Conservando los restos
DOMINGO TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
El evangelio de hoy da las dos primeras de las tres parábolas de la Misericordia, que llenan el capítulo XV de San Lucas.
San Lucas es llamado por San Jerónimo “scriba mansuetudinis Christi”, el escribano de la dulzura de Cristo.
La tercera parábola es la del Hijo Pródigo, el trozo literario más estupendo del mundo.
Mirado solamente desde el ángulo artístico, nadie ha hecho una pequeña narración más concisa, enérgica, viva y plena que ésa.
Mirando desde el ángulo religioso, es más estupendo todavía.
Las otras dos son la parábola de la Oveja y de la Dracma perdidas.
En estas parábolas Cristo atribuye a Dios para con el hombre los sentimientos de un Padre: de un padrazo; y ésta es, según Adolfo Harnack, la médula y la esencia de la revelación cristiana.
En el Viejo Testamento Dios no aparece como un padre de cada uno de los hombres; aparece a lo más como un amante, el Esposo del Pueblo de Israel, celoso, exigente e irritable –o irritado por lo menos– continuamente contra la Adúltera.
Cristo no solamente llamó a Dios “el Padre, mi Padre, vuestro Padre”, sino que lo describió como un corazón enormemente paterno.
Eso sí, no nos hagamos ilusiones, solamente hacia el hijo que vuelve, hacia el pecador arrepentido.
Todos somos pecadores con respecto a Dios, ése es nuestro primer nombre; y todos necesitamos volver a Él primero de todo; somos nosotros los que tenemos que movemos. Él es inmutable, inmóvil; aunque Cristo lo pinte buscando la oveja perdida; pero el padre del Hijo Pródigo se queda en su casa.
El sentimentalismo moderno se finge otra cosa: “Dios no me puede condenar al infierno porque es padre”, dicen. Cuentos. Su ira es tan inmensa como su Misericordia.
No es El quién te condenará al infierno, si no vuelves; eres tú mismo. Él te ira a buscar en todo caso, como el Pastor a la Oveja Perdida, y te traerá sobre los hombros, si no resistes; pero no forzará tu voluntad. No puede forzar tu voluntad; como ningún padre la de sus hijos; pues no sería en ese caso padre, sino tirano.
Cristo era seguido por pecadores, y por los pobretes y desastrados, que los fariseos tenían a priori por pecadores, “esa plebe maldita que no conoce la Ley”. Cristo aceptaba invitaciones a comer, conforme a la costumbre de su pueblo –y a su pobreza de maestro ambulante– en donde fuese, incluso de los Publicanos, como Zaqueo, de los Fariseos, como Simón el Leproso, no menos que de sus amigos fieles, como Lázaro y Marta.
Uno de los reproches que tenían contra él los fariseos era éste: “Anda comiendo y bebiendo por todos lados, incluso con los pecadores, y los publicanos.”
Cuando uno no puede invitar a su vez, no debe aceptar invitaciones de nadie; es deprimente. Pero Él sí podía invitar, a su vez, al convite de la Palabra Divina. Y en los convites, Él prometía el Gran Convite del Reino de los Cielos; no incondicionalmente, por cierto.
Se lo echaron en cara paladinamente; estos judíos eran más descarados que el negro Raúl.
“Perro de marchas bodas, come mal en todas…”.
“–¿Por qué tu comes con los pecadores y los publicanos?”
Jesús sonrió. “–Vosotros parecéis esos chicos que juegan en la calle y cantan:
“Hemos tocado la flauta, la flauta
Y no habéis bailado.
Hemos tocado la quena, la quena
y no habéis llorado”,
porque vino Juan el Bautista que no comía ni bebía, y habéis dicho: “Ese es un rústico y un salvaje”; y vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: “Ese es un endemoniado”. ¿Qué haré? ¿Y quién me librará de esta generación ignorante y adúltera?”
Pero esta vez tomó ocasión del reproche para exaltar la misericordia de Dios hacia los pecadores: hacia todos. “No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos; no tienen necesidad de Dios los justos sino los pecadores”, dijo, con divina ironía: porque esos “sanos” y esos que se “tenían por justos y despreciaban a los demás”, ésos eran los más enfermos de todos, y todos tenemos necesidad de Dios y del Salvador.
Y entonces les dijo: “Palabra de honor, yo os digo que hay más gozo en el cielo por un pecador que se convierte a penitencia, que por cien justos que [creen] no tienen necesidad de penitencia.”
El “cielo” era Él; ése era su gozo: recibir de nuevo en su casa con grandes fiestas al hijo que vuelve.
Y aunque nunca salió de su casa, como el Padre del Pródigo, allí anda sin embargo por los caminos polvorientos de Galilea, en busca de ovejas y dracmas perdidas. Dios no se mueve; y sin embargo Cristo ¡cuánto se movió!
