LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICOS

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

LOS ELEMENTOS NATURALES Y SU SIMBOLISMO

Hay en la naturaleza ciertos elementos y productos a los cuales los hombres, como de consuno, les hemos como infundido un alma, atribuyéndoles un significado simbólico más o menos relacionado con el uso común que de ellos hacemos.

Así, el agua, el fuego, el aceite, etcétera, amén de su utilidad práctica, y precisamente por los excelentes servicios que nos prestan, tienen para nosotros un lenguaje y una poesía especial, que la Iglesia, tan amante del simbolismo, no podía menos de aprovechar para su Liturgia.

Añádase a esto que el mismo Jesucristo consagró con su uso algunos de estos elementos, como el agua del río Jordán, la saliva, el aire, etcétera, comunicándoles secretas virtudes en orden a la vida sobrenatural; y que, de algunos otros, como de la luz, de la sal, de la vid, etc., explotó para sus discursos su rico simbolismo.

Los elementos y productos naturales más usados en la Liturgia son: la luz, el fuego, el agua, la saliva, el aire, el aceite, el bálsamo, la cera, el pan, el vino, la sal, la ceniza y el incienso. Estudiémoslos.

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1. La luz

De todas las obras de la creación, la luz parece ser la más excelente. Por ella empezó Dios a adornar al mundo, apareciendo en él como el primer efecto y la primera manifestación de su sabiduría. Es ella la más hermosa de las criaturas materiales, y la fuente donde beben su belleza todas las demás y de donde todas toman sus más vistosos atavíos. Además, en la vida ordinaria nada hay que tenga tantas aplicaciones ni que sea tan usual y tan imprescindible, como la luz.

Comprendiéndolo así los hombres, empezaron desde los más remotos tiempos a honrar con la luz, como máximo tributo, a la Divinidad; llevándola, primero, al Tabernáculo de Moisés y luego al Templo de Salomón, y fabricando para su uso lámparas de gran precio y suntuosísimos candelabros.

Lo mismo practicaron los paganos en sus templos y en sus fiestas. La Liturgia cristiana, tanto como tardó en admitir en su culto el uso del incienso, por ejemplo, por miedo a la superstición, apresuróse a adoptar sin reparos el sistema pagano de la iluminación, dando a la luz amplia cabida en sus templos y empleándola en las sagradas ceremonias.

Desde que, el Sábado Santo, bendice la luz sacándola del nuevo fuego y la introduce solemnemente en la iglesia, no cesa la Liturgia de usar de ella, tanto para alumbrar, cuanto para expresar algunos simbolismos. La luz, en efecto, representa a Jesucristo “luz del mundo”; a los Ángeles, figurados a menudo envueltos en celestiales resplandores; la pureza y fe radiantes de las almas justas; y exhorta a quienes la contemplan en el templo a ser hijos de la luz y a hacer obras tales, a tener siempre viva y flameante la antorcha de la fe, a ejercitarse en obras de caridad y a iluminar con su buen ejemplo a los que caminan por las sombras de la muerte.

2. El fuego

El fuego es de los elementos de la naturaleza más misteriosos y terribles. Sin él, apenas se podría vivir. Es fuerza que quema y alumbra, que mata y vivifica, que destruye y purifica. Por eso las tribus salvajes lo adoraban, y aun lo adoran, como a una divinidad.

Conocedora, como la que más, de estos sus secretos misteriosos, la Iglesia utiliza constantemente el fuego para sus ritos, bendiciéndolo, ahora, una vez para todo el año, el Sábado Santo, mientras antiguamente lo bendecía todas las tardes, antes de los oficios nocturnos, en el llamado Lucernario.

Para que este fuego litúrgico sea santo y simbólico desde su mismo origen, la Iglesia manda producirlo del pedernal, que es figura de Cristo, “piedra angular”, y pide, al bendecirlo, que “nos inflame con sus llamas en santos deseos y nos inmunice contra los dardos abrasadores del enemigo”.

En adelante, la Iglesia usará este fuego casi diariamente para el turíbulo, y con él tratará de encender en las almas de los fieles las llamas de la caridad y el fervor de la oración, que es lo que simboliza.

