P. CERIANI: SERMÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

De la Carta de San Pablo a los Romanos, VI, 3-11:

¿No sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda librado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

En este Domingo, Sexto después de Pentecostés, voy a detenerme sobre la Epístola, tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, Capítulo Sexto.

El Apóstol venía de enseñar que vivir en el pecado significa sujetarse a él, obedeciendo a las concupiscencias; mientras que morir al pecado es desligarse de su dominio, es romper con él toda relación.

Era necesario probar que hemos muerto al pecado. ¿Dónde y cómo hemos muerto los cristianos al pecado? San Pablo lo explica haciendo un fino análisis del significado místico del Bautismo.

La afirmación fundamental es esta: Cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, en su muerte hemos sido bautizados.

Con ello quiere decir que, por el Bautismo, Cristo nos asocia de una manera mística, pero real, a su muerte redentora, quedando muerto nuestro hombre viejo, nuestro cuerpo de pecado; es decir, el hombre tal como estaba antes del Bautismo, inficionado por la concupiscencia y esclavo del pecado.

Si Cristo, con su muerte, liquidó todo lo que se refiere al pecado, hasta el punto de que éste no pueda ya volver con más pretensiones ante la justicia divina (murió al pecado una vez para siempre), también nosotros, asociados y como sumergidos en su muerte, hemos roto totalmente con el pecado.

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Pero San Pablo no se contenta con el aspecto negativo de nuestro morir al pecado, sino que insiste también en el aspecto positivo de nuestra resurrección a nueva vida.

Por eso comienza, ligando a la idea de muerte, la idea de sepultura; con esto, el cristiano, muerto y sepultado con Cristo, tiene ya completo, como Cristo, el punto de partida hacia la resurrección.

Esta idea está sacramentalmente expresada en el rito del Bautismo, que tiene un doble momento, el de la inmersión (imagen de la muerte y sepultura) y el de la emersión (imagen de la resurrección).

Y al hablar de Sacramento, afirmamos el signo eficaz de la gracia de Cristo, que simboliza lo que produce, y causa lo que significa.

Para comprender bien este pasaje de San Pablo debemos recordar que el término bautizar proviene del griego y significa sumergir, y hace referencia a la antigua forma de conferir el Bautismo mediante la triple inmersión.

San Pablo habla no solamente de lo nuevo que surge, sino también de lo viejo que se deja: Sabemos, por cierto, que el hombre viejo ha sido crucificado en nosotros para que sea aniquilado el cuerpo de pecado y no sirvamos ya al pecado. Pues quien ha muerto está libertado del pecado. Si nosotros hemos muerto con Cristo, también viviremos con Él.

En resumen, lo que San Pablo viene a decir es que por el Bautismo quedamos incorporados y como sumergidos en Cristo, tanto en su muerte como en su vida, haciéndonos así aptos para que lleguen hasta nosotros los beneficios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor.

Morir y resucitar encuentran en el Bautismo su representación sacramental. Luego, el bautizado, como señal de su nueva humanidad, reviste la nueva vestidura: Revestíos del hombre nuevo que ha sido creado según Dios…, como escribe San Pablo a los Efesios.

A partir de esta inserción en Cristo, formamos una misma cosa con Él, animados de un mismo principio vital; pudiendo, con toda razón, exclamar que hemos sido con-crucificados, con-sepultados, con-vivificados, y que ya no vivimos nosotros, sino que es Cristo quien vive en nosotros.

Para despejar toda duda, recordemos con Santo Tomás que, si bien “la inmersión expresa más claramente la imagen de la sepultura de Cristo, por lo que este modo de bautizar es más común y más laudable, sin embargo, también los otros modos de bautizar expresan esa imagen, aunque no tan claramente, porque, como quiera que se haga la ablución, el cuerpo del hombre o una parte de él permanece bajo el agua, como el cuerpo de Cristo permaneció bajo la tierra”.

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Destaquemos que el Bautismo no nos incorpora a Cristo de cualquier manera, sino que nos introduce en su muerte; somos sepultados en Él, como también con Él resucitamos.

Lo que va a su término en la muerte de Cristo, es la vida de Adán; vida que, en cuanto tal, no es resucitada de nuevo; pues precisamente el sentido de esta muerte consiste en que la vida de Adán se encamina a su fin.

Por el contrario, el sentido de la resurrección es este: Jesucristo da a su cuerpo, en la gloria de su Padre, una nueva fuerza vital, incomparablemente más perfecta que la anterior.

La vida que el cuerpo de Cristo obtiene en la resurrección es absolutamente nueva, pues no desciende de Adán, como toda otra vida corporal; por lo mismo no puede acabar como la vida de Adán, porque sobre ella no se apoya la maldición del pecado, que el Verbo había cargado sobre sí en la Encarnación para abandonarla definitivamente en la muerte.

