OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado delante de él como disipador de sus bienes. Y le llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo decir de ti? Da cuenta de tu mayordomía porque ya no podrás ser mi mayordomo. Entonces el mayordomo dijo entre sí: ¿Qué haré porque mi señor me quita la mayordomía? Cavar no puedo, de mendigar tengo vergüenza. Yo sé lo que he de hacer, para que cuando fuere removido de la mayordomía me reciban en sus casas. Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su señor, y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y éste le respondió: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu escritura, y siéntate luego, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: ¿Y tú, cuánto debes? Y él respondió: Cien coros de trigo. Él le dijo: Toma tu vale y escribe ochenta. Y alabó el señor al administrador de iniquidad, porque había obrado sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sabios en su generación, que los hijos de la luz. Y yo os digo: Que os ganéis amigos con las riquezas de iniquidad, para que cuando falleciereis, os reciban en las eternas moradas.
En este Octavo Domingo de Pentecostés la Santa Iglesia propone a nuestra consideración una Parábola que, a primera vista, es una de las más extrañas de las Parábolas del Señor.
Ni han faltado impíos que han osado decir que el Señor en ella alababa el fraude.
Nosotros, no contentos con no caer en estas absurdas blasfemias, procuremos aprender la provechosa lección que en esta Parábola nos da el divino Maestro.
Para ello, consideraremos primero la imagen o corteza del apólogo, luego penetraremos en su significado espiritual.
Los principales personajes de este pequeño suceso son dos: un propietario rico y su administrador.
Éste último es acusado de causar notable perjuicio a la hacienda de su patrón.
Enterado el propietario, llama al administrador y resolvió despedirlo.
Hasta aquí, propiamente, los preámbulos de la Parábola.
Lo que sigue va a ser el fundamento de su aplicación moral.
Una vez despedido, el administrador quiere asegurar el futuro de su vida. Reflexiona, pues: ¿Qué haré sin la administración? ¿Cavar la tierra? No tengo fuerzas para tan rudo trabajo. ¿Mendigar? Esto sería demasiado vergonzoso para mí.
Para salir de este aprieto, se le ocurre un expediente de efecto seguro: quiere asegurarse la benevolencia y la protección de los deudores de su patrón. Para esto, los manda llamar a todos con el objeto de hacer nuevos pagarés con un fuerte descuento a favor de ellos.
Tal fue el último acto de su administración, acompañado de indiscutible habilidad, con que salió del aprieto en que se hallaba.
El propietario, el más interesado sin duda, el que más debía vituperar la mala jugada que le hizo su administrador, no pudo menos de reconocer y aun elogiar su habilidad.
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Al llegar a este lugar, el divino Maestro expone su propio pensamiento, esto es, la enseñanza moral que ha querido encerrar en la exposición precedente.
Reconoce la injusticia del administrador, pues le llama administrador de iniquidad (villicum iniquitatis); frase hebrea, que vale tanto como administrador injusto.
Pero reconoce también, lo mismo que el propietario, la habilidad de aquel hombre: Y alabó el señor al administrador de iniquidad, porque había obrado sagazmente.
Y, yendo más lejos, reconoce también otro hecho, y es que los hijos de este siglo, los mundanos, suelen ser más hábiles en sus pretensiones y negocios que los hijos de la luz. La pillería suele tener más recursos que la honradez…
¿Qué saca de aquí el divino Maestro? ¿Que imitemos las malas artes del administrador? De ninguna manera.
¿También vosotros estáis sin inteligencia?, nos habría cuestionado el Señor, como hiciera en otra ocasión con los Apóstoles. ¡Como si todo el que cuenta un suceso, aprobase el caso! Uno cuenta, simplemente, lo que pasa.
Pero lo que más hay que notar, es que en ningún lado del relato consta que el administrador haya sido un ladrón; “fue acusado delante de él como disipador de sus bienes”, lo cual es cosa distinta.
