MISTERIOS DE INIQUIDAD
SANGUIS CHRISTI, NOVI ET AETERNI TESTAMENTI
Sangre de Cristo, el Unigénito del Padre Eterno
Sangre de Cristo, Verbo de Dios Encarnado
Sangre de Cristo, del Nuevo y Eterno Testamento
De las Letanías de la Preciosísima Sangre
Con ocasión de su viaje a Colombia, el viernes 8 de septiembre de 2017, en Catama, Decimejorge pronunció, entre otras, estas frases:
En el Evangelio hemos escuchado la genealogía de Jesús, que no es una simple lista de nombres, sino historia viva, historia de un pueblo con el que Dios ha caminado y, al hacerse uno de nosotros, nos ha querido anunciar que por su sangre corre la historia de justos y pecadores, que nuestra salvación no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, una salvación de vida que camina. Esta larga lista nos dice que somos parte pequeña de una extensa historia y nos ayuda a no pretender protagonismos excesivos, nos ayuda a escapar de la tentación de espiritualismos evasivos, a no abstraernos de las coordenadas históricas concretas que nos toca vivir. También integra en nuestra historia de salvación aquellas páginas más oscuras o tristes, los momentos de desolación y abandono comparables con el destierro.
La mención de las mujeres —ninguna de las aludidas en la genealogía tiene la jerarquía de las grandes mujeres del Antiguo Testamento— nos permite un acercamiento especial: son ellas, en la genealogía, las que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento. En comunidades donde todavía arrastramos estilos patriarcales y machistas es bueno anunciar que el Evangelio comienza subrayando mujeres que marcaron tendencia e hicieron historia.
He destacado las palabras que ya han hecho correr mucha tinta y saliva, aunque todavía no sangre…, salvo la del mismo que las pronunciara.
No voy a entrar (al menos no por ahora, tal vez sí en otro artículo) en el tema de las dos genealogías de Nuestro Señor (una aportada por San Mateo, la otra por San Lucas).
Tampoco voy a profundizar en la explicación de la inclusión en la genealogía de Jesucristo de cuatro mujeres, a saber Tamar, Racab, Betsabée y Rut, tres de las cuales fueron pecadoras y la cuarta moabita.
Directamente, con la intención de iluminar las inteligencias, propongo una serie de conclusiones teológicas que orienten la reflexión de los lectores. Muchas otras cuestiones doctrinales se pueden considerar en los Especiales que diera en marzo y octubre de 2013.
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Conclusión: Fue convenientísimo que el Hijo de Dios asumiera una naturaleza humana procedente del linaje de Adán.
Consta expresamente en la Sagrada Escritura que Cristo procede del linaje de Adán (cf. Luc., 3, 23-38).
En absoluto, el Verbo Eterno hubiera podido encarnarse en una naturaleza humana creada de la nada expresamente para ello; o sea, sin venir al mundo por medio del género humano procedente de Adán; pero fue convenientísimo lo contrario por las siguientes razones:
a) Para la perfecta manifestación de la justicia. Debió satisfacer por el pecado la misma naturaleza humana que pecó en Adán, no otra.
b) Para la exaltación de la divina omnipotencia, realizando una obra tan excelsa y sublime, como la redención del mundo, valiéndose de una naturaleza humana, enferma y caída por el pecado, y elevándola a la dignidad altísima de la unión hipostática.
A la Objeción: Dice el Apóstol en Heb., 7, 26: Era conveniente que nuestro Sumo Sacerdote fuera separado de los pecadores. Pero estaría más separado de los pecadores si no hubiera asumido la naturaleza humana de la raza de Adán pecador. Luego da la impresión de que no debió asumir la naturaleza humana de la estirpe de Adán.
Santo Tomás responde: Cristo debió estar separado de los pecadores en cuanto a la culpa que venía a destruir, no en cuanto a la naturaleza a la que venía a salvar, según la cual debió asemejarse en todo a sus hermanos, como dice el propio Apóstol en Heb., 2, 17. Y por esto su inocencia es todavía más admirable, al lograr tanta pureza una naturaleza asumida de una masa infectada por el pecado.
Otra Objeción plantea que si el Hijo de Dios quiso asumir una naturaleza entre los pecadores, hubiera sido conveniente asumirla de entre los gentiles más que de la estirpe de Abraham, que fue justo.
La Respuesta arroja no poca luz sobre el tema planteado: Puesto que Cristo debía estar lo más separado posible de los pecadores en cuanto a la culpa, como logrando el grado sumo de inocencia, fue conveniente que desde el primer pecador se llegase a Cristo por medio de algunos justos, en los que brillasen algunos signos de la santidad futura. Por eso situó Dios en el pueblo del que Cristo había de nacer ciertos signos de santidad, que comenzaron con Abrahán, el primero en recibir la promesa de Cristo y la circuncisión, como signo de la alianza que iba a pactarse, como se dice en Gén., 17, 11.
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Conclusión: El Hijo de Dios no asumió un cuerpo aparente, etéreo o celeste, sino un cuerpo verdadero y real formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen María.
Es doctrina de fe, proclamada en el Símbolo de los apóstoles y definida en el Concilio de Calcedonia.
