SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Colecta del Séptimo Domingo de Pentecostés: Oh Dios, cuya Providencia no se engaña en sus disposiciones, te suplicamos humildemente apartes todo lo dañino, y nos concedas todo lo provechoso.
La Oración Colecta de este Séptimo Domingo de Pentecostés nos habla de la Divina Providencia: Oh Dios, cuya Providencia no se engaña en sus disposiciones…
Es un tema siempre actual e importante de precisar y profundizar.
El Domingo pasado, con ocasión del milagro de la multiplicación de los panes, hemos podido comprobar que la Divina Providencia conoce todas las necesidades de los hombres y a ellas provee.
Nuestro Señor no esperó a que los Apóstoles le hablasen de la falta de comida, que llamasen la atención sobre esa escasez, ni que la muchedumbre levantase la voz para pedirle auxilio.
La bondad del Salvador lo conoce todo; conocía a esa muchedumbre que desde hacía tres días lo seguía sin tener qué comer, conocía que eran escasas las provisiones y veía la imposibilidad de proveerse en el desierto y menos aún de que fuesen a sus casas para tomar alimento…
Imagen exacta de la Divina Providencia, que conoce nuestras necesidades, presentes y futuras, mejor que nosotros mismos, porque con una mirada abarca todos los tiempos.
Y la Divina Providencia no sólo conoce nuestras penurias, sino que se conmueve ante ellas… “Tengo compasión de esta muchedumbre”, dijo Nuestro Señor.
La Providencia de Dios siente nuestras estrecheces como propias, como una madre experimenta las indigencias de sus hijos; y realiza lo que ningún afecto humano ha podido realizar: se entrega al hombre, lo salva de la esclavitud del pecado, lo santifica, lo regenera…
La Divina Providencia remedia todas las miserias y todo lo provee, con su ciencia, con su bondad compasiva y con su omnipotencia.
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En años anteriores, para este mismo Domingo, hemos considerado:
– qué es la Providencia divina
– su alcance
– su ejercicio
– su infalibilidad
– en qué cosas hemos de abandonarnos en manos de la Providencia
– y por qué hemos de hacerlo.
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Este año vamos a detenernos en un punto muy particular. En efecto, para ver mejor cuál ha de ser cada día nuestra confianza y nuestro abandono en la Divina Providencia, conviene tener la atención puesta en la santificación del momento actual y en la gracia que se nos dispensa para ello.
Santificación del momento actual… ¿Qué tiene que ver esto? Pues bien, en la cadena de los acontecimientos hay una enseñanza providencial.
Junto a la serie de los hechos exteriores de nuestra vida, debemos tener en cuenta otra serie paralela de gracias actuales, que de continuo se nos ofrecen para que saquemos el máximo provecho espiritual de los sucesos, agradables o dolorosos.
Circunstancias de la vida y gracias actuales para cada caso…
Con frecuencia olvidamos esta gran verdad. En cuanto nos visita la contrariedad o el infortunio, todo se vuelve quejas y murmuraciones.
En tales circunstancias, la única cosa verdaderamente necesaria es cumplir cada día la voluntad de Dios.
El Señor nunca manda cosas imposibles; mas hay en cada momento y para cada uno de nosotros un deber que Él hace realmente posible de cumplir, para lo cual sólo exige de nosotros generosidad y amor.
Si supiéramos lo que son los acontecimientos que llamamos contrariedades, reveses, contratiempos, infortunios o fracasos, lamentaríamos ciertamente el desorden que pueda haber en ellos, pero más bien nos reprocharíamos las murmuraciones y pondríamos la mira en el bien superior que Dios busca en todo cuanto dispone, e incluso en las cosas que permite.
No hemos de sorprendernos de que los caminos de la Providencia estén a veces envueltos en un misterio tal que desconcierta nuestra razón.
El justo vive de la fe, dice la Escritura; vive particularmente del misterio de la Providencia y sus caminos.
El Padre Caussade, explicando estos caminos de la Providencia, dice: Cuanto más oscuro es el misterio, tanta más luz contiene, pues la oscuridad proviene de la luz demasiado refulgente para ojos tan flacos como los nuestros.
Si acertásemos a ver la luz divina que encierra el momento presente, en él echaríamos de ver que para nosotros todo puede ser medio, instrumento o, al menos, ocasión de aprovechamiento espiritual en el amor de Dios.
Según el orden establecido por la Providencia, ese momento actual está relacionado con nuestro último fin, que es lo único necesario.
En cada minuto debemos estar dentro del orden divino, santificar el nombre de Dios, como si no tuviéramos otra cosa que hacer en el tiempo, como si de inmediato hubiéramos de entrar en la eternidad.
