DOMINGO INFRAOCTAVA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Este recibe pecadores, y come con ellos. Y les propuso esta parábola diciendo: ¿Quién de vosotros es el hombre que tiene cien ovejas, y si perdiere una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se había perdido, hasta que la halle? Y cuando la hallare, la pone sobre sus hombros gozoso. Y viniendo a casa, llama a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Dadme el parabién, porque he hallado mi oveja que se había perdido. Os digo, que así habrá más gozo en el cielo sobre un pecador que hiciere penitencia, que sobre noventa y nueve justos, que no han menester penitencia. O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si perdiere una dracma, no enciende el candil y barre la casa, y la busca con cuidado hasta hallarla? Y después que la ha hallado, junta las amigas y vecinas, y dice: Dadme el parabién, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo, que habrá gozo delante de los Ángeles de Dios por un pecador que hace penitencia.
El Evangelio de este Domingo Infraoctava del Sagrado Corazón despliega dos de las tres Parábolas llamadas De la Misericordia.
Ante la censura de los fariseos y escribas, que murmuraban porque Jesucristo acogía a los publicanos y pecadores, e incluso comía con ellos, Nuestro Señor plantea el tema de la misericordia.
San Lucas expone la respuesta de Cristo en tres parábolas, la de la oveja extraviada, la de la dracma perdida y la del hijo pródigo.
Si bien con un desarrollo distinto, las tres tienen la misma finalidad: la misión y el gozo de Cristo por salvar a los pecadores.
En la Parábola de la oveja extraviada, la solicitud pastoral por una sola oveja hace ver la estima que por ella tiene el pastor.
En su sentido histórico, debe de referirse a la defensa de Jesucristo contra los fariseos por su relación salvadora con publicanos y pecadores, e incluso con llamar a Él a todos los pequeños.
San Mateo también trae esta parábola. Aunque el contexto en que la inserta es distinto, la finalidad es semejante, pues evoca el escándalo a los pequeñuelos, las gentes sencillas.
San Mateo sólo saca la consecuencia de la finalidad con que la expone: así como el pastor busca la oveja perdida y Dios al pecador, es la prueba clara de que es voluntad de Dios que no se pierda uno de esos pequeñuelos.
Si el pastor tiene una solicitud extrema porque no se pierda ni una sola oveja de su rebaño, hasta ir en busca de una que se extraviase, es ello señal de su amor por la misma. No se ha de perder ni una.
De la misma manera, los pequeños, por muy desestimados y despreciados que se los considerase socialmente, el amor y solicitud del Padre por ellos es tal que el Reino también es para ellos. Y el Padre tendrá la máxima solicitud para que ninguno se pierda.
En San Lucas el tema central es la misericordia de Dios sobre el pecador. Esta es tal, que Dios no sólo ofrece estático el perdón, sino que tiene sobre el pecador una misericordia dinámica: lo busca de mil maneras, hasta que halle a esta oveja perdida. Y se confirma por el gozo en el cielo.
El traerla sobre sus hombros es un detalle más del gozo de Dios por el pecador convertido.
El rasgo de convocar a amigos y vecinos, para que se alegren con él por el hallazgo, indica la solicitud y gozo de Dios en la búsqueda y conversión del pecador. Como en los grandes éxitos familiares, para celebrarlos se convida a los allegados.
E incluso este gozo por la conversión del pecador cobra una nueva perspectiva: su eco en el Cielo.
Se trata de una conclusión importante y paradojal: que hay más gozo en el cielo por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia.
Este último rasgo es irónico, porque los que murmuraban de Cristo y de su trato con los pecadores, eran justamente los que se creían justos y creían que no necesitaban penitencia, como dice de ellos el Evangelio en otro lugar.
Sin duda, Dios no ama menos a los justos que al pecador arrepentido; pero a este pecador Dios lo ha buscado, perseguido con su gracia, como el pastor ha hecho con su oveja; y el resultado, la conversión, da a Dios una ocasión de alegría que no le ofrecen los justos.
Hasta se diría que la fidelidad de los justos produce una alegría discreta, completamente íntima; pero la conversión de los pecadores causa transportes de alegría.
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Con la misma finalidad de la solicitud y gozo de Dios por la conversión de un pecador, Nuestro Señor expone la Parábola de la dracma perdida, la cual sólo San Lucas proporciona.
