A CINCUENTA AÑOS DE SU MUERTE
2 de agosto de 1973
PALABRAS DE DON ÁNGEL TACCHELA
(viejo feligrés de la Parroquia Nuestra Señora de la Salud)
Un lejano día de marzo de 1933, apareció en Versailles, un joven sacerdote con su negra valija en mano, caminando por la calle de tierra de este alejado barrio del oeste, preguntando a los vecinos por la calle Marcos Sastre y Bruselas. Alguien lo acompañó hasta allí, pero no hay nadie, todo está cerrado. Ροr fin, un feligrés se acerca, abre la puerta de una muy pequeña piecita, le muestra la humilde capilla vacía y le dice: ¡esto es todo!
Esa fue la entrada triunfal del primer párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de la Salud, a quien todos -vecinos de los mil rincones de la Patria- estamos llorando por su partida al Reino de la Iglesia triunfante.
No se podría pensar un minuto siquiera, que un sacerdote del temple y del corazón del Padre Julio se desanimara ante tanta pobreza y tanta soledad. Era un auténtico misionero de Cristo, su fe era sólida fe de quien conocía a fondo el Evangelio y su deseo era llevar la buena nueva al barrio que le habían destinado sus superiores.
Comenzó entonces lo que sería una obra titánica, como sólo pueden llevar a cabo los que tienen fuego de Dios en el alma. Funda las Conferencias Vicentinas para seguir el lema: pobre entre los pobres, ayudemos a los más necesitados. Agranda la capilla que ya es demasiado pequeña para la cantidad de gente que viene a la Santa Misa, atraída por su convincente palabra. Construye el primer salón para reuniones, conferencias, enseñanza del catecismo de la doctrina cristiana a los chicos y cine festivo los domingos, que costará 5 centavos y será gratis para los que tengan al día la planilla de asistencia a los oficios religiosos.
Crea el Círculo Católico de Obreros y forma en profundidad a los hombres que ansían trabajar en la vida sindical, dentro de una concepción católica de la economía. Además, da vida a distintas ramas de la Acción Católica Argentina y, sobre todo, en el verdadero sentido de su paternidad espiritual, abre las puertas de su casa, que nunca se cerrarían a través de 17 años de párroco, para atender a todos los que quieran acercarse a él, porque están enfermos de cuerpo o doloridos en el alma.
Dio de beber a los sedientos, descanso al peregrino, ayuda al pobre, consuelo al afligido, colchón al que no poseía nada. El dormiría sobre tablas, debajo de una infernal máquina de cine, pero nadie que se acerque se irá con las manos vacías…
Su predilección fueron los jóvenes, por eso crea en el país la Unión de los Scouts Católicos Argentinos, y será la de su parroquia la Agrupación N° 1, por la que han pasado una buena parte de los que hoy lo acompañan a su última morada terrena. Bajo su protección también se organiza la Juventud Obrera Católica, que trae una savia nueva al tronco siempre florecido de la Iglesia.
No contento con la lenta acción pastoral, ni con su deseo de transmitir a todos una profunda, perenne y eterna doctrina católica, piensa con visión de futuro y levanta el monumental templo de Nuestra Señora de la Salud, que hace exclamar al recordado cardenal Copello cuando llega el día de su inauguración: “¡Esto no es una iglesia, esto es una catedral!”
Su imaginación y la clara conciencia que tiene de los desvelos de los pontífices para el logro de una niñez sana, le permite y lo impulsa a crear de la nada el Ateneo Popular de Versailles, una de sus obras más acabadas y perfectas.
Pero a nosotros nos toca hablar solamente del párroco de Nuestra Señora de la Salud. Y el breve resumen de las mil obras realizadas quedaría vacío, sin espíritu, en silencio, sí no habláramos del sacerdote ejemplar. Quien ha convivido tantos años a su lado, quien ha peregrinado junto a él en tantas jornadas, quien supo de sus alegrías y de sus tristezas, de sus contrastes y de sus victorias, quien participó en casi todas sus obras de una manera continua y reverente puede decir con el cariño del feligrés, pero con la verdad de su propia realidad que la gran virtud del Padre Julio fue siempre y en todo momento, su humildad, su gran humildad.
