CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
EPÍSTOLA (De la Carta de San Pablo a los Romanos, VIII, 18-25): Estimo, pues, que esos padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros. La creación está aguardando con ardiente anhelo esa manifestación de los hijos de Dios; pues si la creación está sometida a la vanidad, no es de grado, sino por la voluntad de aquel que la sometió; pero con esperanza, porque también la creación misma será libertada de la servidumbre de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Sabemos, en efecto, que ahora la creación entera gime a una, y a una está en dolores de parto. Y no tan sólo ella, sino que asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior, aguardando la filiación, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza hemos sido salvados; mas la esperanza que se ve, ya no es esperanza; porque lo que uno ve, ¿cómo lo puede esperar? Si, pues, esperamos lo que no vemos, esperamos en paciencia.
Como hice otros años, comentó hoy la Epístola de este Cuarto Domingo después de Pentecostés.
El texto es de la Carta de San Pablo a los Romanos, capítulo 8°, versículos 18° a 25°.
San Pablo acaba de advertir que, para ser glorificados con Cristo, antes hemos de padecer con Él; lo cual podía asustar a alguno. Por eso afirma inmediatamente: los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.
Escribiendo a los Corintios, el Apóstol ya había enseñado: Porque nuestra tribulación, momentánea y ligera, va labrándonos un eterno peso de gloria, cada vez más inmenso.
Es la respuesta cristiana más sencilla al problema del sufrimiento: que no detengamos nuestra consideración en lo presente, sino que miremos hacia el futuro:
A continuación, el Apóstol aporta las pruebas o razones, una especie de garantía divina, que corroboran la certeza de esa nuestra esperanza. La primera de ellas, y la cual comentaré es el presentimiento de las cosas creadas.
Comienza el Apóstol fijando su atención en la creación, sometida contra su voluntad a la “vanidad” y “corrupción”; y que espera anhelante “la manifestación de los hijos de Dios», momento en que también ella será liberada de su servidumbre «para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios».
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¿Qué clase de servidumbre es esa a que ha sido sometida la creación y cuál es la liberación que espera?
La respuesta a estas preguntas no es fácil. Para ver un poco más claro, como base de toda explicación, hay que recordar dos textos del Génesis:
– la sujeción al hombre de todos los seres inferiores a él; querida y efectuada por Dios.
– el pecado del hombre, que afectó también a esos seres inferiores, al menos en su relación hacia quien las sujetaba.
El pecado de Adán produjo, pues, un desequilibrio en las cosas, un desorden, un modo de ser que no es el establecido primitivamente por Dios.
Y este modo de ser les ha venido a las cosas no de grado, sino por razón de quien las sometió, es decir, no por responsabilidad directa, sino en virtud de aquel lazo moral que Dios estableció entre el hombre y los seres inferiores, de modo que éstos siguiesen la suerte de aquél.
Precisamente, debido a tener su suerte ligada a la del hombre, la esperanza de liberación que Dios dejó entrever al ser humano, ya desde el momento mismo de la caída, era también esperanza para las cosas mismas.
Esa, y no otra, parece ser la esperanza de que habla San Pablo.
Por lo tanto, a raíz del pecado de los primeros padres, la creación inanimada fue sometida a la maldición: “Será maldita la tierra por tu causa; con doloroso trabajo te alimentarás de ella todos los días de tu vida; te producirá espinas y abrojos”.
Pero ella también ha de tomar parte en la felicidad del hombre.
Por el pecado del hombre, se cerró el paraíso terrenal, en señal de haberse cerrado el celestial; nos queda sólo la esperanza de la “restauración de todas las cosas”, de la cual habla San Pedro en Hechos de los Apóstoles. He aquí sus palabras:
“De modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que Él envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A Éste es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas”.
En su Segundo Advenimiento, el Mesías operará la restauración de todas las cosas según el orden fijado por Dios. Se entiende por esto la época en que el universo entero será restaurado, transformado, regenerado con todo lo que contiene.
En efecto, según la doctrina bíblica, si la tierra, que participó en cierto modo en los pecados de la humanidad, fue condenada con ella, será también transfigurada al fin de los tiempos.
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De la transformación de las cosas creadas nos hablan los Profetas, tanto del Antiguo Testamento como los del Nuevo.