La razón teológica aporta un triple argumento:
a) El Verbo asumió la naturaleza humana completa, que consta de alma y cuerpo. Supuesta la conveniencia de que el Hijo de Dios asumiese una naturaleza humana, es consecuencia lógica que asumiese un cuerpo verdadero.
b) Con un cuerpo aparente no hubiera podido padecer y morir, ni realizar, por consiguiente, la Redención del mundo.
c) El Verbo, Verdad infinita, no pudo engañarnos presentándose con un cuerpo aparente: Ved mis manos y mis pies, que yo soy. Palpadme y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo (Luc., 24, 39).
Consecuencia mariológica. Luego la Santísima Virgen María es real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que concibió en sus purísimas entrañas y dio a luz verdaderamente al Verbo hecho carne.
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Conclusión: El Verbo asumió ciertamente la sangre de la naturaleza humana.
Dice el Apóstol San Pedro que hemos sido redimidos no con plata y oro corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de cordero sin defecto ni mancha (I Petr., 1, 18-19).
Y el Evangelista San Juan dice: La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos purifica de todo pecado (I lo., 1, 7).
Ahora bien, la sangre de Cristo no hubiera podido redimirnos ni purificarnos del pecado si no estuviera unida hipostáticamente al Verbo Eterno.
La razón es porque la sangre pertenece verdadera y propiamente a la integridad de la naturaleza humana.
Esto mismo se deduce del dogma de la Eucaristía, en la que adoramos la Sangre de Cristo, unida a su Cuerpo, Alma y Divinidad, desde la consagración y transubstanciación del pan.
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Conclusión: Jesucristo, en cuanto hombre, procede verdaderamente del linaje de Adán a través de Abraham, de Jacob y de David. Por eso en el Evangelio se le llama con frecuencia “hijo de David”.
Esta conclusión consta expresamente en numerosos textos de la Sagrada Escritura. Santo Tomás expone brevemente la razón (III, q. 31, a. 1 y 2):
Cristo tomó la naturaleza humana para purificarla de la corrupción. Pero la naturaleza humana no necesitaba de tal purificación sino en cuanto que estaba infectada por el origen viciado que traía de Adán. Y por eso fue conveniente que tomase carne de la naturaleza derivada de Adán, para que esa misma naturaleza quedase curada mediante la asunción.
Cristo es llamado hijo especialmente de dos de los antiguos patriarcas, a saber, Abrahán y David, como es manifiesto por Mt., 1, 1. Las razones de eso son varias.
Primera, porque a ellos se hizo especialmente la promesa de Cristo. A Abrahán le fue dicho en Gen., 22, 18: En tu descendencia serán bendecidas todas las gentes, lo que el Apóstol interpreta de Cristo, cuando escribe en Gal., 3, 16: Las promesas fueron hechas a Abrahán y a su descendencia. No dice «y a sus descendencias», como si fuesen muchas, sino que (lo dice) de uno solo, «y a tu descendencia», que es Cristo. Y a David se le dijo (Salmo 131, 11): Del fruto de tus entrañas pondré sobre tu trono. Por esto las multitudes de los judíos, recibiéndole honoríficamente como a rey, clamaban: Hosanna al Hijo de David (Mt., 21, 9).
Segunda, porque Cristo había de ser rey, profeta y sacerdote. Y Abrahán fue sacerdote, como es manifiesto por las palabras que le dirigió el Señor en Gén., 15, 9: Toma una vaca de tres años, etc. Fue también profeta, conforme a lo que se lee en Gén., 20, 7: Es profeta, y rogará por ti. David, a su vez, fue rey y profeta.
Tercera, porque con Abrahán comenzó la circuncisión por primera vez (Gén., 17, 10). Y en David se manifestó principalmente la elección de Dios, según palabras de I Sam., 13, 14: Se ha buscado el Señor un hombre según su corazón. Y por eso Cristo es llamado especialísimamente hijo de ambos, para demostrar que es salvación para los circuncisos y elección para los gentiles.
A la Objeción de que, si la carne de Cristo procediera de Adán, se seguiría que también Él estaría originalmente en Adán y habría contraído el pecado original, responde Santo Tomás:
El cuerpo de Cristo estuvo en Adán en cuanto a su sustancia corporal, es a saber, porque la materia corporal del cuerpo de Cristo provino de Adán; pero no estuvo en él en cuanto al aspecto seminal, puesto que tal materia corporal no fue concebida mediante el semen del varón. Y por eso no contrajo el pecado original, como acontece en los demás hombres, que provienen de Adán por medio del semen viril (a. 1, ad 3).
Cristo no tomó la carne del género humano sujeta al pecado, sino limpia de toda infección de pecado. Y así nada manchado cayó en la sabiduría de Dios (a. 7, ad 1).
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PAPEL DEL ESPÍRITU SANTO EN LA CONCEPCIÓN DE JESUCRISTO
Conclusión: La concepción de Cristo es obra de toda la Trinidad, pero se atribuye muy convenientemente al Espíritu Santo.
Como es sabido, las operaciones divinas hacia el exterior de la divinidad, o sea, las que se refieren, no a la vida íntima de Dios, sino a las criaturas (operaciones ad extra en lenguaje teológico), son comunes a las tres divinas Personas. Cuando Dios actúa hacia fuera, obra como uno, no como trino. Es doctrina completamente cierta en teología y enseñada expresamente por el magisterio de la Iglesia.
Con relación a la Encarnación del Verbo lo declaró expresamente el Concilio XI de Toledo (año 675): “Ha de creerse que la encarnación de este Hijo de Dios fue obra de toda la Trinidad, porque las obras de la Trinidad son inseparables” (D 284).
Sin embargo, la Sagrada Escritura, la misma Iglesia y el lenguaje común de los fieles atribuyen muy convenientemente el misterio de la Encarnación al Espíritu Santo.
