LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICO

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

LOS LUGARES SAGRADOS

Por lugares sagrados entiende la Iglesia aquellos edificios públicos, oficialmente bendecidos o consagrados por ella y destinados al culto divino o a la sepultura de los fieles cristianos. Estos lugares son, por lo mismo, de dos clases: unos están dedicados al culto divino, y son las iglesias o templos, de cualquier categoría que sean; y otros al descanso de los fieles difuntos, y son los cementerios.

Aunque Dios está en todas partes y el universo entero es para Él un gran templo, ha sido práctica universal y de todos los tiempos destinar para su culto público lugares especiales, llamados, en un principio, Altares, tabernáculos y templos, y posteriormente, basílicas, iglesias, oratorios, etcétera.

LOS TEMPLOS

1. Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento hubo un templo entre todos célebre y magnífico, que fue el Templo de Salomón, ampliación y perfección del primitivo Tabernáculo de Moisés, el cual construyó éste ateniéndose a las indicaciones del mismo Dios.

Al de Salomón sucedió el Templo de Jerusalén, que fue el que honró con su presencia y su predicación Nuestro Señor, y cuya destrucción profetizó y lloró.

El Tabernáculo de Moisés era un templo portátil y desarmable, que los israelitas llevaban consigo en su peregrinación por el desierto. Dividíase en dos partes: el Santo, que era la parte del público, y el Santo de los Santos, que estaba reservado al Arca de la Alianza y al Sumo Sacerdote.

El Templo de Salomón levantóse en Jerusalén sobre el monte Moria. Al construirlo, procuró Salomón que la Casa de Dios no fuera ni remotamente igualada, en riqueza y magnificencia, por ningún otro edificio público ni privado.

El Templo de Jerusalén era el mismo de Salomón, destruido y reedificado varias veces. En tiempo de Jesucristo lo usaban los judíos para sus sacrificios y fiestas religiosas.

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2. Primeros lugares de reunión de los cristianos

Cuando Nuestro Señor quiso, el Jueves Santo, instituir la Eucaristía y celebrar la primera Misa, se preocupó lo primero de buscar un lugar apropiado, amplio y bien aderezado. Este lugar fue el Cenáculo, el cual, por lo mismo, viene a ser como el primer templo cristiano.

Lo propio hicieron después los Apóstoles y sus discípulos inmediatos. Elegían ellos para sus asambleas religiosas: ora los palacios de los cristianos ricos que se los cedían espontáneamente, ora los cementerios subterráneos o catacumbas, ora las iglesias u oratorios, aunque estrechos y rudimentarios, expresamente dedicados al culto.

Las asambleas que tenían por objeto exclusivo la alabanza de Dios y la mutua ilustración y edificación de los fieles, mediante el canto de los Salmos, la lectura de la Biblia y la predicación, celebrábanse, indistintamente, en los oratorios públicos o domésticos; en cambio, las que tenían por objeto la “fracción del pan”, o sea, la Eucaristía, se realizaban, según los casos, en los oratorios públicos, o en las catacumbas.

3. Basílicas constantinianas

Con la paz de Constantino, en el siglo IV (313), la cristiandad cambió de faz, y el culto divino comenzó a ser público y a revestir gran aparto y magnificencia, sirviéndole de marco las grandiosas Basílicas romanas, llamadas comúnmente “constantinianas”, por ser su fundador y dotador el mismo Emperador.

Los arquitectos utilizaron para estas Basílicas los elementos aprovechables de las basílicas civiles, que estaban destinadas a los pleitistas y negociantes, y de las villas romanas o moradas de los poderosos. De las primeras tomaron la forma oblonga, los techos y las columnas interiores; de las segundas, el atrio; y de otras salas de reunión, el ábside.

La Basílica latina tenía de ordinario la forma de un vasto paralelogramo, precedido de uno o dos atrios con pórtico, y terminado por el ábside. El interior era de tres naves, por lo general. La nave central estaba separada del ábside por el arco triunfal, bellamente decorado con mosaicos. En el testero estaba la sede o cátedra episcopal, y a ambos lados de ella los bancos para los presbíteros. Delante del ábside se alzaba el ciborio o templete, que cobijaba el Altar erigido sobre el sepulcro de un Mártir; y delante de éste se extendía el Coro de los cantores, donde había dos grandes tribunas o ambones para las lecturas y cantos oficiales.

