Conservando los restos
DOMINGO OCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Esta es la parábola del “Mayordomo Infiel” como dice nuestros Evangelios castellanos: no fue infiel. Mucho menos fue “inicuo”, como dice la Vulgata latina: “villicum iniquitatis” (“granjero de iniquidad”). Ni fue granjero ni fue de iniquidad.
El texto griego dice “ecónomo” o sea, “administrador o gerente”; y en cuanto al genitivo “íes adikías”, Cristo lo usa irónicamente, como se ve por todo el contexto.
La traducción exacta y argentina sería: el Capataz Camandulero; o el Apoderado Pícaro.
Cuanto más leo las parábolas de Cristo, más veo que son un género literario único, que no tuvo precedentes ni continuadores. Son más sencillas que el más sencillo de los géneros literarios, las fábulas de Esopo; y al mismo tiempo más atrevidas y extrañas que el género moderno que los españoles llaman esperpento.
Son naturalísimas porque se trata de una simple comparación; son brevísimas, porque no hay un solo rasgo que sobre; y sin embargo tienen un contenido tal que nos deja bizcos: hay que ver el lío que se han hecho con esta parábola los más doctos intérpretes, incluso el doctísimo cardenal Cayetano, el famoso comentador de Santo Tomás: el cual declara netamente que a esta parábola él no la entiende ni la puede explicar. Menos mal que tuvo esa humildad, que otros menores que él no la tuvieron.
Cristo fue mucho más que un genio literario; pero fue también un genio literario. Lo lírico está contenido en el material de las parábolas –que son en conjunto 120, contando grandes y chicas– material tomado de la naturaleza, del campo, de las plantas y animales y de las costumbres del animal más sorprendente que existe.
Lo patético está suministrado por la profundidad enorme del sentimiento, conectado con las cosas más graves de la vida humana. Lo dramático, en la viveza y originalidad de los cortos diálogos. Lo humorístico en la mirada aguda y maliciosa con que el autor capta las costumbres de los hombres. Lo filosófico en la súbita trasposición de planos, y una especie de descoyuntamiento, que apunta a un sentido escondido. Lo teológico, en los emblemas y figuras de Dios: en este caso, Dios es el Patrón, el dueño de todo el Universo, de quien se dijo: “Si tuviese hambre, no te lo voy a decir a ti, porque mía es la redondez de la tierra y cuanto en ella hay” (Ps XLIX, 12), y también: “Mía es la plata y el oro, dice el Señor” (Ageo II, 8).
Cristo contó aquí simplemente, para incitarnos a la limosna, ¡una historia de ladrones! Las historias de ladrones siempre han gustado al pueblo, y han corrido entre él: hoy día las nóvelas policiales:
“– Abuelita, cuéntanos un cuento…
– ¿Un cuento de hadas?
– No, un cuento de ladrones.
– Bueno: había una vez un administrador.”
Y así comienza también esta parábola:
“Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ente él de que robaba…”.
El Hombre Rico es Dios; el Administrador son los ricos de este mundo; los deudores son los pobres. Es simple. ¿Cómo te enredas en esto, oh doctísimo Cayetano? Probablemente porque eras un ricote de este mundo. O porque tu mucha ciencia te había idiotizado.
Cristo siempre habló de los que tienen muchos bienes de este mundo como de administradores: administradores de Dios, no del Estado. Hoy día sí: al paso que vamos, los que tienen bienes se convertirán en meros administradores del Estado. Es que cuando Dios ya no es más el Patrón, entonces el Patrón ineludible es el Estado, notó hace muchos siglos ya Tomás de Aquino.
El Patrón mandó un aviso al Administrador: “que ya no podrás más administrar”… El aviso es la Muerte. “Ven a darme cuenta de tu administración”. Los bienes que tenemos, no podemos llevarlos al sepulcro; y más allá del sepulcro, está la rendición de cuentas.
“– ¿Que haré? –dijo el Administrador–. Estoy viejo ya para hacer de peón; mendigar me da vergüenza… Ya sé lo que haré.” Llamó a los deudores todos, y al primero le dijo:
“– ¿Cuánto debes?
– Cien barricas de aceite.
– Aquí está tu recibo; toma, rápido: escribe cincuenta. Listo.” Y al segundo:
“– ¿Qué debes?
– Cien arrobas de trigo.
– Toma tu recibo y escribe ochenta.”
Y así siguió con los demás deudores, que eran más de dos sin duda, por las palabras que usa el narrador: “llamó a todos los deudores, uno a uno”.
Los deudores no sabían lo que les pasaba. “Vea amigo: esto que ha hecho usted hoy, no lo vamos a olvidar nunca”.
Y así dijo el Administrador: “El día que no tenga nada, tendré amigos”.
Y el Patrón cuando lo supo, se rio como un caballero, se dio una palmada en el muslo, y dijo: “Este hombre es vivísimo. ¿Por qué me voy a privar de un tipo inteligente? El imbécil soy yo, que me dejo llevar de habladurías…”.
Y Cristo dijo: “Así también vosotros, haceos amigos en la otra vida por medio del Inicuo Idolillo”; esos papelitos roñosos que sirven para tantas cosas malas y también buenas, si se quiere: esos billetes maculados, que antes eran como idolillos o curundúes de oro y plata, pero que ahora son un verdadero símbolo de las riquezas, por lo sucios que andan, y lo ajados y maculados que son. Y sin embargo… son un ídolo: “mammonae iniquitatis”, el Idolillo Inicuo.