Santo Tomás explica la razón (III, q 32, a 1):
La concepción de Cristo es obra de toda la Trinidad, pero se atribuye al Espíritu Santo por tres razones:
Primera porque concuerda admirablemente con la causa de la encarnación por parte de Dios, ya que el Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo. Pero que el Hijo de Dios tomase carne en el seno virginal no tiene otra causa que el amor inmenso de Dios, según las palabras de San Juan: «De tal modo amó Dios al mundo, que le dio a su Unigénito Hijo» (lo 3, 16).
Segunda porque si la naturaleza humana fue tomada por el Hijo de Dios en unidad de persona, no viene de méritos que tenga, sino únicamente de la gracia de Dios, la cual se atribuye al Espíritu Santo, conforme a las palabras de San Pablo: «Hay muchas divisiones de gracia, pero el Espíritu es el mismo» (I Cor 12, 4).
Tercera porque el término de la encarnación, o sea, el hombre que iba a ser concebido, habla de ser santo e Hijo de Dios. Una y otra cosa se atribuye al Espíritu Santo, pues Él nos santifica y por Él somos hechos hijos de Dios, según aquello de San Pablo: «Y porque somos hijos de Dios, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba!, ¡Padre!» (Gal 4, 6). Este mismo Espíritu es el «Espíritu de santificación» (Rom 1, 4), como dice también San Pablo.
ad 1: La obra de la concepción es ciertamente común a toda la Trinidad, pero en cierta manera se atribuye a cada una de las Personas. Al Padre se atribuye la autoridad sobre la persona del Hijo que, en virtud de tal autoridad, asumió para sí la concepción; se atribuye al Hijo la propia asunción de la carne; pero se atribuye al Espíritu Santo la formación del cuerpo que es asumido por el Hijo.
El Espíritu Santo es, en efecto, el Espíritu del Hijo, según Gal 4, 6: Envió Dios el Espíritu de su Hijo. Así como la virtud del alma que hay en el semen forma el cuerpo en la generación de los otros hombres mediante el poder encerrado en el semen, así el Poder de Dios, que es el propio Hijo, formó por el Espíritu Santo el cuerpo que tomó. Y esto demuestran también las palabras del ángel, cuando dice: El Espíritu Santo descenderá sobre ti (Lc 1,35), como para preparar y formar la materia del cuerpo de Cristo; y la Virtud del Altísimo, esto es, Cristo, te cubrirá con su sombra, es decir, según declara Gregorio en el libro 18 Moral: la luz incorpórea de la divinidad recibirá en ti un cuerpo humano, pues la sombra se forma de la luz y del cuerpo. Y se entiende por Altísimo el Padre, cuya Virtud es el Hijo.
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Conclusión: Cristo-hombre fue concebido en las entrañas virginales de María no por obra de varón, sino por la virtud del Espíritu Santo.
Es uno de los dogmas fundamentales del cristianismo, expresamente revelado por Dios en la Sagrada Escritura y solemnemente definido por la Iglesia.
Es una de las verdades más clara y reiteradamente afirmadas en la Sagrada Escritura:
“La concepción de Jesucristo fue así: Estando desposada María, su madre, con José, antes de que conviviesen se halló haber concebido María del Espíritu Santo” (Mt 1, 18).
“José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 20).
“Dijo María al ángel: ¿Cómo se realizará esto, pues yo no conozco varón? El ángel Le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 34-35).
Desde los más remotos tiempos fue incorporado este dogma al Símbolo de la fe:
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen (Dz 4, 5, 7).
El Concilio de Letrán (649) fulminó anatema contra los que se atreviesen a negar el misterio: “Si alguno no confiesa, de acuerdo con los Santos Padres, propiamente y según la verdad que el mismo Dios Verbo, uno de la santa, consubstancial y veneranda Trinidad, descendió del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María siempre virgen y se hizo hombre…, sea condenado” (D 255).
En todas las profesiones de fe propuestas por los Concilios a los herejes para ser admitidos de nuevo al seno de la Iglesia consta expresamente este dogma fundamental del cristianismo (cf. Dz 148, 422, 429, 708, 994, etc.).
La teología lo explica, mostrando su belleza sublime y su perfecta armonía con las luces de la razón.
El dogma de la concepción virginal de Cristo por obra del Espíritu Santo no puede ser, en efecto, más hermoso, y sublime. Lo reclaman así, conjuntamente, la dignidad del Verbo de Dios y la pureza inmaculada de María. Y la sana razón descubre sin esfuerzo su perfecta posibilidad, teniendo en cuenta que se trata de una concepción milagrosa, sobrenatural, y “nada hay imposible para Dios” (Lc 1, 37), como dijo el Ángel de Nazaret a la propia Virgen María al anunciarle el misterio inefable que se iba a realizar en Ella.
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PAPEL DE MARÍA EN LA CONCEPCIÓN DE JESUCRISTO
Como la concepción de Jesucristo fue del todo milagrosa y sobrenatural —por obra y gracia del Espíritu Santo—, cabe preguntarse: ¿qué papel correspondió a la Santísima Virgen en este inefable misterio?
Conclusión: Fue convenientísimo que el Hijo de Dios viniera al mundo encarnándose en una mujer.
“Mas, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción” (Gal 4, 4-5).
