LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICO

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

EL CULTO DE LOS ÁNGELES Y DE LOS SANTOS

1. Los Ángeles

Sabemos que existen los Ángeles y también que una buena parte de ellos fueron infieles a Dios y se convirtieron en demonios, mientras los demás permanecieron fieles y fueron premiados con el cielo. Su número es incalculable.

Para distinguirlos de alguna manera, los Santos Padres los han dividido en nueve Coros y distribuido en tres Jerarquías, y a éstas en tres Órdenes, asignándoles sus oficios correspondientes.

Todos los Ángeles son amigos y bienhechores nuestros, pero hay uno que lo es de un modo especial, y es el Ángel Custodio o de la Guarda.

Todos, justos y pecadores, fieles e infieles, tenemos el nuestro; como también se cree que lo tiene cada nación, cada diócesis, y aun cada ciudad, y quizá cada familia numerosa, siendo su oficio, cerca de nosotros espiritual y corporal al mismo tiempo.

Los nombres de los nueve coros, son: Ángeles, Arcángeles, Virtudes, Dominaciones, Principados, Potestades, Tronos, Querubines y Serafines. Los más sublimes de todos son los Serafines. Entre los Arcángeles conocemos por sus nombres a San Miguel, San Rafael y San Gabriel.

2. El culto de los Ángeles

La devoción a los Ángeles y aun el culto privado a los mismos, son tan antiguos como la Iglesia. El temor a la superstición, empero, hizo que ese culto no llegara a ser público y oficial hasta el siglo V. Entonces empezaron a erigirse templos y monumentos en su honor y a establecerse fiestas litúrgicas. Unas se dedicaban a los Ángeles en general, otras al Ángel Custodio, y las más a San Miguel.

3. San Miguel

Fue el primero y, hasta el siglo IX, casi el único festejado. Mejor dicho, sus fiestas eran comunes a todos los Ángeles.

Todas ellas celebraban famosas apariciones del Arcángel o dedicaciones de templos en su honor. Tal es el carácter de las dos más celebradas hoy: la del 8 de mayo, que recuerda la aparición en el monte Gárgano, y la del 29 de septiembre, que festeja la dedicación de una iglesia en la Vía Salaria, en Roma. Esta última es la fiesta clásica del Arcángel y la que celebra la Iglesia universal bajo el rito de primera clase.

Se nos presenta San Miguel en estas fiestas como el Príncipe de la Milicia celestial, glorioso caballero del Altísimo y Defensor de la Iglesia universal, y como Ángel de la plegaria y de la adoración, que monta la guardia delante del altar y quema inciensos y perfumes en áureos turíbulos.

4. San Gabriel y San Rafael

Empezaron a figurar en algunos calendarios a partir del siglo X. Su culto no había sido nunca universal. Sus fiestas del 24 de marzo y del 24 de octubre, son, desde Benedicto XV, de carácter universal.

San Gabriel (la fuerza de Dios) es el Ángel de la Encarnación, y por eso la liturgia de su fiesta es una glosa de ese augusto misterio. San Rafael (la medicina de Dios), tuvo la misión de acompañar al joven Tobías en su viaje al país de los Medos, de concertar sus bodas y de curar de su ceguera al anciano padre; de ahí que su oficio esté compuesto principalmente con extractos del hermoso libro bíblico de Tobías. Es el abogado de los viajeros y el patrono de los boticarios y recién casados.

5. Los Ángeles Custodios

Al principio su fiesta fue movible y limitada a ciertas iglesias o diócesis. San Pío V la autorizó para toda la Iglesia, en 1608, pero dejándola facultativa todavía. Clemente X la fijó el 2 de octubre, y León XIII la elevó al rito de doble mayor, que hoy tiene.

Toda la liturgia de esta fiesta tiende a darnos a conocer y a hacernos amar al Santo Ángel con el que tenemos deberes especiales. El himno “Custodes hominum” es de San Roberto Belarmino. La nota típica la da San Bernardo con su hermoso y célebre sermón sobre los Ángeles de la Guarda.

