FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Como era la Preparación para la Pascua, para que los cuerpos no quedasen en la cruz durante el sábado —porque era un día grande el de aquel sábado— los judíos pidieron a Pilato que se les quebrase las piernas, y los retirasen. Vinieron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero, y luego del otro que había sido crucificado con Él. Mas llegando a Jesús, y viendo que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que vio ha dado testimonio —y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad— a fin de que vosotros también creáis. Porque esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: “Ningún hueso le quebrantaréis”. Y también otra Escritura dice: “Volverán los ojos hacia Aquel a quien traspasaron”.
En esta Solemnidad de la Fiesta del Sagrado Corazón quiero llamar la atención sobre los males que afligen a la sociedad, sea en su aspecto político, sea en el religioso, y como, ante ellos, debemos establecer nuestra defensa, protección y esperanza en la devoción al Sacratísimo Corazón de Nuestro Rey.
Especialmente desde Pío IX, los Sumos Pontífices han hecho esta relación. Me detengo particularmente en las enseñanzas de dos de ellos.
León XIII, el 25 de mayo de 1899, por medio de su Carta Annum Sacrum pidió la Consagración del Género Humano al Sagrado Corazón. Allí leemos:
“En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha erigido una especie de muro entre la Iglesia y la sociedad civil.
En la constitución y administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel en la vida pública.
Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la misma tierra.
Siendo los espíritus la presa de un orgullo tan insolente, ¿es que puede sorprender que la mayor parte del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro?
Fatalmente acontece que los fundamentos más sólidos del bien público se desmoronan cuando se ha dejado de lado a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten el castigo que habían provocado, los ha dejado a merced de sus malas inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una licencia excesiva.
De ahí esa abundancia de males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que nos obligan a pedir el socorro de Aquel que puede evitarlos.
¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo Único de Dios?, «pues ningún otro nombre le ha sido dado a los hombres, bajo el Cielo, por el que seamos salvados».
Hay que recurrir, pues, al que es «el Camino, la Verdad y la Vida». El hombre ha errado: que vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida.
Entonces nos será permitido sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando toda lengua profese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre«.
Entonces León XIII estableció un admirable paralelo, y expresó:
“En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y próxima victoria.
Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece a nuestros ojos: es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre el que se levanta la cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas.
En Él debemos poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de Él la salvación de los hombres”.
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Por su parte, Pío XII, en la Encíclica Haurietis aquas, del 15 de mayo de 1956, hizo hincapié en los males, sin ocultar los internos al mismo catolicismo, y dijo:
“Aunque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús ha producido en todas partes abundantes frutos de renovación espiritual en la vida cristiana, sin embargo, nadie ignora que la Iglesia militante en la tierra y, sobre todo, la sociedad civil no han alcanzado aún el grado de perfección que corresponde a los deseos de Jesucristo, Esposo Místico de la Iglesia y Redentor del género humano.
En verdad que no pocos hijos de la Iglesia afean con numerosas manchas y arrugas el rostro materno, que en sí mismos reflejan; no todos los cristianos brillan por la santidad de costumbres, a la que por vocación divina están llamados; no todos los pecadores, que en mala hora abandonaron la casa paterna, han vuelto a ella; no todos los infieles se han incorporado aún al Cuerpo Místico de Cristo.
Hay más. Porque si bien nos llena de amargo dolor el ver cómo languidece la fe en los buenos, y contemplar cómo, por el falaz atractivo de los bienes terrenales, decrece en sus almas y poco a poco se apaga el fuego de la caridad divina, mucho más nos atormentan las maquinaciones de los impíos que, ahora más que nunca, parecen incitados por el enemigo infernal en su odio implacable y declarado contra Dios y contra la Iglesia.
Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz?
¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano?
¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios?
¿Qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo —que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más— para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: «Obra de la justicia será la paz»?
Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: «Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo Corazón de Jesús… que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En Él hay que poner toda nuestra confianza; a Él hay que suplicar y de Él hay que esperar nuestra salvación».
Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz.
Con el ardiente deseo de poner una firme muralla contra las impías maquinaciones de los enemigos de Dios y de la Iglesia, y también hacer que las familias y las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor a Dios y al prójimo, no dudamos en proponer la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de caridad divina; caridad divina, en la que se ha de fundar, como en el más sólido fundamento, aquel Reino de Dios que urge establecer en las almas de los individuos, en la sociedad familiar y en las naciones”.
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Estas citas son más que suficientes para manifestar, por un lado, la falta de correspondencia de la humanidad hacia su Creador, y, por el otro, las funestas consecuencias en que la misma se encuentra actualmente sumergida, es decir, en la corrupción moral generalizada y sin precedentes.
Frente a tales males, los Sumos Pontífices enseñaron que la Providencia Divina no abandonó a los hombres, hundidos en sus impiedades y depravaciones. Antes bien, siguió y sigue dispensando abundantes gracias, estimulando a los pecadores al arrepentimiento y proporcionando a los justos los medios de santificación y de defensa.
Entre esas gracias, uno de los remedios más eficaces es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Antes de Pío XII y León XIII, el Papa Pío IX ya había dirigido al Padre Julio Chevalier, fundador de los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús, unas extraordinarias palabras, demostrando que en esta devoción depositaba toda su esperanza. En efecto, le dijo:
“La Iglesia y la sociedad no tienen otra esperanza sino en el Sagrado Corazón de Jesús; es Él que curará todos nuestros males. Predicad y difundid por todas partes la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ella será la salvación para el mundo”.
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Ahora bien, entre las diversas y magníficas prácticas de devoción a este adorable Corazón deseo destacar la del Detente, el cual tiene otros nombres, como Escudo del Sagrado Corazón de Jesús, Salvaguardia, Pequeño escapulario del Sagrado Corazón.
Es un sencillo emblema con la imagen del Sagrado Corazón y la divisa: ¡Detente! El Corazón de Jesús está conmigo. ¡Venga tu reino!
Se trata, pues, de una devoción muy actual y necesaria; especialmente para alcanzar dos cosas: la defensa contra el demonio y lo que pedimos al rezar el Padrenuestro: Venga tu reino.
Llevando con nosotros este Escudo, estaremos diciendo: ¡Detente! Alto ahí, demonio. Deténganse todas las tentaciones, todos los asaltos infernales y nuestras pasiones desordenadas. Deténgase toda maldad, todo peligro, todo desastre y toda enfermedad… ¡Pues el Sagrado Corazón de Jesús está conmigo!
¿Cuál es el origen de esta devoción?
Santa Margarita María de Alacoque —como atestigua su carta, escrita el día 2 de marzo de 1686, dirigida a su Superiora— trascribe un deseo que le fuera revelado por Nuestro Señor: “que desea encargue una lámina con la imagen de ese Sagrado Corazón, a fin de que los que quieran tributarle particular veneración puedan tener imágenes en sus casas, y otras pequeñas para llevar consigo”
Nacía así la costumbre de portar estos pequeños Escudos.
Según revelara Nuestro Señor a Santa Margarita María, al recitar la jaculatoria del Detente, renegamos de las obras del mundo, del demonio y de la carne, al mismo tiempo que solicitamos la protección de Aquél que ha amado sin escatimar nada por conseguir el amor de los hombres.
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La autorización para tal práctica al comienzo fue concedida solamente a los conventos de la Visitación. Después, fue más difundida por la Venerable Ana Magdalena Rémuzat. A esta religiosa, también de la Orden de la Visitación, Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en la ciudad francesa de Marsella, en 1720, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La Madre Rémuzat hizo, con la ayuda de sus hermanas de hábito, millares de estos Escudos del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste, protegiendo contra ella a los que lo portaban.