“Mammón” era el capitalismo, el dios de las riquezas, para los sirios; quizá, porque es: “capaz, de puro mamón, de mamar hasta con freno”.
Los intérpretes tropiezan aquí: ¡Cristo aprobó un robo, alabó a un ladrón, fomentó la infidelidad de los empleados y… la “lucha de clases”!
“¿También vosotros estáis sin inteligencia?”, les habría respondido el Señor. ¡Como si todo el que cuenta un caso, aprobase el caso! Uno cuenta lo que pasa.
Pero lo que más hay que notar, es que en ningún lado del relato consta que el Gerente haya sido un ladrón: “que fue acusado de ladrón”, lo cual es cosa distinta. Y las quitas que hizo a las deudas, podía tener atribuciones para hacerlas; y leyendo atentamente se ve que las tenía, como ustedes lo verán si leen atentamente. Si los deudores aceptaron y el amo aprobó, es que las tenía.
Cristo concluyó con una observación irónica: “los hijos de este mundo son más videntes en sus negocios que los hijos de la luz”. Esta frase de Cristo también ha sido tuertamente entendida por los católicos mistongos, los cuales están íntimamente persuadidos que cualquier cosa que emprendan los católicos les tiene que salir mal, en virtud de esta palabra de Cristo; consecuencia de lo cual sería que debemos dejar el campo libre a la canallería porque “los católicos tenemos que fracasar siempre”, como me decía ayer no más Doña Herminia Bas de Cuadrero. Los católicos como ella, sí.
Cristo no afirmó que todo les tiene que salir mal a “los hijos de la luz”; entonces apaga y vámonos ¿para qué viniste al mundo?, ¡oh Luz del Mundo!
Cristo exhortó irónicamente a los que se llaman “buenos” a tener por lo menos tanta prudencia en sus negocios como los llamados por ellos “malos”; y si la tienen, no hay ninguna razón porque no les sucedan a ellos también sus negocios, tanto los del cielo como los de la tierra.
Lo que pasa es que había en los tiempos de Cristo –y no faltan en los nuestros– unos tipos que eran unos incapaces y creían que podían ocultar, justificar y reparar su incapacidad con la capa de ser religiosos.
Si ven por ahí una “Tienda de objetos de goma Sagrado Corazón de Jesús”, o “Cervecería Santa Teresita” o “Cabaré Católico”, les aconsejo no se hagan socios, ni les compren acciones. Esos son, son ésos. Fracaso… seguro.
Es una vergüenza y una cosa que hace dudar hasta de San Martín que no haya en la Argentina una gran editorial católica, un gran diario católico, una gran revista intelectual católica, una filmadora católica, por no hablar de la Universidad Católica. Es una vergüenza nacional que los judíos dominen el cine, el periodismo, la radio, la enseñanza oficial y la edición de libros en un país “católico”.
Jesucristo dijo a los Apóstoles: “Id y enseñad a todas las gentes.” Los judíos son los que realmente enseñan en la Argentina; y no van a enseñar cristianismo, ni es justo pedirles eso. ¿Dónde están los apóstoles?
La Argentina, por ejemplo, está inundada de libros estúpidos, malos y perversos; y un escritor argentino religioso, que sea de veras escritor, no puede publicar sus libros… sobre todo si son libros religiosos… bien escritos. Es un hecho.
No hablo de este libro, que de hecho se ha publicado, porque no cumple que yo diga que está bien escrito. Pero si ustedes prefieren la opinión del P. Furlong a la mía, digamos que “no hay regla sin excepción”.
Esto es lo que temió y predijo el santo obispo Mamerto Esquiú. Esquiú dejó encargado al morir que se luchara contra los malos libros. ¿Qué es lo que impide que se obedezca al testamento de Esquiú? De suyo, nada; solamente que los sucesores de Esquiú perdieron el testamento de Esquiú.
Hacer una gran editorial decente no es más difícil a los judíos que a los cristianos; a no ser que sean cristianos mistongos. Se puede editar libros buenos y ganar plata encima. Sólo que hay que ser por lo menos tan prudentes como los hijos de este siglo. Esto enseñó Jesucristo. Jesucristo no amó a los imbéciles ni a los pazguatos.
Fíjese: Dios podía haber dispuesto los sucesos de este mundo de tres maneras:
1) Que a los buenos les fuese siempre bien y a los malos siempre mal;
2) al revés: siempre mal a los buenos, siempre bien a los malos;
3) mezclando bienes y males a buenos y malos; con una preferencia de males a los santos y a los idiotas.
Dios prefirió el plan 3; y si ustedes lo piensan un momento, verán que está muy bien.
Si a los buenos siempre les fuese bien y mal a los malos (plan 1) simplemente no habría buenos, porque todos serían buenos a la fuerza: se suprimirían el mérito, la bondad, la virtud, la santidad y hasta el mismo libre albedrío. Sería imposible ser malo. Ese es el estado de los animales: no pueden ser malos… ni buenos tampoco. Son animales.
Si al revés, a los buenos siempre les fuese mal (plan 2) la bondad se volvería imposible, porque no habría ser humano capaz de soportarla; habría que ser ángel.
Dios escogió el tercer plan: hacer salir el sol sobre los buenos y los malos y llover sobre los justos y los injustos; y que cada cual procure tomar el solcito y aprovechar el agua lo mejor que pueda.
Y si a un católico, por idiota o descuidado, se le rompen las acequias, que no le eche la culpa a Dios y que no ande diciendo que “bien dijo Cristo que los hijos de este siglo son necesariamente más felices en sus negocios que los hijos de la luz”. Cristo no dijo eso.

