Conservando los restos
ELEMENTOS LITÚRGICOS

“La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”
LAS VESTIDURAS Y ORNAMENTOS SAGRADOS Y LOS COLORES LITÚRGICOS
1. Su origen
Con su raigambre en las antiguas vestiduras de los nobles griegos y romanos, y en los ornamentos sacerdotales y levíticos de la Antigua Ley, la indumentaria litúrgica destinada a la celebración de los Santos Misterios de nuestra Fe, entrañan, además del carácter distintivo en el orden de los ministros, un altísimo sentido espiritual.
Destinadas a espiritualizar la forma corporal, las vestiduras talares presentan a los ministros sagrados diferenciados de la forma de vestir del seglar. La Santa la Iglesia, por medio de su Liturgia, reviste a sus ministros —por encima de su propio hábito religioso— con otro ropaje propio de las acciones sagradas.
El sacerdote sube al altar revestido o sobrevestido por la Iglesia para que ofrezca la Víctima Inmaculada.
En el capítulo 39 del Éxodo se describen las vestiduras sagradas para el servicio del santuario, las del sacerdote Aarón y las de sus hijos para las funciones sacerdotales.
Y se dice que “Los hijos de Israel habían hecho todas sus obras conforme a lo que Yahvé había mandado a Moisés” (Éxodo, 39, 42). En Ezequiel 44, 17-20 se lee que los sacerdotes, después de entrar por las puertas del atrio interior, vestirán ropas de lino, y no llevarán sobre sí cosa de lana al ejercer su ministerio dentro de las puertas del atrio interior y en la Casa. Tendrán turbantes de lino sobre su cabeza, y calzoncillos de lino sobre sus lomos; y evitarán ceñirse de tal modo que entren en sudor. Y cuando salieren al atrio exterior, al pueblo que está en el atrio exterior, se quitarán sus vestimentas en las cuales ordinariamente ejercen su ministerio, las depositarán en las cámaras del Santuario, y se pondrán otros vestidos, para no consagrar al pueblo con estas vestimentas suyas.
Santo Tomás, hablando de las vestiduras usadas por los sacerdotes en la Antigua Alianza, enseña:
Era intención del legislador inducir a la reverencia del culto divino, y esto de dos maneras: la primera, excluyendo de él cuanto fuera vil y despreciable; luego, empleando en el culto divino cuanto pudiera realzar su magnificencia.
Y si esto debía observarse en el tabernáculo, y en los vasos sagrados, y en las víctimas que se inmolaban, mucho más en los ministros.
Así, para alejar de ellos cuanto los hiciera despreciables, se mandaba que no tuvieran mácula o defecto corporal, pues es ordinario que éstos engendren el desprecio entre los hombres.
Por la misma causa se ordenó que no de cualquier linaje fueran destinados al culto de Dios, sino de uno determinado por sus generaciones, para que así fueran tenidos por más ilustres y nobles.
Para que fueran tenidos en mayor respeto, se les concedía especial ornato en los vestidos y una consagración especial. Y ésta es la razón común del ornato de los vestidos.
En particular, conviene saber que el pontífice tenía sus ornamentos, que constaban de ocho piezas:
Una túnica de lino; otra color escarlata, que en el extremo inferior tenía una franja con campanillas y manzanas hechas de jacinto, púrpura y escarlata teñida dos veces.
Tercero, tenía el superhumeral, que cubría los hombros y por delante hasta el ceñidor, que era de oro, jacinto, púrpura, escarlata teñida dos veces y batista retorcida. Sobre los hombros llevaba dos piedras de ónice en que estaban esculpidos los nombres de los hijos de Israel.
El cuarto es el racional, hecho de la misma materia, de forma cuadrada, que se colocaba sobre el pecho y se ceñía con el superhumeral. En el racional había doce piedras preciosas, distribuidas en cuatro series, en las cuales estaban también esculpidos los nombres de los hijos de Israel, como para indicar que llevaba el peso de todo el pueblo, por cuanto llevaba sus nombres sobre los hombros, y que debía vivir preocupado de su salud, pues los llevaba sobre el pecho, como si dijéramos, en el corazón. En el racional mandó Dios poner también las palabras doctrina y verdad, pues llevaba escritas en él cosas tocantes a la verdad de la justicia. Los judíos fantasean y dicen que en el racional había una piedra que mudaba de color según los varios sucesos que debían acontecer a los hijos de Israel, y a ésta llamaban la virtud y la doctrina.
En quinto lugar venía el ceñidor, hecho de los cuatro elementos antes dichos.
El sexto era la tiara o mitra, hecha de lino.
El séptimo era la lámina de oro sobre la frente, en que estaba escrito el nombre Yahveh.
El octavo eran los calzones de lino para cubrir las partes naturales cuando se allegaba al santuario o al altar.
De estas ocho piezas, los simples sacerdotes tenían cuatro: la túnica de lino, los calzones, el ceñidor y la tiara.
La razón literal de estos ornamentos la declaran algunos diciendo que en ellos iba designada la disposición del mundo, como si el pontífice protestase ser ministro del Creador. Así se dice en Sab. 18, 24 que en los vestidos de Aarón estaba descrito el orbe de la tierra, pues los calzones de lino figuraban la tierra, de que nace el lino; la túnica de jacinto significaba, con su color, el aire y con las campanillas los truenos, los relámpagos con las granadas; el superhumeral significaba con su variedad el cielo sidéreo; los dos ónices, los dos hemisferios o el sol y la luna; las doce piedras que llevaba en el pecho, los doce signos del zodíaco, que se decían puestos en el racional porque en el cielo están las causas de los fenómenos de la tierra, según aquello de Job 38, 33: ¿Conoces acaso el orden del cielo y su influjo sobre la tierra?
La tiara significa el cielo empíreo; la lámina de oro, a Dios, presente en todas las cosas.
La razón figurativa es clara. Las manchas y defectos corporales, de que los sacerdotes debían estar exentos, significan los diversos vicios y pecados de que debían carecer.
(…) Los ornamentos significan las virtudes de los ministros. Cuatro son las virtudes necesarias a todos los ministros: la castidad, significada por los calzones; la pureza de vida, por la túnica de lino; la moderación de juicio, por el cinturón; la rectitud de intención, por la tiara, que protege la cabeza.
Fuera de éstos, el pontífice debía poseer una memoria continua de Dios en la contemplación, designada por la lámina de oro con el nombre de Yahveh en la frente; soportar las flaquezas del pueblo, lo que significa el superhumeral; llevar al pueblo en su corazón y en sus entrañas por la solicitud de la caridad, significada en el racional; tener una conducta celestial por la perfección de sus obras, designada por la túnica de jacinto. A ésta se añaden las campanillas de oro, que significan la doctrina de las cosas divinas que debe acompañar a la conducta celestial del pontífice. Finalmente, se añadían las granadas, que expresan la unidad de la fe y la concordia en las buenas costumbres, porque de tal modo han de ir unidas en el pontífice estas cosas, que por la ciencia no se quiebre la unidad de la fe y de la concordia. (I-II, q. 102, a.5, ad 10).
2. Dos clases de ornamentos
Tomando los ornamentos tal como hoy existen, podemos clasificarlos en dos grupos: unos que son de lino puro y siempre de color blanco, y otros que siempre son de seda o de hebras de oro o plata, y cuyo color varía según las solemnidades.
3. Vestiduras blancas
Entran en esta categoría: el amito, el alba, el roquete y la sobrepelliz, los corporales, el purificador, la palia, el manutergio o lavabo y todos los manteles del altar.
El amito cubre los hombros y parte de las espaldas de los sacerdotes seglares y la capucha de ciertos religiosos, y primitivamente debió servir para proteger la garganta y la cabeza contra los fríos, y para tapar el escote de la túnica.
Hoy sólo es una vestidura simbólica y como el casco de protección espiritual del sacerdote contra las impugnaciones diabólicas, y una exhortación al buen uso de la lengua, según se desprende del Misal y del Pontifical.