La fama de los Detentes llegó a la Corte, siendo una de sus devotas María Leszczynska, esposa de Luis XV. En 1748, por ocasión de su matrimonio, recibió como obsequio del Papa Benedicto XIV varios Detentes, hechos en tafetán rojo y bordados en oro.
En 1789 estalló en Francia, con trágicas consecuencias para el mundo entero, un flagelo muchísimo más terrible que cualquier epidemia: la calamitosa Revolución Francesa.
En ese período los verdaderos católicos encontraron amparo en el Sacratísimo Corazón de Jesús, y el Escudo protector fue llevado por los que resistieron a los revolucionarios. Incluso damas de la corte, como la princesa de Lamballe, portaban el Detente, preciosamente bordado sobre tejidos. Y el simple hecho de llevarlo consigo se transformó en señal distintiva de aquellos que eran contrarios a la Revolución.
Entre las pertenencias de la Reina María Antonieta, guillotinada por el odio revolucionario, fue encontrado un dibujo del Sagrado Corazón, con la llaga, la cruz y la corona de espinas, y la frase: “¡Sagrado Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros!”
Tanto los chuanes como los vandeanos, los insurgentes realistas que combatieron en el Loira, Bretaña, Maine, Normandía y Anjou —heroicos resistentes católicos, que enfrentaron con energía y ardor religioso a los impíos revolucionarios— bordaron en sus trajes y banderas el Escudo del Sagrado Corazón de Jesús; como blasón y armadura: blasón usado para reafirmar su Fe católica, y armadura para defenderse de las embestidas adversarias.
También como armadura espiritual, este Escudo fue ostentado por muchos otros líderes y héroes católicos que murieron o lucharon en defensa de la Santa Iglesia, como los bravos campesinos seguidores del aguerrido tirolés Andreas Hofer, conocido como El Chuan del Tirol. Estos portaban el Detente para protegerse en las luchas contra las tropas napoleónicas que invadieron el Tirol.
Más tarde, en el año 1870, una mujer romana, después de consagrar al Sagrado Corazón y a la Santísima Virgen a su hijo que partía para la guerra de unificación de Italia, alistado con los Zuavos Pontificios, le entregó un Detente que ella misma había dibujado sobre un trozo de paño rojo diciéndole: Él te devolverá sano y salvo a mi cariño. El joven salió ileso de la contienda, y contó que una bala golpeó su pecho, donde tenía el Detente, y se detuvo sin producirle ningún daño.
La madre, contó lo ocurrido deseando saber la opinión del Sumo Pontífice Pío IX acerca del Detente del Sagrado Corazón de Jesús, y le presentó uno. Conmovido a la vista de esta señal de salvación, el Papa concedió aprobación definitiva a tal devoción y dijo: Esto, señora, es una inspiración del Cielo. Sí, del Cielo. Y, después de un breve silencio añadió:
Voy a bendecir este Corazón; y quiero que todos aquellos que fueren hechos según este modelo reciban esta misma bendición, sin que sea necesario que algún otro sacerdote la renueve. Además, quiero que Satanás de modo alguno pueda causar daño a aquellos que lleven consigo el Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús.
Para impulsar la piadosa costumbre de llevar consigo el Detente, en 1872 Pío IX concedió cien días de indulgencia para todos los que, portando esta insignia, rezasen diariamente un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Después de ello, el Vicario de Cristo compuso esta bella oración:
¡Abridme vuestro Sagrado Corazón, oh Jesús! Mostradme sus encantos, unidme a Él para siempre. Que todos los movimientos y latidos de mi corazón, incluso durante el sueño, os sean un testimonio de mi amor y os digan sin cesar: Sí, Señor Jesús, yo Os adoro. Aceptad el poco bien que practico, hacedme la merced de reparar el mal cometido, para que os alabe en el tiempo y os bendiga durante toda la eternidad. Amén.
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En el siglo XX, el Detente fue usado en México por los Cristeros, que se levantaron en armas contra el gobierno anticristiano de Plutarco Calles, opresor de la Iglesia. El Escudo llevaba la leyenda: Detente, enemigo malo, el Corazón de Jesús está conmigo.