3. El agua

El agua es uno de los elementos más indispensables para la vida. Al principio del mundo, el Espíritu de Dios la acarició con su soplo y Jesucristo la santificó con su contacto en las corrientes del río Jordán.

Ella se agrega al vino, materia de la Eucaristía, y ella sola constituye la materia única del Sacramento de la regeneración. Por eso la Iglesia la profesa una devoción y hace de ella, en sus ritos, un uso abundante, ora para las purificaciones, ora para las abluciones.

En la Liturgia se usan tres clases distintas de agua: el agua bautismal, el agua lustral ordinaria y el agua gregoriana.

El agua bautismal se bendice y consagra en dos ocasiones solemnes: el día de Sábado Santo y la Vigilia de Pentecostés. Está mezclada con los santos Óleos y se usa exclusivamente para el Bautismo. Ésta es verdaderamente agua regeneradora.

El agua lustral es la bendecida y mezclada con sal para usarse en las aspersiones purificadoras de las personas y de las cosas, como un complemento de las preces y bendiciones que sobre ellas hace el sacerdote.

El agua gregoriana, así llamada porque fue San Gregorio Magno quien fijó sus elementos, se compone de agua, sal, vino y ceniza, y se usa únicamente para la consagración de las iglesias y altares.

Aparte de estas aguas, está el agua natural, de la que unas gotas se mezclan con el vino para la Misa, significando por ella la humanidad de Jesucristo y la participación de los fieles en el sacrificio, y en mayor cantidad para las abluciones del cáliz y de los dedos del celebrante.

4. La saliva

Entre los elementos naturales utilizados por la Iglesia para el culto, no podía faltar éste que tan importante papel juega en la vida del hombre. Quédese para los físicos el ponderar la influencia de la saliva en el sentido del gusto y en la digestión, así como sus virtudes curativas. A nosotros nos basta saber que Jesucristo la usó, no sin misterio, para curar a un sordomudo (San Marcos, VII, 33) y al ciego de nacimiento (San Juan, IX, 6), y que los Santos Padres la consideran como símbolo de la sabiduría por producirse — dicen ellos— en el cerebro, y por surtir en el paladar los mismos o parecidos efectos que la sal en los alimentos.

La Liturgia sólo usa la saliva en una ocasión, que es en el Bautismo, mojando con ella los oídos y la nariz del bautizado, y diciendo al mismo tiempo: “Epheta”, que quiere decir “Abríos”. En este rito la Iglesia ha querido sencillamente reproducir el gesto de Nuestro Señor al curar al sordomudo, como para hacer expeditos esos dos órganos del cristiano y habilitarlos para oír la palabra de Dios y aspirar el perfume de la santidad.

5. El aire

Atenta siempre la Iglesia para sorprender hasta los menores gestos de su divino Fundador, en orden a la santificación de sus hijos, fijóse en los soplos clásicos: en el del Creador, infundiendo con él la vida y el alma en el primer hombre (Gén., II, 7) y en el de Jesucristo Resucitado, infundiendo a los apóstoles el Espíritu Santo (San Juan, XX, 22), y se apresuró a reproducirlos en su Liturgia para significar eso mismo, o sea la infusión de la vida y de la gracia santificante.

La Liturgia usa ahora el soplo misterioso en tres ocasiones solemnes:

a) en la consagración de los Óleos, el Jueves Santo, sobre la boca del ánfora del santo crisma;

b) en la consagración del agua bautismal, el Sábado Santo y la Vigilia de Pentecostés, soplando y alentando sobre ella tres veces;

c) en el rito del Bautismo, soplando otras tres veces en la cara del bautizado.

En los dos primeros casos, quiérese significar con esos soplos y alientos la infusión de la gracia del Espíritu Santo sobre el crisma y sobre el agua bautismal, para que la transmitan y, con ella, la vida del alma, a los que la reciben; y en el tercero, se intima al demonio la orden de desalojar aquella alma y de ceder su lugar al Espíritu Santo, a quien de derecho le pertenece.

6. El aceite

El aceite, en la vida corporal, es alimento, medicina y condimento; fortalece, suaviza y hace ágiles los miembros, y, cuando es legítimo de oliva, aromatiza cuanto toca. Queriendo la Iglesia aprovechar todas estas cualidades para la vida espiritual, dióle franca entrada en su Liturgia, ora como materia de algunos Sacramentos y Sacramentales, ora como combustible de sus lámparas.