4. Iglesias bizantinas, románicas, góticas, etc.

El género de arquitectura basilical siguió imperando en Roma y sus cercanías por largo tiempo, pero, en los demás países, empezó luego a evolucionar y a transformarse en los diversos géneros de estilos eclesiásticos conocidos, a saber: el bizantino, el románico, el gótico u ojival, el del renacimiento, etc., y sus derivados.

Características de las iglesias bizantinas: Planta de cruz griega (o de brazos iguales), o bien cuadrada o poligonal; tres ábsides en el testero, por lo regular, y gran cúpula central; decoración muy rica en policromías.

Características de las iglesias románicas: Planta de cruz latina (de brazos desiguales), con una, tres o cinco naves rectangulares, y otra transversal que hace de crucero; un ábside central y varias absidiolas laterales; bóvedas de medio cañón, arcos de medio punto, cúpula poligonal y ventanales estrechos, a modo de saeteros.

Características de las iglesias góticas u ojivales: Bóvedas de crucería, arcos apuntados, cúpula y torres en forma de aguja, anchos y largos ventanales, rosetones calados y ornamentación exuberante.

Característica de las iglesias del Renacimiento: Adopción incondicional de los órdenes clásicos, con detalles de libre inspiración, pero subordinados a una concepción más o menos grandiosa y a la preocupación original de hacer ante todo y sobre todo obra de arte.

5. Diversas categorías de iglesias en la actualidad

Prescindiendo de los estilos y ateniéndonos tan sólo a la dignidad e importancia de las iglesias, éstas se clasifican en la actualidad del modo siguiente:

Basílicas Mayores, las siete principales de Roma; y Menores, las demás de la misma ciudad y otras muchas iglesias y santuarios del mundo católico, que el Papa ha querido honrar con ese título o que lo han heredado por una costumbre inmemorial.

Iglesias Catedrales, donde tiene la sede o cátedra un Obispo, el cual, si lleva el título de patriarca, primado o metropolitano, hace que su iglesia sea igualmente patriarcal, primada o metropolitana.

Iglesias Colegiatas, que son servidas por un Cabildo de Sacerdotes.

Iglesias Abaciales, donde tiene su sede un Abad.

Iglesias Parroquiales, que están destinadas a la asistencia espiritual de un grupo de fieles y a cargo de los párrocos.

Iglesias Conventuales, que pertenecen a las comunidades regulares.

Capillas u Oratorios públicos, semi-públicos y privados, según estén destinados a todo el público, a una sola comunidad o establecimiento, o a una persona o familia particular.

Las siete Basílicas Mayores de Roma son: San Juan de Letrán (madre y cabeza de todas las iglesias de la cristiandad), San Pedro del Vaticano, San Pablo extramuros, Santa María la Mayor, San Lorenzo extramuros, Santa Cruz de Jerusalén y San Sebastián. Las cinco primeras llevan el título de Basílicas patriarcales.

Las iglesias romanas de las que son titulares los Cardenales-presbíteros y los Cardenales-diáconos, se llaman, respectivamente, títulos y diaconías; y las que en ciertos (días señalados en el Misal) celebraba el Papa la Misa de la estación, se conocen con el título de iglesias estacionales.

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6. Dedicación de las iglesias

Estando las iglesias destinadas al culto divino y a la celebración de los sacrosantos Misterios, ordena la liturgia que, antes de comenzar la construcción del edificio, se bendiga el solar, los cimientos y la piedra fundamental, y que después, sea también bendecido o consagrado con toda pompa el edificio mismo y el Altar del Titular.

A esta consagración solemne es a lo que se llama Dedicación de una Iglesia, ceremonia la más pomposa de todas las litúrgicas y que cada año se conmemora con una fiesta de primera clase y con un rezo especial.