No contenta la Iglesia con festejar a los Ángeles en esos sus días especiales, les hace a menudo sus honores en la liturgia, nombrándolos e invocándolos con frecuencia, ora en el Breviario, ora en el Misal, ora en el Ritual.

En el Breviario les dedica un oficio votivo, los invoca todas las noches en Completas, los pone en lugar preferente en el Itinerarium, y les hace jugar papel de importancia en las fiestas de Navidad, Ascensión, Asunción, etc.

En el Misal les dedica también una Misa votiva general, los menciona en los Prefacios, y a san Miguel especialmente, lo invoca en el Confiteor, en la bendición del incienso, etc.

En el Ritual se los invoca a menudo, de suerte que, ora al ir a administrar los Sacramentos, ora al ir a bendecir las casas, etc., diríase que el sacerdote los lleva como por delante, a guisa de introductores.

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EL CULTO DE LOS SANTOS

6. Los Santos

En las virtudes de los Santos, cuyas fiestas la liturgia celebra subordinadas a las de Jesucristo, resplandece la virtud misma de Cristo: en unos el celo apostólico, en otros la fortaleza de los héroes, en otros la constante vigilancia, en otros la pureza virginal o la modesta suavidad de la humildad cristiana, y en todos una ardentísima caridad para con Dios y para con el prójimo.

Su intercesión estriba en los méritos de Jesucristo, el único Salvador y Mediador nuestro. De Él nos vienen todas las gracias, pero, sin embargo, gusta Él muchas veces concedérnoslas por mediación de sus siervos, los Santos, para gratificarles a ellos sus virtudes y a nosotros incitarnos a su imitación y acudir a su intercesión.

De ahí que la Iglesia haya favorecido desde sus orígenes el culto de los Santos y reivindicándolo, contra los herejes y protestantes, como honesto y piadoso y útil para nuestra salvación.

Consecuente con su doctrina, la Iglesia ha ido formando, en la sucesión de los siglos, en torno a los ciclos temporal y marial, un ciclo santoral, compuesto de fiestas de Santos y Santas, distribuidas todo a lo largo del año litúrgico y especialmente en el tiempo después de Pentecostés.

Así, el santoral viene a ser una floración del temporal, una exhibición magnífica del trofeo de la Redención.

A los efectos del culto litúrgico, la Iglesia ha clasificado a los Santos en las siguientes categorías:

1. Santos independientes.

2. Apóstoles y Evangelistas.

3. Sumos Pontífices.

4. Mártires.

5. Confesores.

6. Vírgenes.

7. Santas mujeres y viudas.

Tanto en el Breviario como en el Misal, cada una de estas categorías de Santos tiene su Oficio y su Misa comunes: Común de Apóstoles, Común de Sumos Pontífices, Común de Mártires, Común de Confesores, etc., a los cuales se acude cada vez que un Santo no tiene Oficio o Misa propios, o los tiene incompletos.

Casi todos estos Comunes fueron, en su origen, oficios propios de algún Santo primitivo, que luego se extendieron a los demás.

7. Santos independientes

Forman categoría aparte, por su excepcional importancia, San Juan Bautista y San José, personajes que desempeñaron papel muy íntimo en el plan de la Encarnación. Los llamamos nosotros “independientes”, porque, como puede observarse en las Letanías de los Santos, figuran los dos antes de todos los demás Santos.

San Juan Bautista goza de dos fiestas anuales: la de su martirio, el 29 de agosto, llamada Degollación, y la de su Nacimiento, el 24 de junio; privilegio este último que comparte con sólo Jesús y María, por haber nacido él santificado.

Hasta hace muy poco esta última fiesta era de las de precepto, y es todavía muy popular. Su nombre entra en el Confiteor y varias veces en el Ordinario de la Misa.

San José, como Esposo de la Santísima Virgen, tiene una primera fiesta el 19 de marzo, que es de precepto; y como Patrono de la Iglesia universal, tiene otra el Miércoles de la segunda semana de Pascua, titulada Solemnidad de San José.