Cada uno de nuestros actos, o es bueno, o es malo; porque el acto deliberado del ser racional debe ser racional, que es lo mismo que decir ordenado a un fin bueno y honesto; y el acto deliberado de un cristiano debe estar ordenado a Dios, por lo menos virtualmente.
Hecho en estas condiciones, el acto es bueno; de lo contrario, será malo. No hay término medio.
Tal doctrina, que puede parecer a primera vista demasiado rígida, no lo es, si se considera que basta una intención virtual o implícita, establecida por la mañana y renovada cuantas veces nos mueva el Espíritu Santo a elevar el corazón a Dios.
Es, por el contrario, una doctrina muy consoladora; pues de ella se infiere que en la vida del justo cualquier acto deliberado que no sea pecaminoso es moralmente bueno y meritorio, sea fácil o difícil, pequeño o grande.
Es también muy santificante esta doctrina, si bien se entiende y practica, porque nos mueve a pensar que cuanto Dios hace en cada momento, bien hecho está y es un signo de su voluntad.
Aprendamos, pues, a reconocer en lo que nos sucede en cada momento del día, ora una voluntad positiva de Dios, ora una permisión dirigida siempre a un bien superior. De esta manera conservaremos la paz, venga lo que viniere.
San Francisco de Sales resume esta doctrina en pocas palabras: Cada momento llega a nosotros con una orden de Dios y va luego a sumergirse en la eternidad, para ser por siempre jamás lo que de él hayamos hecho.
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Dicho esto respecto de la santificación del momento actual, tengamos en cuenta que, a medida que se nos ofrecen nuevas circunstancias acompañadas de nuevas obligaciones, se nos brindan también nuevas gracias actuales para sacar de dichos acontecimientos el mayor provecho posible.
Apreciemos la riqueza infinita del momento actual y su relación con el momento perdurable de la eternidad, donde algún día hemos de entrar.
No nos demos por satisfechos con ver el momento presente en la línea horizontal del tiempo, entre un pasado que fue y un futuro temporal incierto; contemplemos el minuto presente en la línea vertical, que lo relaciona con el instante único de la eternidad inmutable.
Cualquier cosa que ocurra, pase lo que pase, nos hemos de decir: en este mismo instante Dios existe, y Él quiere atraerme hacia sí.
Prestemos, pues, atención a la gracia actual, que se nos concede por momentos para cumplir el deber actual. Así veremos cada vez mejor lo que debe ser la fidelidad, tanto en las cosas pequeñas, como en las grandes.
Dice Nuestro Señor que quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho; y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho. Y en la parábola de los talentos o de las minas dice a dos de los siervos: «Muy bien, siervo bueno y fiel; pues has sido fiel en pocas cosas, yo te confiaré muchas más; ven a participar del gozo de tu señor».
Tocante a las cosas pequeñas, estas palabras encierran una lección de suma importancia; nunca se insistirá bastante a propósito de la fidelidad a la gracia del momento actual.
Sin la fidelidad en las cosas pequeñas, practicada con espíritu de fe, de amor, de humildad, de paciencia y de dulzura, no puede haber adelantamiento en la vida espiritual.
Relacionado con esto, Santo Tomás enseña que no hay en concreto actos deliberados que sean, aquí y ahora, indiferentes en su aspecto moral.
Como ya hemos dicho, todos los actos deliberados de un ser racional deben ser racionales; por lo tanto, deben tener un fin honesto; y todos los actos de un cristiano deben estar ordenados, por lo menos virtualmente, a Dios.
Con lo cual queda de manifiesto la importancia de los múltiples actos que a diario realizamos; son, quizás, muy pequeños en sí mismos; pero son grandes por la relación que dicen a Dios, y porque proceden y van acompañados del espíritu de fe, de amor, de humildad y de generosidad.
Si verdaderamente tratamos de ser fieles al Señor en las cosas pequeñas todos los momentos del día, ciertamente nos dará fuerzas para serle fieles también en las circunstancias difíciles y penosas.
Así se cumplirán las palabras del Evangelio: “Bástale a cada día su propio afán” … “Quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho”.
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La fidelidad en nuestros deberes cotidianos por medio de la docilidad a la gracia que se nos dispensa cada momento no tarda en ser recompensada mediante una asistencia especial de la divina Providencia a los que se abandonan fielmente a ella.
Puede decirse que esta asistencia providencial se manifiesta especialmente de tres maneras, sobre las cuales conviene insistir:
– guiando estas almas en sus oscuridades,
– defendiéndolas contra los enemigos del bien
– y vivificándolas cada vez más interiormente.