En la Bendición solemne de las iglesias sólo se usa el agua bendita, con la cual se purifica el exterior y el interior de todo el edificio. En la Consagración, empero, se usa además el Santo Crisma, con el cual unge el Obispo las doce cruces grabadas en los muros o en los pilares, en memoria de los doce Apóstoles, columnas de la Santa Iglesia. En esto se distinguen, a simple vista, las iglesias consagradas de las simplemente bendecidas. La mayor parte de las iglesias modernas están solamente bendecidas; en cambio, las antiguas eran casi todas consagradas.

LUGARES ANEXOS DEL TEMPLO

Se pueden considerar como lugares anexos o complementarios del templo: las capillas laterales, el baptisterio, la sacristía, las torres y campanarios, y la cripta.

1. Las Capillas laterales

Las Capillas laterales son como otras tantas pequeñas iglesias dentro de la misma iglesia. Responden al deseo de dar culto a los Santos locales y a los universales de mayor devoción. Corren, por lo general, todo a lo largo de las naves laterales y en derredor de las ábsides, y es frecuente construirlas de diferentes estilos y dimensiones.

2. El Baptisterio

En las primitivas iglesias cristianas era el Baptisterio un lugar muy venerado y objeto de gran devoción por parte de los fieles. Alzábanse en los pórticos de las grandes Basílicas o contiguos a ella, y eran suntuosas capillas rotondas, exagonales u octogonales, a veces tan ricamente amuebladas y decoradas como ellas mismas. En su centro estaba la piscina con su fuente o surtidor, a la que se bajaba por una escalinata para el bautismo de inmersión, que era el que se usaba a la sazón.

Por lo general, el Baptisterio estaba y está dedicado a San Juan Bautista, del que suele haber un Altar o un cuadro mural.

Con la multiplicación de las iglesias y de los baptisterios, éstos fueron reduciendo sus proporciones, y más cuando el Bautismo por inmersión y de los adultos fue desapareciendo, y su administración pasando de los Obispos a los simples sacerdotes y diáconos, y de las catedrales a las parroquias. Entonces la fuente y la piscina primitivas cedieron su lugar a las Pilas bautismales actuales.

3. La sacristía

La sacristía sirve para depósito de los ornamentos y alhajas del culto y para vestuario de los sacerdotes y demás ministros sagrados. Muchas de las más antiguas, sobre todo las catedralicias y monasteriales, son notables por su arquitectura, por sus artísticas y monumentales cajonerías y por sus aguamaniles. A menudo, contiguo a la sacristía está el Relicario, o capilla donde se custodia el tesoro, a veces riquísimo, de las Reliquias de los Santos.

4. Las torres y los campanarios

Tan pronto como los arquitectos cristianos comenzaron a edificar iglesias de alguna importancia, pensaron en coronarlas con almenas y cuerpos secundarios de edificios, estrechos y aplataformados, de donde, andando el tiempo, nacieron las torres y los campanarios. En la época románica se estiló situar una sola torre-campanario en el crucero o cerca del crucero, separado del edificio, abundando las de forma de espadaña y de fortaleza; pero en el período ojival las torres se incorporaron ya al cuerpo de la iglesia y asumieron esas formas sutiles y gigantescas que admiramos con pasmo sobre todo en las catedrales.

Merecen citarse por su altura, las torres de Ulm (161 metros), Colonia (157), Reval (148), Rouan (145), San Nicolás de Hamburgo (144), San Pedro del Vaticano (143), Amiens (134), Chartres (122), San Pablo de Londres 111), Luján (108), etc.

Por sus finos calados son notabilísimas las torres de la catedral de Burgos, por su esbeltez la “Giralda” de Sevilla, y por su visible inclinación la célebre de Pisa (con cuatro metros de desnivel), las dos de Bolonia (con cuatro y ocho pies).

Las flechas de los campanarios rematan, las más de las veces, con una cruz, una veleta o un gallo. La Cruz proclama, desde aquellas alturas, las eminentes virtudes de ese signo sagrado, convertido en estandarte y blasón de los cristianos; la veleta, además de señalar la dirección de los vientos, recuerda los vaivenes de la fama y de la fortuna y lo efímero e inestable de la vida; y el gallo, siempre despierto y en acecho siempre de cualquier ruido intempestivo, es símbolo de la vigilancia.