8. Los Apóstoles

Fueron los amigos íntimos de Jesús, elegidos por Él expresamente para evangelizar el mundo. Sus fiestas fueron, durante muchos siglos, fiestas de precepto. Hoy son precedidas todavía de una Vigilia.

Todos murieron mártires, a excepción de San Juan Evangelista, que no expiró en la prueba de la caldera hirviendo, sino en venerable ancianidad.

A los efectos del culto, la Iglesia confunde a los Apóstoles con los Evangelistas.

Sus nombres, por el orden que ocupan en el Canon de la Misa, son: San Pedro, San Andrés, Santiago el Mayor, San Juan, Santo Tomás, Santiago el Menor, San Felipe, San Bartolomé, San Mateo, San Simón, San Tadeo y San Matías. A éstos hay que agregar, pues entran en la misma categoría: San Pablo, San Bernabé, San Marcos y San Lucas.

Cuatro de éstos son Evangelistas, a saber: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan.

De San Pedro se celebran varias fiestas: la Cátedra, en Roma y Antioquía; la Prisión (San Pedro ad vincula) y el Martirio (29 de junio).

De San Pablo, dos: la Conversión (25 de enero) y la Conmemoración (el 30 de junio), además de la común de San Pedro y San Pablo (el 29).

De San Juan, dos: la de su Martirio no consumado (San Juan ante Portam Latinam, el 6 de mayo), y la de su Muerte (el 27 de diciembre).

El Oficio propio de San Pedro y San Pablo pasó a ser el Común de Apóstoles actual. Los Evangelistas tienen algunos textos propios.

9. Los Sumos Pontífices

Son los que ocuparon la Cátedra de Pedro y se santificaron en ella.

Hasta el año 1942, estos Santos estaban incluidos en los otros “Comunes”, pero ese año el Papa Pío XII creó para ellos un “Común” especial, para hacer resaltar su carácter de jefes de la Iglesia y atraer cada día más las miradas de todo el orbe católico hacia la Cátedra de Pedro.

Para este “Común” se compuso un Oficio y una Misa propios y se le señaló el prefacio de los Apóstoles.

10. Los Mártires

Son los Santos que derramaron su sangre en testimonio de Cristo: por la confesión de la fe o práctica de alguna virtud cristiana.

Se cuentan por miles de millares, de toda edad y sexo. Sus nombres fueron los primeros admitidos en los dypticos o Canon de la Misa, lo que equivalía entonces a canonizarlos; y sus memorias las primeras en celebrarse, junto a sus tumbas, en los aniversarios de su muerte.

El primer Mártir de quien consta históricamente que recibió culto litúrgico fue San Policarpo, que empezó a ser honrado por la iglesia de Esmirna el mismo año de su muerte, 155. Sin embargo, es probable que ya antes lo recibieran otros.

Lo cierto es que, desde el principio, tributaban los cristianos distintos honores a los muertos ordinarios y a los mártires. Por aquéllos ofrecían sufragios; a éstos los invocaban como intercesores. Las pruebas abundan en las inscripciones o graffiti de las Catacumbas.

Hay Mártires Pontífices y no Pontífices, y Mártires aislados y acompañados. Por eso, en la liturgia actual existe el Común de un Mártir Pontífice, el Común de un Mártir no Pontífice y el Común de varios Mártires. Además existe el Común de Mártires para el tiempo pascual. Su literatura litúrgica, por lo tanto, es la más abundante y también la más bella.

Se cree que San Esteban y San Lorenzo fueron los primeros en tener Oficio y Misa propios, y que éstos sirvieron de base para el Común.

11. Los Confesores

Confesores, en la acepción litúrgica, son todos los santos no mártires. Si no sufrieron el martirio de sangre luchando con los verdugos, sufrieron el martirio del propio vencimiento luchando constantemente con las pasiones; así confesaron también ellos a Cristo, con el heroísmo de sus virtudes, y merecieron los honores del culto.

