Conservando los restos…
LA JUSTICIA QUE LAS CRIATURAS RECLAMAN
(De su Libro: Descenso y Ascenso del alma por la belleza)
Dije ya que por inteligencia el alma posee y que por amor es poseída; agregué que la criatura nos propone una meditación amorosa y no un amor, un comienzo y no un final de viaje.
El lector que me ha seguido en el descenso conoce ya la suerte del alma que se reposa en el amor de la criatura, tomándola como un fin.
Diré ahora que, al hacerlo, comete una doble injusticia: con la criatura, exigiéndole, por violencia, lo que la criatura no puede ni sabe dar; y una injusticia consigo misma, pues al descender amorosamente hacia las cosas inferiores el alma concluye por someterse a ellas, con lo que invierte la jerarquía natural y el orden armonioso, en menoscabo de la potestad que le fue conferida sobre las cosas del mundo visible.
Ahora bien: en cuanto el hombre asuma el señorío que tiene sobre las cosas y no bien las mida con su vara de señor y de juez, símbolo de su poder, la esfinge devolverá su presa, y le revelará su secreto, por añadidura; “porque las cosas —dice San Agustín— no responden sino al que las interroga como juez”.
¿Qué responden las criaturas cuando así se las interroga? ¿Cuál es el secreto que revelan al juez y ocultan al esclavo?
El juicio por la hermosura es un juicio de amor, y este amoroso juicio requiere dos nociones que se comparen: la noción amorosa del juez y la noción amorosa de lo juzgado.
Y me pregunto: si el alma requiere la varilla del juez, ¿con qué noción de amor ha de juzgar a las criaturas? Y recuerdo que la vocación del alma (sobre la que gira sin reposo, como la esfera sobre su eje) es la de una dicha perpetua lograda en el descanso que da la posesión amorosa de lo bueno, y de lo bueno conocido como único, total y sin fin.
El alma juzgante, fiel a su tremenda vocación, desciende a las criaturas y las interroga; y es el norte de su destino lo que interroga el alma. Pero las criaturas le responden con la noción de un bien relativo, disperso y mortal.
La desproporción entre ambos términos del juicio es inconmensurable; y esa desproporción es lo que nos revelan las criaturas cada vez que medimos nuestra vocación amorosa con el amor que nos proponen.
Al revelarnos esa desproporción infinita no hacen sino confirmar, en cada prueba, nuestra infinita vocación; y como dicha vocación es el secreto del hombre, me atrevo a sostener ahora que las criaturas, interrogadas amorosamente, nos revelan, no su secreto, sino nuestro secreto.
Ahora bien: o el alma conoce ya la magnitud de su destino, o no la conoce todavía. Si por ventura la conociera, entenderá de proporciones y será juez: en cada experiencia verá confirmada y esclarecida su vocación gloriosa, y ascenderá entonces por la escala de la hermosura terrena.
Pero la situación de nuestro héroe no es la misma: sigue su vocación, es verdad, mas la sigue a obscuras, presa fácil de la ilusión y del engaño, porque ignora la magnitud de su anhelo y porque su ignorancia de las magnitudes le impide juzgar de proporciones.
Es un problema de aritmética amorosa el de nuestro personaje, y no sabrá juzgar de amores hasta que no descubra su número de juez.
¿Quién le revelará ese número? El amor de la criatura.
La razón se dirige a la verdad, reduciendo sus contradicciones “al absurdo”; pero el amor las reduce “al desengaño”.
Vía de amor es la de nuestro héroe, y no en vano le doy ese título, ya que la palabra “héroe” se deriva de Eros, nombre antiguo del amor.
Ahora bien, si no conoce aún la desproporción amorosa que las criaturas revelan al que sabe oírlas, padece sus efectos; y sale de cada experiencia con una injustificable insatisfacción de sí mismo y con un desengaño de la criatura.
Y en cada insatisfacción de su anhelo vive un íntimo fracaso de amor; y cada fracaso de amor no deja de traerle un despunte de meditación desconsolada, y es la meditación de su destino la que despunta y crece.