El amito se elevó con el tiempo, de una pieza de uso ordinario, a una prenda aristocrática y hasta un distintivo del Romano Pontífice. El fanón, que el Papa solía usar en las Capillas Papales además del amito, es el amito primitivo.
La Iglesia lo prescribió después del siglo VIII. Hoy el amito es un paño de lino, no de seda ni algodón, blanco, sencillo, bordado o calado, con una cruz en medio, que el celebrante besa al ponérselo, y dos cintas con que se sujeta a la cintura.
Desde el siglo XI se cubría primero con el la cabeza y al terminar de revestirse el celebrante lo recogía sobre el cuello, como aún se hace en el rito ambrosiano.
El amito monástico tiene la forma de una capucha y de esa manera cubre perfectamente la capucha de su hábito monacal al endosarlo y así lo deja hasta llegar al altar que es cuando lo deja caer sobre la casulla.
Místicamente el amito simboliza el casco de salvación del guerrero —galea salutis—, y al ponérselo el celebrante dice: “Impón, ¡oh Señor! en mi cabeza el casco de la salvación para defenderme de los asaltos diabólicos.”
Significa también el cuidado que se ha de tener en el hablar, porque es señal de sabiduría y prudencia saber hablar y saber callar.
El alba, que es una amplia túnica que cubre al celebrante de arriba a abajo y se sujeta a la cintura con un cíngulo, simboliza la pureza del corazón que el sacerdote ha de llevar al altar.

