Conservando los restos
ELEMENTOS LITÚRGICOS

“La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”
EL ALTAR Y SUS ACCESORIOS
EL ALTAR
De todo el ajuar litúrgico del templo, el altar es el mueble más digno e importante. Todo en el templo lleva al altar, hasta la arquitectura misma del edificio. El altar es el centro del culto litúrgico, y, en buena lógica, su estudio, unido al de la Misa, debe ser el punto central del aprendizaje de la Liturgia.
1. Altares primitivos
El Altar es inseparable de la idea y de la acción del sacrificio, y siempre, aun entre los judíos y paganos, ha sido la suprema expresión del culto a la divinidad.
El primer Altar mencionado en la Biblia es el de Noé (Gén., VII, 20), pero seguramente que Caín y Abel lo usaron también para sus ofrendas. A partir del diluvio, háblase con frecuencia en la Biblia de altares y de sacrificios; y esa misma preocupación se observa constantemente en todas las religiones. En el Tabernáculo de Moisés y en el Templo de Salomón había dos altares: el de los perfumes y el de los holocaustos, ambos muy suntuosos.
La primitiva etimología de la palabra altar es: alta ara o alta res, o sea «ara o cosa alta»; alta, no tanto por la estructura cuanto por la dignidad.
Esto se cumple literalmente en nuestros templos, donde el Altar se alza en alto sobre el pavimento, para mejor representar la cima del Calvario, donde sobre la Cruz, como sobre un Altar, fue Cristo cruelmente inmolado; y también para mejor recordarnos que el Sacerdote está levantado entre la tierra y el cielo, como mediador universal, para llevar hacia el Cielo los homenajes de la tierra y atraer sobre ésta las bendiciones del Cielo.
2. Primeros altares cristianos
El primer Altar cristiano fue la mesa sobre la cual Nuestro Señor celebró su última Cena en el Cenáculo. Ésta fue de madera, como de madera fueron también las que en Jerusalén, en Roma y en todos los sitios usaron los Apóstoles y los primeros sacerdotes para el Sacrificio Eucarístico, hasta que el Papa San Silvestre las prescribió de piedra. El único de madera ahora en uso, es el antiquísimo Altar papal de la Basílica de Letrán, que fue el que usaron San Pedro y los primeros Papas.
El primer modelo de Altar cristiano se halla en la Catacumba de San Calixto, en un fresco del siglo II. Representa un trípode sosteniendo una mesita, sobre la que están depositados los panes del Sacrificio, y a su lado hay dos personajes. El que hace de sacerdote impone sus manos sobre los panes, y el que figura al alma o al pueblo cristiano, está orando con los brazos levantados.
En las catacumbas, los mismos sepulcros de los Mártires, con tablas o losas sobrepuestas, servían de altares; y cuando los sepulcros estaban a flor de tierra, colocábanse por encima o delante de ellos, mesas movibles que hacían de altar.
Esta misma práctica se observó allí donde había algún cuerpo de mártir, para asociar así íntimamente el culto de los Mártires al Sacrificio Eucarístico. De aquí nacieron los Altares tumbas o sepulcros, que son los típicos.
Cuando, por multiplicarse las iglesias y los altares, no fue ya posible contar con un cuerpo santo para erigir estos altares-tumbas, se suplió esta falta depositando en cada altar algunas reliquias de mártires que recordaran su sepulcro. Es lo que aun hoy en día se exige en todos los altares, como requisito indispensable.