Por lo tanto, si la Muerte y Resurrección de Cristo consiste en sustituir la vida de Adán por una nueva, que procede inmediatamente del Verbo, también nuestra muerte y resurrección en el Bautismo, como signo eficaz, significa y produce que dejamos de ser hijos de Adán y que en Cristo resucitado se funda nuestra nueva existencia.

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Sin embargo, conviene advertir algo importante: esta nueva vida a la que nacemos por nuestra inserción en Cristo, y a la que San Pablo alude repetidas veces en sus Cartas, comienza ciertamente en el Bautismo, pero no logra su plenitud sino después de nuestra muerte corporal, de nuestra salida de este mundo.

A esta conclusión sigue, como toque de alerta, una cálida exhortación a vivir vigilantes para que el pecado no reine de nuevo en nosotros, como antes del Bautismo.

Ello supone que, incluso después de bautizados, el pecado puede reconquistar en nosotros su antiguo dominio, haciéndonos morir para Cristo y vivir para el demonio.

La lucha será dura; pero a quien diga que no tiene fuerzas para resistir en ella, San Pablo responde que eso no es verdad, pues no estamos ya bajo la Ley, que señalaba el pecado, pero no daba fuerza para evitarlo, sino bajo la Gracia, que con nuestra inserción en Cristo alteró completamente el poder del pecado.

¡Muerte y Vida! Reproduzcamos en nuestra vida el misterio de Cristo, su muerte y su vida, para estar así íntimamente unidos e identificados con Él.

Dice San Pablo a los Colosenses: Habiendo sido sepultados con Él en el Bautismo, también habéis resucitado con Él de la muerte, por virtud y gracia de Dios. Estabais muertos en el pecado, pero Dios os ha hecho revivir con Cristo.

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La intención de Dios, al crear al hombre, era la de que todos penetrásemos en este mundo como hijos suyos, poseyendo la gracia santificante, adornados con las virtudes sobrenaturales y con los dones del Espíritu Santo. Pero el pecado de Adán desbarató los planes divinos. Por su pecado perdió para sí mismo y para toda la humanidad, de la que era cabeza y representante, la gracia y el derecho a la herencia que nos esperaba en el Cielo.

Dios se compadeció de nosotros. Envió a su propio Hijo para que, como nueva Cabeza de la humanidad, reparase la ofensa hecha a Dios por el primer Adán. Por eso, durante toda su vida mortal, desde su entrada en este mundo hasta la consumación de su Sacrificio sangriento sobre la Cruz, el Salvador fue una estampa viva del dolor, del sacrificio y de la muerte… Jesús fue el Cordero sin mancha que tomó sobre sí todos los pecados del mundo…

Por el Bautismo, nosotros fuimos sepultados con Él en la muerte; hemos sido incorporados a su vida de constante sacrificio, de dolores, renuncias y humillaciones. Hemos sido crucificados con Él, y bebemos del Cáliz de su Pasión.

Con su Resurrección el Señor comenzó una nueva vida. Entonces, del mismo modo que Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros debemos caminar en una vida nueva.

Y puesto que luego del Bautismo no debemos ya nuestra existencia a la vida de Adán, sino que se la debemos a Cristo, por lo mismo puede el Apóstol decir, en un sentido concreto: hermanos, no somos deudores de la carne, para vivir según la carne.

Así como la línea de la vida humana corporal empieza en Adán y se prolonga mediante la procreación de la especie, de igual manera en Cristo resucitado empieza una nueva línea de vida que se continúa por medio del Bautismo.

Gracias a esta trasposición, somos una nueva creatura; pues ya no vivimos la vida que nos viene por la naturaleza, sino que la vida de Cristo, que nos llega por la gracia, nos llena y actúa en nosotros.

Debemos tomar la palabra vida en su más concreta significación. Un amigo puede decir a su amigo: Tú eres mi vida, sin que éste sea su vida, en sentido propio. Si éste muriera, aquel continuaría viviendo.

Pero cuando nosotros decimos: Cristo es nuestra vida, esta frase tiene un sentido totalmente diferente; algo así como si el tronco dijera a la raíz: tú eres mi vida. Lo cual significa: sin Cristo no tenemos ya la vida.

De ello se desprende que todo lo que hacemos después del Bautismo, aunque exteriormente se parezca a lo que hacen los demás hombres, tiene un nuevo cuño; o dicho con más precisión, un cuño cristiano.

El bautizado ya no es el hijo de fulano y fulana, sino que, en Cristo, ha sido elevado a la filiación de Dios.

La nueva humanidad que surge en el Bautismo no consiste en una transformación de la esencia humana, de suerte que deje de ser hombre y se haga Dios. Lo que acaece en el Bautismo es una maravillosa elevación de la realidad humana, que coloca a ésta dentro de la vida y gloria de Dios, de tal manera que el bautizado, en cuanto hombre, vive entonces, en Cristo, la vida de Dios, como antes vivía la vida humana.

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Ahora bien, esta vida divina es vivida por el hombre todo entero, es decir, en cuerpo y alma; y es activa, espiritual y corporalmente.