Santo Tomás da tres razones al exponer el argumento de conveniencia (III. q. 31, a. 4):
Aunque el Hijo de Dios hubiera podido tomar carne humana de cualquier materia que hubiese querido, fue sin embargo convenientísimo que la tomase de una mujer.
Primero, porque de este modo fue ennoblecida toda la naturaleza humana. De donde dice Agustín en el libro Octoginta trium Quaest.: La liberación del hombre debió manifestarse en los dos sexos. Luego, al convenir que asumiese al varón, por ser el sexo más noble, era también conveniente que se hiciese patente la liberación del sexo femenino, naciendo tal varón de una mujer.
ad 1: El sexo masculino es más noble que el femenino; por eso tomó la naturaleza humana en el sexo masculino. Sin embargo, para que el sexo femenino no fuese tenido en poco, fue conveniente que tomase carne de una mujer. Por lo que dice Agustín en el libro De agone christianos: Hombres, no os despreciéis a vosotros mismos: El Hijo de Dios tomó la naturaleza del varón. Mujeres, no queráis teneros en poco: El Hijo de Dios nació de una mujer.
Segundo, porque así se consolida la verdad de la encarnación. Por eso escribe Ambrosio en el libro De Incarnatione: Hallarás muchas cosas conformes con la naturaleza, y muchas por encima de ella. Pues fue conforme a la condición de la naturaleza haber estado en el seno de un cuerpo femenino; pero estuvo por encima de la condición natural el que una virgen concibió y procreó, para que creas que era Dios el que alteraba la naturaleza, y que era hombre el que nacía, conforme a la naturaleza, de un ser humano. Y Agustín, en la Epístola Ad Volusianum, dice: Si Dios omnipotente hubiera creado un hombre formado en cualquier parte, y no del seno de una mujer, presentándolo de improviso a las miradas de los hombres, ¿no hubiera confirmado una opinión errónea?; ¿y no se hubiera creído que no tomó la naturaleza humana en modo alguno?; y al hacer cosas maravillosas, ¿no hubiera destruido lo que hizo misericordiosamente? En cambio, ahora, de tal manera se ha manifestado como mediador entre Dios y el hombre que, juntando en la unidad de la persona ambas naturalezas, sublimó lo ordinario con lo insólito y moderó lo insólito con lo ordinario.
Tercero, porque de esta manera se completa toda la diversidad de la generación humana. En efecto, el primer hombre fue creado del limo de la tierra (Gen 2, 7), sin varón ni mujer; Eva fue hecha del hombre sin la mujer (Gen 2, 22); y los demás hombres son engendrados por el hombre y la mujer. De donde quedaba un cuarto modo como propio de Cristo: el nacer de la mujer sin el varón.
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Conclusión: Jesucristo fue concebido por la Bienaventurada Virgen María, suministrando Ella la materia que es necesaria para que la generación humana se efectúe por parte de la madre.
Escuchemos a Santo Tomás explicando esta doctrina (q. 31, a 5):
En la concepción de Cristo, una cosa hubo conforme al orden natural, que fue el haber nacido de mujer, y otra sobre el orden natural, que fue el haber nacido de virgen. Según el orden natural, en la generación la mujer suministra la materia, y el varón el principio activo de la generación.
La mujer que concibe de varón no es virgen, y así, en la generación de Cristo el modo sobrenatural estuvo en el principio activo, que fue la virtud sobrenatural divina; pero el modo natural estuvo en que la materia de que fue concebido el cuerpo de Cristo fue la misma materia que suministran las demás mujeres para la concepción de la prole.
Esta materia es la sangre de la mujer, pero no cualquier sangre, sino aquella que, por la virtud generativa de la madre, logra una transformación más perfecta que la vuelve apta para la concepción. Y de tal materia fue concebido el cuerpo de Cristo.
ad 1: Siendo la Santísima Virgen de la misma naturaleza que las demás mujeres, es natural que tuviera carne y huesos de esa misma naturaleza. Pero en las demás mujeres la carne y los huesos son las partes actuales de su cuerpo, de las que resulta la integridad del mismo, y de ahí que no puedan quitarse sin la corrupción o disminución del propio cuerpo. Y por esto el cuerpo de Cristo no debió ser formado de la carne o de los huesos de la Virgen, sino de su sangre, que todavía no es parte en acto, sino pura potencia, como se dice en el libro De Gen. Anim. Y por este motivo se dice que tomó carne de la Virgen, no porque la materia del cuerpo fuera carne en acto, sino porque lo era de la sangre, que es carne en potencia.
ad 3: El semen de la mujer no es apto para la generación, sino que es algo imperfecto en el género del semen, porque no pudo ser conducido hasta perfecto complemento del semen a causa de la imperfección de la facultad femenina. Y, por eso, tal semen no es una materia requerida necesariamente para la concepción, como dice el Filósofo en el libro De Gen. Anim.. Y por ese motivo no existió en la concepción de Cristo; sobre todo porque, a pesar de ser imperfecto en el género del semen, se emite, no obstante, con cierta concupiscencia, igual que el semen del varón. Pero en la concepción virginal no pudo tener lugar la concupiscencia. Y por eso dice el Damasceno que el cuerpo de Cristo no fue concebido por vía seminal.
Como María Santísima es verdaderamente Madre de Cristo y al mismo tiempo Virgen plenísimamente, es claro que en la concepción de Cristo han de concurrir todas aquellas cosas sin las cuales no habría verdadera maternidad, así como también debe excluirse todo lo que menoscabe en lo más mínimo la perfecta integridad de María.
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Profundicemos un poco más esta hermosa doctrina.