En este gobierno de las almas que se abandonan en manos de Dios hay sin duda grandes oscuridades, cosas desconcertantes e impenetrables. Pero el Señor las torna en bien espiritual; y ellas verán algún día que para los Ángeles fue motivo de alegría lo que a veces tan profundamente las angustiaba.
Por medio de estas oscuridades, ilumina Dios las almas en el momento en que parecía cegarlas. En efecto, en cuanto se borran las cosas sensibles que nos tenían cautivos y fascinados, comienzan a brillar en todo su esplendor las cosas espirituales.
Es una gran ley del mundo espiritual, que la oscuridad superior de las cosas divinas nos alumbra más en cierto sentido que la evidencia de las cosas terrenas.
Así como el sol impide ver las estrellas, así también la magnificencia de ciertas cosas humanas es obstáculo para contemplar los esplendores de la fe. Por donde conviene que la Providencia haga desaparecer de vez en cuando en nuestra vida este brillo de las cosas inferiores para que entreveamos cosas mucho más sublimes y más preciosas para nuestra alma y para nuestra salud eterna.
Aquí se cumplen las palabras de Nuestro Señor: Quien me sigue, no camina en tinieblas.
Más aún, la oscuridad divina que proviene de una luz superior demasiado intensa para nuestros débiles ojos nos ilumina a su modo, nos hace entrever las profundidades de Dios y el misterio de los caminos de la Providencia.
El Señor tiene, pues, su manera propia de alumbrar las almas sobre su vida íntima y sobre los secretos de sus caminos; parece a veces que las ciega; realmente entonces les da una luz superior en el momento mismo en que desaparece una luz inferior.
Si durante nuestra vida hay horas en que todo parece perdido, ése es el momento de abandonarnos enteramente a Dios sin reserva. El Señor tomará inmediatamente la dirección de nuestra vida.
Pero no se contenta Dios con guiar al justo, sino que lo defiende contra los enemigos del bien.
La Providencia lo dirige todo; aun las circunstancias más pequeñas, que parecen insignificantes, están en sus manos. Para ella no existe el acaso; y por medio de un hecho imprevisto e insignificante puede desbaratar los prudentes cálculos de los enemigos del bien.
No es lícito tentar a Dios; pero cumpliendo al día nuestro deber, hemos de entregarnos humildemente en sus manos, porque sabe defender a quienes se abandonan a Él. Permite la persecución exterior, a veces muy dolorosa, como la permitió contra su Hijo; pero sostiene invisiblemente al justo para que no pierda el ánimo; y si éste cae, como Pedro en un momento de ofuscación, le vuelve a levantar y le guía al puerto de salvación.
Y dicen los Santos que el alma que, en vez de resistir a sus enemigos, se abandona en manos de Dios, en ellos encuentra provechosos auxiliares.
No solamente las guía y las defiende, mas también las vivifica por medio de su gracia, por medio de las virtudes, de los dones del Espíritu Santo y de las inspiraciones siempre nuevas que les envía.
Cuando parece que más las abandona…, tanto más las vivifica…
En efecto, la acción divina, que poco a poco y a veces de manera dolorosa, nos separa de lo que no es Dios, tiende a unirnos cada vez más con Él por medio de este mismo desapego.
Así, la pérdida es ganancia.
Conforme la gracia aumenta, va siendo principio de separación y de unión; la separación progresiva no es otra cosa que el reverso de la unión.
He ahí verdadera santidad, y muy elevada. Si en los sucesos más dolorosos de nuestra vida hubiera habido siquiera algunos breves momentos de semejante conformidad, serían ellos los puntos culminantes de nuestra existencia, en los cuales habríamos estado muy cerca de Dios.
Cada instante nos invita el Señor a vivir de esa suerte para abandonarnos confiadamente en Él.
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Para el ejercicio del Santo Abandono, es, pues, necesaria una plena confianza en Dios.
¿Quién es Aquél que vela sobre nosotros con amor y que dispone de nosotros por su Providencia? Es el Buen Dios. Es bueno de manera tal, que es la bondad por esencia y la caridad misma.
Este Dios tan bueno es Nuestro Padre que está en los cielos, y es el Dios de las misericordias.
El que ha amado al mundo hasta el extremo de darle su Hijo unigénito, ¿qué nos podrá negar?
Sabe mejor que nosotros lo que necesitamos para el cuerpo y para el alma; quiere ser rogado, tan sólo nos echará en cara el no haber suplicado bastante, y no dará una piedra a su hijo que le pide pan.
Creamos en el amor de Dios para con nosotros, y no dudemos jamás del Corazón de nuestro Padre.