En el siglo IX aparecieron albas adornadas que se hicieron habituales a partir del XII, llenas de aplicaciones y bordados por delante y por detrás, en el cuello y en las mangas.
En el siglo XVII eran corrientes las adornadas con puntillas primorosas, costumbre que ha pervivido hasta nuestros días. En Italia y con la intención de resaltar aún más esos trabajos de encaje, además de los obispos, también los diversos prelados curiales y los párrocos tienen el privilegio de colocar un paño de seda roja como trasfondo que la hace más vistosa.
El cíngulo, es un ceñidor del alba para que esta no arrastre y así deje libres los movimientos del que la lleva, sin peligro de tropezar.

Lo usaban los senadores romanos para ceñir la túnica “lacticlavia”. La forma usual es la de un cordón, pero también hubo y hay aún en forma de fajín o cinturón. La materia corriente es el lino, los hay también de seda, lana y algodón.
Ordinariamente es de color blanco, pero se pueden usar del color litúrgico del día, y muchos acaban hoy con hermosas borlas de flecos con hilos de plata y oro.
El cíngulo denota la prontitud que deben tener los ministros de la Iglesia para cumplir sus deberes. Cristo dijo a sus discípulos: “Ceñid vuestros lomos” con lo cual dio a entender esa virtud de estar siempre dispuestos a esperar a su Señor para cumplir órdenes y servirlo.
Es símbolo de penitencia y mortificación, de fe y justicia, de castidad y de humildad, de vigilancia y de fortaleza.
El roquete y la sobrepelliz son albas recortadas que se usan, fuera de la Misa, en algunos ministerios.
La sobrepelliz o cotta —que en griego significa túnica pequeña— es un vestido que antiguamente llegada hasta las rodillas con mangas largas y anchas. Las que hoy se usan en Roma llegan un poco más debajo de la cintura y se ven muchas veces prolongadas por hermosos encajes de puntillas llamados “pizzi”, y aunque son de mangas anchas sin duda son más cortas que las antiguas. Parece ser que es una reducción del alba y se llama sobrepelliz por vestirse sobre los hábitos corales de pieles que usaban los eclesiásticos en el coro para protegerse del frío.

Los sobrepellices han de servir para dar la comunión, para exponer el Santísimo y administrar los sacramentos, para predicar, en las procesiones o exequias, en muchas.
Al roquete, algunos lo confunden con la sobrepelliz; pero es diverso, porque las mangas han de ser estrechas y largas como las del alba. Es propia de los obispos, canónigos y religiosos que tienen facultad para ello. La palabra roquete sin duda deriva de las palabras hebreas “rah” y “chutan” que significa “vestido hermoso de lino”.
Los corporales, sobre los cuales se coloca el cáliz y la patena y se consagra la Sagrada Eucaristía, recuerdan los lienzos blancos que cubrieron el cuerpo difunto de Nuestro Señor, y fueron el primer mantel del altar.
El purificador es un lienzo para limpiar el cáliz y los labios y dedos del celebrante.
El lavabo sirve para enjugar las manos.

