P. CERIANI: SERMÓN PARA LA FIESTA DE LA VISITACIÓN DE MARÍA

FIESTA DE LA VISITACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

En aquellos días, María se levantó y fue apresuradamente a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que cuando Isabel oyó el saludo de María el niño dio saltos en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Y exclamó en alta voz y dijo: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno! ¿Y de dónde me viene que la madre de mi Señor venga a mí? Pues, desde el mismo instante en que tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Y dichosa la que creyó, porque tendrá cumplimiento lo que se le dijo de parte del Señor”. Y María dijo: “Glorifica mi alma al Señor, y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador”.

En esta Fiesta de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel, quiero dejar bien establecido el verdadero culto que debe tributarse a la Santísima Virgen, culto de hiperdulía, como nos enseñan los Santos Padres, el Magisterio y el Catecismo.

Para llegar a mi propósito, debemos remontarnos al Dogma de la Maternidad Divina de María.

Los dos grandes y admirables efectos del consentimiento de María Santísima al Anuncio del Arcángel fueron, por una parte, la Encarnación del Verbo, Dios y Hombre, obra maestra de la Omnipotencia divina; y, por otra parte, la sublime e incomparable dignidad de Madre de Dios que, desde entonces, adquirió Nuestra Señora. Hasta aquel momento era Virgen Inmaculada; por la Encarnación se hace Virgen Madre, y Madre de Dios.

La dignidad y la gracia de Madre de Dios es en María una cosa personal y permanente, uniéndola a Dios con el vínculo más estrecho que pueda imaginarse.

Tal es la verdad fundamental que debe ligar, con lazo indisoluble, nuestro culto a María con el que debemos a Jesús, y dedicarnos, en la acepción fuerte del término, consagrarnos con todo nuestro ser al Hijo y a la Madre.

Ahora bien, esta grandeza de la Madre de Dios, el culto de honor y veneración que debemos a la Virgen Santísima es una enseñanza eminentemente Evangélica

Y si los preparativos de este divino misterio valieron a María Santísima tales homenajes, tales gracias y bendiciones, tales poderes, ¡qué majestad, qué grandeza, qué poderío no debió traerle su consumación!

Si antes de la Encarnación, el Cielo saludaba ya a María con tanto respeto, ¡qué culto no debe la tierra a María, Madre de Dios! Si nos atrajo a Jesucristo por la santidad que precedió a su Maternidad, ¡cuán poderosa no debe ser para alcanzárnoslo por aquella a que la sublimó su misma Maternidad!

De este modo, aun cuando sólo tuviéramos esta página del Evangelio para saber lo que debemos a María, tendríamos el más sólido fundamento evangélico del culto que le rendimos.

El mismo Evangelio ha querido ser el primero en honrar a la Inmaculada después de su Maternidad, como antes la había honrado con un testimonio manifiesto, para abrirnos el camino de nuestros deberes y de nuestra confianza para con Ella.

Y tenemos en el misterio que hoy celebramos una página del Evangelio más esplendorosa y más resonante que todas las aclamaciones que después se han levantado y se levantarán eternamente en honor de María, que son puramente sus ecos…

Esta página, inédita para los protestantes…; escondida por todos los que nos reprueban por los honores que tributamos a la Virgen Santísima; ignorada o velada por protestas, por modernistas y por conciliares…; está página la leemos en el Misterio de la Visitación…

¡Con qué santa curiosidad deberían leerla ellos!

¡Con que respetuosa emoción debemos leerla nosotros!

Hela aquí. Una vez consignadas las palabras con que terminan la escena de la Anunciación y sobreentienden el suceso de la Encarnación, se lee: Y el ángel la dejó. En aquellos días, María se levantó y fue apresuradamente a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel

Recordemos los principales episodios de esta hermosa exposición:

Zacarías y su mujer, Isabel, eran justos delante de Dios. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y ambos eran de edad avanzada.

Un día que estaba de servicio delante de Dios fue designado para entrar en el Santuario del Señor y ofrecer el incienso. Se le apareció entonces un Ángel del Señor, que le dijo: “No temas, Zacarías, pues tu súplica ha sido escuchada: Isabel, tu mujer, te dará un hijo, al que pondrás por nombre Juan. Te traerá gozo y alegría, y muchos se regocijarán con su nacimiento”.

Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen prometida en matrimonio a un varón, de nombre José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrado donde ella estaba, le dijo: “Salve, llena de gracia; el Señor es contigo” (…) “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá; por eso el santo ser que nacerá será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que tu parienta Isabel, en su vejez también ha concebido un hijo, y está en su sexto mes la que era llamada estéril; porque no hay nada imposible para Dios.”

Entonces María dijo: “He aquí la esclava del Señor: Séame hecho según tu palabra.” Y el ángel la dejó.

En aquellos días, María se levantó y fue apresuradamente a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño dio saltos en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Y exclamó en alta voz y dijo: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno! ¿Y de dónde me viene que la madre de mi Señor venga a mí? Pues, desde el mismo instante en que tu saludo sonó en mis oídos, el hijo saltó de gozo en mi seno. Y dichosa la que creyó, porque tendrá cumplimiento lo que se le dijo de parte del Señor.”

Y María dijo: “Glorifica mi alma al Señor, y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava. Y he aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones; porque en mí obró grandezas el Poderoso…”.

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¡He aquí esta página!… Es preciso rasgarla o rendir a María el honor que ella la rinde y nos invita a tributarle…

Tan grande es el honor que tributa, que su expresión es la más sublime de cuantas ha empleado el culto de la Virgen Santísima, y la celebramos con el mismo canto del Evangelio.

Pero esto no es más que la corteza…; abramos la letra, penetremos el sentido de este glorioso misterio de la Visitación.

Este y el de la Anunciación forman como los dos aspectos de la Maternidad divina: la Anunciación nos la presenta antes y la Visitación después del acontecimiento.

La intención evangélica de esta relación es manifiesta, no sólo por la continuidad que junta las dos narraciones, sino por los rasgos que las hacen corresponderse.

En la Anunciación, pide el Ángel el consentimiento de María; en la Visitación, Isabel la alaba por haberlo prestado.

En la Anunciación, el Ángel comunica a la Virgen que será Madre del Hijo de Dios; en la Visitación, Isabel la saluda como tal.

En la Anunciación las perfecciones divinas parecen anonadadas; en la Visitación el cántico de María las realza y engrandece.

De manera que, además del valor de estas dos páginas, tomadas separadamente, tenemos el que resulta de la fuerza que recíprocamente se comunican…

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Por un movimiento divino, por el Verbo que lleva en sí, la Madre de Dios es llevada a las montañas. En breve llega al término de su viaje, y entrando en la casa de Zacarías saludó a Isabel.

¡Salutación poderosa! ¡Voz reveladora del Verbo!

Apenas la oyó Isabel, su infante saltó de gozo en su vientre, y llena del Espíritu Santo, clamó en alta voz…

La Virgen Madre nada ha revelado a Isabel, limitándose a saludarla; pero su sola voz ha bastado: el Espíritu Santo, de quien Ella ha venido a ser como el templo vivo, al puro soplo de su voz colma al punto a Isabel y le revela todo el misterio.

Animada Isabel con este soplo divino del Espíritu de Dios clamó en alta voz, en voz tan alta y tan fuerte que resonó en todos los siglos siguientes, y todavía resuena en el Evangelio…

¡Qué plenitud, y qué amplitud de expresión! ¡Y qué idea tan magnífica y sublime nos da de la verdad!: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno!

Por boca de Isabel, el Espíritu de Dios repite el homenaje del Ángel, y lo completa con la adición que enlaza con el suceso de la Encarnación; enlace glorioso para María, que justifica la unión que profesamos entre su culto y el de Jesucristo: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno!

Enlace tan natural y tan bien reunido que de estas dos salutaciones La Iglesia ha compuesto una sola, cuya unidad no deja ver empalme, como si una sola persona hubiera sido su autor… Y, efectivamente, una sola lo ha sido, la Persona del Espíritu Santo.

El Arcángel enviado por Dios…, Isabel inspirada por Dios…, la Iglesia inspirada por Dios…, sólo han sido tres instrumentos diferentes que, bajo la influencia de un mismo soplo, debían entonar con perfecta armonía la alabanza…

Alabanza admirable que el Cielo entona, a la cual responde la gran voz profética de Isabel, y que todos los fieles, a una, continúan y van repitiendo a través de los siglos: Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…

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Santa Isabel, que no era ni protestante, ni modernista ni conciliar, añadió: ¿Y de dónde me viene que la Madre de mi Señor venga a mí?

¡Qué sentimiento más profundo de la dignidad de María Santísima nos expresan estas palabras de Santa Isabel!