El origen de la veleta parece venir de los atenienses, que construyeron, en el siglo anterior a nuestra era, una torre, la Torre de los Vientos, que terminaba con una aguja en la que giraba un tritón de bronce. Los cristianos sustituyeron el tritón por un gallo, a causa de su hermoso simbolismo.

El gallo del campanario es como el gallo de San Pedro, que arguye a los pecadores y blasfemos; es el vigía y como el Ángel tutelar de la ciudad; es el centinela del Cielo que, cerniéndose sobre todo lo terreno, canta el “alerta” a los habitantes de la tierra, para que no se apeguen demasiado a la materia. Él, con su canto y su nervioso aleteo, invita a los mortales a mirar hacia el cielo, increpa a los perezosos y soñolientos, infunde esperanzas a los enfermos, ahuyenta a los ladrones nocturnos, alienta a los caminantes y devuelve la vida y la alegría a toda la naturaleza.

De ordinario, el campanario está provisto de un reloj, que regula las horas de la ciudad y recuerda a los cristianos, en nombre de la Iglesia, la fugacidad de la vida y el buen uso que ha de hacerse del tiempo.

Los relojes primitivos de los campanarios eran de sol, y fue probablemente el Papa Sabiniano (604-606) quien ordenó que cada hora de la esfera se anunciara al pueblo a toque de campana, de donde se llegó a los relojes sonoros.

5. La cripta

La cripta es un lugar subterráneo que los primeros cristianos acostumbraron reservar para sepulcro de los Santos Mártires y para sitio de cita en los días aniversarios de su martirio.

Al prescribir la Iglesia, desde muy temprano, el culto de los mártires, cada cripta sepulcral convirtióse en una pequeña capilla, sobre la que se erigieron luego otras iglesias superiores, haciendo coincidir los Altares de ambas. La capilla o cripta inferior, llamada también «confesión», quedó así reducida a mero sepulcro del Santo.

A imitación de estas verdaderas criptas primitivas, se fueron construyendo otras en los subsuelos de las principales iglesias, y a medida que se iban alejando del concepto original del sepulcro, íbanse agrandando los edificios subterráneos y convirtiéndose en segundas iglesias o en salones para desahogo del culto. En efecto, en la mayoría de los casos de nuestros tiempos, la cripta y la iglesia alta son en realidad dos iglesias sobrepuestas; nuestras criptas no son ya capillas sepulcrales, sino iglesias monumentales.

MOBILIARIO LITÚRGICO DEL TEMPLO

Con el nombre de mueblaje o mobiliario litúrgico del templo, designamos aquí el conjunto de muebles que adornan o completan el edificio sagrado, destinado al culto divino.

A la construcción y decoración de este moblaje contribuyen diversas artes, produciendo cada una de ellas obras de verdadero mérito artístico.

Comenzaremos por la entrada del templo y terminaremos por el Altar, y así hablaremos sucesivamente: de la pila de agua bendita, de la pila bautismal, de los confesionarios, pulpitos, cepillos petitorios, bancos, imágenes, lámparas, órganos y Altares.

1. Pilas de agua bendita

Lo primero que se encuentra al entrar en una iglesia es una o dos pilas con agua bendita. Han reemplazado a los antiguos aguamaniles o fuentes, colocados en los atrios de los templos para las purificaciones de los sacerdotes y fieles que acudían a las sagradas funciones.

Recuerdan el noble afán con que los primeros cristianos procuraban limpiar sus cuerpos para entrar en los templos, y ofrecen a los actuales fieles agua santificada para purificarse espiritualmente, antes de presentarse al culto divino.

Con el tiempo, los aguamaniles se fueron achicando; los fieles mojaban el dedo en el agua y con él se rociaban la frente. Se forjó en los cristianos la idea de la purificación interior, y se llegó a bendecir el agua para comunicarle una virtud espiritual, es decir, en un Sacramental.