Conclusión: El cuerpo de Cristo fue formado de la purísima sangre de la Bienaventurada Virgen María.
1º) Sagrada Escritura:
Gálatas (4, 4): At ubi venit plenitudo temporis, misit Deus Filium suum factum ex muliere, factum sub lege (Mas cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de mujer, puesto bajo la Ley).
Se deduce de este pasaje que Cristo recibió carne no sólo en María, sino de María; ni de María en cualquier modo, sino de María Madre, esto es, de María que suministró, al igual de otras mujeres, lo que ellas suministran como madres.
2º) Santos Padres:
San Beda dice: «Ni se ha de oír a aquellos que piensan: nacido de mujer, sujeto a la ley, porque fue concebido del vientre virginal tomando carne, no de la nada, sino carne de su madre».
San Juan Damasceno: «El Hijo de Dios, de la casta y purísima sangre de la Virgen unió estrechamente a sí mismo la carne animada con alma racional e inteligente».
3º) Razón teológica:
a) La concepción de Cristo, aunque milagrosa por parte del principio activo, fue natural de parte de la Madre, por cuanto que de ella se tomó una sustancia semejante a la que otras madres suministran para la concepción de la prole. La materia que las otras madres prestan en la generación es la sangre, no cualquiera, sino la preparada al efecto de la generación.
b) Por tanto, se ha de rechazar la sentencia de aquellos que dicen que el cuerpo de Cristo fue formado de cierta partícula del cuerpo de Adán.
Pues:
α) Esta sentencia no tiene fundamento alguno ni en la Escritura ni en la tradición.
β) En ese caso Cristo no sería hijo de David ni de Abraham, ni éstos serían verdaderos progenitores suyos, sino solamente transmisores de esta partícula del cuerpo de Adán.
γ) Ni Cristo sería Hijo de la Virgen, por lo mismo que su cuerpo no habría sido formado de la sustancia de María, sino de esa partícula de Adán que al tiempo de la formación de Cristo se hubiera encontrado en el cuerpo de la Virgen.
δ) Finalmente, el cuerpo de Cristo no se relaciona con el de Adán ni con los de los otros progenitores suyos sino mediante el de su Madre.
El cuerpo de la Bienaventurada Virgen no estuvo en el de sus padres según una materia determinada, sino por la razón misma que lo están los de todos los hijos en los de sus propios padres, porque ella también fue concebida por natural generación, pues de otro modo no hubiera estado sujeta al débito del pecado original.
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Conclusión: La Bienaventurada Virgen María cooperó remotamente a la redención del género humano.
Esta verdad de fe consta:
1º) Sagrada Escritura: Aunque no se encuentre en ella expresamente dicho que María cooperó remotamente a la redención, sin embargo, explícita y claramente se dice que es Madre de Cristo (Mt. 1, 18), Madre del Señor (Lc. 1, 43), Madre de Jesús (Jn. 2, 11), en donde la palabra madre se toma en sentido propio, tal como el Ángel Gabriel se lo había anunciado a María: He aquí concebirás en tu-seno y parirás un hijo, y llamarás su nombre Jesús (Lc. 1, 31).
Ahora bien, Jesucristo, según la doctrina de la misma Sagrada Escritura, es el Redentor del mundo, como queda demostrado.
Luego María es su Madre, y por lo mismo cooperó remotamente a la redención, en cuanto que realmente Ella fue la que dio al mundo su Redentor.
2º) Santos Padres y escritores de la Iglesia:
San Epifanio dice: «El origen y principio de todo el género humano en la tierra es de Eva; pero de María Virgen es el haber introducido la misma vida en el mundo, ya que, pariendo al que es la misma vida, es Madre de los que viven».
San Agustín: «Pienso, más aún, creo ciertamente que, siendo criatura, diste a luz al Creador; siendo esclava, engendraste a tu Señor, para que Dios redimiera al mundo por ti, le iluminara por ti y por ti le volviese nuevamente a la vida».
Y en otro lugar: «La muerte por la mujer, y por la mujer la vida: por Eva la destrucción, por María la salud. Aquélla, corrompida, siguió al seductor; ésta, toda pura, nos da a luz al Salvador del mundo. Aquélla tomó con gusto la venenosa bebida de la serpiente y la ofreció a su marido, y de aquí que los dos merecieron la muerte; ésta, por gracia infusa del cielo, produjo la vida, por la que pudiera resucitar la carne muerta».
San Fulgencio: «María es la ventana del cielo por donde Dios hizo pasar al mundo la verdadera luz; es la celestial escala por la que el mismo Dios bajó a la tierra…; es la gloria y restauración de la mujer, ya que por ella quedó libre de la maldición primera».
San Ildefonso, arzobispo de Toledo, prorrumpe en estas bellísimas palabras: «Concédeme el saber unirme a Dios y a ti, servirte a ti y a tu Hijo…: a éste como a Dios, a ti como a Madre de Dios; a Él como a Redentor mío, a ti como a la obra de mi propia redención. Pues lo que Él hizo en mi redención lo formó en la verdad de tu persona. Lo que, como Redentor, hizo para mí, hízolo para ti como Hijo. Lo que ofreció como premio de mi rescate fue su encarnación en tu propio seno».
Ricardo de San Lorenzo escribe: «Madre de la vida, es decir, de Cristo, por la cual viven todos, ya que, al engendrarla, reengendró a todos los que de algún modo habían de triunfar por ella».