Superior a María por su edad y por la clase de Zacarías, su marido, Sacerdote del Señor; honrada en este con la visita del Arcángel, y bendecida con el don milagroso de un hijo en su ancianidad, y de un hijo anunciado de antiguo por los mayores Profetas, Isabel podía considerarse como ennoblecida con todos estos privilegios en comparación con su joven parienta, cuya visita algunos días antes le hubiera sido enteramente familiar y hasta trivial.

Pero tal es la posición sublime a que ha elevado a María la divina Maternidad, que, al ir a casa de Santa Isabel, parece que le hace una visita real, por la cual ésta se cree indigna, a punto tal que la confunde: ¿Y de dónde me viene? ¿Qué tengo yo, quién soy yo, para gozar de semejante honor?

Y notemos el motivo y cuán bien corresponde al sentimiento: Que venga a mí la Madre de mi Señor.

Mi Señor… Expresión con que David había llamado ya a Jesucristo, y que es la más sublime locución con que se nombra a Dios en las Sagradas Escrituras.

Es, pues, María la Madre del Señor… Y le es tan personal esta dignidad, que por ella debe medirse el honor que le debemos.

Este honor toma, en boca de Isabel, un giro que es el preludio del que el día del Bautismo dirigirá a Cristo el infante que ella lleva ahora en su seno: ¿Y tú vienes a mí?

Delicada analogía, que, bajo la sencillez de los Evangelios, descubre una armonía secreta que sólo la inspiración puede explicar, no sólo la filiación moral de San Juan Bautista y Santa Isabel, sino la de Jesús y de María Santísima, asociados en sus homenajes por ese mismo sentimiento.

Y ahora debemos preguntar, con el Evangelio en la mano, ¿quién recibe y honra a María Inmaculada como Santa Isabel la recibió y la honró?

¿Los protestantes o los Católicos?

¿Los modernistas o los Católicos?

¿Los conciliares o los Católicos?

¿Los que la consideran tan sólo como una simple mujer, cuando más como una santa mujer, distinguiéndola apenas de todos los demás personajes del Evangelio; o los que, ensalzándola sobre todo otro orden de gracia y santidad, miran esta superioridad, no como una materia de opinión y sentimiento, sino de creencia universal y de doctrina?

Y notemos que todo esto está fundado en el incomunicable privilegio de la Maternidad divina…; razón suficiente que hace inclinar tan profundamente ante María Santísima la triple majestad de la edad de Isabel, del sacerdocio de Zacarías y de la santidad de ambos esposos…

Por lo tanto, no es posible desconocer en esta escena una de las mayores enseñanzas del Evangelio, que asigna a la Virgen María la posición más elevada en el orden de la gracia; y que justifica y exige el culto de honor, de veneración y de alabanza que le tributamos como a Madre de Dios…, culto que llamamos de hiperdulía…

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Pero hay más que esto.

Tributamos, además, a María Inmaculada un culto de Intercesión, considerándola no sólo como la más elevada de las criaturas en el orden de la gracia, sino como el canal dispensador de la misma gracia.

Esta doctrina, que es la gran base de la verdadera devoción mariana, ofende más que ninguna otra al espíritu protestante, modernista y conciliar…; y, sin embargo, el Evangelio es también quien nos da la lección y ejemplo de ello en el misterio de la Visitación.

Observemos primeramente que, admitido el misterio de la Encarnación, esta doctrina mana de él como una consecuencia muy natural.

En efecto, si plugo a Dios dar al mundo la Gracia de las gracias, Jesucristo, por medio de María Santísima, ¿con qué derecho se censuraría que Dios haya querido dispensarnos las gracias por medio de la Madre de Jesucristo?

Es muy razonable el admitir que Dios dispensa las gracias por el mismo medio de donde hizo brotar la fuente de ellas.

Esta doctrina católica la encontramos también en el Evangelio.

Jesucristo ha querido también sobre este punto abrirnos el camino, y alumbrarlo con un gran acto, la primera acción de su vida… Dice el Evangelio: Y sucedió cuando Isabel oyó el saludo de María, que el niño dio saltos en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo…

Cuando oyó el saludo de María… Es tradición constante de la Iglesia que San Juan Bautista fue purificado en aquel mismo instante del pecado original, y santificado en las entrañas de su Madre.

El Evangelio añade: Porque desde que sonó en mis oídos la voz de tu Salutación, el infante saltó de gozo en mi vientre.