“¿Qué pastor hay que teniendo cien ovejas y hallando que una se le ha descarriado, no deja las otras noventa y nueve en el redil, y se va al monte a buscar la Perdida; y habiéndola hallado, como si fuera un corderito recién nacido la pone sobre sus hombros [la cruz] y vuelve al redil? Y lleno de alegría le dice a los otros: “Espléndido. Me fue bien. La encontré. Ahí está. Se me había perdido y la encontré. Estaba a tiro del lobo y la salvé. Vamos a brindar todos”. Así hay gozo entre los ángeles del cielo por un pecador que se convierte, más que por muchos justos.”
¿Qué les importa a los ángeles? Le importa a los ángeles, porque le importa al Rey de los Ángeles. La Reina de los Ángeles, que estaba allí presente, se cubrió con el embozo, y lloró unas lagrimitas.
La parábola de la Dracma repite el mismo concepto en forma tierna y humorosa; los recuerdos de Nazareth están allí: su madre, una mujer pobre y hacendosa. Una dracma (monada griega) es un poco menos que un denario (monada romana) digamos unos veinte pesos de ahora”.
¿Qué mujeruca hay que, habiendo ahorrado diez dracmas, si nota que le falta una, no se sobrecoge y aflige; y armándose de escoba y linterna, se pone a barrar la casa por todos los rincones, escudriña las rendijas del suelo y aparta los muebles, hasta que la encuentra?
Y encontrada, la pone en su lugar, y les dice a las comadres: “¿Saben? La dracma que había perdido la he encontrado, qué suerte. ¿Saben ustedes dónde se había ido a meter?…”.
Así hacen los ángeles de Dios. ¡Los Ángeles de Dios! Sí señor, los ángeles de Dios: no por amor de ellos, sino por amor de Dios, cuando un hombre perdido es encontrado por Dios. He aquí a Dios convertido en una vieja nazaretana. ¿Qué importa? Dios es peor que una vieja nazaretana.
La Conversión es el fenómeno fundamental de la vida religiosa; es más importante que el nacimiento y el casamiento y hasta que el “nombramiento”: el famoso acomodo de los argentinos; porque es acomodarse con Dios.
Todo hombre debe convertirse, no hay más remedio: “nacer de nuevo”, como le dijo Cristo a Nicodemus, de lo cual se espantó el fariseo.
Convertirse, como el nombre lo dice, significa “volverse”, y con significa todo; darse vuelta del todo, embocar en otra dirección, mudar camino; pero es un camino interior, una evolución interior.
De golpe me doy cuenta que voy mal, de golpe veo la nueva ruta, de golpe veo la verdadera meta, de golpe veo que el mundo es perro y malvado, de golpe el corazón no quiere más porquerías. De golpe… o despacio: algunos tardan largos años, como Newman o el mismo Nicodemus, mientras otros se convierten de golpe, como Paul Claudel o San Pablo.
De hecho los teólogos dicen que hay en la vida dos conversiones. La primera conversión a Dios debería ser al recibir el sacramento de la Confirmación; pero aquí les dan la confirmación a los chicos mamando, contra el sentido de la Iglesia; con lo cual, prácticamente suprimen ese sacramento, que debería darse en la pubertad. Bien, paciencia, ésta es una nación más atrasada que la baticola, por lo menos en algunas cosas. En religión, cuando menos.
La conversión es la reordenación interior con respecto al Último Fin. Muchos psicólogos modernos dicen que se trata de una emoción, de un fenómeno sentimental; el mundo de hoy está podrido en sentimentalismo.
Muchos psicólogos han escrito hoy sobre la conversión religiosa, de los cuales el más serio que conozco es Sante De Sanctis, rector de la Universidad de Roma.
Y la conversión es realmente una emoción, o suele acompañarse de ordinario de fuertes emociones –véase San Agustín –porque consiste en una nueva economía del amor, pero es una emoción nacida de un conocimiento. De golpe me doy cuenta que voy mal, de golpe veo la nueva ruta, de golpe veo la verdadera meta.
A veces, no de golpe. El poeta inglés Francis Thompson describió la conversión como una cacería y comparó a Dios, no con un pastor o una vieja, sino como “el Lebrel del Cielo” (“the Hound of Heaven”). Es una parábola, más excéntrica que las de Cristo, pero con el mismo sentido: uno de los poemas más grandes de la lengua inglesa.
El pecador huye de Dios; y Dios lo sigue, con la perseverancia de un lebrel. La liebre se cree segura; pero oye de nuevo los ladridos lejanos, y corre de nuevo. Los pasos se aproximan implacables, haga lo que haga: el Lebrel no abandona la presa, su olfato infalible lo dirige. La presa no es presa: ella huye inconscientemente de su propio bien, de su propia felicidad, del Lebrel que ladra y ríe…
Por suerte para Francis Thompson, cuya vida fue bondadosa y desastrada, Dios fue con él realmente como un rudo Lebrel, que lo alcanzó al fin.