Y las rebajas que hizo a las deudas, podía tener atribuciones para hacerlas; y, leyendo atentamente, se ve que las tenía, pues, si los deudores aceptaron y el amo aprobó, es que las tenía.
Cristo concluyó, pues, con una observación irónica: los hijos de este siglo son más sabios en su generación, que los hijos de la luz …
Pero no afirmó que todo les tiene que salir mal a los hijos de la luz; sino que exhortó, irónicamente, a los que se llaman “buenos” a tener por lo menos tanta prudencia en sus negocios como los llamados por ellos “malos”.
Muy lejos está de aconsejarnos o recomendarnos el fraude para acrecentar nuestra hacienda quien nos exhorta a desposeernos de la propia.
Lo que desea y nos aconseja es que, dentro de la justicia y de la equidad, empleemos para el bien la destreza y diligencia que la gente del mundo emplea para sus negocios y aun para el mal.
Se ve que no ha cambiado el modo de ser de los buenos y de los malos, pues también hoy suelen ser éstos más hábiles que aquéllos.
No pierde, pues, su actualidad esta lección del divino Maestro, que, si nos exhorta a que seamos sencillos como palomas, también nos recomienda que seamos prudentes como las serpientes.
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Pero, además de esta lección general, da el Señor otra más particular, relacionada con las riquezas o bienes temporales, de que se habla en toda la parábola.
Dice, pues: Yo os digo a vosotros: ganaos amigos con las riquezas, que suelen ser materia y ocasión de injusticia, para que cuando muriereis, os reciban en las eternas moradas.
Como diciendo: También vosotros sois administradores, no propietarios, de las riquezas que Dios ha puesto en vuestras manos. Que, si ante los hombres, vuestra propiedad es un derecho, ante Dios es una simple administración; y, más que un derecho, implica una obligación.
Así pues, lo que el otro administrador hizo, podéis hacerlo vosotros sin defraudar a Dios ni desagradarle.
¿Cómo? Empleando en beneficio de los pobres estas riquezas que administráis. Día vendrá en que se acabe la vida y se os quite la administración y uso de estas riquezas… Para entonces, tened amigos que os acojan en su casa.
Estos amigos son los pobres de quienes es el Reino de los Cielos.
Conquistémonos, pues, ahora su favor con la limosna, o mejor, conquistémonos el Corazón de Jesucristo, que toma como hecho a su propia persona y en su favor, el bien que hacemos a sus pobres; para que el día del juicio nos ponga a su derecha con sus escogidos y con ellos nos lleve a sus eternos tabernáculos para gozar de felicidad eterna.
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El Evangelio nos habla, pues, de aquel hombre rico que tenía un mayordomo que habría administrado mal sus bienes y lo llama a cuentas.
El hombre rico es Dios.
El mayordomo infiel, cada uno de los hombres.
La cuenta es el símbolo del juicio particular.
Dios es el Señor universal de todas las cosas. Como Creador y Conservador de cuanto existe, tiene dominio absoluto, universal, perfecto, inalienable, sobre todas las criaturas.
El mayordomo es el hombre, a quien Dios ha confiado la administración de múltiples bienes:
– Bienes del alma, sobrenaturales: la gracia, la redención, la justificación, la futura glorificación;
– Bienes naturales: inteligencia, memoria, voluntad, libertad, ingenio, talento, ciencia, habilidad y diversas cualidades;
– Bienes del cuerpo: salud, fuerzas, hermosura,
– Bienes de fortuna: riquezas, posición social, cargos, dignidad, nobleza, etc.
De todos estos bienes el hombre no es el dueño absoluto; sólo se le ha confiado la administración de ellos. Debe emplearlos en el servicio de Dios, de donde se seguirá su provecho y recompensa.
Muchos los administran mal, los emplean en el servicio del demonio, del mundo, de sus pasiones.
La cuenta que se le pide al mayordomo es símbolo del juicio particular, en el cual el Señor dirá a cada uno de nosotros: Redde rationem. Al llegar la hora de la muerte, se nos quitará el cargo de administradores de la vida y se nos pedirá cuenta estrecha de cómo la hemos administrado.