La descripción es minuciosa y vivaz. La mujer barre y revuelve todo para encontrarla. Tal es el gozo de esta pobre mujer por aquella dracma, que para ella le era cosa tan preciada —como para Dios el pecador convertido—, que convoca a la vecindad para que la feliciten y se alegren con ella. Así habrá alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se convierta.
Los ángeles de Dios es una expresión sinónima de la alegría que hay en el cielo de la Parábola anterior. El pecador convertido pertenece a la familia del Cielo, y hay gozo cuando el pecador vuelve a esta familia.
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En cuanto a la Parábola del Hijo Pródigo, que no expone el Evangelio de este Domingo, es una de las más bellas del repertorio de Nuestro Señor y expresa más efusivamente la misericordia de Dios sobre el pecador arrepentido. También es propia de San Lucas.
Todos los elementos de su desarrollo manifiestan esta solicitud de Dios por el pecador para perdonarlo.
Es evidente que el padre de la parábola es Dios.
El hijo menor puede representar alegóricamente a los publicanos y pecadores, o acaso a la gentilidad.
El hijo mayor puede ser identificarlo con los justos.
Podrá extrañar que éstos protesten de la conducta misericordiosa de Dios con el pecador. Pero no olvidemos que se trata de un atributo pedagógico de la parábola para resaltar más los planes de Dios.
En este caso, se trataría de los justos que, al modo humano, manifiestan no comprender los misterios de la divina misericordia. Podría tratarse de una ironía contra los fariseos, e incluso los cristianos que se tienen por justos.
El beso del padre es signo de perdón… El mandar ponerle el vestido, el anillo y las sandalias, expresa su restitución al estado de hijo en la casa, incluso con atuendo festivo y de honor…
Tal es la respuesta parabólica de Jesucristo a las críticas farisaicas ante la admisión de pecadores en el reino. ¡Tal es la bondad de Dios!
El tema central no es el hijo pródigo, sino el permanente perdón de Dios Padre.
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En estas Parábolas, Jesucristo se retrató a Sí mismo y también al Padre Celestial, y lo hizo como como revestidos de misericordia, y por cierto de una extremada misericordia, superior a la de los hombres.
No menos de veintitrés Parábolas de Cristo indican esta solicitud de Dios, casi siempre con la comparación de una oveja y un pastor; las cuales culminan en la gran Parábola definitoria de Cristo, el Buen Pastor.
El Padre nuestro de los cielos lo introdujo Cristo en la religión, no está en el Antiguo Testamento, un padre que se ocupa de cada uno de los hombres, y menos de los pecadores; que mientras son pecadores, son enemigos de Dios, acreedores de la divina justicia.
Hay expresiones muy tiernas en el Antiguo Testamento, pero se refieren a Israel total, es decir, como esposa de Dios y como esposa adúltera muchas veces, como por ejemplo en los Profetas Ezequiel y Oseas.
Pero la idea de un padre que se preocupa de todos y cada uno de sus hijos…, ¡y aun más de los más desdichados!, eso es revelación de Cristo.
Esta extrema benignidad del Señor no suprime la justicia, por supuesto. Si hay veintitrés Parábolas en el Evangelio que aluden a la benignidad de Dios, hay lo menos otras veintitrés que hablan de su justicia; algunas veces, en la misma Parábola.
La justicia y la misericordia son en Dios la misma cosa, en Dios no hay virtudes diversas o contrarias como en nosotros, el Ser de Dios es simple.
Pero, con respecto a nosotros, Dios se inclina más a la misericordia que a la justicia, dice Santo Tomás; y la razón es que somos débiles, somos una raza deteriorada sin culpa nuestra; de modo que, el inclinarse más a la misericordia que a la justicia, es justo, pertenece también a la justicia.
Dios ama a los pecadores arrepentidos e incluso procura que se arrepientan, que eso es el buscar la oveja de la Parábola, como vemos en el caso de la Magdalena. Si al final no se arrepienten, es absolutamente imposible para Dios amarlos.
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Y todo esto plantea una cuestión delicada al orador sagrado…: ¿predicar la misericordia o disertar sobre la justicia? Y hemos de aclarar que se trata de verdadera misericordia y genuina justicia.
Pues bien, ante todo, debemos reconocer que vivimos en una sociedad permisiva, que, sin embargo, se encamina paradójicamente hacia otra rigorista…
Entonces, hay tener en cuenta la estrategia del demonio, que consiste en predicar en épocas de permisivismo como males del rigorismo lo que es genuina justicia…, y denunciar los peligros de una mansedumbre beata en épocas proclives a la crueldad.