Los primeros en recibirlo fueron, en Oriente, San Antonio Abad y San Hilarión, ambos en el siglo IV; y en Occidente, San Silvestre y San Martín de Tours. De modo que, desde el siglo IV se celebra a los Confesores con un culto público.

La Iglesia distingue varias categoría de Confesores: Confesores Pontífices (papas y obispos), Doctores, No Pontífices (miembros del clero o del pueblo) y Abades (Superiores de régimen de ciertas Órdenes monásticas o canonicales). Cada una de estas categorías tiene en el Breviario y en el Misal su correspondiente Común.

12. Los Doctores de la Iglesia

Son 29 actualmente, a saber:

San Gregorio Magno, San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo, que son los cuatro Doctores máximos de la Iglesia latina. San Juan Crisóstomo, San Atanasio, San Basilio y San Gregorio Nazianceno, que son los cuatro Doctores máximos de la Iglesia griega.

Después, por orden de promoción: Santo Tomás de Aquino (1588), San Buenaventura (id.), San Anselmo (1720), San Isidoro de Sevilla (1722), San Pedro Crysólogo (1729), San León Magno (1754), San Pedro Damiano (1828), San Bernardo (1830), San Hilario (1851), San Alfonso María de Ligorio (1871), San Francisco de Sales (1877), San Cirilo de Alejandría (1822), San Cirilo de Jerusalén (id.), San Juan Damasceno (1890), San Beda (1899), San Efrén, declarado por Benedicto XV, y San Pedro Canisio, San Juan de la Cruz, San Belarmino y San Alberto Magno, declarados por Pío XI, y San Antonio de Padua, por Pío XII.

En España han añadido San Ildefonso y San Leandro.

13. Las Vírgenes

Las Vírgenes y las Santas Mujeres mártires se confundieron en un principio con los demás mártires, y junto con ellos merecieron ser inscriptas en los dypticos y celebradas con un culto litúrgico.

Más tarde se les unieron las Vírgenes y Santas Mujeres no mártires, hasta que, por fin, formaron coro aparte, clasificándose, como en la actualidad: en Vírgenes Mártires, Vírgenes no Mártires, Santas Mujeres y Viudas.

El Común de Vírgenes mártires, hace resaltar sobre todo el heroísmo en el sexo frágil. El de Vírgenes, los encantos de la virginidad. El de las Santas Mujeres y Viudas, la fortaleza y abnegación en las luchas de la vida.

14. La conmemoración de Todos los Santos

No contenta la Iglesia con festejar individualmente, en sus días correspondientes, a muchos de sus Santos canonizados, los reúne a todos, canonizados y no canonizados, de todo sexo, edad, condición, nacionalidad, tribu y lengua, en una común solemnidad, que es la conmemoración de Todos los Santos, fijada definitivamente el 1º de noviembre.

Es fiesta de precepto y tiene todos los aires de una fiesta patria, de la patria celestial, de la que participan todos los ciudadanos.

Es la fiesta del Santo desconocido, del Santo anónimo; de nuestros familiares, de nuestros hermanos. Será la fiesta nuestra, cuando hayamos triunfado con una muerte cristiana.

El origen de esta fiesta se remonta a la dedicación para el culto cristiano, del Panteón de Roma. La efectuó el Papa Bonifacio IV, trasladando a él reliquias de los mártires de las Catacumbas y poniéndolas bajo la protección de Santa María y de los Mártires, a quienes se festejó el 13 de mayo, a partir del año 610.

En algunas partes existía por entonces una fiesta parecida en honor de Todos los Santos, fijada por Gregorio IV, en 835, el 1º de noviembre. El Papa San Gregorio VII juntó las dos fiestas en una, y resultó, por fin, la actual de Todos los Santos, con el carácter de homenaje colectivo de la Iglesia Militante a la Iglesia Triunfante.

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15. El culto de las sagradas Reliquias

Entre las fiestas de los Santos, hay una destinada a venerar en conjunto todas las Reliquias de los Santos conservadas en determinadas iglesias.