San Dionisio el Cartujano: «Salvadora del mundo, porque concibió y dio a luz, amamantó y estrechó contra su pecho al que llevó a cabo la restauración de todo el orbe».
3º) Razón teológica:
a) Lo que es causa de la causa, es, en realidad, causa del efecto producido por ésta. Luego si María es Madre del Redentor, fue necesariamente causa de nuestra vida y reparación en su propio Hijo, Cristo Jesús.
b) Y es verdad que María, engendrando a Cristo para nosotros, suministró la materia de la cual había de pagarse el precio de nuestro rescate, a saber, la carne o naturaleza humana, en la que Cristo pudiera padecer y morir, avalorando sus padecimientos con el valor y dignidad infinita de su persona.
Por eso dijo muy bien Santo Tomás de Villanueva: «Cristo pagó el precio del rescate, pero esta mujer (María) le dio de donde pudiera pagarlo. Él es el Redentor, pero de María recibió lo que había de entregar para redimirnos. ¡Oh, cuán obligados nos tienes, Virgen bendita!; ¿qué podríamos darte en retorno de tanto beneficio?».
En efecto, nuestra redención procede de la Madre no menos que del Padre; de la Madre tuvo el poder merecer, y del Padre recibió la infinitud que habían de tener aquellos merecimientos. Ni el Hijo de Dios podría merecer para nosotros si no fuese hombre, ni el Hijo de María podría tampoco merecernos nada si no fuera Dios. Y advierte la diferencia: el Padre no dio al Hijo el ser Dios para redimirnos; María, en cambio, dio el ser hombre al Hijo del Padre, precisamente para ser el Redentor de todos nosotros. Sin embargo, el Padre entregó al Hijo para la redención, porque de tal modo amó a los hombres, que les dio a su Hijo unigénito; y la Madre le entregó también para esto mismo.
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DE LA COOPERACIÓN DE MARÍA RESPECTO A LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA
De lo dicho se colige fácilmente que la Santísima Virgen, Madre de Dios, contribuyó no poco a la institución en beneficio nuestro de la Santísima Eucaristía, la cual ha sido llamada, no sin razón, por San Gregorio Niseno, Misterio de la Virgen.
Pero conviene determinar, en cuanto sea posible, la intervención de la Santísima Virgen en este misterio, estudiando al mismo tiempo las admirables y dulcísimas relaciones existentes entre la Santísima Virgen y la Sagrada Eucaristía.
Este era el deseo de Su Santidad Pío XI, quien, con ocasión del Congreso Eucarístico de Sidney, en Australia, el año 1928, escribió al Emmo. Cardenal Cerretti, legado apostólico, estas palabras: «Sabemos que en el Congreso de Sidney habrá de ir unido al culto de la Santísima Eucaristía el de la Virgen, Madre de Dios, ya en las sagradas solemnísimas funciones, ya principalmente en las reuniones que han de celebrarse. Pues, entre otras cosas, existe el propósito de esclarecer, por medio del trabajo y el estudio diligente de controversistas y oradores, las relaciones que median entre María Virgen y la Santa Eucaristía, de las cuales no poco puede encontrarse en la liturgia de la Iglesia y en los escritos de los Padres y otros santos».
Conclusión: La Virgen Bienaventurada cooperó remotamente a darnos la Santísima Eucaristía, en cuanto que el Cuerpo de Cristo fue formando, por la virtud del Espíritu Santo, de su sustancia materna.
El Cuerpo de Cristo que está realmente presente en la Sagrada Eucaristía es el mismo Cuerpo de Cristo que nació de la Virgen.
1º) Profesión de fe, impuesta a Berengario por el Sumo Pontífice Gregorio VII, en la que, como verdad de fe, se afirma que el cuerpo de Cristo en la Eucaristía es el verdadero cuerpo de Cristo que nació de la Virgen: «Yo, Berengario, creo de corazón y confieso de palabra que el pan y el vino que se ponen en el altar, por el misterio de la oración sagrada y por las palabras de nuestro Redentor, se convierten en la verdadera y propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo, Señor nuestro, y que después de la consagración es el verdadero cuerpo de Cristo, que nació de la Virgen y que, ofrecido por la salvación del mundo, estuvo pendiente en la cruz».
2º) Del mismo modo, en las Letras apostólicas de Su Santidad Pío XI de 4 de octubre, de 1926 al arzobispo de Toledo, con ocasión del Congreso Eucarístico Nacional celebrado en aquella ciudad, se dice: «Es, pues, necesario que los fieles recuerden que el cuerpo de Cristo, con el cual dichosamente nos alimentamos, es aquel mismo que nació de la Virgen para la salud del mundo».
3º) Santos Padres:
San Ambrosio dice: “Este cuerpo que consagramos procede de la Virgen. Verdadera carne de Cristo, que fue crucificada y sepultada; es con toda verdad sacramento de aquella carne. El mismo Señor Jesús es quien exclama: Esto es mi cuerpo”.
San Agustín enseña: “Recibió carne de la carne de María. Y porque anduvo entre nosotros en la misma carne, nos la dio a comer para salvarnos”.
San Martín de León: «Dichosa ciertamente y digna de toda alabanza es esta siempre Virgen, que dio al mundo el pan celeste, es decir, Cristo, de quien los ángeles en el cielo se alimentan. De sí misma dio al mundo el pan vivo de que se sustentan las almas de los fieles».