Usado en «los Sacramentos y Sacramentales es, principalmente, un símbolo de la gracia y de los carismas del Espíritu Santo, y en las lámparas lo es de holocausto, ya que todo él se consume gota a gota en servicio de Dios.

Además de aceite puro de oliva, que emplea para alimentar las lámparas, la Liturgia usa para las distintas unciones tres clases de óleos, a saber: el Óleo de los enfermos, el Óleo de los Catecúmenos y el Santo Crisma.

Todos estos tres los consagra el obispo, con gran pompa de ceremonias, en la Misa del Jueves Santo.

El Óleo de los enfermos se usa para administrar el Sacramento de la Extremaunción. Además de servir de vehículo para la gracia divina, muchas veces lo es también para la salud del cuerpo.

El Óleo de los catecúmenos se usa para las unciones del pecho y de la espalda que preceden al Bautismo, siendo en este caso símbolo de fortaleza y de agilidad espiritual; y también para la consagración de los sacerdotes, reyes y reinas.

El Santo Crisma, que se diferencia de los anteriores en que es un Compuesto de aceite y bálsamo, se usa en los Sacramentos del Bautismo y Confirmación, y además en la consagración de los obispos, de los cálices y altares, en la dedicación de las iglesias y en la bendición o bautismo de las campanas.

7. El bálsamo

Acabamos de decir que el bálsamo entra, con el aceite puro de oliva, en la composición del Santo Crisma.

Efectivamente, es la única vez que la Iglesia lo usa en su Liturgia, y al escogerlo ha tenido en cuenta, sobre todo, su rico aroma, su incomparable suavidad y su virtud para evitar la corrupción. Por lo mismo, al ungir con crisma a las personas o cosas que hemos indicado, la Iglesia quiere que exhalen en su derredor el buen olor de la santidad, la suavidad de las virtudes y la incorruptibilidad de la pureza.

8. La cera

La que se usa en el templo para el alumbrado propiamente litúrgico, es decir, para la Misa, los Oficios divinos, Sacramentos y Sacramentales, sino es toda, en su mayor parte ha de ser cera pura de abejas. Las velas de esperma, estearina, etcétera, no son litúrgicas, y si como luminaria conservan el simbolismo de la luz, no así el de la cera pura, que representa la carne virginal de Jesucristo, nacida de la Virgen María, como la cera de las virginales abejas.

Las velas o cirios del alumbrado litúrgicos son de diversas formas y tamaños: rectas y enroscadas, gruesas y delgadas, sencillas, enrizadas y decoradas.

Las ordinarias son blancas; pero para los funerales, los Oficios de Tinieblas y del Viernes Santo, se usan amarillas.

El cirio por excelencia es el Cirio Pascual, bendecido el Sábado Santo.

Aparte del servicio material que los cirios encendidos prestan en el altar, tienen en la Liturgia otros fines místicos o simbólicos. La cera ya hemos dicho que es figura del Cuerpo de Cristo, la mecha lo es del Alma santísima, y la llama de su Divinidad. La llama es también imagen de la viva fe y de la caridad del cristiano, cuya vida, como la del cirio, ha de consumirse en el servicio de Dios.

9. El pan y el vino

Son el pan y el vino la base del alimento corporal del hombre y como tal los eligió Jesucristo para materia del Sacrificio de su Cuerpo y Sangre y para manjar espiritual del alma. Ambos a dos, el pan, como hecho de muchos granos de trigo, y el vino, de muchos racimos de uva, son símbolo de la unión íntima que debe reinar siempre entre los cristianos y que de hecho existe entre los miembros vivos del cuerpo místico de Jesucristo, que es la Iglesia.

El pan eucarístico debe ser pan ácimo o sin levadura, y de harina de trigo. La forma actual es la de la hostia, pero antiguamente era la del pan ordinario de mesa, en forma de rosca o corona.

El pan bendito, que en muchas iglesias se repartía entre los fieles en la misa parroquial el domingo, simboliza y tiende a fomentar la comunión de fe y de sentimientos entre los cristianos.