2. Pila bautismal

Como hemos dicho atrás, los antiguos baptisterios han quedado reducidos hoy, por lo general, a una pila más o menos grande, más o menos artística, de piedra o de mármol, colocada, ora en un ángulo de la iglesia contigua al cancel, ora en una capilla separada por alguna verja.

El agua de esta pila se bendice solemnemente dos veces al año: el Sábado Santo y la Vigilia de Pentecostés, y se usa exclusivamente para administrar el Bautismo.

Al suprimirse el Bautismo por inmersión, en el siglo XIV, las pilas redujeron su tamaño y se cubrieron con una especie de torrecilla o cimborio, y su exterior se adornó con relieves propios del estilo de la época y alusivos al Bautismo.

3. Confesionarios

Históricamente, el confesonario no es otra cosa que un asiento destinado a la confesión de los pecadores. Este asiento, en sus orígenes, era un simple taburete de piedra o de madera, con su respaldo. En los siglos XIV y XV se añadió al asiento, en uno de sus costados, un tabiquillo o mampara agujereada hacia la altura de la cabeza, y un pequeño escabel a los pies para arrodillarse el penitente. La división tripartita actual no data más allá del siglo XVI.

El lugar del Confesonario fue, al principio, el nartex de la Iglesia, es decir, el vestíbulo exterior, que era el lugar de los penitentes. Luego se trasladó a la sacristía, la que quizá por esto recibió el nombre de “secretarium” o lugar de los secretos. Por fin, al introducirse en los templos las capillas laterales, se fijaron allí los confesonarios, y, donde no las había, se colocaron en la nave.

Merece hacerse aquí mención de otro objeto íntimamente relacionado con el Confesonario, es decir, la varilla larga y dorada con que el Cardenal Penitenciario de Roma toca la cabeza de los fieles que se acercan a confesarse. A cada golpe de esta varilla concedieron Benedicto XIV y Clemente XIV cien días de indulgencia, que pueden lucrar tanto el Penitenciario como el penitente.

4. Púlpitos

Los pulpitos, tal como hoy los conocemos, no aparecieron en las iglesias hasta el siglo XIV o XV. Empezaron a ser portátiles y acabaron en fijos, adosándoseles al muro o a alguno de los pilares. Su forma varió, y aun varía, según los países. Los hay verdaderamente monumentales, contribuyendo mucho a hacerlos así los tornavoces con que suelen ser coronados.

Los Obispos predicaban antiguamente desde sus cátedras (de ahí el nombre). Los sacerdotes y diáconos lo hacían desde los ambones o pequeñas tribunas de piedra o de mármol, fijados entre el presbiterio y la nave.

A veces se usaba de los púlpitos, lo mismo que hoy día, para ciertos cantos y lecturas solemnes, y en tales casos añadíanse a los ambones los llamados atriles, cuya forma más tradicional era la de un águila con sus alas extendidas.

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5. Alcancías

Alcancías, arquillas, cepos o cepillos petitorios, se llaman esos pequeños muebles clavados o embutidos en los muros de los templos, para recoger las limosnas de los fieles. Son restos de los gazofilacios judíos, que, en su primitiva acepción, eran edificios o compartimientos destinados a guardar el tesoro real (que los persas llamaban gaza), o cualquier otra reserva de dinero con fines públicos. Entre los de carácter sagrado, hízose célebre el gazofilacio del Templo de Jerusalén, situado en uno de sus atrios con objeto de recibir las distintas ofrendas de los judíos.

Las antiguas Basílicas cristianas heredaron del Templo de Jerusalén estos gazofilacios, y en ellos —dicen las Constituciones Apostólicas (V. 6)— depositaban los fieles las ofrendas que los sagrados Cánones prohibían colocar encima del Altar, desde donde eran llevadas a los Obispos para su distribución.

La instalación de los cepillos petitorios en los templos ha tendido siempre, y tiende aún ahora, a facilitar y fomentar la práctica de la caridad. Los cepillos son mendigos mudos que están siempre pidiendo por alguna necesidad común, expresada en sus letreros.