San Juan Damasceno: «El cuerpo unido a la Divinidad es verdaderamente el que nació de la Santísima Virgen; no que descienda del cielo el cuerpo que allí ascendió, sino que el mismo pan y vino se convierten en el cuerpo y sangre del Señor».
Y San Pedro Damiano exclama: “Ahora, dilectísimos hermanos, ahora os ruego que penséis lo mucho que debemos a esta dichosísima Madre de Dios y la inmensa gratitud con que después de Dios le estamos obligados; pues aquel mismo cuerpo que la bienaventurada Virgen engendró, que calentó en su seno, que envolvió en pañales, que alimentó con maternal cuidado… le recibimos ahora del sagrado altar y bebemos su sangre en el sacramento de nuestra redención”.
4º) Sagrada liturgia: «Dado y nacido para nosotros de la purísima Virgen». «Dios te salve, cuerpo verdadero, nacido de María Virgen, verdaderamente atormentado e inmolado en la cruz por el hombre.»
5º) Razón teológica: De hecho, y supuesta la institución de este Sacramento tal como la hiciera Jesucristo, la presencia sacramental de Cristo depende hoy de su presencia natural en el Cielo según su propia especie; pues la causa de la presencia de Cristo en la Eucaristía es la transustanciación, por la cual se hace la conversión en un ser preexistente no mudado ni modificado.
De donde resulta que el término directo de la transustanciación es el mismo cuerpo de Cristo, nacido de la Santísima Virgen María, que estuvo pendiente en la Cruz ofrendado para la salud del mundo, ahora resucitado y glorioso en el Cielo, sentado a la derecha del Padre; y la Sangre de Cristo que está realmente presente en la Sagrada Eucaristía es la misma y la verdadera Sangre de Cristo, que fluyó de su costado.
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Conclusión: La Virgen Bienaventurada cooperó, pues, remotamente a damos la Santísima Eucaristía; pero no en cuanto que la Carne de Cristo allí verdaderamente presente sea la mismísima carne de María, Madre de Dios.
Por el hecho de que la Santísima Virgen diese la substancia de su carne para que en sus purísimas entrañas se formase el Cuerpo de Cristo por virtud del Espíritu Santo, no se sigue de aquí que se pueda decir que la Carne y la Sangre de Jesucristo sean la mismísima carne y sangre de María.
Con mucha mayor razón no puede decirse que por sus venas corre sangre pagana…
He aquí las razones:
a) Porque, aunque la carne de Cristo fue tomada de la purísima substancia de María Santísima, sin embargo, una vez puesta bajo la forma substancial, que es el alma de Cristo, y unida al Verbo de Dios, dejó de ser formalmente carne de María, puesto que por una parte fue cambiada substancialmente al advenir la nueva forma (el alma de Cristo), y, por otra, empezó desde ese instante a pertenecer a la Persona divina de Cristo, pues es propio del supuesto poseer todo lo que hay en la naturaleza que por él subsiste.
b) Por lo mismo, no debe decirse que en Cristo hay algo que es de María, sino que Cristo fue concebido de María Virgen, y, por tanto, en Cristo no está la carne (sangre) de María, sino la de Cristo tomada de la Santísima Virgen (Benedicto XIV, l. c.).
CONCLUSIÓN
La Primera Alianza se estableció con Abraham. Con el Mesías comienza la Nueva y Eterna Alianza.
Jesucristo inaugura la Nueva y Eterna Alianza sellada en su Sangre.
Como dice San Pablo: Mas venida la fe, ya no estamos bajo el ayo, por cuanto todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo estáis vestidos de Cristo. No hay ya judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón y mujer; porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús. Y siendo vosotros de Cristo, sois por tanto descendientes de Abrahán, herederos según la promesa. (Gal 3, 25-28).
En Cristo no hay ya ni judío ni griego…
Dice aún más San Pablo:
Revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos. (Col., 3, 9).
Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad. (Gál., 5, 6).
Tengamos en cuenta que el Espíritu Santo quiso que la genealogía de Nuestro Señor dada por San Lucas se remonte hasta Dios: Y el mismo Jesús era, en su iniciación, como de treinta años, siendo hijo, mientras se creía de José, de Helí, de Matat (…) de David (…) de Abrahán (…) de Sem, de Noé (…) de Set, de Adán, de Dios.
Y San Juan comienza su Evangelio señalando la generación y filiación eternas del Verbo: In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum... Et Verbum caro factum est…
Por lo tanto, la Sangre de Nuestro Señor, la que corre por sus venas, fue, es y será sangre divina, tomada de la Purísima Señora y asumida por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
La Sangre de Jesucristo es la Sangre del Nuevo y Eterno Testamento, Misterio de Fe…
Concluyamos con textos fundamentales tomados de la Carta de San Pablo a los Hebreos:
Así Cristo no se exaltó a Sí mismo en hacerse Sumo Sacerdote, sino Aquel que le dijo: “Mi Hijo eres Tú, hoy te he engendrado.” Así como dice también en otro lugar: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.”
(…)
Este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, es el que salió al encuentro de Abrahán, cuanto este volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo. A él también repartió Abrahán el diezmo de todo; y su nombre se interpreta, primero, rey de justicia, y luego también, rey de Salem, que es rey de paz.
El cual, sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de días ni fin de vida, fue asemejado al Hijo de Dios y permanece sacerdote eternamente.