Versailles no conoció a fondo al ilustre filósofo, ni tampoco al teólogo tomista, certero en sus juicios y lúcido en sus libros. Tampoco conoció a fondo al periodista de estilo claro y de polémica incesante y aguda. Ni al político combativo de todas las horas. Ni al profesor erudito, ni al conferenciante aplaudido.
La parroquia de Versailles, sí conoció, y conoció mucho, al sacerdote para toda la eternidad, al sacerdote piadoso, al sacerdote que, amando a los pobres, amaba a sus hermanos en Cristo; al sacerdote que nunca cobró un bautismo o un casamiento; al sacerdote que siempre tenía una palabra justa y un consejo sano. Al sacerdote tan humilde, que había dejado atrás su apellido para llamarse solamente Padre Julio.
Por ello, al despedirnos de él, no podemos hacerlo a la manera pagana, a la manera de los que no tienen fe. Él nos enseñó otra cosa, él nos predicó que los limpios de corazón verán a Dios. Y nos leyó muchas veces el Prefacio de los Difuntos: “Para los que creen en Ti, la vida no termina, sino que se transforma, y, al deshacerse esta morada terrenal, se prepara una mansión eterna en el cielo”.
Como el Padre Julio tenía el alma limpia, los que aprendimos de él tantas cosas, no podemos confundimos y olvidar las principales. Por ello, no hay ya tiempo para lágrimas -aunque tal vez no podamos reprimirlas.
Por ello, sólo rezaremos para que Dios lo reciba en Su Santa Gloria y nos dé a todos nosotros, la gracia infinita de volverlo a ver.
PALABRAS DEL DOCTOR CARLOS ALBERTO SACHERI
En la vida de los pueblos como en la historia de la misma Iglesia, surgen de cuando en cuando algunas figuras excepcionales que jalonan con su personalidad y con su obra el invisible itinerario de esas mismas naciones hacia su destino histórico.
Esos hombres excepcionales constituyen verdaderas “gracias” para los pueblos que saben acoger a tiempo su mensaje. Tal ha sido la vida y la obra del Padre Julio Meinvielle, a quien venimos a despedir acongojados sus amigos y discípulos. Algunos de éstos me han urgido generosamente que sintetice su testimonio y su labor intelectual.
Trazar en breves palabras el perfil intelectual del querido Padre Julio Meinvielle es una empresa sumamente ardua, y estoy convencido que aun para muchos de sus íntimos resulta difícil aquilatar la proyección de su obra en la Iglesia argentina y en la Patria.
Sólo el transcurso del tiempo podrá darnos su dimensión definitiva. Y ello es comprensible, pues la vocación del Padre Julio se ha canalizado a través de iniciativas, obras y testimonios tan variados que escapan fácilmente a cualquier tentativa de encasillamiento cómodo.
Su vocación intelectual: el filósofo cristiano
Si tuviéramos que definir con una única expresión la vocación intelectual del Padre, creo que la más adecuada es la del “filósofo cristiano”. Tuvo en grado excepcional la pasión por la Verdad y subordinó toda su vida de intelectual católico y de sacerdote de Cristo a la profundización y a la difusión de la Verdad cristiana, en todos los ambientes y sobre todos los aspectos, consiente como pocos del lema agustiniano “la mayor Caridad es la Verdad”. A la difusión de la Verdad consagró toda su obra, toda su capacidad, todo su testimonio.
Realizó en plenitud aquello que expresa Santo Tomás de Aquino, su gran maestro, cuando define la vocación del “Doctor” como la de aquél que reúne a la vez las cualidades propias de la vida contemplativa y de la vida activa.
Muy pocas veces es dable constatar el equilibrio, la facilidad y la eficiencia con que el Padre acometía las más variadas iniciativas intelectuales y prudenciales. Resulta casi inexplicable que una misma persona fundara y dirigiera la JOC, los Scouts Católicos, la parroquia Nuestra Sra. de la Salud, el Ateneo Popular de Versalles, y, al mismo tiempo, redactara obras de tanto valor y madurez como La Concepción católica de la Economía, La Concepción Católica de la Política, El Judío en el misterio de la Historia y nueve libros más en poco más de una década.
