado en gran parte con las traducciones y comentarios del Misal y del Breviario y de los ritos más usuales de la Liturgia; y además, porque para orar bien, no es absolutamente necesario —aunque sea muy conveniente— entender las fórmulas de oración que se usan, ya que es la Iglesia el órgano oficial de la alabanza y nosotros meros portavoces. Para bien orar, basta unir, a la adoración en espíritu y en verdad, la pronunciación y la presencia materiales.
6. La pronunciación del latín
Asegurada la unidad de la lengua litúrgica por las grandes ventajas que reporta a la fe y a la piedad cristiana, la Iglesia se preocupa, sobre todo en estos últimos tiempos, de uniformar en lo posible hasta su pronunciación, para que así reine una más perfecta inteligencia entre los eclesiásticos de todos los países católicos. Y como no es fácil precisar ahora cuál es la verdadera y clásica pronunciación latina, la Iglesia ha manifestado deseos de que se adopte la romana, cuyas características, por lo mismo, es necesario conocer.
En el latín se pronuncian todas las sílabas, y nunca se acentúa la última sílaba de las palabras. Las palabras de más de dos sílabas casi siempre llevan señalado el acento, como en español. Los diptongos ae, oe se pronuncian e. Ejemplo: lætus, cœlum, que se leen: letus, celum.
Suelen escribirse formando una sola letra, en esta forma: œ, æ.
C, delante de e y de i y de los diptongos æ, œ, se pronuncia aproximadamente como tch. Ej.: pace = patche, cibus = tchibus, cœlum = tchelum.
Al duplicarse la e, se duplica también la t. Ejemplo: ecce = ettche.
Ch se pronuncia k. Ejemplos: chérubin = kérubin, bra-kio = brakio.
Ge, Gi no tienen sonido equivalente en español; equivalen a dj francesas. Ej.: ágimus = ádjimus, reges = redjes.
Gue, Gui se pronuncian güe, güi. Ej.: pinguedo = pingüedo, sanguis = sangüis.
Gn equivale exactamente a ñ. Ejemplo: agnus — añus.
H se pronuncia k en las palabras mihi, nihil y sus derivados. Ejemplo: mihi = miki.
J se pronuncia como y. Ejemplos: Jerusalen = Yerusalén, jejúnium = yeyunium.
Ll suena como dos l. Ej.: ille = il-le, alleluia = al-leluia.
Ph como f. Ej.: Joseph = Yosef, philosophia = filosofía.
S entre dos vocales suena algo más dulce que en español.
T, en medio de dicción y seguida de i y de otra vocal, se pronuncia ts. Ej.: Lætitia = letitsia, gratia = gratsia.
Pero se conserva el sonido de t cuando está precedida de s o de x. Ej.; ostium, = ostium, mixtio = mixtio; y en las palabras Antiochia y sus derivados.
Se suena aproximadamente como ch francesa. Ejemplo: descendit = dechendit.
Xc se parece a kch francesas. Ej.: excelsis = ekchelsis.
Z, al principio de la dicción, se pronuncia ds, pero suavizando la s. Ejemplo: Zachaeus = Dsakeus; y en medio de dicción, como ts. Ej.: Nazareus = Natsareus.
Esta pronunciación romana del latín tiene, para los de habla española, el ligero inconveniente de alterar los sonidos de algunas palabras, cuyo significado, por su gran parecido con el español, adivinan aun los que ignoran totalmente el latín.
Así, por ejemplo, pronunciando reges, pace, cœlum, etc. a la española, no hay nadie que no adivine su significado; mientras que pronunciándolas a la romana, el vulgo en seguida se desorienta. Pero es éste un inconveniente tan insignificante, que apenas merece tenerse en cuenta.
Algunos gramáticos meticulosos se resisten a pronunciar el latín “a la romana”, pretextando que no es esa la verdadera pronunciación del lacio; mas conviene recuerden que lo que, por ahora, se pretende es tan sólo la unificación práctica de dicha pronunciación, no su restauración arqueológica. Mientras ésta no llegue, bueno y conveniente será fomentar aquélla, siguiendo las directivas de Roma.