3. Historia del Altar
A partir de las Catacumbas, la historia del Altar se puede dividir en tres períodos, a través de los cuales son patentes sus transformaciones.
Primer período (del s. IV al IX). — El Altar es un macizo de forma cúbica, imitando la mesa del Sacrificio. El Altar es demasiado santo para que se admita sobre él otra cosa que la materia del Sacrificio y el Misal. Está rodeado de rico cortinaje y coronado por un baldaquino o ciborio que lo cubre de majestad.
Segundo período (del s, IX al XIV). — Empieza la costumbre de depositar sobre el Altar, en el lugar en que ahora está el tabernáculo, las reliquias insignes de cada iglesia. Se le empotra en el muro, y como hay que poner sobre él el crucifijo, los candeleros y otros objetos, se le hace oblongo, alargado y ensanchado.
Tercer período (del s. XIV en adelante). — Se añade una gradilla para el crucifijo y los candeleros, y se empieza a construir, a guisa de respaldar, el retablo. En el siglo XVI se instala el tabernáculo. En el XVII reaparece el baldaquino.
4. Altares fijos y portátiles
El Derecho Canónico distingue dos clases de altares: los altares fijos y los altares portátiles o movibles.
Los altares fijos consisten en una gran losa de piedra o de mármol, de una sola pieza, sostenida por un macizo o por columnas de la misma materia y formando un todo inseparable.
Los altares portátiles consisten en una pequeña losa, también de piedra o de mármol, llamada Ara, embutida en una tabla de cualquier materia, formando con ella un solo cuerpo, que es el Altar.
Tanto el altar fijo como el ara del portátil deben ser consagradas por el obispo y llevar en el centro un hoyito o “sepulcro” con reliquias de Mártires y tres granos de incienso.
En toda iglesia consagrada es necesario que haya por lo menos un altar fijo, que suele ser el Mayor. En las no consagradas pueden ser todos portátiles.
5. Altar privilegiado
Se entiende por altar privilegiado, aquel que tiene anexa una indulgencia plenaria concedida por el Papa, aplicable al alma del purgatorio por la cual se celebra en él la misa.
El origen de los altares privilegiados no parece ascender más allá del siglo IX. Pascual I, que ocupó el solio pontificio desde 817 hasta 821, habiendo hecho construir en Roma la iglesia de Santa Praxedis, privilegió uno do sus altares, el de la capilla de San Zenón.
Los altares se privilegian, a veces, para siempre o sin limitación de tiempo y a veces, por un número determinado de años, que de ordinario no pasa de siete; y la concesión se extiende, unas veces a todos los días de la semana, y otras a sólo dos o tres días, según el número de Misas que se celebra en la iglesia respectiva.
Entre otras concesiones de altares privilegiados, merecen mencionarse la de Benedicto XIII, otorgada por Breve del 20 de julio de 1724 para que en todas las iglesias patriarcales, metropolitanas y catedrales haya un altar privilegiado perpetuamente para todos los días, debiendo hacer el obispo la designación del altar; designación que, una vez hecha, no puede variarse.
Así mismo la acordada por Clemente XIII por Decreto del 19 de mayo de 1759 para un altar privilegiado cotidiano por el término de siete años en todas las iglesias parroquiales, bajo la condición de que cada obispo haga la petición correspondiente para las iglesias de su diócesis.
Pio VII, por Rescripto del 12 de mayo de 1817, declaró privilegiados, para los días de la oración de las Cuarenta Horas todos los altares de la iglesia donde se haga la exposición del Santísimo Sacramento para dicha oración, en cualquier tiempo del año que tenga lugar este ejercicio.
Todas las Misas celebradas el 2 de noviembre, día de la Conmemoración de los fieles difuntos, por cualquier sacerdote secular o regular, son semejantes a las que se celebran en altar privilegiado, según consta por especial Decreto de la Congregación de Indulgencias del 16 de mayo de 1761, aprobado y confirmado por Clemente XIII. Esta concesión se extiende a todos los días de la octava.
Gozan de la facultad de designar y declarar altares privilegiados cotidianos perpetuos: los Obispos, Abades o Prelados Nullius, Vicarios y Prefectos Apostólicos y Superiores Mayores de una religión clerical exenta, para sus respectivas iglesias catedrales, abaciales, colegiatas, conventuales, parroquiales y cuasiparroquiales (Canon 916).
6. El Altar Mayor
En los primeros siglos solamente hubo un Altar en cada iglesia. A éste corresponde el Altar Mayor de nuestras iglesias, que es el más importante.
Este único Altar estaba emplazado, ora al comienzo del ábside, ora en el transepto o bajo la cúpula, y coronado por un baldaquino. Era el Altar del Titular de la iglesia.
Hoy, ya que no es único, debe este Altar distinguirse sobre todos los demás por su riqueza ornamental. Él debe ser el centro del culto parroquial.