Y considerad cuán grande es éste a quien el patriarca Abrahán dio una décima parte de los mejores despojos. Cierto que aquellos de los hijos de Leví que reciben el sacerdocio tienen el precepto de tomar, según la Ley, el diezmo del pueblo, esto es, de sus hermanos, aunque estos también son de la estirpe de Abrahán; pero aquel que no es del linaje de ellos tomó diezmos de Abrahán y bendijo al que tenía las promesas. Ahora bien, no cabe duda de que el menor es bendecido por el mayor. Y aquí por cierto los que cobran diezmos son hombres que mueren, mas allí uno de quien se da testimonio que vive. Y por decirlo así, también Leví, el que cobra diezmos, los pagó por medio de Abrahán, porque estaba todavía en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro.
Si, pues, la perfección se hubiera dado por medio del sacerdocio levítico, ya que bajo él recibió el pueblo la Ley ¿qué necesidad aun de que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedec y que no se denominase según el orden de Aarón?
Porque cambiándose el sacerdocio, fuerza es que haya también cambio de la Ley. Pues aquel de quien esto se dice, pertenecía a otra tribu, de la cual nadie sirvió al altar. En efecto, manifiesto es que de Judá brotó el Señor nuestro, de la cual tribu nada dice Moisés cuando habla de sacerdotes.
Esto es todavía mucho más manifiesto si a semejanza de Melquisedec se levanta otro sacerdote, constituido, no según la ley de un mandamiento carnal, sino conforme al poder de una vida indestructible; pues tal es el testimonio: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.”
Queda, por tanto, abrogado el mandamiento anterior, a causa de su flaqueza e inutilidad, pues la Ley no llevaba nada a la perfección, sino que introdujo una esperanza mejor, por medio de la cual nos acercamos a Dios.
Y por cuanto no fue hecho sin juramento —pues aquellos fueron constituidos sacerdotes sin juramento, mas Éste con juramento, por Aquel que le dijo: “Juró el Señor y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre—”, de tanto mejor pacto fue constituido fiador Jesús.
Y aquellos fueron muchos sacerdotes, porque la muerte les impedía permanecer, mas Éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio sempiterno. Por lo cual puede salvar perfectamente a los que por Él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos.
Y tal Sumo Sacerdote nos convenía: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y encumbrado sobre los cielos, que no necesita diariamente, como los Sumos Sacerdotes, ofrecer víctimas, primero por sus propios pecados, y después por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez, ofreciéndose a sí mismo.
(…)
Lo capital de lo dicho es que tenemos un Pontífice tal que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos; ministro del santuario y del verdadero tabernáculo, que hizo el Señor y no el hombre.
(…)
Él ha alcanzado tanto más excelso ministerio cuanto mejor es la alianza de que es mediador, alianza establecida sobre mejores promesas.
Porque si aquella primera hubiese sido sin defecto, no se habría buscado lugar para una segunda.
(…)
Al decir una alianza nueva, declara anticuada la primera; de modo que lo que se hace anticuado y envejece está próximo a desaparecer.
(…)
Cristo, empero, al aparecer como Sumo Sacerdote de los bienes venideros, entró en un tabernáculo más amplio y más perfecto, no hecho de manos, es decir, no de esta creación; por la virtud de su propia sangre, y no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, entró una vez para siempre en el Santuario, después de haber obtenido redención eterna.
Porque si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de la vaca santifica con su aspersión a los inmundos y los purifica en la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, que por su Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mácula a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis a Dios vivo?
Por esto Él es mediador de un pacto nuevo a fin de que, una vez realizada su muerte para la redención de las transgresiones cometidas durante el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna.
(…)
Porque no entró Cristo en un santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el mismo cielo para presentarse ahora delante de Dios a favor nuestro, y no para ofrecerse muchas veces, a la manera que el Sumo Sacerdote entra en el santuario año por año con sangre ajena. En tal caso le habría sido necesario padecer muchas veces desde la fundación del mundo; mas ahora se manifestó una sola vez en la consumación de las edades, para destruir el pecado por medio del sacrificio de sí mismo. Y así como fue sentenciado a los hombres morir una sola vez, después de lo cual viene el juicio, así también Cristo, que se ofreció una sola vez para llevar los pecados de muchos, otra vez aparecerá, sin pecado, a los que le están esperando para salvación.
(…)
Por lo cual dice al entrar en el mundo: “Sacrificio y oblación no los quisiste, pero un cuerpo me has preparado. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo —así está escrito de Mí en el rollo del Libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad.”
Habiendo dicho arriba: “Sacrificios y oblaciones, y holocaustos por el pecado no los quisiste, ni te agradaron estas cosas que se ofrecen según la Ley”, continuó diciendo: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad”; con lo cual abroga lo primero, para establecer lo segundo.
En virtud de esta voluntad hemos sido santificados una vez para siempre por la oblación del cuerpo de Jesucristo.
(…)
Teniendo, pues, hermanos, libre entrada en el santuario, en virtud de la sangre de Jesús; un camino nuevo y vivo, que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y un gran sacerdote sobre la casa de Dios, lleguémonos con corazón sincero, en plenitud de fe, limpiados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura.
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Oración de las Letanías de la Preciosísima Sangre de Jesús: Señor Dios todopoderoso y eterno, que has constituido a tu Hijo Unigénito por Redentor del mundo, y quisiste ser aplacado por su Sangre, concédenos, te suplicamos, que así como veneramos el precio de nuestra salvación, por su virtud seamos defendidos en la tierra de los males de la vida presente, de modo que alcancemos el gozo de sus frutos eternamente en el Cielo.
Padre Juan Carlos Ceriani