Y en España, durante la Cruzada de 1936-1939, lo portaban los falangistas y los famosos tercios carlistas —los llamados requetés—, célebres tanto por su piedad como por su arrojo en el campo de batalla, cuya contribución fue decisiva para el triunfo del ejército nacional contra los partisanos comunistas.
Un hecho semejante ocurrió más tarde, en Cuba. Los católicos cubanos que no se dejaron subyugar por el régimen castrista y lo combatieron, tenían especial devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Utilizaron un Detente que decía: Detente, bala enemiga, que el Corazón de Jesús está conmigo.
Cuando eran llevados al paredón para ser fusilados, al igual que las cristeros enfrentaron a los verdugos castristas al grito de Viva Cristo Rey.
En la antigua Perla de las Antillas (actual Isla Prisión), antes de ser esclavizada por la tiranía de Fidel Castro, había muchas imágenes del Sagrado Corazón de Jesús en sus muy arboladas plazas. Pero después de la dominación comunista, aquellas bellas imágenes fueron derribadas y sustituidas por estatuas del guerrillero y asesino Che Guevara, que hizo correr un río de sangre por varios países latinoamericanos…
En nuestros tiempos en que, debido a la violencia cada vez más avasalladora y generalizada, los peligros nos amenazan de todos lados, es de primordial importancia el uso del Detente del Sagrado Corazón de Jesús.
Llevándolo con nosotros o colocándolo en nuestra casa, en el automóvil, en el lugar de trabajo, etc.— estaremos repitiendo lo que dice el Apóstol San Pablo: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?, pues no hay peligro del que no pueda librarnos. E incluso en medio de las dificultades que la Providencia permita para probarnos, tendremos confianza en la protección divina, que nunca abandona a aquellos que a Ella recurren pidiendo amparo y protección.
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Para terminar, levantemos la dificultad planteada en 1924 por un alumno del Colegio El Salvador al Profesor Leonardo Castellani, que explicaba un día la guerra de los Chuanes, la sublevación de la Vendée contra la Revolución Francesa. El alumno objetó: ¿Por qué fueron tan desdichados, si defendían la causa de Dios?
Después de muchos años de reflexión… y de sufrimientos asombrosos, el Padre Castellani responderá con su vida, y lo expresará en célebres frases:
Yo elegí el ideal cristiano… Y decidí ponerme de parte de los Santos…
Acepto por Cristo la vida más triste que existe en la tierra: La vida que es lucha perdida, continua derrota.
La nota distintiva del verdadero cristiano reside en las derrotas previsibles.
Por eso es muy importante que contemplemos y meditemos el Misterio de Jesucristo, puesto que el Misterio de la Iglesia es su continuación y complemento; y que, por lo tanto, nuestro combate actual es consecuencia y suplemento de ese misterio.
De la misma manera que no se puede decir que Jesucristo ha sido vencido, tampoco se puede decir que la Iglesia, perseguida por fuera y traicionada por dentro, sufre una derrota y corre a su ruina.
La Iglesia es victoriosa… Es la Esposa de Cristo victorioso. Porque la propiedad de obtener la victoria es una prerrogativa incuestionable del Señor, también es un privilegio necesario de su Esposa.
Entonces, profesar la fe en la Iglesia frente al modernismo y al conciliarismo, ser feliz de tener algo que sufrir para dar un hermoso testimonio de la Iglesia traicionada por todas partes, es velar con Ella en su agonía, es velar con Jesús que continua en su Esposa, afligida y traicionada, su agonía en el Jardín de los Olivos.
En la medida en que permanezcamos fieles en la oración y la vigilia, inaccesibles al temor mundano y al desaliento, en la misma magnitud conoceremos por experiencia que la Santa Iglesia es un misterio de fortaleza sobrenatural y de paz divina.
Y para ello nos ayudará mucho contemplar de cerca y besar nuestro Detente…
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