4. Ornamentos de color
A esta clase pertenecen: la casulla, la dalmática, la tunicela, el manípulo, la estola, las capas pluviales, el humeral, la bolsa y velo del cáliz, el frontal y algunos ornamentos pontificales.
La casulla era al principio un manto amplio con una abertura en el medio, y ahora es una pieza de diversas formas y cortes que cuelga de los hombros del sacerdote, por delante y por detrás, a modo de escapulario. Suele ser el ornamento litúrgico más rico y sólo se usa para la Misa. Es símbolo de la caridad, que hace dulce y suave el yugo de Jesucristo.

La dalmática, es una especie de casullas con mangas. En Occidente se les concedió, como un distintivo de honor, a los obispos de algunas sillas ilustres, después a los arcedianos, y por fin a los diáconos, quedando así incorporada a los ornamentos litúrgicos. Parecida a la dalmática, con la que hoy casi se confunde, es la túnica u ornamento propio del subdiácono.
Se llama así porque esta clase de vestido tuvo su origen en Dalmacia. En origen la usaron los emperadores y magnates, pues era un vestido de mucha riqueza, en seda blanca, recamada de oro y con franjas de púrpura o con una especie de pequeñas rosas rojas que parecían clavos, por la parte anterior y posterior.
En la Iglesia es antiquísimo su uso y era más larga y ancha que la tunicela, como sus mangas también eran más anchas y cerradas. Posteriormente las mangas de ambos ornamentos se abrieron y se alargaron, pues antes sólo llegaban al codo.
Al principio su uso fue exclusivo de los obispos al celebrar de pontifical y por encima de la tunicela, pero en el siglo IV San Silvestre la concedió a los diáconos romanos que la adoptaron como propia. Los griegos la han conservado en su forma antigua, es decir larga hasta los talones y cerrada de mangas. En España es de uso tradicional añadirle un cuello alzado de la misma factura que se añade al final y se ciñe con fiador de largas borlas.
La tunicela es uno de los ornamentos episcopales, y es la vestidura propia del subdiácono. Consiste en una ropa larga y ancha, con mangas más bien cortas y cerradas que se pone sobre el alba.
Su uso se remonta al siglo IV y como túnica episcopal se reserva hoy en día como hábito episcopal para los pontificales pues así lo prescribe el “Pontificale Romanum”.
El manípulo primitivamente era un simple pañuelo que el celebrante llevaba en el brazo izquierdo para enjugarse el sudor y las lágrimas, y hoy es una banda más corta que la estola, sin ningún fin utilitario y sólo con carácter ornamental.
Simbólicamente sirve para recordar al sacerdote los dolores y las lágrimas a que está sujeta la vida evangélica y la alegría inenarrable que al fin han de merecerle sus trabajos. Sólo se usa en la Misa.
En Roma fue al principio distintivo de los diáconos, después ya también de los presbíteros. Fuera de Roma no se encontró entre los ornamentos litúrgicos hasta después del siglo IX.
Hoy en día es parte de un todo homogéneo junto con la casulla y la estola y se lleva en el antebrazo izquierdo durante la celebración de la Misa.

Cuando el celebrante se lo pone dice “Señor, merezca yo llevar el manipulo del llanto y del dolor, para recibir después con alegría el premio de mi trabajo”. El que se lleve en el brazo izquierdo, que es el más inferior, designa esta vida mísera y mortal, en contraste con el brazo derecho, que es símbolo de vida eterna.
La estola es una banda larga y estrecha que cuelga del cuello del sacerdote y se cruza por delante sujetándola con el cíngulo. De ella hace mención la Biblia y la clasifica entre las vestiduras de honor, y como tal la empleaban antiguamente los grandes personajes y aun las matronas romanas.