Hoy se reclama la justicia para que se permita el laxismo… Y, por esta razón, se escucha hasta el hartazgo la condena de la justicia, como si fuese rigorismo, al mismo tiempo que se predica de una moral blandengue.
Pero pronto se invertirán los papeles, y se llegará a una situación de extrema crueldad, en la que será necesario ostentar la benignidad, la verdadera misericordia, pero ya será tarde.
Hilaire Belloc decía en uno de sus libros que lo que más temía en la época que venía no era la lujuria sino la crueldad.
Había presenciado la guerra de 1914, una de las guerras más atroces de la Historia, guerra de caníbales, como se llamó, o más claro todavía, guerra de neopaganos, que es peor aún, en cierto modo…, porque los caníbales no son hipócritas…
Se paganiza el mundo, se vuelven más crueles las gentes. Baja la religiosidad y sube la dureza de corazón como en un sube y baja.
Esto notó Juan Donoso Cortés y lo dejó señalado en un conocido discurso sobre los dos termómetros: la represión interna y la represión externa.
Decía el marqués de Valdegamas, dirigiéndose a la bancada izquierdista:
“El fundamento, señores, de todos vuestros errores consiste en no saber cuál es la dirección de la civilización y del mundo.
Vosotros creéis que la civilización y el mundo van, cuando la civilización y el mundo vuelven.
El mundo, señores, camina con pasos rapidísimos a la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización, y a esto camina el mundo.
Para anunciar estas cosas no necesito ser profeta. Me basta considerar la combinación pavorosa de los acontecimientos humanos desde su único punto de vista verdadero, desde las alturas católicas.
Señores, no hay más que dos represiones posibles, una interior y otra exterior; la religiosa y la política.
Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión política está bajo; y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía está alta.
Esta es una ley de la humanidad, una ley de la historia.
(…)
Pues bien, una de dos: o la reacción religiosa viene o no:
Si hay reacción religiosa, ya veréis, señores, como subiendo el termómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos.
Pero si, por el contrario, señores, y esto es grave, si el termómetro religioso continúa bajando, no sé adónde hemos de parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo pienso”.
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Mientras que misericordia y justicia se unen en Dios según un secreto que el espíritu humano no conoce, si no le es revelado, vivimos en una sociedad que ha pervertido la mansedumbre de Cristo; de modo tal que la misericordia y el perdón se alteraron en permisividad, olvidándose por completo la divina justicia.
Esta tergiversación de la Mansedumbre y de la Misericordia de Cristo ha llegado hasta el púlpito y la cátedra, de modo tal que en la prédica y la enseñanza se silencia la justicia y el castigo divinos para congraciarse con el mundo, que reclama libertinaje.
Todo es tolerancia, permisividad…, nada de justicia, corrección y castigo… La blandenguería silencia todo aquello que signifique un límite al capricho o que manifieste rigor y dureza…
Sin embargo, no olvidemos la ley del termómetro… Porque, cuando el termómetro de la religión haya bajado hasta su límite inferior, cuando el misterio de iniquidad llegue a su culmen y aparezcan el Anticristo y el Falso Profeta, el demonio volverá a mostrar los dientes… Satanás, el acusador, reclamará el derecho que tiene sobre las almas por él perdidas…
Y volverá la extrema dureza y el rigor descomunal sobre los hombres…, que entonces exigirán misericordia… pero no les será concedida por el Dragón, la Bestia del Mar y la Bestia de la Tierra…
Por nuestra parte, no olvidemos que en Dios y en su Divino Hijo el rigor de la justicia está unido a la misericordia del perdón.
Es cierto que debemos reclamar la verdadera justicia… Pero no dejemos de lado el practicar la mansedumbre y misericordia de la apropiada condescendencia y del genuino perdón cristiano… Porque cuando reine el Anticristo, ejercerá el rigor inmisericorde de su ley…, como comprobamos ya por algunos signos precursores de ello…
Corazón de Jesús, receptáculo de justicia y amor, ten misericordia de nosotros…
Corazón de Jesús, paciente y de mucha misericordia, ten misericordia de nosotros…
Madre de la divina gracia, ruega por nosotros…
Espejo de justicia, ruega por nosotros…
Madre de la misericordia, ruega por nosotros…
Refugio de los pecadores, ruega por nosotros…