Por otra parte, cada desengaño de las cosas no sólo magnifica la distancia que media entre su anhelo del Bien y el bien que le propone la criatura, sino que disminuye, por eliminación, el número de los bienes que solicitan su apetito; con lo cual el alma ve agrandarse y esclarecerse, por un lado, la magnitud de su vocación, y ve, por el otro, que la tierra le va negando su amoroso destino.
Y el alma quiere ya entender de proporciones, en un retoñar de la aritmética amorosa; y la vara del juez está reverdeciendo entre sus manos, en un retoñar de la amorosa justicia.
Es así como el alma, por reducción al desengaño, va librándose de la esclavitud en que la tienen las cosas: así se libra de la esfinge; y así reconstruye su perdida unidad, retornando a sí misma, vale decir, a su forma, que es la imagen y semejanza que tiene del Creador.
Y aquí es necesario que yo advierta dos peligros del viaje:
1º) podría ser que mi héroe, desengañado de las cosas, les reprochara su esterilidad y falsía, y se detuviera luego en el reposo de un escepticismo que suele malograr esta primera realización;
2º) también podría ser que, desengañado y todo, pero incapaz de seguir adelante, se obstinara en el amor de las cosas terrenas, exigiéndoles, en su desvarío, lo que bien sabe que le negarán: se arriesgaría entonces en el declive de la desesperación, vale decir, en otro descenso, pero ya de resultados incalculables.
Diré, para consuelo de mi lector, que nuestro héroe no es de los que fracasan en una isla. A la solicitud de cada bien ha respondido con un doble movimiento: un movimiento de ida y otro de vuelta; pero he aquí que se detiene ahora, estudioso de sí mismo, y esa primera inmovilidad es digna de nuestra consideración.
Su paso lo llevó por ilusorios caminos, y no anda ya: tiene su pie clavado, como los jueces.
Alargó su mano a los bienes ilusorios, y la recoge ahora: tiene la mano clavada de los jueces.
Está inmóvil y de pie: juzga y se juzga.
¿A quién juzga? Su juicio recae sobre las cosas que lo poseyeron; y como el juez está inmóvil y no desciende a ellas, las cosas ascienden al juez, para ser juzgadas, el orden se reconstruye. Y el juez interroga y la criatura responde.
¿Qué cosa juzga de sí mismo el juez? Juzga su vocación de amor, la nunca silenciosa; y ese íntimo llamado, que se perdía recién en el tumulto de los llamados exteriores, resuena solitario, se magnifica y esclarece ahora en “oído del alma”. Y el alma gira sobre sí misma, para escucharlo mejor; y al girar sobre sí misma recobra el movimiento propio de la inteligencia, con lo cual circunscribe su meditación y la continúa, no en latitud, sino en profundidad.
Y el tenor de su juicio podría ser el que sigue: todo llamado viene de un llamador, y por la naturaleza del llamado es dable conocer la naturaleza del que llama.
Si la suya es vocación de amor, Amado es el nombre del que llama; si de amor infinito, Infinito es el nombre del Amado.
Si el amor del alma tiende a la posesión perpetua del bien único, absoluto y sin fin, Bondad es el nombre del que llama.
Si el bien es alabado como hermoso, Hermosura es el nombre del que llama.
Si lo bello es el esplendor de lo verdadero, Verdad es el nombre del que llama.
Si el alma reconoce su destino final en la posesión del Bien así alabado y así conocido, Fin es el nombre del que llama.
Y como Bien, Amor, Hermosura, Verdad y Fin son nombres cuya diversidad conviene a la unidad simplísima de Dios, Dios es el nombre del que llama.
He ahí cómo nuestro héroe se ha encontrado a sí mismo, por la vía de la hermosura creada, y he ahí cómo ha encontrado en sí mismo, con la noción de la hermosura divina, el norte verdadero de su vocación amorosa.
San Agustín parece decirlo así, en aquella exclamación suya que resume todo el viaje: “¡Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva; tarde te amé! En mí estabas, y yo estaba fuera de mí mismo, y es afuera que te buscaba. Estabas conmigo, y yo no estaba contigo, sino lejos de ti, sujeto a las cosas que no existirían si no estuvieran en ti” (Soliloquios, cap. X).