Fue desde el inicio una insignia litúrgica en señal de orden y potestad como lo era entre los tribunos y las matronas romanas. Hoy, efectivamente, tiene ese significado de orden y potestad.
Se llamó “orarium” (de ore: boca) pues lo utilizaban los oradores y predicadores y aún se llama así entre los griegos: lo usan pues aquellos a quienes está confiada la predicación en virtud de su ministerio: obispos, presbíteros y diáconos.
La forma de la estola es la de una tira o faja larga y estrecha con tres cruces, una en cada extremo y otra en el medio, que se besa siempre que se pone o quita la estola.
Se pone al cuello y el obispo la deja caer por delante del pecho sin cruzarla. Los presbíteros sólo la llevan así en la administración ordinaria de los sacramentos y cruzada sobre el pecho cuando endosa la casulla. Los diáconos la llevan diagonalmente colocando el centro de la estola sobre el hombro izquierdo y cruzándola por debajo del brazo derecho.
La Iglesia la usa, también como prenda de dignidad, en la Misa, en la administración de los Sacramentos, en las funciones del Santísimo y en ciertas bendiciones más solemnes. Es símbolo de la inmortalidad y de nuestra dignidad primitiva, perdida por el pecado de Adán.

El estolón es la estola más ancha que el diácono usa desde antes del Evangelio hasta después de la Comunión en algunos días litúrgicos para servir el altar.
El fiador era un adminículo muy peculiar y propio de los roquetes, sobrepellices y albas en toda España. Mientras los italianos, como de otra parte los franceses, preferían los cuellos rectangulares o las cintas a modo de lazo para abrochar dichas prendas, se prefería en aquellas latitudes unos cordoncillos acabados en borla con un pasador movible para «fiar» es decir apretar o ensanchar los cuellos a voluntad y comodidad del clérigo en cuestión.
Sus dos extremos se terminan en una especie de perno, hecho de pasamanería, que se introducen por los ojales de la prenda sobre la que se ha de usar, de modo que quede colgando de ella. A continuación, subiendo hasta el tope superior una especie de argollita que une los dos lados del cordoncillo, se consigue ajustar la prenda.
El fiador se fabrica en hilo, en seda o en otros materiales y puede ser blanco o del color de los ornamentos.
La capa pluvial, que cubre toda la espalda del sacerdote y llega hasta cerca del suelo, sujetándose adelante con un broche, servía en su origen para protegerle de las lluvias en las funciones al descampado.

Se usaba ya en el siglo VII y hoy en día se utiliza en todas las funciones litúrgicas en que celebra el sacerdote fuera de la Misa como procesiones, para la bendición con el Santísimo, para los entierros, administración solemne de algunos sacramentos (bodas, bautizos y exequias) y en ciertos actos que acompañan a la Misa como la bendición de Ramos y en algunos países para las Vísperas y Laudes solemnes.
Es más bien un ornamento de ceremonia, a veces propia del obispo o del celebrante y a veces de ministros inferiores cuando asisten al obispo en los pontificales como porta-insignias o realzan la solemnidad de ciertos oficios corales como por ejemplo unas vísperas.
Proviene de la antigua “lacerna” que usaban los romanos, especie de manto con un capuchón que cubría la cabeza para resguardarse de la lluvia, del cual queda un recuerdo en la capucha o en el trozo de tela cuadrado llamado “capotillo” y que cae sobre las espaldas. Su nombre así lo indica.
El humeral, o paño de hombros, lo usa el subdiácono en la Misa solemne, y el sacerdote en las procesiones y bendiciones del Santísimo, en la comunión de los enfermos y en la veneración de las reliquias. En España suele utilizársele también para la velación de los esposos.

La bolsa del corporal y el velo del Cáliz
La bolsa del corporal es una funda en la cual se guarda el corporal cuando no está extendido en las celebraciones litúrgicas. Está formada de dos piezas de cartón de forma cuadrada forradas del mismo material y color que los ornamentos, que se unen por la tela por solo uno de sus cuatro bordes.

El velo cubre cáliz es un trozo de tela, del mismo color y calidad que la casulla, usado en la Misa para cubrir el Cáliz desde el inicio hasta el ofertorio.