Si a ello sumamos los cursos y las conferencias dictadas en el marco de los célebres Cursos de Cultura Católica y la fundación y dirección de las revistas Nuestro Tiempo, Balcón, Presencia y, posteriormente Diálogo, más su asidua colaboración a otras importantes publicaciones como Arx de Córdoba, Criterio (en su primera época), Sol y Luna y Ortodoxia, amén de otras innumerables al punto que desafían toda posibilidad de rastreo sistemático, recién entonces podremos vislumbrar sus quilates intelectuales y el empuje de su espíritu renovador.
Admirable síntesis, pocas veces realizada dentro y fuera de nuestro país. Y todo ello con un sentido de alegre militancia, no por desconocer las asperezas del combate intelectual en un clima de creciente confusión mental y moral, ni por ceder a falsos optimismos, sino por estar centrado en la Esperanza sobrenatural de un Dios Providente que realiza su plan en medio de la polvareda de las luchas humanas.
El Padre Meinvielle forjó su vocación en medio de las estrecheces culturales de un ambiente tanto clerical como civil, demasiado propenso a la frivolidad y poco amigo de la disciplina y austeridad propias del rigor intelectual. No tuvo maestros; su formación tanto teológica como social se debió únicamente al estudio asiduo y dócil de Santo Tomás de Aquino y de las grandes Encíclicas sociales, de las cuales ha sido hasta hoy el más ferviente apóstol en la Argentina.
Índice elocuente de sus dificultades iniciales es aquella anécdota en la que siendo sacerdote recién ordenado leía la Suma Teológica en el atrio de la Iglesia de Balbanera, cuando un alto prelado le preguntó qué estaba leyendo y al ver que era Santo Tomás le dijo: “Pero m’hijo, no leas esas cosas tan complicadas que te van a hacer mal a la cabeza”. Qué hubiera sido del Padre Julio, si se hubiera atenido a tales consejos…
Un intelectual combatiente
Una de las facetas más divulgadas y menos comprendidas de nuestro maestro ha sido su militancia y el carácter polémico de su obra intelectual.
Meinvielle fue “un intelectual combatiente” en todos los frentes. La mentalidad contemporánea rehúye las doctrinas claras donde la verdad resplandece con todo su vigor, lógica herencia de nuestro pasado liberal. Hoy se verifica como nunca la dominación de San Pablo sobre los tiempos en que los hombres no soportarán la buena doctrina de la salvación.
La generosa entrega del Padre Julio a la causa de la Fe y de la verdad cristiana, no podía menos que situarse a contrapelo de tales defecciones. Si algo caracteriza su estilo intelectual no es ni la seducción teórica, ni las sutilezas literarias, sino la claridad y precisión de sus juicios intelectuales.
“Sapientis es judicare”, enseña Santo Tomás: “es propio del sabio el juzgar, no sólo el discernir”. Meinvielle juzgó, y juzgó bien. Hoy lo palpamos con la trágica evidencia de los desastrosos efectos de los errores que él juzgó oportunamente en sus causas primeras. Pero juzgó anticipadamente, es decir, cuando los errores empezaban a ser formulados.
Con auténtica actitud sapiencial y metafísica, Meinvielle detectó en 1936 los graves errores del neoliberalismo católico de Jacques Maritain y su humanismo integral, y su errónea concepción de la política cristiana: “No es una política que se ajusta a las leyes tradicionales del derecho natural teniendo en cuenta el sentido sobrenatural del hombre, sino una política que aun en el plano específicamente natural se ve perturbada por los principios cristianos que actúan en ella a modo de fermento revolucionario” (De Lam. p. 343).