Su Oficio y su Misa ponen de relieve, entre otras verdades religiosas, el dogma de la general resurrección de los muertos, el respeto al cuerpo mediante una exquisita pureza y la necesaria penitencia o mortificación de los sentidos, y el mérito de las austeridades corporales, de todo lo cual son testimonio precioso y glorioso las Reliquias de los cuerpos santos.

Con respecto al culto de las sagradas Reliquias de los Santos, prescribe el Código de Derecho Canónico vigente: Son Reliquias insignes de Santos o Beatos: el cuerpo, la cabeza, el brazo, el antebrazo, el corazón, la lengua, la mano, y el miembro o la parte del cuerpo en que padeció el martirio, siempre que no sea demasiado pequeña y se conserve íntegra.

Estas Reliquias insignes no pueden conservarse sin expresa licencia del Ordinario del lugar, en las casas particulares ni en los oratorios privados; pero sí pueden conservarse con el debido honor las Reliquias no insignes, y hasta pueden llevarlas piadosamente consigo los fieles.

Solamente pueden ser honradas con culto público en las iglesias las Reliquias que consta ser auténticas por un documento oficial de algún Cardenal, del Ordinario del lugar o de otro personaje eclesiástico que tenga indulto apostólico “para autenticarlas”, y los obispos deben desterrar con prudencia las que carecieren de tal auténtica. Aunque carezcan de ésta ciertas Reliquias antiguas que siempre se han venerado, deben respetarse y honrarse como válidas, mientras no se demuestre lo contrario con argumentos fehacientes.

Al exponerse las Reliquias, conviene estén encerradas en tecas o cajitas, y selladas. Las Reliquias de los Beatos no pueden ser llevadas procesionalmente sin indulto apostólico ni ser expuestas sino en las iglesias a las cuales la Santa Sede ha concedido su Misa y Oficio.

Las Reliquias insignes, tenidas en gran veneración en algún templo, no pueden ser vendidas sin especial permiso de la Santa Sede, y, en general, ninguna Reliquia puede ser enajenada, aunque sí regalada.

Por lo demás, las sagradas Reliquias deben custodiarse en lugar seguro y decente, y ser protegidas contra cualquiera profanación. Por lo que hace a las Reliquias de la Santa Cruz deben exponerse a la pública veneración siempre en teca o relicario propio, y no mezcladas con las de los Santos, y a ellas se les debe genuflexión simple.

Las reliquias pueden ser de tres clases:

Las de primera clase o también llamadas de primer grado, son el cuerpo o los fragmentos del cuerpo de un santo, como carne o un hueso.

2. Las reliquias de segunda clase son “algo que le perteneció al santo como una camisa o un libro (o los fragmentos de esos objetos).

3. Las de tercera clase que son los objetos que el santo tocó o que han sido tocados por una reliquia de primera, segunda u otra de tercera clase.

16. Formas de culto y devoción reprobadas

El Papa Pío XII, en su encíclica Mediator Dei (4ª parte, I), después de reprobar el abuso de múltiples imágenes y efigies en un mismo altar o en todo el templo, y el culto de reliquias no legítimas, recuerda a los obispos, para que lo hagan observar, el decreto “sobre las nuevas formas de culto y devoción que no deben introducirse”.

Se alude aquí al decreto de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, del 26 de mayo de 1837, acerca del culto legítimo de los Santos y de sus imágenes y reliquias, y de los abusos introducidos en el mismo con menoscabo del dogma y rechifla de los impíos.

Este decreto se completó con otro del 18 de junio de 1938 prohibiendo introducir una devoción particular a la sagrada “Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo”, y con otro del 12 de diciembre de 1939 reprobando dos devociones nuevas: una al “Amor anulado o aniquilado de Jesús”, y otra al “Rosario de las santísimas llagas de Nuestro Señor Jesucristo”. Todo lo cual contraviene la prescripción canónica (canon 1259) de no usar oraciones y ejercicios de piedad ni letras de cánticos que no estén revisados y expresamente aprobados por la autoridad eclesiástica competente.