PARA SANTIFICAR EL DOMINGO-LA TRANSFIGURACIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

PARA AQUELLOS QUE NO TIENEN LA POSIBILIDAD DE ASISTIR A LA SANTA MISA

Recordamos a nuestros queridos lectores la posibilidad santificar el día Domingo a través de Nuestro Blog.

En la parte superior del mismo se encuentra una pestaña o página donde están los diferentes medios para realizar la Santificación del Día Domingo o Fiestas de Precepto, además de contar con los Sermones de los Queridos Padres: Juan Carlos Ceriani y  Basilio Méramo.

A continuación, los propios del:

LA TRANSFIGURACIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Ornamentos blancos

Con la conmemoración del Décimo Domingo de Pentecostés

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Introito

Con la luz de tus rayos se alumbró la tierra; tembló la tierra toda estremecida. ¡Qué amables son tus tiendas, oh Dios de los ejércitos! Mi alma suspira con ardiente anhelo por los atrios del Señor. Gloria al Padre…

Colecta

Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los Padres y por modo maravilloso proclamas la adopción perfecta de hijos, con la voz que de la esplendorosa nube salió; haz que seamos coherederos del Rey de la gloria y copartícipes suyos en ella. Por el mismo Señor nuestro…
Conmemoración del Décimo Domingo de Pentecostés
Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia principalmente perdonando y usando de clemencia, multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, corriendo hacia tus promesas, nos hagas partícipes de los bienes celestiales. Por N.S.J.C.

Epístola.

(IIª del Apóstol San Pedro, I: 16-19):

Carísimos: No fue siguiendo artificiosas fábulas, como os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo; sino como quienes han sido testigos oculares de su majestad. El recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando de la magnífica gloria se hizo oír aquella voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. Y esa voz bajada del cielo, la oímos los que con Él estábamos en el monte santo. Y tenemos aún algo más firme, a saber, la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como a lámpara que luce en lugar tenebroso, hasta que luzca el día y el lucero se
levante en vuestros corazones

Gradual

Eres entre los hijos de los hombres el más hermoso. Fluye de tus labios la gracia. Hierve mi
corazón de un bello canto, que en honor de mi Rey voy a cantar.

Aleluya.

Aleluya, aleluya. Es candor de luz, que no tuvo principio, espejo sin mácula, e imagen acabada de la eterna bondad. Aleluya.

Evangelio

(San Mateo, XVII, 1-9):

En aquel tiempo: tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

Ofertorio.

Abundará su casa de riqueza y su beneficencia durará para siempre. Aleluya.

Secreta.

Señor, por la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito, santifica estas ofrendas y límpianos de las manchas de los pecados, con los divinos resplandores de su claridad. Por el mismo Señor…
Conmemoración del Décimo Domingo de Pentecostés
Recibe, Señor, estos sacrificios a Ti dedicados, los cuales hiciste que fueran ofrecidos de tal modo en honor de tu nombre, que sirviesen al mismo tiempo de remedio nuestro. Por N.S.J.C.

Prefacio

Prefacio de navidad:

Vere dignum et justum est, æquum et salutare, nos tibi semper, et ubique gratias agere:
Domine sancte, Pater omnipotens, æterne Deus. Quia per incarnati Verbi mysterium, nova
mentis nostræ oculis lux tuæ claritatis infulsit: ut dum visibiliter Deum cognoscimus, per hunc in invisibilium amorem rapiamur. Et ideo cum Angelis et Archangelis, cum Thronis et
Dominationibus, cumque omni militia cælestis exercitus, hymnum gloriæ tuæ canimus, sine fine dicentes:
Sanctus, Sanctus, Sanctus
Castellano
En verdad es digno y justo, equitativo y saludable el darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor santo, Padre todopoderoso, Dios eterno. Por cuanto, por el misterio de la Encarnación del Verbo, se ha manifestado a los ojos de nuestra alma un nuevo resplandor de tu gloria; a fin de que, llegando a conocer a Dios bajo una forma visible, seamos atraídos por Él al amor de las cosas invisibles. Y, por tanto, nos unimos con los Ángeles y Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celestial, cantando el himno de tu gloria, diciendo sin cesar:

Comunión.

A nadie digáis, lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

Poscomunión.

Omnipotente Dios, te rogamos que los Sacrosantos Misterios de la Transfiguración de tu Hijo, que con este solemne oficio celebramos, podamos verlos con la claridad con que los ven los corazones puros. Por el mismo Señor nuestro…
Conmemoración del Décimo Domingo de Pentecostés
Te rogamos, Señor, Dios nuestro, que no prives benigno de tus auxilios a los que no cesas de reparar con tus divinos Sacramentos. Por N.S.J.C.

Último Evangelio (del Décimo Domingo de Pentecostés)
(San Lucas, XVIII, 9-14)

Para algunos, los que estaban persuadidos en sí mismos de su propia justicia, y que tenían en nada a los demás, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar, el uno fariseo, el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba en su corazón de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como el publicano ése. Ayuno dos veces en la semana y doy el diezmo de todo cuanto poseo”. El publicano, por su parte, quedándose a la distancia, no osaba ni aun levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, compadécete de mí, el pecador”. Os digo: éste bajó a su casa justificado, mas no el otro; porque el que se eleva, será abajado; y el que se abaja, será elevado.