Pero diré ahora que nuestro personaje, si bien ha mejorado de suerte, queda inmóvil y de pie, con una noción obscura de la divinidad y una desvelada incertidumbre que no le abandona.
Por la vía natural de su entendimiento amoroso alcanzó ya lo que naturalmente puede ser alcanzado; pero la oscuridad de su noción requiere “luz” y el nuevo amor que solicita el movimiento del alma requiere “vía”.
Es entonces cuando mi héroe recuerda que la verdad fue revelada y está escrita, y cuando aprende que la misma Verdad se hizo carne y habitó entre nosotros, y se llamó a sí misma “luz” y “vía” para remedio de los obscuros y de los inmóviles.
Y, sintiéndose inmóvil y a obscuras, nuestro héroe alcanza, justamente ahora, el sentido de las viejas palabras que acaso desdeñó un día; y como ya las entiende, se asombra de no haberlas entendido. Pero está inmóvil y de pie.
¿Cómo iniciar la traslación amorosa correspondiente a tal amor?
Ahora que mi personaje goza de mejor clima, las criaturas vuelven a reclamar mi atención, pues temo haber cometido cierta injusticia con ellas, al considerarlas en el solo gesto negativo con que responden a la amorosa inclinación del alma.
¿Acaso el “sí” de las criaturas es ese “no”, que dan como respuesta, cuando se desciende a ellas en descenso de amor?
Y al preguntármelo, recuerdo las bellezas del mundo: el sol, la luna y el agua, de San Francisco; la piedra, la llama, la planta, el animal, el hombre, el cielo y el ángel, la escala de los seres de Raimundo Lulio…
Dije ya que las criaturas responden con un “no” al amante que desciende a ellas; pero al juez inmóvil que las interroga dan un “sí”, cuya naturaleza trataré de explicar a continuación:
San Agustín también buscó a su Dios en la criatura: “Interrogué a la tierra, y me ha respondido: no soy tu Dios. Interrogué al mar, a sus abismos y a los seres animados que allí se mueven, y todos me respondieron: no somos tu Dios, búscalo más arriba. Interrogué al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas, y me afirmaron: no somos el Dios que buscas” (Confesiones, X).
Tal cosa niegan las criaturas: niegan ser el destino del hombre, cuando el hombre las interroga por su destino; y no se limitan a negarlo, sino que dicen: “Búscalo más arriba”.
Y no sólo nos convidan a un ascenso, sino que se nos ofrecen, como peldaños, porque las cosas nos llaman, con la voz de su hermosura, y ese llamado de las cosas trae una intención de bien.
Todo llamado viene de alguien que llama, y las criaturas dicen al que sabe oír: “somos el llamado, pero no somos el que llama”.
Y, negándose, afirman al Llamador: lo afirman en sus nombres; pues dicen a todo el que contempla su hermosura: “somos bellas, pero no somos la Hermosura que nos creó hermosas”.
Yal que medita su verdad enseñan: “somos veraces, pero no somos la Verdad que nos creó verdaderas”.
Y dicen al que gusta de sus bienes: “somos buenas, pero no somos la Bondad que así nos creó”.
Así afirman al que llama: lo afirman en sus nombres gloriosos de Hermosura, Verdad y Bien.
Y lo afirman como Principio, llamándole “el que nos creó”.
Y lo alaban como Fin, diciendo: “somos el llamado hermoso y no la Hermosura que llama”.
El que las interrogue, si es juez equitativo, alcanzará el “sí” gozoso que dan las criaturas cuando niegan al amante que desciende a ellas.
Conocerá entonces el número, peso y medida de su belleza, y les dará su nombre verdadero.
Y ser bien nombradas, he ahí la justicia que las cosas reclaman de nosotros; porque su justicia depende de nuestra justicia.
Y el que refiera la hermosura de las cosas al hombre, y del hombre al Creador, dirá, con San Agustín, “que la belleza es el esplendor del orden o de la armonía”.
Adán nombró a las criaturas con su nombre verdadero. Y como las cosas se rinden al que sabe nombrarlas, Adán fue el señor de ellas, y no descendió por las cosas que había nombrado.
Tampoco descenderá el que así las nombre.
Pero sólo el juez sabe nombrar, y sólo es juez el que deja de ser esclavo.