Entonces se nos dirá: Dame cuenta del uso que has hecho de tu vida, de tu inteligencia, de los talentos que te he confiado, de tus bienes de fortuna; todos te los he dado para que procuraras mi gloria y tu santificación y salvación.
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¿Cuál fue la conducta del mayordomo? Tomó las providencias para el porvenir. Y llamando a los deudores de su patrón les perdonó parte de su deuda.
Imitando esta conducta sagaz y previsora debemos tomar desde ahora las precauciones para el día del juicio. De hoy en adelante debemos emplear todos los bienes y dones que Dios ha puesto en nuestras manos en servicio de su divina Majestad.
Debemos hacer que aquello que ha sido para nosotros Mammona iniquitatis…, riquezas de iniquidad, se convierta en un tesoro de salvación.
Con nuestras limosnas a los pobres, aliviando sus necesidades; proporcionando consuelo a los afligidos, con la limosna espiritual de la oración a favor de los pecadores; en suma, con la práctica de las obras de misericordia, tanto espirituales como corporales, debemos reparar las ofensas pasadas y asegurarnos intercesores, los cuales, al terminar nuestra administración, en el momento de la muerte, nos facilitarán nuestro ingreso en los eternos tabernáculos.
Dios nos ha dado esos bienes para socorrer a nuestros prójimos.
Deuteronomio, XV, 11: “Porque nunca dejará de haber pobres en el país, por lo cual yo te mando diciendo: Abre tu mano a tu hermano, es decir, a tu pobre y a tu necesitado en tu tierra”.
Trasciende aquí maravillosamente la economía divina que permite que siempre haya pobres, para que no nos falte la ocasión de abrir la mano y cumplir el gran mandamiento del amor al prójimo. También Jesús afirma que siempre habrá pobres; y para estimularnos a socorrerles se identifica Él mismo con ellos.
Tobías, IV, 7-12 y XII: 9: “Da limosna de tus bienes, y no apartes tu rostro de ningún pobre; así conseguirás que tampoco de ti se aparte el rostro del Señor. Usa de misericordia con todas tus fuerzas. Si tienes mucho, da con abundancia; si poco, procura dar de buena gana aun lo poco; pues con eso te atesoras una gran recompensa para el día de la angustia. Porque la limosna libra de todo pecado y de la muerte, y no dejará caer el alma en las tinieblas. La limosna será motivo de gran confianza delante del altísimo Dios para todos los que la hacen”.
“Buena es la oración con el ayuno, y mejor la limosna que acumular tesoros de oro; porque la limosna libra de la muerte, y es ella que borra pecados y hace hallar misericordia y vida eterna”.
El que da al pobre, se parece al agricultor que no pierde al dejar caer la semilla en los surcos. Por eso dice San Ambrosio: “Sed agricultores espirituales; sembrad lo que puede seros útil. Es sembrar bien poner la limosna en manos de las viudas. Si la tierra os da más de lo que le confiáis, ¡cuánto más os devolverá la caridad! Todo lo que dais al pobre, redunda en vuestro provecho: sembráis en la tierra, y esta simiente germina en el cielo.”
Recordemos siempre el Sermón de la Montana: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”.
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Nos dice el Evangelio que debemos emplear las riquezas de iniquidad en ganarnos amigos para que cuando estemos necesitados, ellos nos reciban en las eternas mansiones.
Veamos, por tanto: ¿Qué son riquezas de iniquidad? ¿A quién debemos darlas? ¿Con qué fin?
Por riquezas de iniquidad se puede entender, desde luego, las riquezas cuando se usa mal de ellas.
Con razón el Salvador les da ese nombre, porque es raro que su adquisición esté exenta de faltas, o porque se cometen injusticias para procurárselas, o porque se las posee con pasión excesiva y desvían del cumplimiento de los más sagrados deberes.