Notemos bien la ilación del relato: el primer efecto del encuentro de María e Isabel fue el salto de Juan Bautista, acompañado de la inspiración de Isabel. La cual dice inmediatamente que por este salto ha reconocido a la Madre de su Señor, como se conoce la causa por la producción de su efecto.

Jesucristo era quien hablaba por boca de María, y Juan el que oía por los oídos de Isabel… los dos hijos se comunicaban por medio de las dos Madres…

San Juan debía ser el primero que recibiese la gracia, pues tendría que ser el primero en anunciarla.

El mismo Jesús va en busca de su Precursor, llevándole esa santidad, esa gracia, esas virtudes con que debía ejercer su ministerio. Y no bien las ha recibido, impaciente de emplearlas, San Juan comienza su oficio en cuanto le es posible; y dice ya, con un santo estremecimiento de experiencia propia: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo…

Este es el objeto esencial y como el fondo del misterio de la Visitación.

¿Y quién sirvió de instrumento para este primer acto de la gracia, para esta primera aplicación del fruto de la Redención? Plugo a Dios servirse de la voz de la Madre del Redentor.

Apenas suena en los oídos de Santa Isabel la voz de la Salutación de María, el acto de misericordia queda realizado. Esa palabra de María Santísima fue como la sentencia de absolución. El perdón venía del Señor, pero la trasmisión era de María… La Madre de la Divina Gracia fue quien trasmitió al feliz cautivo el perdón, la gracia, el amor.

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Aquí vemos, por lo tanto, el lugar que las primeras narraciones de la vida de Nuestro Señor señalan a su Bendita Madre en el orden de la gracia.

La vemos dispensadora de la primera gracia que concedió Él después de su Encarnación, gracia del orden más elevado, en favor del Precursor, el amigo del Esposo.

Y esto nos prueba una Ley de la conducta de Jesucristo en respecto de la común dispensación de sus gracias. Las acciones del divino Maestro jamás carecían de objeto; se hicieron y se relataron para que nos sirvieran de regla; nos dan principios y como muestras de su conducta constante para con los hombres.

Siendo Él mismo la Ley viva, basta uno solo de sus actos para establecer una ley.

Jesucristo nos mostró en este Misterio que la Santísima Virgen María coopera por su caridad al nacimiento espiritual de todos los escogidos; y que, cuando Jesucristo los visita por medio de su gracia, la Virgen los visita mediante su caridad, alcanzándoles esa gracia por su intercesión.

De manera que es nuestra verdadera Madre y Mediadora; y la debemos considerar siempre tan unida a Jesucristo en las operaciones de la gracia que obra en nosotros, como lo estaba Ella en la visita hecha a Santa Isabel y a San Juan.

Tal es pues el verdadero significado del misterio de la Visitación.

Así fluye de la más profunda fuente evangélica la doctrina católica concerniente al culto de honor y de intercesión para con la Madre de Dios y Mediadora de todas las gracias.

Así nos viene, por boca de la Santa Iglesia, esta plegaria que añadimos a la doble Salutación: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

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Las últimas palabras de Santa Isabel hacen sobreabundar en cierto modo esta doctrina, tomando un carácter profético, que es el preludio del Cántico del Magnificat, que la misma Madre de Dios va a pronunciar: Y dichosa la que creyó, porque tendrá cumplimiento lo que se le dijo de parte del Señor…

Bienaventurada eres en haber creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. ¿Qué promesas son esas que miran a lo futuro? No la Encarnación, que está ya consumada, no el honor en sí de ser Madre de Dios, puesto que Santa Isabel saluda en María esta dignidad, como ya por ella adquirida.

Pues, ¿cuáles son? Son las consecuencias y los efectos de la Encarnación, es decir, la salvación del mundo y el Reino de Cristo, en cuanto son imputables a María, y deben certificar ese culto de alabanza e intercesión que Santa Isabel es la primera en tributarle.

Y el motivo que da de ello es muy formal: Dichosa la que creyó… Bienaventurada por haber creído…

Así, la causa de que María sea Madre de Dios, lo que ha obrado la Encarnación del Verbo, y, por consiguiente, la Salvación del género humano, es que María creyó… es la fe de María.

Es llamada Bienaventurada en cuanto, recibiendo por fe la bendición que se le ofrecía, abrió el camino a Dios para cumplir su obra.

Y todo esto, para ignominia y descrédito de protestantes, modernistas y conciliares, se encuentra clarísimamente en los Santos Evangelios…

Virgo Fidelis… Ora pro nobis…