Véase, por ejemplo, Isaías LXV, 17; II Pedro III, 13; Apocalipsis XXI, 1; Efesios I, 10; Colosenses. I, 16.
Los Santos Padres hacen notar que el Hijo de Dios precisamente se hizo hombre porque en la naturaleza humana podía abrazar simultáneamente la sustancia material y espiritual de la creación. Es la promesa maravillosa de Efesios I, 10.
Es la doctrina que encontramos ya en Isaías, cuando Dios promete cielos nuevos y tierra nueva para la época mesiánica; idea que se recoge en el Nuevo Testamento, fijando su realización en la Parusía.
San Pedro dice: “Si, pues, todo ha de disolverse así, ¿cuál no debe ser la santidad de vuestra conducta y piedad para esperar y apresurar la Parusía del día de Dios, por el cual los cielos encendidos se disolverán y los elementos se fundirán para ser quemados? Pues esperamos, también conforme a su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales habite la justicia. Por lo cual, carísimos, ya que esperáis estas cosas, procurad estar sin mancha y sin reproche para que Él os encuentre en paz”.
Y en el Apocalipsis leemos: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado, y el mar no existía más. Y vi la ciudad, la santa, la Jerusalén nueva, descender del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo”.
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La diferencia con el Apóstol está únicamente en que San Pablo dramatiza más las cosas, y habla no sólo del estado glorioso final, sino también de la etapa anterior, etapa de expectación anhelante…, de gemidos y dolores de parto…; suspirando por ese estado glorioso final, que tiene como centro al hombre, lo mismo que lo tuvo la caída: “Sabemos, en efecto, que ahora la creación entera gime a una, y a una está en dolores de parto”.
Notemos que San Pablo dice «sabemos…», como indicando que se trata de doctrina conocida.
San Juan Crisóstomo, al que siguen otros muchos, antiguos y modernos, cree que la «vanidad» y «corrupción» a que ha sido sometida la creación no es otra cosa que la ley de mutabilidad y muerte, que afecta a todos los seres materiales, y de la que serán liberados al final de los tiempos.
Pero, ¿es que antes del pecado de Adán no estaban sujetos a mutación y muerte? ¿Es que lo van a dejar de estar al fin de los tiempos?
No es probable que San Pablo tratara de responder a estas cuestiones.
Por eso, muchos autores, siguiendo a San Cirilo de Alejandría, interpretan los términos «vanidad» y «corrupción» en sentido moral, no en sentido físico, y lo aplican a las criaturas irracionales en cuanto que, a raíz del pecado de Adán, quedaron sometidas a hombres «vanos» y «corrompidos» que se valen de ellas para el pecado.
Por eso ellas suspiran por verse liberadas de tan degradante esclavitud.
Pero, ¿no será esto limitar demasiado la visión de San Pablo? Notemos que el Apóstol atribuye dimensiones cósmicas, y no sólo antropológicas, a la redención de Cristo.
Lo cierto es que el centro de todo el drama es el hombre, y en éste se cumplen ambos aspectos, el físico y el moral (corrupción y vanidad); por lo que nada tiene de extraño que el Apóstol emplee esos mismos términos refiriéndose a las criaturas irracionales, cuya suerte ligó Dios a la del hombre.
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En otros tres pasajes de sus cartas San Pablo atribuye también dimensiones cósmicas a la obra salvadora de Cristo:
I Corintios, XV, 15, 24-28: “Es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo reducido a la nada será la muerte, pues ha puesto todas las cosas bajo sus pies. Cuando dice que todas las cosas están sometidas, evidentemente no incluyó a Aquel que todas se las sometió; antes cuando le queden sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se sujetará a Aquel que ha sometido a Él todas las cosas, para que sea Dios todo en todas las cosas”.
Efesios, I, 7-10: “En Él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia, que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio que en Él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: recapitular todas las cosas en Cristo, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra”.
Colosenses, I, 19-20: “Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud, y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos”.
Pues bien, ¿qué clase de transformación o redención del cosmos podemos ver aludida en estos pasajes, aparte de la de nuestros cuerpos mortales?
Aunque San Pablo no retoma la expresión de «cielos y tierra nuevos», es claro que los textos citados están dentro de la misma línea de pensamiento.