Las tres tortas de Reyes representan los dones de los mismos, y el pan bendito de San Blas, de San Roque, etcétera, es provechoso para la salud del alma y del cuerpo.

El vino verdadero de altar es el de la vid, sea seco o dulce. De él se usa para la consagración y para las abluciones. Entra también, como hemos dicho, en el agua “gregoriana” juntamente con el agua, la sal y la ceniza.

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10. La sal

La sal tiene un conjunto de cualidades de todos bien conocidas. La primera es que sazona los alimentos y preserva los cuerpos de la corrupción. “Por su uso frecuente en la alimentación fue considerada antiguamente como el signo de la hospitalidad; además, es signo de la esterilidad, y así se siembra sal en los cimientos de una ciudad destruida, como para impedir que sean reedificados sus muros. Y es también un medio de salubridad, un antiséptico, pues purifica”. La Iglesia ha tenido muy en cuenta todas estas propiedades de la sal y por ellas le ha dado cabida en su Liturgia.

Se emplea la sal, en la Liturgia, en las ceremonias que preceden al Bautismo, para el agua bendita ordinaria y para la “gregoriana”.

Al ponérsela en la lengua el sacerdote, dícele al bautizando: “Recibe la sal de la sabiduría, etcétera”; exhortándolo con ello a ser discreto y prudente en la nueva vida que emprende. En la fórmula de la bendición del agua lustral, se dice que la sal es “un remedio saludable para el alma y para el cuerpo, y que tiene virtud para poner en fuga los demonios y para ahuyentar las enfermedades”.

11. La ceniza

La ceniza es símbolo de la caducidad de la vida y de todo lo material, y, por lo mismo, de dolor, de penitencia, de arrepentimiento, de gran aflicción. En la Biblia la expresión “cubrirse de ceniza y de cilicio” es sinónimo de amarga penitencia y de muy gran duelo. Todos estos significados entraña la ceniza, que la Iglesia bendice e impone a los cristianos al comienzo de la Cuaresma.

En una de las oraciones de la bendición del Miércoles de Ceniza se dice expresamente que se la recibe sobre las cabezas “en señal de la humildad cristiana y como prenda del perdón que se espera”, que es, precisamente, lo que la Iglesia quiere expresar con ese rito. En la dedicación de las iglesias se usa en dos ocasiones: la una para trazar con ella la cruz en forma de aspa sobre el pavimento, y la otra como componente, con el agua, el vino y la sal, del agua “gregoriana”.

12. El incienso

El incienso es una resina olorosa que se produce en Oriente y que, expuesta al fuego, se descompone y exhala exquisito aroma.

Su uso en las funciones sagradas es antiquísimo. En la antigua Ley existía un altar exclusivamente para ofrecer a Dios los perfumes, entre los que figuraba el incienso. San Juan dice en el Apocalipsis que vio muchos Ángeles que quemaban incienso y agitaban áureos incensarios ante el trono del Cordero, figurando en el humo y aroma las oraciones de los justos.

Los paganos lo usaban como el tributo máximo de adoración para sus deidades. La Iglesia tardó bastante en admitirlo en su Liturgia por temor a falsas interpretaciones, pero por fin usó de él sin reservas como símbolo el más expresivo de adoración y de fervorosa oración.

En la Liturgia se hace hoy del incienso un uso muy abundante y dásele diversos significados. Se inciensa el altar y la oblata, la cruz, las imágenes y reliquias de los Santos y sobre todo el Santísimo Sacramento, en señal de respeto y veneración. Se inciensa al clero, como a representantes de Dios; a las autoridades civiles, para honrar su investidura y recordarles que mandan en nombre de Dios; a los fieles que asisten al Santo Sacrificio; a los cadáveres, por haber sido templos del Espíritu Santo y estar destinados a la resurrección; y, en fin, se inciensan muchas de las cosas que se bendicen, para indicar que, en último término, todo ha de dirigirse a la gloria de Dios.

Un efecto, no buscado, pero logrado con el incienso es que purifica y aromatiza el recinto sagrado y envuelve a las ceremonias religiosas en un ambiente de piedad y de misticismo, que estimula no poco la devoción.

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