ACCESORIOS DEL ALTAR
1. Los manteles
Conforme a las rúbricas, los manteles deben ser tres, los tres de lino, debiendo el superior caer por ambos lados hasta casi el pavimento.
El uso de los manteles de altar remonta por lo menos al siglo IV, si bien es de creer que uno siquiera se usaría desde el principio, por respeto a las sagradas especies.
En los altares que no lleven en su frente alguna escultura u otra decoración equivalente, es de rúbrica poner un frontal de seda del color litúrgico del día.
2. El Crucifijo
Es imprescindible en el Altar, y debe ser tan grande que domine sobre las velas de los candeleros que lo acompañan, para que pueda ser fácilmente visto por el celebrante y por el pueblo.
En tiempo de Pasión se lo cubre con un velo morado.
3. Los candeleros
Los candeleros del Altar, con sus correspondientes velas de cera, son dos, cuatro o seis, siempre en número par, excepto cuando celebra de pontifical el obispo diocesano, en que deben ser siete.
Este séptimo candelero que usa el Obispo diocesano al celebrar de pontifical, probablemente se añade en recuerdo de que eran siete los acólitos regionales de Roma que asistían con cirios encendidos a la Misa papal.
Los candelabros se colocan, a ambos lados del Crucifijo, sobre una gradilla.
4. El Sagrario
La costumbre antiquísima de reservar la Sagrada Eucaristía en los templos para servicio de los enfermos dio origen al Sagrario o Tabernáculo, que por lo general va anexo al Altar más noble y excelente de cada iglesia, que suele ser el Altar Mayor.
En él se reserva el Copón con las Sagradas Formas y la teca o cajita con la Sagrada Hostia grande para la Exposición.
La existencia de la Sagrada Reserva, data de los orígenes mismos del cristianismo. El primer receptáculo conocido de la Reserva fue la “Paloma eucarística” y, contemporáneamente con ella, la “Torrecilla” o “Píxide”, la “Copa” o Coponcito y el “Ciborio”.
Estos Vasos se suspendían del baldaquino que cobijaba el altar, o bien se les encerraba en un nicho del ábside o de algún pilar, o en la sacristía.
Al desaparecer de los altares el clásico baldaquino, colgóse la “paloma” o el “cofrecillo” eucarísticos en la encorvadura de un báculo de metal, sujeto a la trasera del altar.
El Sagrario, tal como se usa hoy, debe estar cubierto por el exterior con una cortinilla o “conopeo”, en forma de pabellón, de color blanco o del color litúrgico del día.
Este conopeo advierte a los fieles la presencia real de Jesús Sacramentado.

5. Adornos del Altar
El mejor adorno del Altar es el Altar mismo, es decir, un Altar de piedra bien construido y de líneas sobrias, con tres manteles sencillos, un juego de candeleros de buen gusto, y un Crucifijo esbelto y de tamaño dominante.
En los días de fiesta se le puede engalanar, discretamente, con flores naturales, algunos relicarios y algún cortinaje.
Las flores. La costumbre de engalanar con flores el Altar, sin duda nació de la que rigió, desde el principio, de adornar con ellas los sepulcros de los seres queridos.
Cuando se usan las flores, deben ser pocas y naturales; cuatro floreros bien hechos bastan, lo demás es superfluo y tiende a convertir el Altar en una exposición de cosas.
Todo cuanto hay en el Altar: cirios, lámparas, flores, debe irse consumiendo “en olor de suavidad”, en homenaje a la Divinidad. Flores o plantas que no mueren allí, donde Jesucristo se inmola cada día por nosotros, no tiene razón de ser sobre el Altar.
Por lo tanto, ni las flores artificiales ni las plantas de maceta cumplen dignamente su papel.

Los relicarios. El uso de exponer relicarios con reliquias sobre el Altar data de hacia el siglo IX. Hubo tiempo en que las reliquias estuvieron expuestas permanentemente, y cuando esto cesó se empezó a exponerlas en el Altar, en las grandes solemnidades, como elemento decorativo.
Tal es la práctica que autoriza hoy el Ceremonial de los obispos.
Estas reliquias, encerradas de ordinario en artísticos y ricos relicarios, se inciensan cuando en la Misa y en las Vísperas solemnes se inciensa el Altar. Para las exposiciones del Santísimo, o se retiran del Altar o se cubren con un velo.
Las cortinas. Unas cortinas del color litúrgico del día o del Tiempo Litúrgico, caen muy bien a los lados del Altar, cuando éste se halla adosado a los muros del ábside. Así lo previene el Ceremonial de los obispos.
El cortinaje del Altar se ha usado, a través de los siglos, de dos modos: uno como adorno del ciborio o baldaquino, y otro del muro del presbiterio.
6. Decoro de templos y altares
Respecto al decoro que debe reinar en templos y altares, escribe el Papa Pío XII:
“Siéntase cada uno animado por aquello del Salmo: el celo de tu Casa me tiene consumido, y esfuércese, por consiguiente, para que, aunque no llame la atención ni por la riqueza ni por su esplendor, sin embargo todo cuanto pertenezca a los edificios sagrados, a los ornamentos y a las cosas del servicio de la Liturgia, aparezca limpio y en consonancia con su fin, que es el culto a la Divina Majestad”.