6. Bancos y sillerías

En Oriente no se estilan los bancos en las iglesias, y, al principio, tampoco se usaban en Occidente. Los primeros cristianos oraban siempre de rodillas o de pie, y así escuchaban también la palabra predicada. Hoy, en Occidente, el uso de los asientos es ya general y está bien reglamentado por las rúbricas.

En el Coro de los clérigos y monjes no se introdujo la silla propiamente dicha hasta el siglo XI. Tenía el asiento movible. En la época del estilo ojival, se les agrandó el respaldo y se les añadió el doselete. De entonces datan las más artísticas y monumentales que se encuentran en los coros de abadías y catedrales.

Hasta el siglo XI sólo se les permitió a los coristas más débiles y ancianos usar un bastón en forma de T para apoyarse mientras cantaban y salmodiaban. A fuerza de ruegos, consiguieron entonces que se les pusiera una silla con el asiento movedizo, la que, por razón de aquella misericordiosa concesión, dieron en llamar “misericordia”, nombre con que todavía son hoy conocidas.

7. Imágenes

Las sagradas Imágenes, ora sean pinturas (cuadros), ora esculturas (estatuas), son en nuestros templos incentivos de devoción, medios de instrucción y elementos decorativos.

Las encontramos aisladas, formando grupos o escenas, y en conjuntos abigarrados: unas están en los retablos o bajo los baldaquinos de los Altares; otras en los muros, ya en hornacinas, ya en peanas; otras en la techumbre, en las vidrieras, en los bajorrelieves, etcétera.

Bajo ninguna forma son restos ni señales de superstición o idolatría, como pretendieron antiguamente los iconoclastas y ahora lo propalan a menudo los protestantes; ni son, como quieren los impíos, meros mamarrachos indignos de figurar en el templo. Son, por el contrario, objetos sagrados que mueven a devoción, que instruyen, y que adornan.

Como los Santos a quienes representan, que nos edifican y nos mueven con sus virtudes, nos instruyen con sus ejemplos y constituyen el mejor ornamento de la Iglesia Católica y del Cielo.

Las sagradas Imágenes se distinguen unas de otras por sus emblemas o atributos, por los cuales conocemos también nosotros las personas a quienes representan. Están todas coronadas por un cerquillo de metal dorado, llamado nimbo y aureola. El de los Santos es circular y crucífero el de las Divinas Personas. La Santísima Virgen lo usa a menudo estrellado.

A Dios Padre se le representa como un anciano venerable, de rostro majestuoso y luenga barba; de quien también son símbolos bastante usados: un ojo, en medio de un triángulo, representando la vigilancia y la Providencia divina; una oreja, una mano o un dedo, etc. Las formas más familiares de Jesucristo son el Crucifijo y el Sagrado Corazón, y sus emblemas: el del Buen Pastor, el Cordero, el pelícano, etc. La figura típica del Espíritu Santo es la paloma y el emblema de las lenguas de fuego.

Los Ángeles son figuras aladas y descalzas. Los Evangelistas van con los cuatro animales simbólicos: el hombre, el toro, el león y el águila, además del libro de los Evangelios. Los Apóstoles ostentan el instrumento de su martirio, lo mismo que los Mártires en general; los Papas, las tiaras; los Cardenales, los capelos; los Prelados, la mitra y el báculo; las Vírgenes, el lirio; los Religiosos, su hábito.

Algunas presentan emblemas más personales: San Pedro, las llaves; San José, la azucena y el Niño; San Juan Bautista, el ceñidor y el cordero; Santa Cecilia, el arpa; San Benito, la Regla y el cuervo; Santa Escolástica, la paloma; Santa Bárbara, la torre; Santa Clara, la custodia eucarística; Santa Gertrudis, el corazón inflamado con el Niño Jesús.