LOS COLORES LITÚRGICOS
Por lo que reflejan los mosaicos, pinturas y frescos anteriores al siglo IX, los obispos y sacerdotes usaban ornamentos de diversos colores: blanco, marrón, verde, morado, encarnado, azul, etcétera, además de los de oro y plata; pero se ve que el color preferido era el blanco.
En el siglo IX, al quedar definitivamente prescritos los ornamentos litúrgicos, se fijó también su color, y se señaló un significado, teniendo en cuenta las leyes del simbolismo que regían en la policromía medioeval.
Los colores actuales
Desde el Papa Inocencio III (1198-1216) quedaron como colores oficiales para la Liturgia: el blanco, el encarnado, el verde, el morado y el negro; a los que posteriormente el Ceremonial de los Obispos añadió el rosado.
Cada uno de estos colores admite variedad de tintas y de tonalidades.
Entre ellos y las fiestas y estaciones litúrgicas en que cada uno se usa, existe una cierta armonía muy fácil de descubrir. Basta para ello conocer su simbolismo, el cual ha sido inspirado por la impresión que cada color produce en los sentidos y por las emociones que suscita en el alma su repercusión.
Su uso y simbolismo
El mismo Papa Inocencio III, que definitivamente fijó los colores, fue también quien estableció normas precisas sobre su uso y simbolismo.
El blanco era, según San Jerónimo, el que se usaba para los sacrificios, y simboliza la luz, la gloria, la inocencia y la alegría.
Se emplea en todos los misterios gozosos y gloriosos del Señor: Navidad, Epifanía, Jueves Santo, Pascua, Ascensión, Corpus, Sagrado Corazón, Cristo Rey y Transfiguración. También en las fiestas de la Santísima Trinidad, de la Santísima Virgen, Dedicación de las Iglesias, San Juan Bautista, fiestas de todos los Santos y Santas no Apóstoles ni mártires, administración de Bautismo, Confirmación, Comunión y Matrimonio, y entierro de los párvulos.
El encarnado es el color más parecido a la sangre y fuego, y por eso el que mejor simboliza el incendio de la caridad y el heroísmo del sacrificio.
Lo prescribe la Iglesia para la fiesta de Pentecostés, para las de la Santa Cruz y demás que se refieren a la Pasión del Salvador, para los Apóstoles, Evangelistas y Mártires.
El verde que, en la hermenéutica de los colores, indica la esperanza de la criatura regenerada y el ansia del último descanso, es también emblema de la vida, de la frescura y lozanía del alma, y de la savia perpetua.
Por ser, como dice Inocencio III, un color medio entre el blanco, el negro y el encarnado, se hace uso de él en las fiestas que ni son alegres ni son brillantes del todo, ni del todo tristes y lúgubres, o sea: en los domingos y fiestas comprendidos entre la Octava de Epifanía y Septuagésima, y entre la Trinidad y el Ad-viento.
El morado, que es un rojo y un negro amortiguados o, si se quiere, un color oscuro y como impregnado de sangre, simboliza la penitencia, la humildad y la tristeza, y convida al retiro y al recogimiento.
Se usa durante el Adviento y la Cuaresma, en las Vigilias, Rogativas, IV Témporas, en ciertas misas Votivas, en los sacramentos de la Penitencia y Extremaunción, en las bendiciones de la Ceniza, Ramos y Candelas, y también, aunque mucho extrañe a los fieles, en la fiesta de los Santos Inocentes.
El negro es ya, por la usanza general, el color obligado para todos los lutos privados, domésticos y sociales, y especialmente con ocasión de la muerte de los allegados.
Por eso lo usa la Iglesia en las misas, funerales y demás servicios de los Difuntos adultos, y el día de Viernes Santo; pero aun en esas ocasiones, en atención a la sagrada Eucaristía, que es el Sacramento de la vida eterna, la cortinilla del Sagrario conserva el color morado.
El color rosa es símbolo de alegría, pero de una alegría efímera, propia sólo de algunos días felices, de ciertas floridas estaciones y de cierta edad.
Sólo se estila en las dominicas “Gaudete” y “Lætare” de medio Adviento y media Cuaresma, para atemperar con un rayo de alegría las saludables y prolongadas tristezas de esas dos temporadas de penitencia, y para acuciar entre tanto nuestra esperanza, anunciándonos las próximas alegrías navideñas y pascuales.
Además de estos seis colores oficiales, están en uso en la liturgia: el dorado, que, a causa de su preciosidad, puede legítimamente reemplazar a todos los otros colores, excepto al negro y al morado; el plateado, que sólo sustituye al blanco; y, en algunos países, el azul celeste, para las fiestas y misas votivas de la Inmaculada.