La misma expresión de San Pablo: «todo lo creado gime y siente dolores de parto», está dando a entender que el mundo futuro habrá de salir de las propias entrañas del actual, que está como en gestación…
Será cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas; cuando, junto con el género humano, también la creación entera será perfectamente renovada en Cristo.
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Magnífica, pues, la idea que ha sabido expresar el apóstol San Pablo en la Epístola de hoy.
Desde que Adán pecó, sube a los Cielos desde la tierra un sordo clamor, un gemido continuo; expresión del ansia que domina a la naturaleza toda entera por verse libre de la esclavitud del pecado y llegar a conseguir la regeneración, la glorificación, el día en que, según la expresión de San Pedro, saldrá a luz un cielo nuevo y una nueva tierra.
Y no es que el pecado haya corrompido a la naturaleza; pero sí la incapacitó para llenar su cometido, para cumplir su propia finalidad, es decir, la de alabar al Creador sirviendo al hombre, la única criatura terrena capaz de formular actos de alabanza.
Con la contemplación de la creación, y admirando las perfecciones divinas reflejadas en ella, el hombre debía inflamarse en el amor de un Señor tan generoso, de un Dios que reparte sus perfecciones a manos llenas entre las criaturas.
Al hombre elevado por la gracia servían con gusto todos los elementos, como a su dueño; su placer consistía en declararse esclavos de la criatura predilecta de Dios, sabiendo que por sus manos rendían al Cielo el tributo que le debían.
Al pecar, el hombre trastrocó ese orden admirable. A partir de allí, servir al hombre es, muchas veces, servir al pecado. Las criaturas son, en efecto, empleadas por el hombre para sus fines perversos.
Las criaturas, siguiendo su natural impulso, le habrían negado la obediencia; no obstante, continuaron rendidas a él, no de grado, sino por causa de aquel que las puso en tal sujeción.
De este modo, las criaturas son violentadas cuando no cumplen la ley de la finalidad, cuando se ven obligadas a servir al pecado contra su natural tendencia.
Por eso están suspirando y como en dolores de parto, esperando también ser ellas redimidas de esa servidumbre de la corrupción para participar de la libertad y gloria de los hijos de Dios.
¡Cristiano!, levántate de tu postración, y gime, esperando los bienes imperecederos…, deseando la manifestación de los hijos de Dios…
Esa Esperanza define la actitud propia del cristiano, la del hombre con la vista fija en el Cielo.
La esperanza de la restauración de todas las cosas en Cristo y por Cristo es la que le presta esa, su santa impasibilidad en medio de los vaivenes este mundo.
Mirando esa gloria futura, le parecen pequeños todos los sacrificios, pues no son comparables los sufrimientos de esta vida con la gloria venidera, que se ha de manifestar en nosotros.
Y la certeza de dicha Esperanza radica en Jesucristo, Señor nuestro.
Cuanto más unidos estemos a Él, más firme será nuestra esperanza, más sólida nuestra seguridad.
Procuremos, pues, que nuestra unión con nuestra Cabeza, Cristo, crezca de día en día… Y así será tanto más cierta y gozosa nuestra esperanza…
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El hombre puede ya en esta vida calmar los anhelos, acallar los gemidos de las criaturas irracionales.
Si sus legítimas protestas tienen por origen la contrariedad que experimentan al tener que servir al pecado, procuremos nosotros no abusar de ninguna criatura, no aprovecharnos de ellas para fines que no sean del todo santos.
Tributemos al Creador el Cántico de gratitud y alabanza que las criaturas son incapaces de formular.
Contemplemos la Creación, bañada de luz divina; y devolvamos al Cielo esa luz que ella refleja.
¡Oh alma cristiana!, fomenta estos afectos y corona estas consideraciones con el Cántico de las Criaturas, de San Francisco de Asís, en su verdadero y genuino sentido católico:
Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A Ti solo, Altísimo, Te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.
Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente en el hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor,
de Ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.
Alabado seas, mi Señor por la hermana agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de Ti, Altísimo, coronados serán.
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.
Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad…
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Quien desee completar estas reflexiones, puede leer y meditar con fruto los dos textos que publicaremos por separado lunes y martes, uno del Padre Petit de Murat (El hombre es la inteligencia del mundo sensible) y el otro de Leopoldo Marechal (La justicia que las criaturas reclaman).