Cuando el hombre está adherido con pasión a las riquezas, es capaz de cometer cualquiera injusticia antes que desprenderse de ellas.
Pero son especialmente inicuas por el mal empleo que se hace de las riquezas.
Ellas compran las conciencias, la virtud, el honor y dan satisfacción a los apetitos más groseros.
Siendo criminales las riquezas o por su posesión o por su mal uso, con razón las llama el Señor: Mammona iniquitatis.
Pero hay otros bienes que pueden llamarse riquezas de iniquidad: son los bienes naturales o sobrenaturales que Dios nos concede, de los cuales no nos servimos según las intenciones de Dios, sino contra su voluntad, para hacer el mal, para satisfacer nuestras malas pasiones…
Así, el hombre puede emplear su fuerza para abusar de la debilidad; su belleza, para corromper; su inteligencia, para esparcir el error con doctrinas, teorías, etc.
Estas son, pues, riquezas de iniquidad…, cuando las ventajas materiales o intelectuales que nos ha dado Dios para el bien, nosotros las desviamos de su fin para hacer el mal.
Estas riquezas son buenas por su naturaleza, pero se convierten en iniquidad por el mal uso que hacemos de ellas.
Pero empleándolas conforme a las intenciones de Dios les quitamos su malicia.
¿Quiénes son los que tienen necesidad de estos bienes? Los pobres, en primer lugar.
Después de haber tomado las riquezas que Dios nos ha dado para nuestro sostenimiento, según nuestra posición, lo demás corresponde a los pobres.
Conservar ese remanente es convertirlo en riqueza de iniquidad.
El precepto es terminante, según San Lucas XI, 38-42:
Un fariseo se extrañó al ver que no se había lavado antes de comer. Le dijo, pues, el Señor “Vosotros, fariseos, estáis purificando lo exterior de la copa y del plato, en tanto que por dentro estéis llenos de rapiña y de iniquidad. ¡Insensatos! el que hizo lo exterior, ¿no hizo también lo interior? Por eso, dad de limosna el contenido, y todo para vosotros quedará puro. Pero, ¡ay de vosotros, fariseos!, ¡porque dais el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis de lado la justicia y el amor de Dios! Era menester practicar esto, sin omitir aquello”.
El contenido: esto es, lo que está dentro de las copas y platos. Es una de las grandes luces que da Jesús sobre el valor de la limosna.
Y no sólo está prohibido retener lo superfluo, sino que tampoco hay derecho para gastarlo según nuestros gustos y caprichos.
Las riquezas se sustraen para el objeto para el cual Dios las ha confiado.
De nuestros bienes naturales y espirituales debemos también hacer buen uso, ayudando a nuestros hermanos, poniéndolos a su servicio, así con nuestra inteligencia podemos repartir luces de conocimiento, de verdad a los que están necesitados.
He aquí a quiénes debemos dar nuestras riquezas: a los pobres de bienes de cuerpo y de espíritu.
Al emplear estas riquezas y bienes en favor de los pobres debemos hacerlo, no por orgullo y ostentación, no por un sentimiento meramente natural, sino porque Dios nos lo manda; para obedecer su voluntad; y luego para hacernos amigos con el objeto de que, cuando dejemos de existir, nos reciban en las eternas mansiones.
¿Quiénes son esos amigos? Son nuestras obras, nuestras misericordias, nuestras limosnas que siendo puestas en el seno del pobre ruegan por aquél que la ha puesto.
Los otros amigos son los pobres que, auxiliados por nosotros, ayudados en todas sus necesidades, nos tendrán gratitud.
El pobre es la personificación de Dios; y para los pobres es el Reino de los Cielos.
Y si los pobres tienen por patrimonio el Reino de los Cielos, si son tan amados por Jesucristo es muy ventajoso tenerlos por amigos, porque pueden ellos darnos este Reino que les pertenece.
Ellos pueden rogar a Dios que nos conceda ese Reino.
¡Qué motivo más apremiante podía presentarnos el Señor para asistirlos!
En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis… En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo…