La actividad del espíritu se manifiesta en las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, las cuales se confieren en el Bautismo.

Lo que caracteriza la misteriosa plenitud que el hombre recibe en el Bautismo es que su espíritu se coloca en situación de conocer a Dios con conocimiento divino, y de amar a Dios con amor divino.

A esta nueva estructuración del espíritu humano mediante las virtudes infusas, responde la nueva ordenación del cuerpo humano, por cuanto el cuerpo del bautizado entra en comunes destino y vida con Cristo resucitado, y alcanza, como en germen, la gloria de la resurrección corporal de Cristo; gracias al cual supera realmente la miseria de la carne; la cual superará definitivamente en la resurrección.

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¡Muerte y Vida! ¡Cuanta más muerte, más vida! No se puede servir al pecado y a Dios, al hombre viejo y al nuevo.

El cristianismo exige firmeza de carácter, virilidad, constancia, firmeza de principios, claridad de conducta, ánimo varonil en todas las obras.

Luchemos todos los días, cada vez con mayor coraje, hasta alcanzar una perfecta muerte y una perfecta vida. Esta última será nuestra definitiva herencia en la eternidad, cuando el Señor nos llame y nos diga: ¡Ea, siervo bueno y fiel! Puesto que has sido leal en lo poco, voy a colocarte al frente de lo mucho; entra en el gozo de tu Señor.

La muerte al pecado se realizó por vez primera en nuestro Santo Bautismo. Pero esta muerte debe ser mantenida, confirmada, renovada y afianzada todos los días, ininterrumpidamente.

Con un solo pecado de Adán perdimos de golpe todos los bienes sobrenaturales con que Dios había enriquecido nuestra naturaleza. Dios nos devuelve, por el Sacramento del Bautismo el don divino de la gracia, de la filiación divina; pero no se nos da con la misma efusión y plenitud con que lo poseyó Adán antes de su caída.

Por el Santo Bautismo se nos perdona el pecado original y se infunde en nuestra alma la gracia santificante. Sin embargo, él no destruye nuestra mala concupiscencia, nuestra naturaleza viciada.

Ella es la verdadera fuente del pecado, que amenaza constantemente con destruir y aniquilar nuestra vida divina. Ella es la que impide la rectitud de nuestra vida, la que entenebrece nuestra razón y la que nos pone en constante peligro de ser infieles a Dios.

El Bautismo moderó, calmó nuestra concupiscencia; pero no la suprimió. ¿Por qué la dejó subsistir?

– Para que, de ese modo, pudiésemos experimentar y comprobar todos los días nuestra corrupción natural.

– Para que aprendiéramos a comprender el hondo abismo de miseria y de ruindad moral que hay en nosotros.

– Para que, convencidos de esta desoladora realidad, no nos enorgulleciéramos, antes reconociésemos y confesásemos humildemente nuestra impotencia y nuestra pecabilidad.

– Para que nos asiésemos confiadamente a Dios y a su gracia.

– En fin, para que, en medio de nuestra constante lucha contra el poder del pecado, de las pasiones y de toda clase de seducciones, permaneciésemos, consciente y voluntariamente, fieles a Dios y conquistásemos las virtudes.

La muerte del pecado se realizó ciertamente en nuestro Santo Bautismo. Sin embargo, todavía permanece en nosotros la concupiscencia, y todos seguimos sintiendo la ley del pecado, que domina en nuestros miembros.

Por eso, nuestra muerte al pecado no es todavía terminante. Tenemos que hacerla definitiva a lo largo de nuestra existencia, mediante una constante lucha y oposición contra Satanás y mediante un viril y resuelto no a las tentaciones del diablo y a todas las seducciones de la carne y del mundo.

La vida divina, que recibimos el día de nuestro Santo Bautismo, se nos infundió entonces sólo como un germen. Este germen debe ser desarrollado y robustecido mediante la acción y el influjo constantes de la gracia del Espíritu Santo en nuestras almas.

Renovaos interiormente y revestíos del hombre nuevo, creado por Dios en justicia y santidad verdaderas, escribe San Pablo a los Efesios. La gracia, causa principal de nuestra vida divina, tiende al crecimiento, al desarrollo. Es un germen: el Reino de Dios en nosotros es semejante a un granito de mostaza, que pugna por convertirse en árbol frondoso y corpulento.

Nuestra perfección en la tierra consiste cabalmente en crecer y progresar cada vez más en la vida de la gracia y de las virtudes, o sea, en la gracia bautismal. Consiste en un constante adelantamiento espiritual.

En virtud del Santo Bautismo hemos sido hechos miembros de Cristo y estamos llamados a vivir su misma vida; pero no de un modo tibio y débil, sino de una manera tan pujante e intensa que nos transformemos paulatinamente en la misma imagen de Cristo, hasta que su gracia y sus virtudes resplandezcan en nosotros con toda su belleza y esplendor.

Es el Don que pedimos a María Santísima, Madre de la Divina Gracia.