Con respecto a la elaboración de las imágenes, dice el Papa Pío XII en la “Mediator Dei”: Las imágenes y formas modernas, efecto de la adaptación a los materiales de su confección, no deben despreciarse ni prohibirse en general por meros prejuicios, sino que es del todo necesario que, adoptando un equilibrado término medio entre un servil realismo y un exagerado simbolismo, con la mira puesta más en el provecho de la comunidad cristiana que en el gusto y criterio personales de los artistas, tenga libre campo el arte moderno para servir también él al culto, dentro de la reverencia y decoro debidos a los lugares y actos litúrgicos. Por lo mismo reprueba y condena el Papa “ciertas imágenes y formas últimamente introducidas por algunos artistas, que, a su extravagancia y degeneración estética, unen el ofender claramente más de una vez al decoro, a la piedad y a la modestia cristiana, y ofenden el mismo sentimiento religioso, por lo que deben alejarse y desterrarse en absoluto de nuestras iglesias”.

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8. Viacrucis

Catorce cruces, adheridas a otros tantos cuadros o relieves, o sin ellos, clavadas a regular distancia en los muros de nuestras iglesias, bendecidas y canónicamente erigidas, son las que constituyen el llamado Viacrucis, Camino de la Cruz, o Calvario.

Los cuadros representan las escenas de la Pasión del Salvador, y todo él nos recuerda la Vía Dolorosa, o sea, el viaje de nuestro adorable Redentor, desde el Pretorio al Calvario, cargado con la Cruz, envuelto en sangre, sudor, y polvo, y escoltado y befado por una turba enloquecida.

Al principio, sólo a los peregrinos de Tierra Santa les era dado hacer ese célebre recorrido, besar las huellas impresas en la tierra por Nuestro Señor y sentir esas íntimas emociones con el corazón; hoy, gracias a esta ingeniosa invención del Via Crucis, todos podemos realizarlo con gran provecho y consuelo nuestro, y con gran alivio de los Difuntos.

Gracias al Sagrario, tenemos a Jesucristo vivo y real, aunque sacramentado, en todas nuestras iglesias; merced al Via Crucis, nos lo imaginamos fácilmente paciente y muerto.

9. Las lámparas

Las velas que se encienden para las funciones litúrgicas suelen apagarse tan pronto como éstas terminan; mas no por eso queda la iglesia a oscuras: siempre arde en ella al menos una lámpara, como en el firmamento fulgura siempre alguna estrella.

Lámparas como las nuestras, alimentadas con aceite, las encendían los antiguos cristianos con profusión en los sepulcros de los mártires y delante de las santas reliquias, y también las usaban numerosas en las asambleas religiosas.

Es de advertir —escriben los Hechos de los Apóstoles (c. XX, 8)—, que en el cenáculo o casa donde estábamos reunidos había gran copia de lámparas”; y San Paulino de Nola habla de “Altares brillantes rodeados de numerosas lámparas”, y lo mismo atestiguan todos los Padres y escritores sagrados de los primeros siglos.

En nuestra época están muy en boga las lámparas votivas, sobre todo en las criptas y en los santuarios donde reposa algún cuerpo santo o se venera alguna imagen milagrosa o de abolengo, y no es raro encontrarlas asimismo en las ermitas, y aun en las recámaras de las casas particulares.

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Pero entre todas hay una lámpara que campea en el templo y que despide cual ninguna rayos de elocuencia, una rigurosamente necesaria: la lámpara del Santísimo. Ella, como fiel centinela, asiste día y noche, en nombre del pueblo cristiano, al divino Solitario del Sagrario, y da fe de la presencia real de Jesús Sacramentado.

10. Órganos

El órgano es el rey de los instrumentos y el que mejor, por lo tanto, puede desempeñar en el templo el papel altísimo de acompañar las divinas alabanzas y de adornar con armonías las sagradas ceremonias del culto. Los organeros les han dado formas monumentales, de modo que, aun como mueble, constituyen uno de los más característicos ornatos del templo.

La Iglesia lo adoptó para el culto en el siglo VII. En nuestros días han alcanzado su máxima perfección, existiendo ejemplares que son verdaderamente maravillas de ingenio y de armonías.

Respecto a su uso, obsérvase esta regla de oro trazada por Pío XI: “Resuenen en los templos solamente los acentos del órgano, que expresen la majestad del lugar y respiren la santidad de los ritos”.

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