Del mismo modo se fueron sucediendo otros enfrentamientos con las diferentes formas del error contemporáneo. La polémica del año 1949 en Presencia sobre el “nacionalismo marxista”, que hoy tiene tan lamentable vigencia. La denuncia de la gnosis panteísta de Teilhard de Chardin, que sirvió de instrumento a la difusión del neomodernismo progresista del mal llamado “post Concilio”. Las confabulaciones de un judaísmo carnalizado y cabalístico, que abdica de su misión sobrenatural para transformarla en afán de poder mundial. Los trágicos devaneos del progresismo de los sacerdotes-obreros y de los tercermundistas. Las vanas utopías centradas en torno de la “propiedad comunitaria”, en clara oposición con la enseñanza constante del Magisterio. Y tantos errores más de las variantes neomodernistas en las versiones recientes de Robinson, Küng, Rahner y otros.
Consiente el Padre Julio de la urgencia de una profunda renovación intelectual y moral, como condición indispensable de todo orden social más justo y humano, militó en todos esos frentes. Pero su actitud de “intelectual combatiente” siempre se vio templada por el respeto por el adversario, evitando todo agravio personal y todo arranque de pasión ante los ataques que recibió en tantos momentos críticos, aun de la gente que gozó como pocos de su generosidad, benevolencia y paternal consejo. Esa dignidad en medio de sus luchas le ha granjeado al Padre el respeto de sus adversarios y la admiración de sus discípulos.
Defensor de la civilización cristiana: Consecratio mundi
No siendo éste el momento propicio para entrar en detalles sobre la elaboración doctrinal en las perspectivas antes señaladas, cabe, sin embargo, resumir toda su enseñanza en una tesis central: la Cristiandad o Civilización Cristiana.
Puede afirmarse, sin lugar a dudas, que el Padre Meinvielle ha sido el mayor teólogo de la Cristiandad en lo que va del siglo XX. Siempre fue consciente de que, sin un orden de convivencia respetuosa del derecho natural y cristiano, la difusión del Evangelio se halla gravemente comprometida.
Por eso elaboró una Teología de la Historia y de la Cultura sobre el eje doctrinal del Reinado Social de Cristo.
Esta preocupación central le permitió ver desde un principio que quien no contribuye a edificar la Ciudad de Dios o Cristiandad, fatalmente trabaja para su demolición, esto es, en sentido de las fuerzas anticristianas denunciadas por los Papas desde Pío IX hasta Pablo VI inclusive.
El Padre Julio vivió permanentemente su actividad intelectual destacando la gran responsabilidad que tenemos los laicos en aquello que el profético Pío XII llamara la “consecratio mundi”, la consagración del orden temporal a Dios.
Siempre generoso con los jóvenes, su ejemplo y enseñanza trascendieron siempre los aspectos personales. Él nunca quiso (ni tuvo) discípulos “meinviellianos”, de espíritu sectario y puramente imitativo. Sólo quiso discípulos de la Iglesia de Santo Tomás, signo éste del auténtico maestro.
Nuestra responsabilidad como discípulos
Hoy el Padre Julio se encuentra frente al Dios a quien consagró toda su vida. Sepamos los más jóvenes conservar el “fuego sagrado” que nos ha dejado en herencia. Nuestra Iglesia y nuestra Patria necesitan que la obra del Padre se prolongue a través de los discípulos que formó, la tarea es ardua en estos tiempos en que abundan tantas defecciones de todo tipo. Sepamos encontrar en la imitación de sus virtudes el estímulo para difundir y profundizar su obra, para que las promociones más jóvenes puedan a su vez, encontrar su vocación cristiana y nacional. En esta mañana de sol y de congoja, tal vez nos sirva de aliento el saber que Dios se ha llevado a nuestro querido Padre Julio en momentos en que están por reeditarse cuatro de sus libros y uno inédito sobre Karl Rahner. También abrirá en el próximo mes sus puertas el Instituto de Filosofía Práctica, dirigido por el Dr. Soaje Ramos.
A fines de setiembre se celebrará la VI Semana de Filosofía Tomista, de las cuales el Padre fuera Secretario permanente y gran animador. Estos modestos signos son la mejor prueba de la fecundidad que Meinvielle ha irradiado siempre a lo largo de su labor intelectual y sacerdotal, por ello los discípulos organizaremos un volumen de homenaje de los mejores pensadores del país y del extranjero a la memoria del Padre en actitud de reconocimiento, quiera Dios iluminarnos en esta tarea a la cual sus discípulos nos sentimos convocados.


